Literatura

Volver a empezar

Luis Carlos Ramirez Lascarro

13/01/2020 - 04:45

 

Volver a empezar
La Casa Silva / Foto: wikileaks

 

En la apresurada búsqueda de la tarjeta adecuada para poder abordar el articulado de Transmilenio, a Floro se le cae uno de los recortes de prensa del diario El Heraldo que hace años guarda como un tesoro invaluable.

“El día de ayer a las 10:20 de la mañana en el Juzgado Cuarto Penal del Circuito de Valledupar, con Función de Control de Garantías, se llevó a cabo la audiencia donde se señaló como autor material criminalmente responsable del delito de homicidio culposo, sin la concurrencia de circunstancias atenuantes o modificativas de la responsabilidad criminal, al ciudadano P.P. condenándolo a la pena de 480 meses de reclusión en establecimiento carcelario, sin cabida a beneficio de casa por cárcel, o de excarcelación al considerársele como peligroso para la sociedad, y por ende, para las víctimas colaterales de su hecho delictivo”.

Dejando atrás la avenida Jiménez, toma una callejuela quebrada presto a buscar la vieja casona del poeta Silva en La Candelaria, buscando algo que le rescate del atolladero en el que patalea hace un par de meses con un texto sobre el autor del Nocturno III, meditando, recordando o soñando despierto, como casi siempre: La primera vez que fui rescatado de lo profundo del sueño a luchar con una pena tan grande, ya habían salido con mi prima hacia el cementerio a que se despidiera de todos los que le importaron. La segunda madrugada en la que volví de lo profundo de la hamaca a intentar ser fuerte, a jugar a no ser humano, mi tío yacía en su ataúd en medio de la sala mientras su hermana, la menor, cubría las primeras señales de la muerte con un poco de su propio maquillaje. Esta vez me rescató Luisa Fernanda para, sin importar cuánto costara, empezar a sanar la herida y vaya que si sabe ella de sanar heridas tan grandes… Suena el celular, dos, tres veces. Estoy embarazada -se escuchó decir sin saludar -, vamos a ser padres… No supe bien, al principio, qué había sucedido. ¡Embarazados!

La Casa Silva. Calle 12 C # 3–45. Aquí, realmente, no había podido encontrarme del todo con José Asunción al desviarme a la antología bilingüe de Heaney hecha por Broderick intentando descifrar la musicalidad de los versos originales en el inglés chapucero que me gasto y la improbable correspondencia de las musicalidades hispana y sajona de cada verso que se fue abriendo ante mí como un secreto. A mi hijo. A mi futuro hijo, lo imaginé cabalgando en mis piernas y riendo a carcajadas cuando lo rozara con mi barba filuda y mi aliento de campesino errabundo. Soñé con develarle secretos, rabiar con sus travesuras y correr a protegerlo de los males cotidianos, saltando desde ramas de árboles, revolcándonos en un lodazal de sonrisas e ilusiones mientras caminaba a casa sin sentir el frío de la tarde – noche capitalina, por primera vez, desde que nos había tocado venirnos huyendo de distintas formas de violencia.

“Y te daré una noche de versos y luceros, como es la noche mía”, entré cantando con Carlos Vives a la habitación donde nos hospedábamos en ese feo y poco acogedor inquilinato. Al otro lado de la mesa que nos sirve de comedor y a veces de escritorio, y otras hasta de cama o de lo que se necesite, de acuerdo a las circunstancias, está Luisa con sus ojazos negros sobreponiéndose con un brillo feroz a todos los tormentos que la han estado persiguiendo desde que recuerda y que, últimamente, hemos tratado de cazar y mandar a la mierda, a veces con éxito.

Nos abrazamos. Nos besamos con una serenidad anormal.

Buena noche, doña Ludi, abriendo la puerta de su habitación.

Buena noche Florentino, desde el fondo del corredor, tejiendo.

Entran ambos, sacándose los abrigos y los zapatos. No es la misma sensación que en casa, pero, a pesar del frío, deciden tantear lo poco de tierra pelada que tiene la habitación y se vuelven a besar volviendo a reconocerse, ahora desde la posición inesperada, aunque deseada que les da la paternidad recién sabida.

Nos fuimos a la cama sin desvestirnos y nos tomamos de la mano sin mediar palabra. Sin vernos. Apenas cogidos de la mano, suspirando.

La mano de Luisa soltó la mía, deslizándose en el sueño, y me levanté suavemente. Debía cumplir un ritual prefigurado ya muchas veces.

“El hijo que tanto quiero, me vino a endulzar la vida”, empecé a tararear releyendo un cartapacio de hojas amarillas que hace varios años había escrito y que, de alguna manera, se adelantaban a este momento sorpresivo.

“En el principio, antes de que fueras el milagro, ya te presentía. Te formaba en mis pensamientos, en mis deseos, en mis miedos, mis trasnochos, en mis angustias y mis alegrías… En mis sueños: Te fui materializando, pequeño, poco poquito a poco, palmo a palmo, desde las entrañas mismas hasta el último pelo, desde el ronquido más tenue y el balbuceo más tierno, hasta la uña más pequeñitíca, desde los puntos y las comas de tus caprichos angustiosos y tus pataletas altisonantes… ¡Hasta la sinfonía impredecible de tus hormonas!

Eras de madera, a veces, otras de barro…”.

Luisa, de pronto, tosió y se incorporó disparada. Volvió a recostarse en la cama, como si nada, pero yo sentí miedo. Simulé seguir leyendo. No era la primera vez que le pasaba, que nos pasaba y, aunque ella no lo sospecha yo sé que es uno de esos residuos que aún no hemos podido desterrar de esos años que quisiéramos no recordar. Cerró los ojos y su respiración fluctuaba como una montaña rusa.

Con una angustia que no había sentido jamás y no había sido capaz, siquiera, de sospechar como posible, la miraba tratando de adivinar si ella dormía o si estaba despierta y fingiendo dormir o si soñaba o si, en verdad, estaba muriendo. Y si dormía, ¿cómo serían sus sueños? Y si moría, ¿cómo se moriría así, sin más, sin siquiera invitarme a ver si yo también me le medía? 

Se incorporó, de nuevo, tanteando las chancletas y un poco más de aire en la oscuridad fría de la habitación que ella misma había amoblado con esmero: el ropero de mimbre, las repisas de ángulos y tablas para los libros y las cosas de aseo personal, la hamaca de las siestas y la cama de resortes donde compartimos nuestros sueños, la mesa que nos sirve para tanto y sus cuatro sillas, una grabadora, un televisor pequeño y los muñecos de foamy y cartón que ella misma había fabricado. Trastabilló hasta el lavamanos. La abracé. Me abrazó sin reconocerme, aunque me viera con los mismos ojos que me vio cuando me habló por primera vez de cuando su madre le robó la felicidad a los cinco años. Toma, lee esto, me dijo en ese entonces pasándome unas hojas llenas de tachones, de mucha rabia, de un resentimiento que aún no podemos desterrar del todo, por esto tengo tanto miedo: Mi padrastro (aunque ni así se merece que lo llame) llegaba muy tarde y le pegaba a mi mamá… Empecé a leer al azar entre las hojas cocidas a mano con un hilo turquí por la parte superior, cosa que dificultaba pasar las páginas… Luego de eso la violaba… El tamaño y la fuerza del tachón que seguía mostraban angustia. Un día estaba jugando con una vecinita y llegó un muchacho y de la nada comenzó a patearme y golpearme, tan fuerte que tuve moretones por días. Mamá no me creyó, dijo que era mentira, que yo quería llamar la atención. Allí en esa misma residencia (si es que así le podemos llamar a ese lugar oscuro y sucio, aunque comparado con el cambuche donde fuimos a parar esa madriguera era un palacio) mi padrastro me hacía ver cómo tenía relaciones con mi mamá y también me tocaba. Era horrible… Ella no lo sabía, pero se lo dije y tampoco me quiso creer. En la última hoja, más reciente y de un material distinto, había un poema concebido con una caligrafía distinta, bastante más sosegada. Tremendo.

Mi madre casi dejó de serlo

cuando abandonó a mi padre por un bueno para nada.

Mi madre dejó de serlo cuando no fue capaz de protegerme,

ni quiso creer mis palabras.

 Recuerdo poco nuestra vida antes de su partida, nada recuerdo

– ni su nombre que un día fue música - luego de su partida.

 

Era casi mi cumpleaños número seis cuando mi madre dejó de serlo:

Volvía a presenciar el ritual cotidiano del golpe y el insulto.

NO fue la letra… la que entró con sangre.

 

Escribo con el alma quebrada, la infancia perdida, la vida arruinada:

No pude arrancarme los ojos ni mi pantaletica manchada.

 

¡No quiero que mueras nunca,

no quiero que mueras sin sufrir en tu carne mi pena, hijo de la gran puta!

 

Mi madre dejó de serlo cuando no fue capaz de protegerme,

ni quiso creer mis palabras…

Su respiración era muy difícil y aún más difícil era sostenerla en pie a pesar de su metro y pico sobre el nivel del mar y sus apurados sesenta kilos.

Volvimos a la cama. La cobijé. La ausculté con todos mis sentidos por todos sus recovecos esperando que volvieran sus colores a sus puestos y que se aligerara su respiración. Sólo me moví luego de unos minutos a prepararle una aromática.

Mientras el agua empieza a bullir en la olla tintera, se vuelve a verla enroscada sobre sí misma, abrazando su almohada como una beba. Ajena a todo cuanto le circunda. Su vientre, redondeado al final, sus caderas fuertes y amplias, sus piernas cortas, torneadas, sus senos libres y bellos, mostrando el retorno del ritmo usual de su existencia bajo la pesada y cálida cobija que le cubre. Sonríe.

Les vuelve el alma al cuerpo. Floro se le acerca.

Tomas tu aromática de Coca y Cidrón y te vuelves a recostar. Me siento a escuchar como respiras y a ver cómo, en los párpados, se te vienen todas las angustias y las felicidades, a ver tu corazón latir bajo ese lunar que tanto me gusta y a morderme los labios al quererte besar. Dejo a Drexler venir a visitarnos por enésima vez desde sus Universos paralelos. Cierro la ventana que da al patio (no se nos vaya a venir una bocanada de aire desde la helada sabana y el mar que nos remedia todo, lejos para salvarnos) y me siento a intentar contarte una historia mientras la luna reposa sus rayos sobre tus hombros.

Empecemos a empacar –le dice, aún con los ojos cerrados, cortándole el impulso a su historia de acordeoneros y jardeadores de ganado -.

Yo te acompañé a enterrar a tu tío, me dijo, ahora quiero que me acompañes a la tumba de mi padre en El Salado y a confrontar a mi mamá…

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

@luiskramirezl

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Luis Carlos Ramírez Lascarro, Guamal, Magdalena, Colombia, 1984. Estudiante de Historia y Patrimonio en la Universidad del Magdalena. Autor de los libros: El acordeón de Juancho y otros cuentos y Semana Santa de Guamal, una reseña histórica; ambos con Fallidos editores en el 2020. Ha publicado en las antologías: Poesía Social sin banderas (2005); Polen para fecundar manantiales (2008); Con otra voz y Poemas inolvidables (2011); Tocando el viento (2012) Antología Nacional de Relata (2013), Diez años no son tanto y Antología Elipsis internacional (2021). Ponente invitado al Foro Vallenato Clásico en el marco del 49 Festival de la Leyenda Vallenata (2016) y al VI Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata (2017). Su ensayo: El Vallenato protesta fue incluido en el 4to Número de la Revista Vallenatología de la UPC (2017). En el 2019 escribe la obra teatral Flores de María, inspirada en el poema musical Alicia Adorada, montada por Maderos Teatro y participa como coautor del monólogo Cruselfa. Algunos de sus poemas han sido incluidos en la edición 30 de la Revista Mariamulata y la edición 6 de la Gaceta Hojalata (2020). Colaborador frecuente de la revista cultural La Gota fría del Fondo mixto de cultura de La Guajira. 

 

1 Comentarios


Ricardo León De las Salas Mier 13-01-2020 05:05 PM

Excelente, hermano, muy conmovedor y muy bien narrado. Felicitaciones,

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