Literatura

La ventana

Emilio Enrique Acevedo

16/09/2019 - 05:30

 

La ventana

 

Era martes. Como todos los martes y los jueves, Juliancito, como le decía su madre, llegaba del colegio, apurando a su progenitora para que le sirviera la comida, ni siquiera se cambiaba el uniforme, apenas alcanzaba a lavarse las manos, sin lo cual no se le permitía sentarse a la mesa.

No importaba cual fuera el menú, si el platillo era de su agrado o no, lo importante era comer lo más rápido posible para colocarse en la ventana que daba a la calle.

Vivían en un segundo piso, por lo que la vista era inmejorable, los vehículos que pasaban no obstruían la visibilidad en la acera de enfrente, no se perdía ningún detalle de lo que sucediera en ese lugar.

A los cinco minutos para las tres de la tarde, ya estaba instalado en la ventana, esperando impaciente, se llevaba una gaseosa y unos dulces para acompañar la espera.

Dos o tres minutos después de las tres sucedía, pasaba ella, una linda muchacha no mayor a los dieciocho años que lucía sus atributos, que no eran pocos, siempre cuidadosamente arreglada, generalmente con una mini que dejaba al descubierto sus bien torneadas piernas y una blusa, las más de las veces semi-transparente que dejaba ver dos senos erguidos de un tamaño perfecto para el gusto de Juliancito.

La visión duraba dos o tres minutos, desde que la chica llegaba, recorría toda la acera caminando a paso lento hasta la esquina, dando vuelta a su izquierda donde desaparecía.

Juliancito quedaba extasiado contemplando la bella figura de la chica, recorriéndola con la vista, de frente y luego por la espalda, no despegándose de la ventana hasta que la aparición desaparecía.

Y esa tarde todo valía la pena, se entregaba con gusto a sus tareas cotidianas, incluso las clases de inglés que tanto detestaba las tomaba con filosofía y todo era bello, porque la había visto, la aparición se había vuelto la razón de su existencia.

- 2 –

El jueves siguiente la maravillosa visión pasó a las 3:05.  Cosa que llenó de angustia al chico, llegó a pensar que ella no vendría y, entonces, ¿qué sería de él? Afortunadamente, toda la angustia se esfumó, ella pasó como siempre radiante luciendo inevitablemente esa belleza juvenil que tenía al muchacho encantado con solo contemplarla.

Llevaba esta vez unos jeans que resaltaban su figura, parecía una princesa, su pelo largo, castaño claro, la hacía más deseable, conocía cada centímetro de su figura y su cara era como de un ángel, un ángel o tal vez un demonio que despertaba todos los instintos de Julián.

Hacía dos meses que la había visto por primera vez y, desde entonces, su vida tenía una razón, no perder la ocasión de contemplar a su amada y desearla cada día más.

Por las noches se acostaba con la firme intención de soñarla, cosa que sucedía algunas veces, en uno de esos sueños, ella llegaba en la noche a su recámara y lentamente se desvestía ante la mirada extasiada del chico, que sentía que el deseo iba in crescendo, en verdad la muchacha era muy hermosa, después se acostaba junto a él y lo empezaba a acariciar, hasta que el muchacho sentía que iba a enloquecer. Hasta ahí llegaba el sueño, despertaba con gran excitación, deseando que llegara otro sueño donde pudiera ir más allá.

Un buen día, decidió esperarla en la calle para verla de cerca y tratar de hablarle, necesitaba oír su voz, que debía ser hermosa como toda ella, no resistía más verla solo desde su ventana.

Ese día decidido, se colocó en la esquina contraria a donde venía la muchacha, cuando la vio en el otro extremo de la calle, sintió que las piernas le temblaban, un sudor lo invadió, sin embargo, consiguió sobreponerse para ir a su encuentro.

Lucía, encantadora, con un vestido amplio que no impedía adivinar sus formas, ella se acercaba y Julián repetía mentalmente las palabras que pensaba decirle, tenía que aprovechar la oportunidad.

Cada vez estaban más cerca, el muchacho sentía un hormigueo en el estómago y un nudo en la garganta le impedía hablar, se acercaba lentamente y en unos segundos estaría frente a ella.

- 3 -

Cuando estaba a menos de un metro de la muchacha, Julián bajó la cabeza y tiró sus llaves para poder agacharse, no podía hablar, podía percibir el perfume de la chica, recogió sus llaves mientras la muchacha pasaba, desconsolado la vio alejarse, se sentía desdichado y cobarde por no haber podido hablar con su amada, nunca había estado tan cerca de ella, su pasión se vio incrementada sensiblemente, desconsolado se dirigió a su casa, donde estuvo encerrado toda la tarde.

El siguiente día que la aparición pasó, Julián había conseguido prestada con un buen amigo una cámara de cine, que montó cuidadosamente en su ventana, filmando a la muchacha desde que aparecía en el extremo de la calle, hasta que daba vuelta en la otra esquina.

Aunque la película no era un dechado de perfección, al muchacho le pareció excelente ya tenía algo más de ella, una película que veía varias veces al día, de la misma película sacó varias fotos y mandó hacer un póster con su primo Juan que trabajaba en una tienda de fotografía. Estaba endeudado por mucho tiempo, pero no importaba, ella lo valía.

El martes de la siguiente semana Julián estuvo en la ventana hasta las cinco de la tarde y la muchacha no pasó, se sentía el ser más desdichado de la tierra, algo malo le había sucedido a su amada, pero ya vendría el siguiente jueves.

El jueves ni siquiera comió, pretextando un malestar estomacal, se plantó en la ventana desde las dos de la tarde deseando que la hermosa chica pasara e hiciera su vida agradable.

Dieron las tres y, luego, las tres y cuarto, hasta que dieron las cuatro de la tarde, ella no iba a pasar, las lágrimas salían de los ojos de Julián, desconsolado no aceptaba que la chica hubiera desparecido sin previo aviso, pero, ¿cómo iba a dar un previo aviso, si, él, cobarde, nunca se atrevió a dirigirle la palabra para confesarle lo que sentía?

La siguiente semana Julián no salió de su casa, una bronquitis lo postró en la cama. Él sentía que estaba enfermo por la ausencia de ella, sin embargo, los días de costumbre no abandonó la ventana hasta bien entrada la noche con la esperanza de que ella volviera a aparecer.

Su madre, preocupada, lo observaba y no atinaba a descubrir que era lo que le sucedía a su hijo, era inútil preguntarle, sabía que Julián nada diría, la preocupación era grande, la mujer no sabía qué hacer.

- 4 -

Se acercaba la fecha del cumpleaños de Julián y su madre le preparó como nunca, una fiesta que necesariamente lo haría alegrarse, invitó a sus amigos, a sus primos y a todos los familiares que apreciaban sinceramente al muchacho.

Ella nunca volvió a aparecer y Julián festejó su décimo segundo cumpleaños con más pena que gloria.

 

Emilio Enrique Acevedo

Sobre el autor

Emilio Enrique Acevedo

Emilio Enrique Acevedo

Aquí Entre Nos

Emilio Enrique, escritor mexicano nacido en el Distrito Federal, bajo el signo de Sagitario (diciembre 2) es autor de La Niña del Tepeyac, obra que lo ha dado a conocer en algunos países de Centroamérica y en su país. Radicado actualmente en Colombia, dirige en Valledupar una Fundación que tiene tres grandes objetivos: La Culura, la asistencia al campo colombiano con nuevas técnicas de cultivo y el apoyo a personas con cáncer. Es compositor y músico, área donde ha tenido buenos resultados. Enamorado de Colombia, espera desde este país proyectarse a toda latinoamérica como escritor, tarea a la que está entregado.

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