Literatura
¿A qué suenan las personas?

En estos tiempos convulsos –donde ya sean mandatarios de potencias mundiales, o el vecino del sexto con el que coincidimos todas las mañanas en el ascensor- suenan a música militar y sus palabras a berrea del macho alfa en tiempos de otoño: chirriantes y agresivas–, yo me quedo con las personas que suenan a música suave y dulce, con un ritmo propio, acompasado y reconocible entre los otros ritmos que tratan de imponernos para que bailemos o marchemos a su son.
En estos tiempos donde la sobrecarga de sonidos es tal que no podemos distinguir lo esencial de lo accesorio, pues todo se presenta amalgamado en una ensordecedora y enloquecedora cacofonía, yo me quedo con esas personas que suenan con una limpieza de melodías y riqueza de timbres organizados en una armonía profunda y a la vez casi transparente, que nos hacen valorar la importancia de la sencillez; la magia de la sencillez, frente a los alambicados productos sonoros que no pretenden otra cosa que confundirnos y no dejarnos escuchar la verdadera esencia de las cosas y sobre todo de las personas.
Frente al griterío de los que mandan, así como de los políticos o medios de comunicación a su servicio, que predican mentiras a 5 columnas para convencernos de su verdad, me quedo con el sonido claro y sencillo de la voz, unos pocos instrumentos de cuerda o viento que la acompañan al ritmo de una percusión que no impone su presencia, sino que marca; define unos tiempos sobre los que bailan los demás sonidos para integrase en un tapiz donde nadie quiere imponer su voz a nadie. Para integrarse en una atmósfera que invita a escuchar: a escucharse….
Hay personas encantadoras que suenan con la vehemencia y reflejan ese cúmulo de sensaciones a cuál más estimulante de una sinfonía de Beethoven. Otras lo hacen con la voz evocadora de un Adagio del Barroco; con el sonido rutilante de un Allegro de Vivaldi o con todos los matices de una obra de Debussy. De entre todas ellas, yo elijo a quienes suenan como una danza o un villancico recogidos en el Cancionero de la Colombina, en el de Upsala, en el de Palacio, o en cualquiera de las colecciones que compilan estas obras del Renacimiento español. Unas obras que, al atravesar el Atlántico, se mezclan con la música de las poblaciones negra y originaria de recién encontrado “Nuevo Mundo”, dando lugar a las negrinas, las jácaras, los pajarillos y un sinfín de aires -aún reconocibles en el patrimonio tradicional de la región- que les otorgan, si cabe, aún más belleza. Unas obras a la vez alegres y chispeantes, pero con un cierto toque melancólico que les da la profundidad de los tiempos pasados; cuyas melodías simples y a la vez de gran movilidad han permanecido vivas a lo largo de los siglos y hoy se muestran en el siglo XXI como necesarias para equilibrar el mapa sonoro de nuestro día a día. Como necesarias son aquellas personas que suenan como tales danzas y que, si las escuchamos aún sin que digan una sola palabra, nos transmiten esa sensación de calma que se obtiene al abrir una ventana frente al mar en una mañana de primavera.
Antonio Ureña






