Literatura

El Pollo Ramírez

Yesid Ramírez González

08/04/2019 - 06:15

 

El Pollo Ramírez

 

El tablero del Hyundai morado marcaba una velocidad de 50 kilómetros por hora, era lo más a prisa que podían viajar por las pésimas condiciones de la carretera que de Gamarra conducía a Aguachica; el primo Álvaro Egea iba al volante, a su derecha el abuelo semiacostado, con una fiebre altísima y con un silbido en sus pulmones  que no cesaba: en el asiento de atrás y aferrada a la frágil mano del abuelo la tía Olga le oraba a las almas del tío Rubén y de la tía Nicolasa para que  “Toño Ramírez” se recuperara. Según ella, los ochenta y cinco años del abuelo y la neumonía que el doctor Egea y “Alvarito” le habían diagnosticado la noche anterior eran un claro indicio de que las cosas iban a empeorar.

Comenzaba a amanecer y eran los únicos que viajaban a esa hora, el rocío dormitaba aún sobre los taruyales de la ciénaga de Cascajal y sobre las pequeñas piedras de la carretera; a su paso el vehículo dejaba atrás una estela espesa de polvo que impedía ver con nitidez las últimas casas del pueblo. Al pasar frente al cementerio la tía Olga se santiguó y dejó escapar un doloroso suspiro. Cuando se acercaban a los predios del IDEMA el abuelo hizo un esfuerzo por incorporarse, observó a pocos metros los enormes silos abandonados y lanzó una sentencia.

–De allá para acá vuelvo muerto.

“Alvarito” hundió mecánicamente el acelerador, la brisa mañanera intentaba colarse por entre los vidrios de las puertas que permanecían arriba a pesar del calor que ya comenzaba a sentirse; él iba con la mirada fija, cuidadoso de no perder su derecha, pensando  que los paños de agua caliente y los medicamentos para frenar la diarrea del abuelo la noche anterior solo habían sido paliativos para la neumonía que avanzaba dramáticamente y que justo esa mañana debía viajar a Bucaramanga y tendría que dejarlo hospitalizado. La tía Olga, serena como siempre, anhelaba en silencio la pronta recuperación del viejo; ya en Aguachica el abuelo no se dio cuenta que el mercado de la ciudad había cobrado vida como todos los días y que bajo los matarratones en flor los vendedores se disputaban los mejores puestos para ofrecer sus verduras y frutas frescas; se sentía tan cansado que eso poco le importó; en menos de media hora habían arribando al centro de Aguachica y a la Clínica El Prado. “Alvarito” lo alzó en sus brazos y parecía un Cristo ya vencido; en la sala de urgencias lo canalizaron, le tomaron las muestras para los exámenes especializados, lo estabilizaron, “Alvarito” se lo recomendó al doctor “Bracho” el internista y pudo viajar más tranquilo a la capital del Santander.

La tía Olga no regresó a Gamarra hasta no haber llegado la tía Leo quien la reemplazaría en el acompañamiento del abuelo hasta el día siguiente. Mientras las horas en la clínica pasaban lentamente el abuelo se dejó absorber por los recuerdos y comenzaron a desfilar por su memoria los rostros, los paisajes y los momentos que habían marcado su vida:

Se ve corriendo aprisa cogido de la mano de su mamá Leonor Reales quien trata inútilmente de alcanzar a su marido Francisco “Pacho” Ramírez; el barrio “las Mantequillas”, donde viven, queda lejos del parque y ya las campanas de las dos torres de la iglesia anuncian “el último” para la misa de acción de gracias por la designación de “Enrique Ochoa” como primer alcalde de “San Sebastián de Playas Blancas” o Zambrano Bolívar. Los siguen corriendo detrás sus otros hermanos pero él solo alcanza a observar a “Rufino” y a “Virginia”; a sus cinco años no logra imaginar lo trascendental del evento y solo lo motiva a no perderle el paso a su madre, así tenga que mancharse con el agua de los charcos los zapatos blancos  que su papá le trajo del Banco Magdalena, los copos de algodón rosado que venden en el parque, el ronquido de la tuba de la banda “20 de Enero” y el sabor de los caballitos de papaya que vende la vieja Eulalia a la salida de la iglesia.

Ya en el templo atiborrado de fieles sus ojos se fijan en la imagen martirizada de “San Sebastián” patrono del pueblo, las palabras del “cura” en la homilía le parecen eternas y alcanza a escuchar demasiadas veces el nombre de “Enrique Ochoa”. Se distrae casi todo el tiempo tratando de entender por qué aquel santo de mirada escuálida tiene tantas heridas de flecha; se pregunta si lo habrían masacrado los indios. Son las 12:30 de la mañana cuando  se percata que la misa ha terminado y se da inicio a la procesión con “San Sebastián”, piensa por un instante que es el 20 de enero, día del patrono pues la pólvora es tanta que espanta a todas  las garzas que buscan “pescaitos” en las ciénagas del pueblo; la tradicional banda también comienza a tocar y muchos quieren partir con la procesión, sin embargo no entiende por qué esta vez  todos anhelan ir más cerca del “Alcalde” que del patrono del pueblo; aterrado busca por todos lados a su familia, se ha soltado de la mano materna por quedarse viendo petrificado cómo desaparecen los algodones de azúcar en boca de los niños de la familia del “Alcalde”.

De repente una bocanada de aire alimentó los débiles pulmones del abuelo y se despertó sudoroso en la sala de la clínica: abrió los ojos, observó a la tía Olga rezando entre dormida y volvió a cerrar los suyos.

Nuevamente entre sueños se encontró montado en una canoa de seis metros de largo por uno de ancho, era la canoa más grande que jamás había visto. Solo la superarían los johnson  que llegarían  después a  Zambrano cuando a un visionario se le ocurriría ponerle motor a las canoas y llenar con ellos los muelles de todos los pueblos a orillas del Magdalena.

La canoa cuenta con cuatro travesaños; en el primero, casi junto a la punta delantera va sentado él solo, pues ya tiene ocho años y por ser 2 de agosto su papá lo había levantado más temprano que de costumbre con un discurso que anunciaba su iniciación en el arte de la pesca y el apodo que lo acompañaría hasta el final de sus días”:

-Hoy lo voy a llevar a que aprenda a querer la ciénaga, le mostraré como es que se tira la atarraya y solo volveremos cuando tengamos pescado suficiente para una semana de venta. Usted se llamará siempre Antonio Ramírez Reales, pero cuando sea grande, cuando ya pesque solito y decida irse de la casa, a donde quiera que llegue lo conocerán como “el Pollo Ramírez”.

Al abuelo le encantó el discurso sencillo de su papá, la anhelada salida a pescar como regalo de cumpleaños y más aquel apodo, porque para él no despertaba risa sino un profundo orgullo y admiración. La mamá Leonor le dio un abrazo de cumpleaños, lo bendijo como todos los años, lo mandó pronto a alistarse y le preparó su desayuno preferido: batatas cocidas con picadillo de asadura frita y chocolate caliente.

Los otros travesaños de la canoa están desocupados, solo el último con “Pacho” con la atarraya a sus pies y quien a punta de canalete limpio llega a las aguas más prolijas en peces de la Ciénaga Grande de Zambrano. El calor sofocante los alcanza a las nueve de la mañana, pero no es impedimento para que disfrute la grata experiencia de aquel cumpleaños inolvidable. Es la primera vez que ve tan cerca a las garzas blancas con sus ojos amarillos saltones y sus pupilas negras dilatadas, los gallitos de ciénaga caminando sobre las taruyas invasoras, las hicoteas somnolientas asoleándose en la orilla, los toches tejiendo mochileros nidos bajo las ramas de los dividivis, los barraquetes acicalándose las plumas en los trupillos. Es también la primera vez que ve tan cerca el hermoso espectáculo de la atarraya abriéndose a plenitud sobre el espejo de agua, hundiéndose hasta lo profundo y emergiendo como si estuviera viva repleta de arencas, sardinas, barbudos, mojarras amarillas, mojarras azules y doncellas. Presencia la segunda zambullida de la atarraya preñada esta vez de vizcaínas, viejitas, bocachicos, doradas, comelones y dos blanquillos. Al mediodía ya no le caben más pescados a la canoa y cuando están punto de abordar la orilla, mientras él juega con el agua un enorme manatí surge de entre las taruyas, los bordea y se atreve a acariciarlo sin temor, pero de inmediato se asusta con el resoplido del animal que sale a buscar el oxígeno vital y a mordisquear los brotes más tiernos y las flores moradas del taruyal.

El abuelo abrió de repente sus ojos como en un acto involuntario, los cerró luego y regresó al pasado y se encuentra esta vez forcejeando contra un descomunal sábalo que ha atrapado con un anzuelo grande, en las amarillentas aguas del Magdalena, justo frente al muelle encaramado en la parte más alta de la barranca; es una lucha cuerpo a cuerpo pide la ayuda de nueve muchachos más y con  un lazo de fique trenzado logran dominar al animal; vive la época en que los sábalos y los bagres jetones manchados eran los más difíciles de quitarle al Magdalena. Se sintió verdaderamente extenuado,

El abuelo se volvió a despertar, la tía Olga se despedía dejándole un beso sobre la frente; la tía Leonor había llegado de Gamarra a pasar con él el resto del día y la noche.

No pasó mucho tiempo y el abuelo cerró los ojos nuevamente, esta vez sus recuerdos lo llevaran a 1920; tiene entonces nueve años y sus ojos casi desorbitados presencian el arribo del imponente “Hamburgo”, el primer barco a vapor que llega al puerto de Zambrano. Desde un barranco pasando casi inadvertido entre la multitud que se agolpa en la orilla del río para aplaudir a los viajeros, sueña con algún día subirse a éste o a cualquier barco y viajar por los pueblos ribereños en busca de fortuna, de aventuras y de amores. Y mientras el sueña con los ojos abiertos ve cómo van cargando a hombros los racimos de plátano verde, los sacos con yuca, ñame, batatas, arroz con cascarilla, maíz, bagres y bocachicos salados, cajas con jabón, manteca de cerdo, maderas finas y muchas cosas más. Ya se ve joven haciendo parte de la tripulación y ya no es el “Hamburgo”, sino el “Capitán de Caro”, o el “Humboldt”, o el “Santa Elena” y otros con sus valiosas cargas; con sus viajeros alegrándole la vida al son de la orquesta; de los desayunos, almuerzos y cenas codiciados en vajillas  de porcelana china; de los trajes elegantes e impecables de los señores y sus damas, de los sombreros de fieltro o de pajita; de los brindis con licores nacionales y extranjeros; de las vistas paradisíacas de los pueblos ribereños con sus playas y playones; las montañas, colinas y ondulaciones suaves de la serranía de San Lucas; los bosques tropicales  con la exuberante flora y fauna del Magdalena  y puede presenciar a pocos metros a los caimanes boquiabiertos en las orillas, a las aves zancudas y pájaros multicolores, a los ponches, a las babillas, a las dantas y a las iguanas verdes trepadoras y a las serpientes bejuquillas al igual que el exuberante dosel formado por aceitunos, guayacanes, ceibas blancas, algarrobos, campanos, malambos, hobos, carretos, sapanes, caracolíes y muchos más con alturas de hasta casi 10, 15 y 20 metros.

El abuelo postrado en su cama dejaba escapar una sonrisa recordando sus travesías por el “río Magdalena” en aquellas faenas como auxiliar de navegación y que se alargaron durante casi toda una década. Sabía que estaba presenciado los mejores momentos de su propia vida y logra verse enamorándose de vista de las damas que viajan en los barcos, probando a escondidas los exquisitos manjares y licores finos, guardando sus amores en secreto, viajando por los pueblos de los Montes de María, llegando a Barranquilla, dejándose llevar por las pasiones y siendo padre de una niña a la que casi nunca visitó ni lidió, solo sabía que se llamaba Amelia.

La tía Leonor se pasó la tarde y la noche caminando por toda la pieza de la clínica y escapándose de vez en cuando por los pasillos o tomando tinto para hacer más soportable su estancia y no despertar al abuelo que a pesar de su gravedad parecía estar inmerso en medio de la paz que dan los años viejos.

El abuelo dejó atrás los recuerdos de sus momentos de ventura en los barcos de vapor y se encuentra desembarcándose en una chalupa en el muelle de Gamarra con un grupo de amigos que quieren probar fortuna al otro lado del río; se entretiene observando a los johnson que comienzan a salir y a llegar cargados con pasajeros: hombres, mujeres y niños rumbo a El Banco, Magangué, Zambrano: Calamar y Barranquilla y otros hacia San Pablo, Cantagallo, Puerto Wilches, Barrancabermeja, Puerto Berrío, Puerto Triunfo, Puerto Salgar y La Dorada.  El olor del pescado fresco recién llegado inunda el ambiente aumentando el fragor de la mañana. A pesar del ruido de los motores se escuchan los remoquetes, los madrazos, las carcajadas, las historias de las últimas infidelidades de los pescadores, de los conductores de los johnson y de las chalupas, hasta de los mismos pasajeros; de las peleas en las cantinas del pueblo, de las nuevas prostitutas  de “Casa e Tabla”, de los registradoras llenas de billetes de los dueños de las bodegas, los ricos del pueblo, gracias a las telas, aceites, ropa, electrodomésticos y mercancías que llegaban en “el cable” desde Ocaña a la estación de Cascajal. El abuelo y sus amigos suben desde la orilla del río hasta alcanzar la parte plana donde  los vendedores y compradores se entremezcla; mientras tanto una sensación de ausencia lo embarga, por unos momentos duda, algo lo impulsa a no quedarse en Gamarra sino a continuar el viaje hasta la vecina Aguachica y de repente la escena de la orilla del río desaparece de su mente y se encuentra frente a frente con el “rico”  Estanislao Rincón “Talao”, el hombre que le cambiaría su bitácora de viaje, y ve cómo  pasan  los días en la populosa y sofocante ciudad; al instante se encuentra en casa del tío “Talao” frente a una joven de 18 años, alta, robusta, con vestido a media pierna, de piel blanca, cabello largo y lacio, de mirada más bien tímida y de comportamiento recatado; ante sus ojos tiene a  María Ascensión Mancini Quiñones,  “Chona”,10 años menor que él pero que el 21 de noviembre de aquel 1940 le estaría dando el sí en la iglesia de San Roque.

El abuelo se despertó sobresaltado, la tía Leo avisa a la enfermera de turno y ésta con pasmosa lentitud soluciona el momento cambiando el catéter para la otra mano; las prominentes venas que siempre sobresalieron en los delgados pero fibrosos brazos del abuelo, ya eran pequeños vasos viejos y cansados de tanta sangre recorrida.

El abuelo regresa a sus recuerdos; ahora está casado y con dos hijos “Leonor” y “Toñito” y se ve empacando baúles y maletas, retornando a sus raíces, volviendo a Zambrano, con treinta y seis años encima pero cargado de esperanzas. Está en su pueblo natal con su amigo “Raimundo Bustamante” trabajando en una de las tres jabonerías del pueblo, aprendiendo el oficio de hacer jabón y con la intención de viajar muy pronto a Yarumal Antioquia y montar su propio negocio de jabones para lavar. Ahora el abuelo siente la pena calándole los huesos, se ve enfrentado al dolor de la familia ante la pérdida de sus pequeños nuevos hijos “Solinda”, “Miriam” y “Juan”; le toca duro y más aun tratando de sanar las heridas de la abuela acostumbrada al buen vivir.

El tiempo vuela, siente que una especie de remolino lo lleva a las profundidades del río y vuelve y lo vomita en las orillas del río Nechí, están ahora en Yarumal. Se siente un poco incómodo, no termina de acostumbrarse al frío de la montaña, se ve sacando fuerzas para no defraudar a su familia y a su compadre “Mundo Bustamante”, la fábrica artesanal de jabones en Yarumal no da tantos ingresos como los dan el café, la ganadería, la industria panelera y el comercio de mercancías; además el ambiente lo siente tenso, observa a la abuela con “Olga” de escasos dos meses de nacida y escucha por todas partes que acaban de matar a Jorge Eliecer Gaitán en Bogotá, siente una rabia profunda porque culpan a su partido conservador  de ser el autor intelectual del magnicidio; ansioso ve cómo pasan lentos los meses violentos del 48 y siente que no puede más, el temor a que los enemigos de su partido tomen represalias contra él y su familia le desequilibran el sueño y prefiere partir.

Está embarcándose en el ferrocarril de Antioquia rumbo a Puerto Berrío, hace transbordo y se enfila con su familia por el Magdalena con destino a “Calamar”. El  viaje en barco río abajo ocurre en segundos  y ahora se siente extasiado en medio de un pueblo pujante y próspero, ve llegar el tren que viene atiborrado de carga y pasajeros desde Cartagena y se encuentra estirando el “Chinchorro” con varios  pescadores en las aguas desviadas artificialmente del Magdalena; la pesca ocurre en el canal del Dique y desde la distancia ve   a “Leonor” y a “Toñito” con sus nuevos amiguitos negros corriendo por el extenso camellón  polvoriento, adornado con los colores frescos de las casonas de arquitectura de estilo colonial y republicano. Vuelve entonces su mirada hacia el sol que se ve ya en el horizonte del “Caribe”; con su mano en la frente para evitar la contraluz divisa a “Chona” balanceándose en una mecedora de mimbre, espantando con un pañal blanco los zancudos que llegan de la “Ciénaga de Los Negros”, tiene la mirada ausente y fija en el distante barco que atraviesa el dique buscando a “La Heroica”, esperando la hora para que nazca “Álvaro Enrique”. A lo lejos también puede ver la columna de humo que sale de su jabonería.

La tía Leonor intenta cambiarle la pijama empapada en sudor sin despertarlo, se lo queda mirando como si se tratara de un niño indefenso y no puede evitar que sus gafas se empañen con el correr de sus lágrimas. Estaba segura que la enfermedad de los pulmones del abuelo no se debía a ningún virus y a ninguna bacteria; fueron sin duda los químicos que estuvo inhalando por tantos años emanados de la fabricación artesanal de jabones y por los vapores tóxicos en su taller de soldadura.

El abuelo sigue avanzando en su tiempo.  Se siente feliz viviendo en Barranquilla, en el barrio Las Nieves, en la calle 24 con carrera 24 esquina; dos almendros ya maduros  ventilan la casa que es de ventanas amplias con paredes de adobe y calados en forma de estrellas que dejan entrar la brisa por las cámaras de aire o callejones, el techo de  pequeñas tejas de cemento, las baldosas del piso de amarillo “encendido”, el patio de tierra arenosa con un papayo cargado y un mango de hilaza, el lugar preciso para emprender la jabonería en compañía del padrino de Álvaro, su amigo “Enrique Cuestas”. Se ve ahora aterrado, visitando a su compadre que permanece en el pabellón de quemados del “Hospital de Barranquilla” bajo pronóstico reservado; se le parece a un bollo de angelito vendado con gasas de pies a cabeza. Emprende el viaje hasta el mercado de granos llevando las pailas de la fábrica en un carro de mula alquilado. Se ve pensativo en su viaje de regreso a Aguachica, le esperan cinco días de incierto futuro, tiene puesta su esperanza en que le dirá “Estanislao Rincón” con la propuesta que lleva en mente, lo acompañan “Leonor”, “Toñito”, “Olga”, “Álvaro” y “Chona” con otro hijo en su vientre.

Aguachica ya dormita y en la habitación la Tía Leonor se siente demasiado sola, recuerda que en su bolso guarda la camándula momposina que le regalara el padre “Jesús Emel” y mientras la ampicilina sulbactam trata de salvar los dañados pulmones del abuelo, decide rezar los misterios dolorosos del Santo Rosario que le enseñaran las monjas en la Normal para Señoritas de Ocaña.

Toda la noche el abuelo estuvo inquieto, inspiraba y expiraba con dificultad mientras sus recuerdos se acercaban tan solo un poco más a su presente.

El tío “Talao” lo escucha un tanto receloso; el abuelo habla con mucha propiedad sobre sus saberes en el oficio de hacer jabones, conoce de memoria la fórmula secreta que guarda con recelo y que garantiza los mejores jabones de la región; le propone que financie en Aguachica una fábrica de jabones y que él se hará responsable de la producción y del personal que se necesita, que podrían ser entre  doce o quince empleados. Escucha muy atento la respuesta del tío “Talao”, a sabiendas que al viejo rico le importa más darle una mano por su querida sobrina y por los niños que por las ganancias de un negocio incierto.

Está en Gamarra, trabajando día a día en la fábrica de jabones para lavar ropa “La Fama” de propiedad del tío “Talao”, a sus 40 años ya tiene suficiente experiencia para coordinar las faenas con los quince trabajadores a su cargo. Observa el único salón de la antigua casa de tapia pisada con las pailas azotadas por la candela de leña mientras cuatro muchachos combinan los litros de agua con lejía y sebo traídos en canecas y bultos desde el puerto; la mezcla bota un olor penetrante a cloro y ya está en su punto; comienzan a verterla en un enorme cajón de madera recubierto en su interior con zinc, proceden a revolver y revolver con canaletes de madera esperando a que se ablande para dejarla fraguar durante tres días. Presencia el desmolde del gran bloque de jabón ya duro, y la gran cierra que lo reduce a pedazos de 25 centímetros de largo por 4 centímetros de ancho y 2 de espesor, o a jabones de tamaño normal mientras otros muchachos los envuelven, etiquetan y empacan en cajas de madera que serán enviadas ya por cable a Río de Oro y Ocaña, ya por barco a los pueblos ribereños o  por tren a Santa Marta.

Desde el portón de la entrada a la fábrica ve sentado en la puerta de la casa del frente a “Justo Pastor Mariño” fumándose un tabaco antes de la siesta y a los carreteros llevándose cincuenta cajas de jabón azul “La Fama” y 20 cajas de jabón amarillo “La Fama” con diferentes destinos, debidamente embaladas y remitidas; se dirige al fondo del salón, atraviesa el patio y llega a la otra casa, también de propiedad del tío “Talao” y ubicada al frente de las “Eljach”; allí está “Chona” sirviendo la sopa de costilla para el almuerzo mientras “Rubén” gatea persiguiendo una “limpia casita”  y “Carmencita” duerme plácidamente bajo el toldillo a prueba de mosquitos;  escucha entonces la algarabía de sus  otras dos niñas que llegan de la escuela “La Inmaculada Concepción”.

Aquella noche la tía Olga no pudo pegar un ojo y aunque la mayoría de la familia siempre la habían visto como la más dura de sentimientos, sus lágrimas mojaron las almohadas mientras acariciaba las canas de “Chona” que dormía plácidamente. Le arrugaban su corazón el tener a sus viejos separados en el tiempo y en la distancia, por un lado, la hospitalización repentina del abuelo y por la otra el Alzheimer que comenzaba a invadir la mente de la abuela.

La madrugada seguía avanzando, la tía Leonor sucumbió ante el cansancio y el abuelo seguía en su recorrido incesante calculando quizás que el tiempo que le faltaba era corto para todo lo que merecía ser recordado.

El corazón se le quiso salir al enterarse de la muerte de Estanislao Rincón y de la llegada desde Bogotá de su hijo “Naún Rincón”. Con tristeza contempló cómo el aviso de la Jabonería “La Fama” era desprendido de arriba del portón y las pailas, la sierra, la canaleta, el molde grande, las maquinitas, las cajas de madera, los canaletes, los papeles de envolver, los bultos de sebo a medio usar, las canecas con lejía y los jabones en existencia eran embarcados en un camión ganadero rumbo a Aguachica donde funcionaría la nueva fábrica, con otro dueño y otros trabajadores. Sintió nuevamente el escozor que le causaba volver a empezar. Sin discutir aceptó las decisiones de “Naún” y guardó silencio cuando éste argumentó que podían irse a vivir a la casa donde había funcionado la fábrica, ahora era de María Ascensión por orden del tío “Talao”; la del frente de las “Eljach” había sido vendida y por ende tenía que ser desocupada. Entendió que lo de la donación de la casa era producto del cariño que  “Estanislao Rincón”  le tenía a su sobrina; entonces recordó que  las hermanas Mancini habían tenido distintos destinos: “Nicolasa” prefirió irse a Barranquilla sin saber que la soledad sería su eterna compañera; “Carmen” decidió desertar del convento de las “Misioneras de la Madre Laura” en Medellín para morir víctima de una patada que su amante le diera en el hígado y María Ascensión “Chona” eligió casarse con él no tanto por un amor apasionado sino porque deseaba tener su propio y verdadero hogar.

Empezaba a clarear el día, y con los primeros rayos del sol de aquel 1º. De noviembre, día de todos los santos, los feligreses de la iglesia de San Roque atendían los repiques de campana que anunciaban la misa de 7:00. La tía Leonor se desperezó un poco, revisó minuciosamente al abuelo para ver cómo había amanecido, le dio los buenos días, pero no obtuvo respuesta, aparentemente estaba plácidamente dormido pero su viaje por los caminos de su vida aún lo mantenían inquieto.

Escucha el llanto de “Jairo Antonio” que acaba de nacer en la casa vieja ya remodelada y acondicionada y enseguida oye  el lamento de los niños y de “Chona” que lo están enterrando a los 21 días de nacido, Se encuentra ensimismado en sus tareas de latonero; necesita entregar un pedido grande de 30 boyas para chinchorro y 5 mechones para pescar que van para Puerto Viejo, 20 boyas y 10 mechones para Palenquillo, 40 boyas y 10 mechones para Cascajal, 4 canales para El Contento, 2 astas de bandera para la escuela “La Inmaculada”, arreglo  de un radiador para “Ismael Lara”, una regadera para la “Niña Hilda”, arreglo de dos lámparas de gasolina para Puerto Mosquito, arreglar la victrola de “Filomena”, un tanque para vender avena para “Timoteo Mendible”, arreglar 2 sombrillas para “las Feres”, una nevera de madera para la Gran Parada y un “ESSO candela”  para “Pascalina”. Está trabajando de mañana y tarde sin dejar descansar el soplete y el martillo; ansía que llegue el sábado por la tarde para irse a tomar unos tragos con “Toño Manigueta” y con Santiago “Chago el mocho”. Le atormenta pensar cómo le va a cumplir al inspector de policía de Morales con los 5 ataúdes de zinc que van para Medellín con los muertos desenterrados y que ya huelen muy mal.

Desde las cuatro de la mañana los gallos y el chavarrí de los “Jaimes” no pararon de cantar, la Tía Olga no sintió deseos de levantarse, no quería despertar tan temprano a la abuela. Sin embargo, el timbre del teléfono la hizo ir a contestar porque a “Nilbia”, la muchacha del servicio, se le habían pegado las sábanas; sabía que era su hermana Leonor. La tía Leo se escuchó un tanto contrariada al otro lado de la línea:

-Olga te cuento que papá no da muestras de mejoría, pasó “soñando” toda la noche, los rayos “X” confirmaron una bronconeumonía, se le están aplicando antibióticos por vena…te espero para ir a darle una vuelta a “Samuel” y regreso entonces a la noche. No te demores.

Colgó el teléfono, desayunó con huevos revueltos, arepa de promasa y café con leche acompañada a la mesa por la abuela y el pequeño Harold; el televisor de la sala permanecía prendido en el noticiero de las 7:30 de Caracol, la tía Olga sintió un apretón en el pecho cuando María Lucía Fernández informó:

-Mañana dos de noviembre se cumple un año del homicidio de Álvaro Gómez Hurtado, el líder conservador……

La tía Olga añoró en esos momentos los “vivas” que el abuelo frecuentemente le echaba al partido conservador y a su máximo representante, al tiempo que un pensamiento fugaz pasó por su mente: el ánimo de “Toño Ramírez” había decaído desde el asesinato de su líder.  Se alistó sin prisa, le dio unas recomendaciones a Nilbia y se fue a la clínica con el primo Harold; allá se encontró en la recepción con una Leonor trasnochada y resignada, se despidieron con un fuerte abrazo de hermanas y llegó a la habitación del abuelo y lo notó delirante.

El abuelo  acepta que el nuevo hijo  se llame “Jairo” solamente, sin el “Antonio”, acepta que después de otras tres pérdidas ya la abuela merece descansar, acepta que no hay apegos ni amores ni responsabilidades con sus otros hijos clandestinos “Amelia” en Barranquilla y “Ramón Ovalle” en Ocaña; acepta también que la vida le ha cambiado y que se está sintiendo muy cansado y viejo: que ya nunca más volverían los 20 de enero en Zambrano; ni los viajes en canoa por las ciénagas tirando la atarraya; ni los chinchorros en el río en tiempo de subienda; ni las idas  y regresos por el Magdalena en los barcos de vapor; ni las camisas empapadas de sudor en las fábricas de jabón; ni los placeres desbordados en el vientre prolijo de la abuela; ni la euforia concebida en cada discurso de un político conservador y en cada día de elecciones; ni las madrugadas al mercado en busca de hígado, pajarilla, chinchurria, pescado, asadura, yuca, ñame, batatas, plátanos y frutas; ni  los desayunos preconcebidos a la espera de las arepas y el chocolate de “Chona”, ni el café con pan a las 10 de la mañana, ni la lectura vespertina del periódico “El Siglo” acomodado en el asientico  bajo los palos de mango en la terraza; ni el adiós para siempre de sus queridos perros “Biuti” y “Argentina”.

Acepta también que sin pretenderlo fue el único y mejor latonero en Gamarra, Aguachica y la región; que le encantaba vestirse los domingos de camisa blanca, pantalón de pliegues y zapatos de cuero de embolar; que disfrutaba guardarle a sus nietos los  anones y los mangos maduros que caían de los palos de la casa; que alguna vez añoró una foto familiar tomada por “Zamora”; que el nombre más feo del mundo era “Rufino” y por eso su hijo se llamó “Rubén”; que “Carmencita” siempre sería “la Niña”; que le faltó abrirle más su corazón a sus hijos y a su esposa; que los mejores barrios de Gamarra fueron “Las Puntas” y “Los Aluminios”; que nunca imaginó cuanto odiaba “Chona” sus martillazos y sus llegadas borracho; que se le hinchaba el corazón de orgullo cuando salía los sábados por la tarde con los bolsillos llenos de billetes, pero que no se molestaba en serio con “Jayo” cuando corría a vaciárselos por orden de la mamá; que no había mayor disfrute que tomarse unas cervezas en la “Gran Parada” viendo el Magdalena en todo su esplendor; que sus mejores amigos fueron las personas más humildes del mundo: “Toño Manigueta”, Santiago “Chago el mocho”, “Filomena”, “Pascalina”, “Timoteo y María Camacho”, “Badillo” y “Pablo Vergel”; que para sus yernos y sus nueras nunca fue del total agrado, que sus nietos no eran muérganos tres veces muérganos, sino que eran tan tiernos como la pulpa de los anones maduros; que le molestaba mucho que “Ilva” la de “Toñito” cantara rancheras y que  “Blanquita Sierra” era una meretriz; que sentía pavor llegar a casa con la camisa abierta al viento, con la conciencia nublada y los ojos rojos y “despepitados” aunque minutos antes se sintiera el  rey de los hombres paseándose por la calle del Comercio con una mano en la cintura y gritándole a los transeúntes con los que se cruzaba “Cuidaito compa gallo…aquí donde Usted me ve yo tengo mi periquita”; que todo el mundo conocía al “Pollo Ramírez” pero muy pocos a “Antonio Ramírez Reales”; que “Diógenes Arrieta” dijo: ojos indefinibles…ojos grandes; que sus cuatro hijos conservadores y sus tres liberales se amaban por encima de las diferencias políticas; que le encantaba piropear a las muchachas cuando estaba “tres quince”; que los mejores boleros eran los de “Toña La Negra” pero su canción preferida era “Amorcito corazón” del Trío “Los Panchos”; que no hay que trabajar los siete días de la semana; que el mejor día para volverse loco de la alegría era el “Sábado de Carnavales”; que los borrachos son el hazme reír  de un pueblo pero que al mismo tiempo ellos se ríen de todos y aprenden a ver las miserias humanas desde muy dentro de su corazón; que la cerveza, el guarapo y el chirrinchi se le habían vuelto indispensables; que como decía “Chona”: “éste con dos tragos ya está listo”; que su figura se había vuelto “encangá”, no por el aguardiente como decían muchos, sino por el trabajo de los años y su fisonomía tan delgada;  que el alcohol se le había filtrado en la sangre y ya no podía vivir sin él; que el diablo era “Liberal” y Dios “conservador”.

A sus ochenta y tres años se siente muy solo y culpable por la ausencia mental de “Chona” y jura que nunca más volverá a tomarse un trago y que se sentará sin prisa a esperar su propia muerte, pero sin ser un enfermo de cama para no dar tanta lidia.

El reloj marcaba las 11:30 A.M, el abuelo no paraba de murmurar entre dientes, la tía Olga le acariciaba la frente al tiempo que le decía:

-Tranquilo “papacito” tranquilo.

Se acercó más al abuelo para escuchar lo que decía, lo sintió desvanecerse y con los ojos inundados de lágrimas volteó a mirar a su pequeño:

- “Harocho”, tu “Papa Toño” se acaba de ir.

La mañana de aquel 1º. de noviembre de 1996 fue la última del abuelo, se marchó con los ojos abiertos y llamando con mucha calma a Álvaro Ramírez el hijo más querido de la abuela y a Álvaro Gómez Hurtado su caudillo más preciado.

El sol ya casi estaba en su cenit y el alma del abuelo comenzaba a llegar al purgatorio; estaba seguro que por morir el día de todos los santos se merecía pasar de largo a algún lugarcito en el cielo; lo estaban esperando con los brazos abierto sus padres, sus hermanos y “Rubén”; el “Diablo” se lo quedó mirando y él, de inmediato con el brazo extendido en señal de rechazo, lo reprendió:

- “Muérgano mil veces muérgano”.

…y las demás almas que hacían fila para entrar al cielo murmuraban entre ellas:

-Ahí va “el Pollo Ramírez”

“El día de todos los Santos Difuntos” casi todo el pueblo de Gamarra fue al sepelio del abuelo, mis tíos escogieron un cajón gris plata el más grande y hermoso que yo hubiese visto en mi vida.

El abuelo se fue sin revelar la fórmula para hacer jabón, sin enseñar a sus descendientes el oficio de soldar, sin sospechar que la lejía y el plomo de la soldadura le habían intoxicado los pulmones. Se fue sin saber que Calamar al principio se llamó Gamarra, que el verso “ojos indefinibles, ojos grandes” no era del poeta “Liberal” de San Juan de Nepomuceno sino de Julio Flórez; que volverían los barcos a viajar por El Magdalena y el tren regresaría a la Estación de Gamarra; que los bagres estarían a punto de extinguirse, que la abuela “Chona” y “Carmencita” se irían después de él, que las “Eljach” se esfumarían para siempre, que desaparecían de la casa materna los palos de mango, que la “Ruta del Sol” transformaría la carretera hacia Aguachica, que los partidos tradicionales terminaron haciendo coaliciones para no desaparecer, que los “Ramírez”  que se fueron de Gamarra ahora andan por Barranquilla, Valledupar, Villavicencio, Cúcuta, Aguachica y Río de Oro; que la tía “Leo” le heredó su pasión por el  conservatismo aunque últimamente le ha dado por ser “liberal”, que enviudó y vive entre “Villavo” y “El Valle” disfrutando la pensión de “Samuel Egea” y lucha actualmente por mantener viva la memoria; que  “Toñito”, mi papá, le heredó su mamadera de gallo, que ya se pensionó y ahora recorre diariamente media Barranquilla para distraerse finiquitando negocios de finca raíz y que aún sigue con “Ilva”; que la “Tía Olga” le heredó su responsabilidad por el trabajo, que sigue con la pensión de IDEMA y  pasa el día atendiendo los servicios de parabólica e internet en Gamarra; que el tío “Álvaro” le heredó la facilidad para montar y cerrar negocios más la inventiva para arreglar  aparatos, que se quedó viviendo con “Zulay” y ahora es amigo de “Doris Navarro”, que el tío, que después de la muerte de “La Niña”, “Millo Caselles” también se murió y los pelaos ya son hombres y ahora  papás responsables y que el tío “Jayo” lastimosamente se dejó seducir por las “delicias” de los “estancos”; que ya le nacieron varios bisnietos y tataranietos, que uno de sus nietos aspira a ser el futuro alcalde de Gamarra y que su apodo quizás lo puedan heredar tan solo los descendientes de los hijos del tío “Álvaro” y del tío “Jayo” porque con los hijos de sus otros hijos  el “Ramírez” se perdió para siempre.

 

Yesid Ramírez González

Sobre el autor

Yesid Ramírez González

Yesid Ramírez González

Vivencias

Nacido en Río de Oro (Cesar, Colombia) en 1964. Comunicador Social de la Unversidad Autónoma del Caribe, ex Coordinador Municipal de Cultura de Río de Oro, cargo que desempeñó por más de doce años; ex catedrático del área de humanidades de la Francisco de Paula Santander Ocaña. Asesor de proyectos culturales. Diplomado en Gestión Cultural -Universidad del Norte. Escritor de cuentos, crónicas y poemas.

https://www.facebook.com/yesid.f.gonzalez

7 Comentarios


Maximiliano Jimenez 08-04-2019 08:56 AM

Excelente dramática, buena lectura de entrelazados, por mejorar: hubo un lapso donde se perdió el actor principal El Pollo Ramirez, excelente escritor felicidades.

Rodolfo Amaya 08-04-2019 04:52 PM

Compa, su relato es un maravilloso viaje por la dinastía de su sangre, al igual que su abuelo "El Pollo" en su lecho de muerte, también yo viajé en el tiempo por lugares que imaginé con sus detalladas descripciones. Gracias por el tour. Un abrazo Compa.

Saith Casadiegis 08-04-2019 06:43 PM

Hrrmosa narrativa del abuelo ausente felicidades y gracias Yesid por permitirnos llegar a tu alma de niño agradecido por la vida y a tu pluma de buen escritor.

Hacip González Casadiegos 10-04-2019 11:50 PM

Definitivamente, qué berraquera...felicitaciones por ese don de escribir. Lo de "solita", también me impresionó; tu manera de meterme en el cuento, es impresionante. Bendiciones...

Nexy Esperanzs Pinto Durán 13-04-2019 06:02 PM

Dios bendiga tu gran talento. Hermosa historia, que al leerla hace que el lector viaje también por ese mundo en que el protagonista hizo su recorrido. Denota tu gran reconocimiento y amor por aquellos que forman parte tu árbol genealógico. Recibe mi admiración y mil felicitaciones. Estas hermosas páginas me llenaron de sentimiento. Con especial cariño un cálido abrazo

Nexy Esperanza Pinto Durán 13-04-2019 09:17 PM

Cuánto sentimiento plasmado en una historia que hace que el lector recorra el mismo camino que el protagonista. Cuántos recuerdos y vivencias recopiladas en una narración que estoy segura que a tus familiares y amigos los llenan de orgullo y a la vez de gran nostalgia al recordar a un ser maravilloso que luchó siempre por salir adelante y por conservar a una familia. Te admiro y te felicito. Excelente narrativa. El Señor, te derrame copiosas bendiciones.

Ilva González y Antonio Ramírez 15-04-2019 08:11 PM

De parte de tus padres hermosa historia, nos hiciste revivir el pasado llenándonos de sentimientos encontrados y orgullosos de tener un hijo tan talentoso. Dios te bendiga, te admiramos y felicitamos.

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