Literatura

Rumor de hojas

Diego Niño

22/07/2019 - 06:05

 

Rumor de hojas

 

Tenía el cabello mugroso, le faltaban tres dientes y el tono de piel era más oscuro que la cobija que llevaba sobre sus hombros. Caminaba por la carrera Séptima, a la altura del Museo Nacional. Pedía dinero a los transeúntes con una voz frágil que desentonaba con la agresividad de su mirada. Se detuvo frente a mí. Por un segundo pensé que me había reconocido.

Convergimos al club de Suboficiales en el tiempo en el que era un bloque con dos verrugas en su espalda: la discoteca y el alojamiento de soldados. Después del alojamiento crecía una fanegada de pasto al que nadie se atrevía a meterle mano. Ni siquiera el pelotón de soldados que lo contemplaban desde las garitas.

A ese club arribó Gómez… mi sargento Gómez, como debíamos decirle. Llevaba la tula al hombro y un cuchillo apretado al cinturón. No hablaba con nadie. Ni siquiera con otros suboficiales. No almorzaba en el rancho, como hacía la tropa, sino que comía escondido en el pastizal, como un depredador acechante. Pocas veces estaba de servicio. Cuando le correspondía, tocaba tres veces la campana del alojamiento. Formábamos. Nos contemplaba con desconfianza, caminando de izquierda a derecha y de derecha a izquierda con las manos en la espalda. Se detenía frente a nosotros con las piernas abiertas y la mirada fría. Sacaba el cuchillo de su funda. Examinaba el filo de la hoja y después nos observaba a nosotros. Con la punta del cuchillo señalaba a cada soldado y a la garita que le correspondía cuidar.  

Su conducta despertó las habladurías de los soldados. La mayoría afirmaba que el Sargento Gómez padecía una enfermedad mental. Otros aseguraban que actuaba así porque le corría la milicia por la sangre. Decían que había participado en la toma a la Casa Verde y que había sido el único suboficial que sobrevivió al ataque de Patascoy. Díaz Ábalo, el dragoneante de régimen interno, no sólo confirmó que Gómez había estado en la toma de Patascoy, sino que agregó que durante el combate había sido herido por un proyectil siete punto sesenta y dos.  

—El cartucho vino desde la manigua y le voló las güevas —señaló la esquina suroriental del alojamiento y trazó una trayectoria recta que terminaba en sus testículos.

Esta historia, quizás por el morbo, fue la que tomó fuerza entre nosotros. Debatimos teorías que confirmaban la amputación. Ospina Camacho dijo que su voz evidenciaba la falta de testículos.

—¿No vieron la película Farinelli? —preguntó—. El protagonista tenía la misma voz de mariconcito de mi sargento.

Orozco aseguró que Gómez era homosexual. Su argumentación se sostenía en la costumbre de Gómez de entrar al baño para contemplar los testículos y las nalgas de los soldados mientras se bañaban. Recorría el baño con el cuchillo colgándole de la cintura, las manos en la espalda y la mirada afilada.  

Rodríguez, que tenía una voz robusta a pesar de su cara de niño, aseguró que el nombre completo del sargento era ElverGo-mezTorba. Reímos a carcajadas hasta que vimos al sargento Gómez recostado contra el marco de la puerta. Callamos al instante. No dijo nada. Contempló a Rodríguez de pies a cabeza y caminó hasta la campana, que hizo sonar tres veces. Formamos. Señaló con la punta del cuchillo a cada soldado y a la garita que le correspondía. Al final quedamos Rodríguez y yo. Me señaló a mí y a Maizal. Después a Rodríguez y a Tejo, la garita vecina de Maizal. Hicimos sonar los tacones, fuimos al armerillo por los fusiles y de allí a las garitas que parecían flotar en la neblina.

Horas después yo caminaba para espantar el frío y el sueño. Di vueltas alrededor de la garita hasta que me aburrí. Después caminé en dirección a Tejo. Contaba diez pasos, daba media vuelta y regresaba a Maizal. En la siguiente caminata contaba quince pasos y regresaba. A cada salida le sumaba cinco pasos.

En el paso veintisiete oí un murmullo. Fue un quejido leve, casi un rumor de hojas. Me detuve. Creí que había sido una alucinación provocada por el cansancio. Continué caminando sin prestarle atención. Aumentó el rumor. Busqué a Rodríguez, que debía estar en Tejo. No lo vi. Puse el proveedor, me persigné y caminé hacia el lugar del que emergía el ruido.

Cuatro, diez, quince pasos.

Me detuve. El silencio parecía ser una extensión de la oscuridad.

Veinte, veinticinco, treinta pasos.

Esperé varios minutos, pero no se repitió el ruido. Di media vuelta y regresé a Maizal. A mitad de camino retornó el murmullo. Era más cercano a un grito ahogado que al cuchicheo inicial. De nuevo levanté los ojos para buscar a Rodríguez, pero no estaba en la garita. Reemprendí el camino a pesar de que se había desvanecido el rumor.  

Treinta, cuarenta, cincuenta pasos.

Me detuve un instante. El Hotel, Tejo y Maizal se perdieron en la penumbra que antecede al amanecer. Parecía una escena de una película de terror. No sabía qué hacer. ¿Daba parte a mi sargento Gómez? ¿Me subía a Maizal y esperaba el relevo?

Continué caminando. Reapareció el murmullo que subía en intensidad hasta transformarse en la voz de una mujer que se ahogaba en la última sílaba, como si le faltara aíre. Di dos pasos más. La penumbra dio paso a dos sombras enroscadas. Creí que era una pareja que había escapado de la discoteca para fornicar en el pasto que alcanzaba los cuarenta centímetros de altura. Iba a dar media vuelta cuando recordé que nadie había ingresado a la discoteca porque era lunes.

Entonces, ¿quiénes eran los del ajetreo?

Supuse que Rodríguez había metido a alguna amiga para desfogarse en la oscuridad. Sonreí, pero la sonrisa se borró cuando vi la luz de la luna reflejada en el filo del cuchillo. Fue un destello nítido que no dejaba lugar a dudas. Me acerqué con pasos cortos. Apenas se podía distinguir el bulto que se movía con rabia. Vi la mano apretada contra los labios de Rodríguez, la garganta a punto de estallar por el filo del cuchillo y el cuerpo sometido por el peso.

—¿A quién le estorba el vergo? —preguntó el sargento Gómez en la oreja de Rodríguez. Aceleró el martilleo de su cadera.

Rodríguez debió verme en las tinieblas. Una sombra entre las sombras. Apenas una mancha que traía la esperanza de liberarlo del dolor y la humillación. Un disparo, un culatazo, un grito que hiciera que el sargento aflojara lo suficiente para empujarlo. Pero no hubo disparos, culatazos ni gritos. Ni siquiera hubo rumor de hojas. Caminé hacia atrás, recogiendo los pasos. Cuando estuve lo suficientemente lejos, di media vuelta y caminé hacia Maizal.

Dos, cinco, veinte, noventa, cien pasos. Los conté para deshacerme de las palabras que se aferraban a mi memoria: ¿a quién le estorba el vergo?

Tal vez Rodríguez dio parte porque fue trasladado al batallón al medio día, poco después que enviaran al sargento Gómez al Hospital Militar, donde cumpliría funciones administrativas.

Dicen que Rodríguez no volvió a burlarse de nadie. Ni siquiera volvió a reír. Era menos que un fantasma que se escondía en los baños después de la formación de las nueve de la noche. En julio, durante un entrenamiento, puso el fusil en su frente y disparó. El sumario aseguró que Rodríguez había olvidado un cartucho en la recámara durante la guardia y disparó accidentalmente en las maniobras de orden cerrado. Todos —especialmente sus familiares— quedaron satisfechos con el informe.

El sargento Gómez continuó siendo una leyenda. Algunos decían que había desertado del ejército para irse a las filas de los paramilitares. Otros señalaban que se enlistó en la guerrilla en la que coleccionaba orejas de militares para cobrar la humillación de verse reducido a trabajos administrativos.

El tiempo fue borrando las historias del Sargento Gómez hasta la tarde que lo vi con el cuerpo arqueado por el hambre y los ojos sin fondo. Abrió la boca, pero no salieron palabras sino un murmullo, casi un gemido. «Tengo hambre», dijo. O creo que dijo, porque sus palabras se enredaron con el rumor de un bus. Saqué un billete y se lo di sin levantar la mirada. No quería ver sus ojos. Sólo vi la mano que apretó la boca de Rodríguez para que no gritara. Arrugó el billete hasta transformarlo en una bola que metió en el bolsillo del pantalón. Dio media vuelta y desapareció entre las personas que transitaban por la Séptima.   

 

Diego Niño

@diego_ninho

Sobre el autor

Diego Niño

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Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

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