Literatura

La noche de la Trapa, el cuento corto de Germán Espinosa

Redacción

17/01/2020 - 04:40

 

La noche de la Trapa, el cuento corto de Germán Espinosa

 

Nadie que, hacia la medianoche de aquel viernes de marzo, hubiese cruzado el paraje poblado de arbustos a cuya vera se alza el Monasterio de Nuestra Señora de la Trapa, había advertido la presencia de un tipo alto, bastante entrado en años que, embozado materialmente en el cuello de su gabán se aproximaba al alto portón señoreado por el escudo de los cistercienses reformados.

El viento era frío y sacudía uno que otro tallo raquítico, mientras se oía allá lejos la voz unísona con que los monjes entonaban motetes corales de tiempos de Orlando de Lasso. Una máscara de nubes envolvía la luna y la oscuridad era casi absoluta.

El intruso asió decididamente el macizo aldabón y llamó una, dos, tres veces, con golpes sonoros. De haber luz, sus cabellos se le habrían visto arremolinados sobre un rostro malsano, de verticales arrugas. Transcurrieron unos minutos antes de que un diminuto postigo, resguardado por una rejilla, se abriese para enmarcar unas vegas facciones.

—En nombre de Dios, ¿qué busca?

—Me llamo Melchor de Arcos —dijo el extraño—. En el mundo era el profesor de Arcos, un eminente biólogo y ecólogo. Ahora quiero solamente la paz del claustro.

—¿A estas horas de la noche? ¿Porque escogió la orden trapense?

Una ráfaga azotó la fachada de fábrica romántica, flageló el almenaje que coronaba los muros, así como las columnas exentas y resaltadas de los machones, y fue a colarse luego, con sordos gemidos, por las bóvedas en cañón.

—Tuve que hacer un viaje largo. He oído que los trapenses atienden a su manu-tención por medio de trabajos manuales, pero consagran a los ejercicios espirituales y al estudio la mayor parte de su tiempo. Es el género de vida que apetezco para mi vejez.

—Ojalá no lo apetezca desordenadamente. También suele haber desorden en las vocaciones monásticas. —Quiero convertir mi vida en algo útil.
—Nunca es tarde.
Algo crujió y se abrió el portón, chirriando sobre sus goznes.

La silueta de un monje de hábito blanco, con escapulario y capucha negras, se dejó entrever en la penumbra aureolada por el resplandor de una lámpara de petróleo que él sostenía con la mano derecha.

El profesor avanzó a tientas, hasta trasponer el locutorio y salir a un patio de reminiscencias medievales, alumbrado por una hilera circular de faroles de gas, donde otros monjes se paseaban y mascullaban oraciones.

Todavía se oían las voces corales, pero su son era más familiar ahora.

—Tendré que hablarle al abad.

Marchaban como sombras bajo los haces de luz.

—La Trapa sólo posee un abad, cuya sede es Roma, nuestro correspondiente al capítulo general es un monje superior, que lo recibirá inmediatamente. ¿Ha comido ya usted?

—No tengo apetito. Preferiría que me condujera de una vez ante el superior.

Subieron por una angosta escalinata cuyas tinieblas iba horadando siempre la aureola de petróleo. Un pasillo de mármol conducía a las celdas, yuxtapuestas en hilera y adosadas al muro exterior. El monje golpeó en una de ellas, cuya puerta rechinó al instante para serles franqueada.

—In nómine Dei...
—Fray Roberto de Claraval, nuestro superior —anunció el guía.

 

El abad se inclinó. Por la mente del profesor cruzaron los nombres memorables que componían aquella enseña de combate. San Roberto, abad de Molesme, fundador de la orden de Cister para restaurar la observación ad pédem litterae de la regla de San Benito. San Bernardo de Claraval, el incansable predicador de la segunda cruzada, el perseguidor implacable de la filosofía y la dialéctica. Aquellos nombres llenaban dos siglos y estaban vinculados estrechamente a la norma trapense.

Ahora estaba a solas con fray Roberto.

En la penumbra, los rasgos del religioso se desdibujaban, pero podían advertirse, con un esfuerzo, un rostro enjuto y escarolado, unas manos trémulas y un continente endeble. Se habían sentado el uno frente al otro, sin más iluminación que la proporcionada por la lámpara de petróleo que el guía, antes de retirarse, colocó sobre una ménsula.

La celda era ahogada y desnuda. Un taburete, un catre de tijera y un crucifijo era todo lo que podía verse. Bajo el camastro ocupado por el fraile estaba archivado un alzapiés.

—¿Puede saberse qué cosa lo indujo a venir aquí? Ya sabe, la vida monástica es dura.

—Es una rara historia, algo de lo cual no quisiera acordarme.
—¡Hace ya tanto tiempo!

—Muchas veces el hombre propende a exagerar sus faltas. Es un pecado contra sí mismo y, no obstante, no pocos santos varones lo tuvieron como virtud. ¿Quisiera arrojar una luz sobre su conducta pasada? Hasta cierto punto, esto tiene el valor de una confesión.

La ventanilla de la celda, abierta a la noche, permitía ver allá arriba el parpadeo de Altair de Águila. Otros hachoncillos, y otros, se amontonaban en el recuadro del alféizar. Melchor de Arcos se estremeció.

—Es lo más tremendo de que tenga noticia. A menudo no sé si lo he soñado.

Fray Roberto esbozó un mohín de incredulidad. No parecía impresionarlo el tono ligeramente patético empleado por el profesor para dar comienzo a su historia.

—En pocas palabras, algo que acabé por buscarme. Ya sabe que soy uno de los investigadores más respetados en el campo de la ecología.

—Perdone...

—Es la parte de la biología que se ocupa de la relación de los organismos entre sí y con el medio que los rodea. Presupone por supuesto un conocimiento de las formas, las estructuras, la fisiología. Soy biólogo de la Sorbona. Mis padres fueron ricos y costearon mis estudios en aquella Europa de comienzos de siglo, ávida de progreso, sedienta de audacias.

Fray Roberto oía devotamente.

—De regreso acá, me sentí lleno de ideas innovadoras. Todo lo que veía me parecía mezquino. Eso nos pasa a todos los educadores en el extranjero. Mientras mis colegas se preocupaban por hacer dinero, yo leía, investigaba, dictaba conferencias no siempre ortodoxas.

El viento volvía a fustigar las almenas. Por un momento, sus zumbidos parecieron traer un sonsonete de burla.

—Un día, al meditar sobre ciertas premisas, caí en cuenta de algo verdaderamente extraordinario. No sé si me esté explicando bien, pero la verdad es que me puse a pensar que no es el medio el que plasma y modifica al hombre, sino éste al medio. Me dije que, desde el lapón de las tundras hasta el congolés del trópico, la huella dejada por el hombre, ya sea en objetos labrados, ya en grandes bloques arquitectónicos, es única, impar, diferente a la dejada por otros seres. ¿Y por qué razón? Pues porque el hombre, más que animal racional, es animal insatisfecho, materia antojadiza, no está a sus anchas en el marco de la naturaleza, por maravilloso que ésta sea, y pretende alterarlo... Por donde pasa un hombre, la naturaleza es alterada inmediatamente, unas veces con grandes ciudades, otras con simples jeroglíficos o tallas en las piedras.

—Está bien —rezongó fray Roberto.

—El hombre no está a sus anchas en la naturaleza y, por tanto, no es susceptible de recibir su influjo. Al contrario, es él quien la influye y la modifica a su sabor.

Se había puesto de pie y recorría a grandes zancadas el aposento.

—El nacimiento de esta insatisfacción —prosiguió—, es lo que a su vez determina el nacimiento de la especie humana. Si Darwin tenía razón en el aspecto fisiológico del asunto, yo lo tenía en el psicológico. Me consagré, pues, a realizar concienzudos estudios de las biocenosis humanas. Viajé mucho.

Estaba agitado. El monje lo observaba con infinita tristeza.

—Al cabo de 5 años y gracias a mi tesón infatigable, había reunido buena cantidad de datos y experiencias. Entonces pude darme a la tarea que secretamente acariciaba. Partiendo de sólidas premisas, yo podía demostrar con hechos concretos la posibilidad de asimilar al género humano animales de grado superior en la escala zoológica. Usted dirá, ¿de qué manera? Era algo más difícil de comprender que de realizar: estimulando, de un lado, los factores orgánicos imprescindibles a esta transformación y creando, del otro, las circunstancias psíquicas inherentes al fenómeno. Allí estaba la miga del asunto y yo, fray Roberto, era un genio.

El religioso pareció sobrecogido de violentas sacudidas. Permaneció en su sitio, sin embargo, y se cuidó de no decir nada.

Allá lejos, Altair seguía brillando irónico.

—¿Comprende usted la magnitud de todo aquello? En poco tiempo, las condiciones de laboratorio para verificar mi experimento eran insuperables. Con dos cercopitecoides, del género antropoide, algo así como dos chimpancés que servían a mis propósitos, y a los cuales bauticé Chip y Chop, me entregué a ese diabólico trabajo. Me sentí Dios.

Volvió a acomodarse en el taburete. Sabía que el fraile lo escuchaba con vivo in-terés. Su mirada había ido agradándose.

—A nadie comuniqué mi intención. Poco a poco, y en dosis progresivas, saturé a mis animales del suero preteológico que habría de cambiar su anatomía. Y al mismo tiempo, comencé a emplear lo que llamé «flujo del hábito», una poderosa fuerza magnética dirigida a transformar sus reflejos cerebrales, a engendrar en ellos el morbo de la insatisfacción psíquica, privilegio del ser humano. ¡Fue un éxito! A la vuelta de pocos meses, Chip y Chop reaccionaban en cierto modo como personas; habían adquirido el hábito del lujo, preferían ciertos manjares a sus antiguos alimentos.

Ahora, el eco lejano de los motetes corales se había extinguido y un silencio de muerte reinaba en el viejo monasterio de la Trapa.

—Fue entonces cuando, una noche, Chip se escapo del laboratorio sin dejar rastros. Me alarmé en un principio pues ignoraba cuáles serian, a fin de cuentas, los resultados de mi experimento. Los monos comenzaron a habituarse al cine, que yo les proyectaba, y a otras recreaciones cultas, pero no me era posible albergar una exacta certidumbre respecto a su proceder de mañana. Podían convertirse en monstruos, que sé yo... por fortuna no ocurrió así. Aunque no volví a saber de Chip, el comportamiento de Chop llegó a tal perfección, su anatomía sé metamorfoseó con tal éxito que, sin aguardar a más, una buena tarde lo declare hombre.

Jadeaba con ansias.

—Mis relaciones con Chop, a partir de aquel momento fueron las mismas que in-forman el rito familiar. ¿Un hijo? ¿Un hermano? ¿Un amigo? No lo sé. Comíamos en la misma mesa, con mi mujer y mis hijos pequeños, únicos testigos del experimento. Chop (cuya edad era directamente proporcional a su edad antropoide, esto es, el equivalente de unos veinticuatro años) se distraía con chicas de su edad, estudiaba... una noche ocurrió lo imprevisto. Lo chocante. Volvía yo de la universidad, donde dictaba agotadores cursos de biología, cuando sorprendí algo extraño en la alcoba de mi mujer. Me apresure a entrar y hágase cargo de mi estupor: ¡en mi propia cama, como un infame, Chop gozaba a mí legítima esposa, me traicionaba descaradamente, aprovechándose de aquel atuendo humanoide con que yo, un genio lo había revestido!

Hubo un general estremecimiento que no hubiera podido ubicarse en sitio preciso. Fue como si en la materia, ante la revelación monstruosa, se crispara, haciéndose hirsuta, volviendo a sí misma.

—No me quedó más recurso, fray Roberto, y descerrajé un tiro de mi pistola sobre el engendro antinatural dotado de vida humana. Murió casi instantáneamente. Pero antes de hacerlo pidió perdón a gritos, revolviéndose en el suelo como un puerco.

Fray Roberto callaba.

—Desde entonces, y aunque tuve corazón para perdonar a la madre de mis hijos, no he vivido tranquilo. Nadie supo nunca la suerte de Chop. Lo sepultamos en el jardín, como un perro. Pero yo me preguntaba: ¿hasta dónde alcanza mi culpa? ¿He matado a un hombre o a un animal? Y el interrogante me ha estado, durante años, secando el alma a puntillazos. Por eso hoy, muerta ya mi mujer, mis hijos, brillantes profesionales, yo mismo corroído por la vejez he tocado a la puerta del Cister. Porque quiero desalojar de mi espíritu a todos estos intrusos, purificarlos en esta vida de sacrificios. Y mi pregunta, fray Roberto, es esta: ¿acepta la orden del Cister un criminal en su seno? ¿Soy ante Dios un criminal por haber dado muerte a esa criatura que no era más que fruto de un cerebro alienado de científico?

Fray Roberto de Claraval se puso en pie y anduvo hasta su ventana. Altair se des-tacaba a lo lejos, más fulgurante cada vez. El fraile parecía abrumado por el peso de una tristeza sobrenatural cuando dijo:

—No hay más remedio que aceptarlo. Yo no soy juez de los actos humanos. ¿Quién sabe el mal que usted ha hecho extrayendo dos seres del mundo animal para integrarlos al de la metafísica, que es el más lacerante de los males? Por lo demás, me alegra conocerlo. Ha de saber que yo soy Chip, el mono que se escapó cuando su metamorfosis estaba en proceso.

 

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