Literatura

El Himno al árbol, de Gabriela Mistral, y otros grandes poemas que cantan a la tierra

Redacción

10/10/2019 - 05:50

 

El Himno al árbol, de Gabriela Mistral, y otros grandes poemas que cantan a la tierra

 

Además de ser el símbolo de la naturaleza y de la sabiduría, el árbol es un amigo, un compañero, un confidente, un ser que nos escucha, nos aconseja, nos irradia de energía, y nos protege.

El árbol es también –y no podría ser de otra manera– un gran tema de la poesía. A continuación presentamos algunos de los poemas más célebres.

 

HIMNO AL ÁRBOL, DE GABRIELA MISTRAL

Árbol hermano, que clavado 

por garfios pardos en el suelo, 

la clara frente has elevado 

en una intensa sed de cielo; 

hazme piadoso hacia la escoria 

de cuyos limos me mantengo, 

sin que se duerma la memoria 

del país azul de donde vengo. 

 

Árbol que anuncias al viandante 

la suavidad de tu presencia 

con tu amplia sombra refrescante 

y con el nimbo de tu esencia: 

haz que revele mi presencia, 

en las praderas de la vida, 

mi suave y cálida influencia 

de criatura bendecida. 

 

Árbol diez veces productor: 

el de la poma sonrosada, 

el del madero constructor, 

el de la brisa perfumada, 

el del follaje amparador; 

el de las gomas suavizantes 

y las resinas milagrosas, 

pleno de brazos agobiantes 

y de gargantas melodiosas: 

hazme en el dar un opulento 

¡para igualarte en lo fecundo, 

el corazón y el pensamiento 

se me hagan vastos como el mundo! 

 

Y todas las actividades 

no lleguen nunca a fatigarme: 

¡las magnas prodigalidades 

salgan de mí sin agotarme! 

 

Árbol donde es tan sosegada 

la pulsación del existir, 

y ves mis fuerzas la agitada 

fiebre del mundo consumir: 

hazme sereno, hazme sereno, 

de la viril serenidad 

que dio a los mármoles helenos 

su soplo de divinidad. 

 

Árbol que no eres otra cosa 

que dulce entraña de mujer, 

pues cada rama mece airosa 

en cada leve nido un ser: 

dame un follaje vasto y denso, 

tanto como han de precisar 

los que en el bosque humano, inmenso, 

rama no hallaron para hogar. 

 

Árbol que donde quiera aliente 

tu cuerpo lleno de vigor, 

levantarás eternamente 

el mismo gesto amparador: 

haz que a través de todo estado 

niñez, vejez, placer, dolor? 

levante mi alma un invariado 

y universal gesto de amor! 

 

MI ÁRBOL Y YO, DE ALBERTO CORTEZ

Mi madre y yo lo plantamos 

en el límite del patio, 

donde termina la casa. 

Fue mi padre quien lo trajo 

yo tenía cinco años 

y el apenas una rama. 

 

Al llegar la primavera 

cultivamos bien la tierra 

y lo cubrimos de agua 

con trocitos de madera, 

hicimos una barrera 

para que no se dañara. 

 

Mi árbol brotó, mi infancia pasó, 

hoy bajo su sombra que tanto creció, 

tenemos recuerdos mi árbol y yo. 

 

Con el correr de los años 

y mis pantalones largos 

me llego la adolescencia, 

fue a la sombra de mi árbol 

una siesta en el verano 

donde perdí la inocencia. 

 

Luego fue tiempo de estudios 

con regresos a menudo 

pero con plena conciencia 

se acercaba un largo viaje 

solo de ida el pasaje 

y así me llego la ausencia. 

 

Mi árbol brotó, mi infancia pasó etc. 

 

Muchos años han pasado 

y por fin he regresado 

a mi terruño querido 

y en el límite del patio 

ahí me estaba esperando 

como se espera a un amigo... 

 

Parecía sonreírme 

como queriendo decirme 

"mira... estoy lleno de nidos", 

ese árbol que plantamos 

hacen como unos veinte años 

cuando yo solo era un niño. 

 

Aquel que brotó y el tiempo pasó... 

mitad de mi vida con el se quedó... 

hoy bajo su sombra, que tanto creció 

tenemos recuerdos... mi árbol y yo.

 

A UN OLMO, DE ANTONIO MACHADO

Al olmo viejo, hendido por el rayo 

y en su mitad podrido, 

con las lluvias de abril y el sol de mayo 

algunas hojas verdes le han salido 

 

¡El olmo centenario en la colina 

que lame el Duero! Un musgo amarillento 

le mancha la corteza blanquecina 

al tronco carcomido y polvoriento 

 

No será, cual los álamos cantores 

que guardan el camino y la ribera, 

habitado de pardos ruiseñores. 

 

ejército de hormigas en hilera 

va trepando por él, y en sus entrañas 

urden sus telas grises las arañas. 

 

Antes de que te derribe, olmo del Cuero, 

con su hacha el leñador, y el carpintero 

te convierta en melena de campana 

lanza o yugo de carreta; 

antes que rojo en el hogar, mañana, 

ardas de alguna mísera caseta, 

al borde del camino; 

te descuaje un torbellino 

y tronche el soplo de las sierras blancas; 

antes que el río te empuje 

por valles y barrancas, 

olmo, quiero anotar en mi cartera 

la gracia de tu rama verdecida. 

 

Mi corazón espera 

también, hacia luz y hacia la vida, 

otro milagro de la primavera. 

 

EL CIPRÉS, DE JUANA DE IBARBOUROU

Quizá nació en Judea,

Pero se ha hecho ciudadano en todos

Los cementerios de la tierra.

 

Parece un grito que ha cuajado en árbol

O un padrenuestro hecho ramaje quieto.

No ampara ni cobija. Siempre clama

Por los muertos.

 

Y si a veces se enrosca por su tronco

Un rosal que florece en los veranos,

Como un trapense extático no siente

La brasa de la flor sobre sus gajos.

 

Tiene pasta de asceta, el solitario.

 

O pasta de abstraído.

 

Pero si uno está hastiado o está triste, 

le hace bien recostarse contra el tronco

Recto y liso.

 

Se siente algo sedante en la mejilla,

como si dentro del leñoso tallo

Una intuición ardiente y sensitiva

Compadeciera el gesto de cansancio.

 

Nunca el ciprés comprenderá la risa,

La plenitud, la primavera, el alba.

Sólo se da a la angustia de los hombres

Y arrulla el sueño eterno como un aya.

 

Es un gran dedo vegetal que siempre

Está indicando el ruido: ¡Calla!

 

EL ÁRBOL QUE TU OLVIDASTE, DE ATAHUALPA YUPANQUI

El árbol que tú olvidaste siempre se acuerda de ti,

y le pregunta a la noche

si serás o no feliz.

 

El arroyo me ha contado

que el árbol suele decir:

quien se aleja junta quejas

en vez de quedarse aquí.

 

Al que se va par el mundo

suele sucederle así.

Que el corazón va con uno

y uno tiene que sufrir,

y el árbol que tú olvidaste

siempre se acuerda de ti.

 

Arbolito de mi tierra

yo te quisiera decir

que lo que a muchos les pasa

también me ha pasado a mi.

 

No quiero que me lo digan

pero lo tengo que oír:

quien se aleja junta quejas

en vez de quedarse aquí

 

EL ÁRBOL, DE EZRA POUND

Estuve sin moverme, y fui un árbol en el bosque,

Y supe la verdad de las cosas nunca vistas,

De Dafne y del laurel y de la antigua

Pareja que a los dioses celebraba

Unida, encina-roble, en medio de la campiña. 

Sólo cuando los dioses fueron propiciamente 

Llamados y atraídos al fuego de su pecho 

Pudo obrarse el milagro. 

Pues que fui un árbol del bosque 

Y muchas cosas comprendí 

Que antes me parecieron inauditas.

 

PanoramaCultural.com.co

 

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