Literatura

Las ninfas de Macondo

José Manuel Rodríguez y Omar Salazar

26/03/2019 - 05:55

 

Las ninfas de Macondo
Remedios La Bella / Obra de Carlos Salazar

En los prolegómenos de la saga, Cien años de soledad nos muestra a “dos adolescentes desconocidas y hermosas, bordando en el bastidor a la luz del crepúsculo. Eran Rebeca y Amaranta. Rebeca era la más bella. Tenía un cutis diáfano, unos ojos grandes y reposados, y unas manos mágicas que parecían elaborar con hilos invisibles la trama del bordado” (24).

Estas palabras contienen claves para iniciar la lectura de la novela que hemos propuesto:

1-. Rebeca es bella. El primer atributo de las ninfas es su espectacular belleza

2-. Poseen unas manos mágicas que bordan con hilos invisibles: un atributo esencial de las ninfas es el bordado. Recordará el lector, variados cuadros que las muestran portando delicados velos. Estos los tejían ellas mismas. Ahora la invisibilidad de los hilos nos envía a un importante atributo de las ninfas que revela Porfirio: Cierto tipo de ellas tenían unos telares de piedra en que tejían, con hilos invisibles, no sólo sus mantos, sino también la carne a los huesos de los cuerpos “destinados a la generación” (26).

3-. Los atributos de Rebeca se confirman en un recuerdo que tiene de su vida anterior a la llegada a Macondo: “Se acordó de una mujer muy joven y muy bella… que le ponía flores en el cabello para sacarla a pasear por un pueblo de calles verdes” (33). Atendamos a las flores en el cabello y, más que nada, el pueblo de calles verdes. Las flores en el cabello son propias de las alseides, ninfas de las flores. Un pueblo verde, es un pueblo inserto en la naturaleza y, las ninfas, están profundamente asociadas al mundo natural. De ahí que tampoco sea extraño que Rebeca comiera tierra.

Miremos ahora a Remedios Moscote, “preciosa niña de nueve años con piel de lirio” (García Márquez 1967, 24). Pareciera que nos encontramos frente a otra alseide. La novela nos la presenta un día en que Aureliano junto a su padre visitan al corregidor Moscote en su despacho. Allí se encontraban dos de sus hijas, Amparo y la alseide. Las dos eran “graciosas y bien educadas” y mientras se desarrolla la entrevista “ambas permanecen de pie” en un discreto segundo plano. Su posición en la escena nos recuerda unas sobre las ninfas: “son las actrices secundarias de la mitología griega, muchas veces aparecen en segundo plano mientras se desenvuelven los acontecimientos” (Diez Plata 2002, 19). Función que, precisamente, prestan las hermanas. El asunto es que Remedios simplemente enloquece al joven Aureliano. El amor de éste se expresa en incontables versos de amor que le dedica. En ellos, nos informa la novela, la niña aparece, por ejemplo, “transfigurada… en la callada respiración de las rosas” (24). Los versos confirman el carácter de alseide de Remedios y, también, que ella como toda ninfa provoca el delirio (Aureliano escribía versos hasta en sus propios brazos). Notamos cómo el delirio que viene de las ninfas se marca, muchas veces, en la escritura, es decir, el quedar embelesado por una ninfa desata la narración. Esta singular relación la tratamos en un trabajo ya publicado (Rodríguez y Rodríguez 2009).

Siguiendo con Aureliano lo notamos, claramente, poseído por una ninfa. Él es un ninfolepto, palabra que, recuerda Calasso (2004), significa “tomado, capturado, raptado por las ninfas” (24). Hablando de esta forma de captura, Aristóteles, en la Ética a Eudemo (1997), sostiene: “Quizás la felicidad puede venir a nosotros, esto es, como ocurre a los nympholèptoi y a los theoleptoi, que entran como en una ebriedad por inspiración de un ser divino” (97).

El elemento nuevo que aparece en relación con la posesión es la felicidad. De hecho, la posesión de Aureliano desata la felicidad, pues la casa de los Buendía “se llenó de amor”. Desgraciadamente desde hace bastante tiempo nuestra civilización carga de semas negativos, patológicos, la posesión. El poseso es un enfermo. En cambio, en la antigua Grecia la posesión, específicamente la provocada por las ninfas, es igualada por uno de sus mayores filósofos, Sócrates, a una acción divina, como nos cuenta Platón en el Fedro (2000). Por otro lado, informa Calasso (2004), Jenófanes consideró al divino Homero un poseso. Luego, para los griegos la posesión es una forma de conocimiento. La mente era un lugar abierto, que podía ser invadido por potencias del afuera. Incursio, incursiones de potencias en la mente que provocaban la adquisición de un conocimiento. Precisamente Aureliano adquiere un conocimiento por intermedio de la posesión. Él es “el único capaz de comprender la desolación” (García Márquez 1967, 98) de Rebeca, tras perder la lucha por el amor de Crespi frente a Amaranta.

Unas palabras de la novela, ya citadas, son cifra de ese saber que alcanza Aureliano: en todos los versos que escribe sobre Remedios ella aparece “transfigurada en aire soporífero de las dos de la tarde, en la callada respiración de las rosas, en la clepsidra secreta de las polillas, en el vapor del pan al amanecer” (67). La transfiguración, metamorfosis, de Remedios nos sitúa frente a uno de los misterios más fascinantes del mundo de las ninfas: el conocimiento metamórfico que ellas entregan. Tipo de saber que ha sido sigilosamente ocultado, silenciado. Baste pensar en la ninfa, la hespéride, Eva, que entrega a Adán un conocimiento, pero el narrador que fijó el Génesis nos dice poco de ese saber, sólo da un dato no menor. Adán supo que estaba desnudo, por ende, la ninfa entrega un conocimiento del cuerpo. Valga una digresión, que ya no lo es: Las hespérides son las ninfas de los jardines y representan una de las aristas más misteriosas del mito. Pensemos, por ejemplo, en las hespérides que cuidan el remoto vellocino de oro. El animal de este enigmático tipo de ninfa es el dragón, el drakon griego. Palabra que, precisamente, usaron las primeras traducciones griegas de la Biblia para referirse al animal de la hespéride Eva. Es decir, la serpiente del viejo paraíso, antes de arrastrarse gracias a la maldición de Yahvé, era un dragón.

Cien años de soledad nos da algunas pistas sobre cómo funciona el conocimiento metamórfico de las ninfas, ese saber otro. Para ello utiliza una figura fascinante: Remedios la Bella, la más ninfa de las ninfas de Macondo. Veamos, primero, algunos de sus atributos, para después fundamentar nuestra apreciación:

1-. Ella acompañaba a Amaranta en el costurero. Allí rizaban “espuman de holán” (89). El holán es una tela muy delgada que se usa para hacer velos. Ya sabemos lo que esto significa en clave de ninfas.

2-. “Se encerraba hasta dos horas completamente desnuda en el baño… se echaba agua con la totuma… era un rito tan meticuloso, tan rico en situaciones ceremoniales…” (96). Remedios aparece como una náyade, ninfa de agua dulce.

3-. “Remedios la Bella, de cuya hermosura legendaria se hablaba en todo el ámbito de la ciénaga” (84). La belleza de las ninfas es precisamente uno de sus atributos legendarios.

4-. Remedios tuvo un pretendiente fantástico, un caballero negro. Él le regaló una rosa a la salida de la iglesia. Ella “la recibió como si estuviera preparada para el homenaje y se descubrió el rostro por un instante y le dio las gracias con una sonrisa”. Esa visión bastó para que el pretendiente de “apuesto e impecable se volviera vil y harapiento… abandonó su fortuna… se volvió hombre de pleitos, pendenciero de cantina” (104) y terminó por “amanecer muerto” (106) junto a la ventana de la más hermosa de las Buendía. Luego, otros tres hombres también mueren por la misma causa, acercarse a la joven. De ahí que: “la suposición de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces sustentada por cuatro hechos irrebatibles” (107). Tales poderes nos instan a citar a Borges cuando enseña, en el Libro de los seres imaginarios (2006), que ver una ninfa podía provocar “la locura o la muerte” (45). Mismo peligro que acecha a cuanto hombre se acerque a Remedios.

5-. La joven es radicalmente distinta a los demás, ella “no es un ser de este mundo” (82). Frase que nos envía a pensar a qué mundo pertenece. Y ése, proponemos, no es otro que el mundo de las ninfas. Más bien de una clase de éstas, las inmortales. Tratamos ahora una cualidad nínfica interesante de comentar, pues atribuir a priori el carácter de inmortales a las ninfas no sería preciso. Algunos autores hablan que vivían “tres mil años” (Hesíodo 2007, 57). Otros como Porfirio (2003), no dudan en atribuirles una vida sin límite. También se han hechos distinciones en este asunto. Así Bulfinch, en su Historia de dioses y de héroes (2002), afirma: “Ninfas acuáticas son las náyades, que presidían arroyos y fuentes, las oréades de las montañas y las grutas, y las nereidas ninfas marinas. Estas tres últimas eran inmortales, no así las dríades o ninfas del bosque que morían con el árbol que era su morada” (229).

Gracias a estas últimas palabras podemos confirmar la inmortalidad de Remedios, pues ella, ya lo dijimos, es una náyade.

 

José Manuel Rodríguez y Omar Salazar

Acerca de esta publicación: El artículo publicado bajo el título “ Las ninfas de Macondo ”, de José Manuel Rodríguez y Omar Salazar, corresponde a un capítulo del ensayo académico “ Las ninfas en Cien años de soledad ” de los autores mencionado.

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