Literatura

Formas y evoluciones del ensayo latinoamericano

Liliana Weinberg

17/01/2019 - 07:35

 

Formas y evoluciones del ensayo latinoamericano

El ensayo ha dado muestras de una creciente vitalidad e importancia como miembro destacado de la familia de los géneros en América Latina. Ha dado muestras también de una serie de sorprendentes transformaciones que responden a los desafíos de la hora, a las nuevas demandas temáticas y formales, a las transformaciones en la familia de la prosa de ideas, así como también en los nuevos fenómenos de autoría, lectura y edición que vive el campo de las letras. De allí que me sienta inclinada a referirme a este nuevo momento que vive el ensayo como el que corresponde a un “género sin orillas”, inspirada, claro está, en las palabras de Juan José Saer en El río sin orillas: “(…) y tendemos a representárnoslo sin forma precisa (…) Esa impresión viene de la experiencia directa, cuando estamos contemplándolo, porque sus límites se confunden con la línea circular del horizonte (…)”. (Weinberg, L., 2006 b: 6-14).

La propia apertura y dinámica del ensayo, su flexibilidad y la permanente posibilidad que establece de tender puentes entre la escritura del yo y la interpretación del mundo, entre la situación concreta del autor y la inscripción de esa experiencia en un horizonte más amplio de sentido, entre la filiación y la afiliación del escritor, han permitido que el género responda a las cambiantes demandas de los tiempos y espacios sociales y confirme su sorprendente dinámica así como su necesaria inclusión de la experiencia del lector y la comunidad hermenéutica. Por otra parte, el ensayo es campo de despliegue que permite representar esa toma de distancia interpretativa y crítica que acompaña el paso entre filiación y afiliación por parte de un autor, a la vez que el diálogo y aun construcción de una comunidad crítica de lectura. Dicho de otro modo, dado que el ensayo incorpora en su propia textura distintos niveles de análisis, permite a la vez consignar una experiencia y, por así decirlo, ascender a otro “escalón” o mirador que lo habilite para tomar distancia crítica e interpretar esa experiencia, de manera tal que puede poner en perspectiva una situación concreta y subjetiva y entenderla, inscribirla de manera más amplia en un sentido general.

Todos estos elementos hacen del ensayo una forma clave, una herramienta fundamental en el quehacer creativo y reflexivo propio del ámbito cultural latinoamericano. Pasemos ahora breve revista a algunos de esos cambios, favorecidos, como ya se dijo, por la propia dinámica que es característica del género:

-Tiempo y espacio. Las propias demandas de transformación del modelo centrado en los ejes de historia, cultura y sociedad, que fue definitorio y característico para el ensayo “en tierra firme”, se traducen hoy en una mayor integración de cuestiones vinculadas a la memoria, la autobiografía, el testimonio, el cuerpo y un nuevo sentido de dinámica identitaria, que abre incluso las fronteras del género. Se dan nuevas formas de enlace entre el entender y el narrar la experiencia: a través de temas de particular interés en nuestros días tales como los de memoria y archivo, el ensayo se encuentra con el quehacer de otros géneros, como la novela. Por una parte, y a despecho de las grandes diferencias que pudieran existir, el ensayo se insertaba como un componente fundamental de proyectos de escritores e intelectuales que, desde empresas culturales de tan diverso signo como Cuadernos Americanos en México o Sur en Argentina, coincidían de todos modos en un quehacer de “tierra firme” ligado de una u otra manera a esa etapa que autores como Huyssens denominan “la alta modernidad” (2002). Ese proyecto tenía como ejes la confianza en la razón y la apoyatura en el eje histórico como forma de comprensión del mundo. En lo que sigue nos asomaremos a los cambios radicales en esta situación de que el ensayo es al mismo tiempo juez y parte, intérprete y protagonista.

-Entre el mostrar y el decir. Se evidencia el paso entre aquello que acertadamente Ricardo Piglia denomina el mostrar y el decir, esto es, se descubre un notorio desplazamiento del énfasis en aspectos referenciales y de contenido a aquellos aspectos que revisten nuevos desafíos para esa poética del pensar que traduce todo ensayo, y a nuevas cotas de complejidad en la elaboración intelectual y artística. Durante muchos años el ensayo latinoamericano cumplió predominantemente la función de mostrar, señalar, apuntar a problemas del contexto, en una amplia gama que iba de la didáctica a la denuncia, y que tenía en muchos casos la función predominante de indicar y diagnosticar las notas características y los problemas de una realidad social y cultural a transformar. Sin embargo, en los últimos años avanza el escepticismo respecto de las posibilidades de seguir aplicando los modelos de interpretación y diagnóstico que fueron por muchos años característicos del ensayo en la región, y esto por varias razones. Por una parte, la expansión de las ciencias sociales, así como, más recientemente, de los estudios culturales y postcoloniales, que adoptan en su producción la forma del ensayo. Por otra parte, la fuerte transformación en la propia idea de sujeto y autoría, a la que se suman cuestiones como la “autoetnografía” y la posibilidad de someter a crítica el papel del ensayista-intérprete. Por fin, las transformaciones en el campo de la literatura misma, que se traducen en nuevos problemas de límites y fronteras entre géneros y formas del enunciado, además de los crecientes cruces discursivos, que se dan por supuesto no sólo en nuestro ámbito cultural sino en otras partes del mundo.

-De las fronteras a los umbrales. En los últimos años se manifiesta también una alteración de las jerarquías tradicionales en la relación del ensayo con otros tipos discursivos y formas textuales: ficción, poesía, crónica, autobiografía. Buena muestra de ello son los crecientes cruces entre ficción y ensayo (pensemos en Borges y Piglia), o, para tomar el ejemplo de dos autores europeos que han tenido una gran recepción en América Latina, las notables transformaciones que muestra el género en la pluma de Claudio Magris y John Berger. Por otra parte, la aproximación entre discurso filosófico y discurso ensayístico, propiciada por zonas en común, tales como un creciente interés por cuestiones éticas, se manifiesta de manera magistral en autores como el gran ensayista hispano-mexicano Tomás Segovia. Son también llamativos los cruces que se evidencian también en la exploración de cuestiones límite entre literatura, plástica, música.

-Escribir y editar. En nuestros días se reabre también el libro de ensayo. Hace ya muchos siglos Montaigne declaraba “vamos de la mano mi libro y yo”, y hacía del libro un espacio íntimo a la vez que público, un cuadro y una ventana, una posibilidad de llevar a cabo el retrato de sí y el retrato del mundo, un escenario para la representación de la experiencia, así como para la toma de distancia necesaria para explicarla. Han pasado los años y el ensayo se inserta en el mundo social y editorial, de tal modo que hoy se vive como nunca antes una apertura no sólo de la instancia del autor sino también del libro: la creciente atención prestada a la relación entre texto y contexto, pero también entre el momento de escribir un ensayo y editar un ensayo, así como la posibilidad de rastrear la relación entre el texto y los procesos de lectura. Por mi parte, a la luz de autores como Borges, por ejemplo, me he llegado a preguntar hasta qué punto un ensayo no resulta ser la escritura de una lectura o la lectura de muchas escrituras.

-Ensayo y espacio público. El ensayo formaba parte de un espacio público de discusión consolidado y era escenario de una experiencia intelectual y estética compartida. El espacio de la literatura se producía en un continuo que tenía incluso que ver con ámbitos como las bibliotecas públicas y privadas, las librerías y casas editoriales, e incluso con otros espacios culturales en apariencia tan alejados como el museo o la sala de conciertos. Había formas de debate y divulgación funcionales para el momento, que actualmente van quedando desmanteladas. Hoy se asiste a un repliegue de esos espacios y de los ritmos de lectura y de escucha que los acompañaban, a la vez que una expansión de otros territorios: nuevas formas de articulación de lo privado y lo público, como se evidencia en la expansión de los espacios virtuales, glocales, donde lo social se vive como individual y la experiencia privada se vive como parte de una red indeterminada.

-Texto cerrado y fenómeno abierto. A todos estos casos podemos añadir otros fenómenos sorprendentes, como la creciente alteración de convenciones referenciales tradicionales. El ensayo no puede sustraerse, por ejemplo, al problema de la imagen, de tal modo que las propias cuestiones de écfrasis que se suscitaban hace algunos años en los más sofisticados ejemplos de asomo del ensayo a la forma artística y crítica de arte, deben ahora también reabrirse, en vistas además al surgimiento de nuevos fenómenos de hipertextualidad propios de la era de la internet y nuevas exploraciones de los límites entre texto cerrado y texto abierto. Las exposiciones que se dedican al “libro-objeto” llevan hasta el límite nuevas formas de vinculación con la obra cerrada y editada, a la que reabren y aproximan ahora a nuevas relaciones, e incluso colocan en nuevos contextos de intervención y acontecimiento cultural. El ensayo no puede sustraerse a la proliferación de nuevos experimentos formales: al repensar los procesos de edición en su nueva dinámica, y al integrar los distintos avances tecnológicos como nuevas formas de “soporte” de la palabra que alteran no sólo los canales tradicionales de circulación y difusión de los textos sino también los fenómenos de producción y recepción, el libro tradicional, y con éste el ensayo, se abren a nuevas dimensiones, como las que está explorando hoy en México, particularmente para el caso de la narrativa, Mario Bellatin.

-Intransitividad y transitividad. El ensayo ejerce también crecientes funciones de mediación cultural, en dos sentidos aparentemente contradictorios. Por una parte, en su carácter de prosa artística mediadora entre otras formas en prosa (ya que su propia organización textual incluye otras muchas formas discursivas), el ensayo resulta clave como forma de articulación de las distintas manifestaciones de la prosa y la literatura de ideas. Pero a la vez, en su posibilidad de acercarse a fenómenos propios de formas intermedias, el ensayo ocupa nuevas zonas del discurso social. Como muy bien lo anotó Juan José Saer en ese texto fundamental que es “La cuestión de la prosa”, el ensayo se encuentra actualmente atravesado por dos fuerzas opuestas: por una parte, su vocación como prosa artística de altos vuelos, con demandas específicas de lectura y vínculo con una compleja y rica tradición literaria sólo comprensible por parte de una comunidad hermenéutica de buenos entendedores, y por la otra su apertura a la divulgación y las crecientes influencias de nuevas formas de prosaísmo y pragmatismo: esa “especie de concepción económica de la prosa” según la cual, como dice Saer, ésta será más económica y rentable cuanto mayor sea la cantidad de sentido que suministre y la rapidez que con que sea capaz de transmitirlo al lector.

-Ensayo y escritura. Ensayos como los de Saer nos abren precisamente a otra dimensión fundamental del ensayo: la de la escritura. En efecto, en el propio trabajo de Saer, la presentación histórica y razonada del problema, que marca la denuncia de la marcha inexorable de los poderes del Estado y del mercado, apoderados ambos de la prosa a la que imparten sus dictados, entra en tensión con la ruptura de esa misma temporalidad y ese mismo orden, con el asomo a momentos de transgresión, de liberación de la prosa, gracias a su recuperación mediante el quehacer del creador, tocado por momentos líricos y narrativos (Saer, 1999: 55-61). De allí que las tradicionales duplas suscitadas a partir del formalismo para entender la obra literararia, a saber, opacidad-transparencia, monumento- documento, intransitividad-transitividad, descripción-inscripción, deban enfrentar como nunca antes impensados y más altos desafíos.

-Ensayo y lenguaje. Por fin, si ya desde hace muchos siglos, en el momento de su

consolidación genérica, el ensayo entró en diálogo con las lenguas naturales mismas,

y se puso así en evidencia que uno de los grandes protagonistas del ensayo es el propio lenguaje, hoy no podía sino confirmarse este fenómeno de una manera cada vez más pronunciada. El ensayo es una experiencia de lenguaje y de participación en el sentido. Y si la lengua es —como dice el ya citado Tomás Segovia— la institución social por excelencia, comprenderemos hasta qué punto la creciente preocupación del ensayo por abrirse a la experiencia del lenguaje nos podrá conducir a nuevos e impensados rumbos para un género en plena vitalidad, siempre preocupado por explorar y ampliar los límites de lo visible, lo decible, lo inteligible.

 

Liliana Weinberg

Profesora e investigadora

Universidad Nacional Autónoma de México

Acerca de esta publicación: El artículo titulado “Formas y evoluciones del ensayo latinoamericano”, de Liliana Weinberg, es un extracto del ensayo académico “El ensayo latinoamericano, entre la forma de la moral y la moral de la forma” de la misma autora.

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