Literatura

La indisciplina de los títeres

Carlos César Silva

12/09/2012 - 12:00

 

El celular timbró por primera vez a eso de las 7:30 a.m. Gustavo tenía como ringtone el estribillo deSpree Killer de Bioy Sativas. Agitando los hombros al ritmo de la música, Gustavo miró la pantalla del móvil, que estaba sobre la cama. Por el número, entendió que se trataba de una llamada internacional, tal vez procedente de Miami o Guadalajara.

Cambió de semblante. Suspirando hondo, frunció el ceño y torció la boca. Aunque confiaba en sus osadías, ciertos hechos aún le producían animadversión. De modo que se rehusó a contestar.

Acabó de abotonarse la camisa. Se paró al frente del espejo y sintió que su vehemencia era superior a sus prejuicios. Procuró permanecer en calma. Gustavo sabía que las alteraciones aturden los sentidos y que, en momentos de continuas decisiones como aquellos, debía estar lúcido. Se peinó, cogió el celular, y salió de la alcoba.

Encontró a Lorena sentada en el comedor. La miró con ternura. No se había equivocado -pensó- cuando la sacó de Zapato en Mano, quizá el barrio más pobre de la ciudad, para rodearla de riquezas y convertirla en su esposa.

Lorena era una mujer dócil, suave. Tenía los ojos azules, las mejillas rojas, y una bella barriga de seis meses de embarazo (había llegado a la ciudad cuando tenía catorce años junto a sus padres y una hermana menor. Venían del interior de país buscando nuevas oportunidades de vida. Con el poco dinero que traían se les ocurrió abrir una pequeña tienda de víveres en Zapato en Mano, la cual Gustavo, cuando se enamoró de Lorena, les ayudó ampliar).

Gustavo se aproximó a Lorena. Le dio los buenos días con un beso húmedo en la frente. Luego le acarició el vientre. De acuerdo a las últimas ecografías venía en camino un varón. Eso lo tenía contento. Ya hasta le había colocado el nombre: Raúl, como el carpintero que lo crio a él (los padres biológicos de Gustavo fueron asesinados cuando él tenía tres años).

El desayuno estaba servido. Era su predilecto: hígado guisado, yuca, y café con leche. Cuando se disponía a sentarse, sonó el estribillo deSpree Killer. Tenía el celular en la mano. Miró la pantalla con cierto desdén. Advirtió que se trataba de la misma llamada de hace unos minutos. Volvió a suspirar hondo, a fruncir el ceño y a torcer la boca.

— ¿Por qué no contestas? —le preguntó Lorena al notarlo reacio.

—No vale la pena —contestó él.

— ¿Seguro?

—Claro —afirmó Gustavo sin descomponerse—. Tengo cosas importantes que resolver y no puedo andar perdiendo el tiempo.

Lorena quedó en silencio, con la boca medio abierta. Sus ojos azules fueron invadidos por el desconcierto. Notaba a su marido extraño, pero nada podía hacer, él le tenía prohibido que se metiera en sus negocios, y ella respetaba sus órdenes.

La salsa de Bioy Sativas dejó de sonar. Gustavo le dio un sorbo al café con leche. Luego le dijo a Lorena:

—Ya me voy.

— ¿No vas a desayunar? —le insistió ella.

—No —hizo una pausa y agregó—: Te repito que ando con prisas.

Algo frustrada, Lorena bajó la cabeza. Delicadamente con la mano derecha (en la izquierda tenía el celular) Gustavo se la subió, le sobó los labios, las mejillas rojas, la nariz. Gustavo sintió la pureza de Lorena. Sintió el olor de su piel, un olor a vainilla. Sonrió. Como dejando constancia, le dijo:

—Te quiero.

Trataba de darle fuerzas a Lorena, pero sus expresiones estaban invadidas por una melancolía contagiosa. La besó. Enredó su lengua con la de ella y recordó que, una tarde, cuando terminó de hacerle el amor en unas de las sillas reclinables de su Toyota Hilux, le manifestó:

—Yo por ti, Lorena, soy capaz de matar y comer del muerto.

Sabía que ella, al final de cuentas, era su única propiedad. La casa, la finca, el ganado, el carro, las gasolineras, todos los bienes que estaban registrados a su nombre, eran ilusiones que hacían parte de un juego de disfraces, en el que él, sin pensar en las consecuencias, había decidido participar. Ahora quería recuperar su independencia, no recibir más órdenes de nadie, y asegurar el futuro de Lorena y del pequeño Raúl.

Besó a Lorena en sus dos mejillas rojas. Acarició su vientre e imaginó que Raúl podría llegar a ser un futbolista como Zinedine Zidane. Miró en el celular la hora. Eran ya las 7:50 a.m. Se le estaba haciendo tarde.

—Cuida a Raúl —le indicó a Lorena y en seguida agregó: Los quiero con el alma.

Dio media vuelta y siguió hasta la puerta que daba a la calle. Lorena estaba atónita. Gustavo solía estresarse con el manejo de sus negocios, se llenaba de ira cuando un deudor no le pagaba a tiempo o cuando un trabajador de la finca hacía las cosas mal, pero ahora Lorena lo veía demasiado acelerado. Empezaba a creer -en medio de su confusión- que Gustavo se estaba acostando con otra o, algo aún peor, que se estaba enamorando de otra.

Era una mañana cálida de marzo. Gustavo salió. Miró hacia el cielo, le pidió a Dios que bendijera su día, y se santiguó. El muchacho que diariamente le lavaba la Toyota Hilux lo estaba esperando.

—Mire, patroncito —le dijo el muchacho con orgullo—, le dejé la camioneta como nueva, los rines parecen espejos.

—Gracias —le manifestó Gustavo, y sacó un billete de cinco mil pesos y se lo dio.

El muchacho le entregó las llaves de la camioneta, recogió sus utensilios de trabajo (un balde, unas esponjas, unos jabones, unas gamuzas), y, sin pronunciar una sola palabra más, se fue caminando hacia el sur. Gustavo no le prestó mucha atención. Sus afanes, como le había dicho a Lorena, eran otros.

Apenas Gustavo se montó a la camioneta, el estribillo deSpree Killer volvió a sonar. Gustavo miró la pantalla del celular (el cual todavía tenía empuñado en su mano izquierda). Por tercera vez -advirtió-, le entraba la misma llamada. Con rabia se mordió el labio inferior, casi se lo rompe. Para evitar seguir teniendo molestias,  decidió apagar el móvil y, como quería desaparecerlo de su vista, lo lanzó hacia la cabina de atrás. Pensó, sin suspicacia, que se había quitado un peso de encima y que la llamada podía proceder -también- de Rio de Janeiro.

La independencia se consigue asumiendo peligros. Gustavo iba a reunirse con su abogado. Deseaba informarse más acerca del estado jurídico de los bienes registrados a su nombre. Sus jefes (Sombra y 403) habían tenido que salir del país porque la policía los estaba persiguiendo. Él sabía que difícilmente iban a volver, y que si de verdad quería revelarse, esa era la oportunidad. Miró hacia la casa, miró el portón eléctrico del garaje, las ventanas corredizas, la puerta blindada. Recordó el humilde hogar en el que creció, el hogar del carpintero, a quien hacía un par de meses no visitaba. Recordó cuando sus jefes lo sacaron de allá y le dieron plata y propiedades.

—Esto es de nosotros. Utilízalo y genera ganancias para ti —le dijo Sombra poniéndole la mano en el hombro.

—Sólo cuídalo y no te pases de avispado —le ratificó 403.

Esa orden ya no le importaba. Quería dejar de ser un títere de sus jefes, no rendirles más cuentas, poder decirle a Lorena sin miedo -mostrándole el ganado o una de las gasolineras-:

—Esto es mío y, por lo tanto, tuyo y de Raulito.

Prendió la camioneta. Ya no podía recular, tenía que afrontar los riesgos de lo que estaba haciendo.  El retrovisor interno mostraba a dos tipos aproximándose en una motocicleta. Venían del sur, por donde acababa de esfumarse el joven que dejaba los rines como espejos. Gustavo no se había percatado. Cuando lo hizo, le fue complicado reaccionar, los tipos estaban a su lado con un hambre de tigre.

Gustavo los miró. Advirtió de inmediato que ellos venían a cortarle las alas y el estómago se le sacudió. El parrillero sonrió. Sacó una pistola de la mochila que traía terciada en el pecho y apuntó hacia la cara de Gustavo, quien cerró los ojos, pensó en Lorena y Raulito, y suavemente expresó:

—Solo ustedes eran míos.

 

Carlos César Silva

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