Literatura

El brujo embrujado

Arnoldo Mestre Arzuaga

20/05/2019 - 06:10

 

El brujo embrujado

 

Zully, además de hermosa, era una mujer sensual. Por donde pasaba dejaba un olor a jazmín de Arabia, lo que hacía que tanto mujeres como hombres se volvieran a mirarla.

Las mujeres sentían envidia y los hombres deseos malsanos al contemplar su hermoso trasero. Su caminar era como un vaivén de olas o un movimiento de palmeras impulsadas por el viento. Estaba locamente enamorada de Carlos, ya llevaba tres años largos en un romance ardiente que la traía loca. Tan solo con mencionar su nombre, perdía su compostura e inconscientemente humedecía sus pantis, por eso no podía aceptar la decisión de Carlos cuando le dijo que amaba a otra mujer y lo mejor era que finalizaran su relación amorosa.

Pasaba noches enteras sin dormir pensando en qué había fallado, sentía que todo se hundía a su alrededor y que jamás se recuperaría de ese golpe bajo que le había dado la vida. Su amiga Susana notó aquel sufrimiento y le aconsejó visitar a un brujo que ella frecuentaba y que nunca le había fallado en asuntos del corazón. De modo que esa tarde de brisas suaves y fresca decidieron visitar al personaje experto en arreglar los corazones rotos y destrozados.

Manuel Genaro era un hombre bien formado, más bien delgado pero musculoso, de rasgos indígenas, usaba el pelo largo pero aseado y perfumado con algún champú que alguna clienta le había recomendado, de ojos grandes vivarachos y profundos, cuando Zully lo vio sintió de repente un alivio en su corazón y, sin quererlo, de nuevo mojó su panty involuntariamente. Él le sugirió a Susana que lo dejara hacer su trabajo solo con su nueva clienta, y, cuando se encontraron solos para sorpresa de Zully, la llamó por su nombre y le empezó a hablar de su problema. Ella, sorprendida por la sapiencia de aquel extraño hombre, le dijo: “No te he dicho mi nombre ni te he comentado nada, ¿y cómo sabes todo esto?”. “Son sabidurías de mi trabajo”, respondió Manuel Genaro.

Lo que Zully no recordaba era que inocentemente le había contado todo con antelación a la asistente del brujo y está tenía un micrófono abierto que permitiera que su jefe escuchara todo antes de recibir a sus clientas. 

“Bueno, ¿pero tú quieres olvidar a ese hombre o quieres que regrese rendido a tus pies?”, le preguntó Manuel Genaro. “Quiero que regrese, mi vida sin él no es vida, lo quiero tener siempre conmigo”, respondió ella casi llorando. “Primero déjame revisarte, ver qué te conviene y trabajaremos sobre eso, solo te pido confianza en mí, tu cuerpo está endiablado y tengo que limpiarlo”, agregó el brujo, luego le ordenó a Zully despojarse de sus ropas y que se quedara en ropa interior. Ella quiso rechazar la orden, pero lo dijo con tanto profesionalismo que ella obedeció.

Cando el brujo la miró, por mucho que disimuló no pudo evitar reparar todo su cuerpo. La hermosura de aquella muchacha lo dejó confundido. Para no alejarla pensó en acercarse sin despertar malicia alguna. De unas botellas que contenían plantas vegetales semejantes a brusco de monte, tomó unos sorbos hasta llenar su boca y empezó a lanzar aquel extraño líquido en forma de rocío por todo el cuerpo. Después, con sus manos le hizo suaves masajes para esparcir más el líquido, y, finalmente le dijo que se vistiera. “Mañana veremos las señales que me envía tu cuerpo si es bueno que tu hombre regrese o lo olvidas para siempre. Te espero a la misma hora, ya puedes venir sola”, agregó Manuel Genaro cuando Zully se disponía a salir.

Al día siguiente y a la misma hora, Zully llegó puntual. El brujo la esperaba ansioso, pero calmado y seguro de sí mismo para que su clienta creyera en él. “Bueno, vamos a ver qué nos dice tu cuerpo, sólo él nos indicará qué debes hacer. Por favor, sin temor quítate todo cuanto traes puesto, incluyendo prendas y adornos”, Zully no puso resistencia alguna y acostada en una cama de lienzo totalmente desnuda Manuel Genaro empezó a pasar suavemente sus manos por todo su cuerpo, A veces acariciaba suavemente su busto, pero con un ritual asombroso que no dejaba dudas de su profesionalismo, de nuevo esparció agua por todo el cuerpo de Zully como los galleros bañan a sus gallos.

Así pasaron varios días repitiendo el mismo ritual, ya Zully no entendía si sentía vergüenza o placer con aquel misterioso curandero que empezaba a darle tranquilad a su destrozado corazón.

Así que esa tarde después de muchas visitas, Manuel Genaro le dijo: “Hoy sabremos qué quiere realmente tu cuerpo, veremos si quiere olvidar o que tu amado regrese, tómalo todo como asuntos de mi profesión”. Después de ordenarle desvestirse él también lo hizo, esta vez no le lanzó el rocío de agua de brusco en su cuerpo, se fue directamente hacia ella y empezó a besarle el hermoso busto después con sus besos recorrió todo su cuerpo hasta llegar a sus genitales donde se estacionó y allí la besaba con más impetuosidad cruzando su lengua por todos sus lados y en el centro. Ella sin poder detenerlo lanzó un gemido largo blanqueó sus ojos y, finalmente, su cuerpo le manifestó al ingenioso brujo lo que quería.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

Sobre el autor

Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

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