Literatura

El Caribe en la literatura universal: mitos y realidades

Johari Gautier Carmona

18/09/2012 - 11:45

 

Las definiciones acerca de la zona Caribe se han sucedido a lo largo de la historia sin nunca conseguir la unanimidad. Existen diversos marcos asumibles como el Caribe insular (o etno-histórico), el Caribe geopolítico, el Gran Caribe y el Caribe cultural (o Afro América central), pero todos responden a una mirada o un interés distinto.

Así es el Caribe de extravagante y confuso. Sus límites no corresponden a una barrera geológica específica, sino más bien a los intercambios propiciados por oleadas de inmigrantes con aspiraciones diversas. En ese contexto, los mitos de un Dorado han ido creciendo a lo largo del tiempo y la imagen del Caribe se ha ido adaptando a la mirada de sus visitantes.

En esas situaciones en las que los matices cuentan, donde las emociones, los idiomas y las identidades son la clave, siempre es bueno volver a la literatura para sentir la esencia y percibir esas pequeñas diferencias que lo definen todo.

Con este breve análisis literario de cuatro escritores especialmente interesados en la zona del Caribe, les invito a descubrir los secretos de un Caribe que vive entre las leyendas y las duras realidades.

 

V.S. Naipaul, premio nobel de literatura 2001, describe en su obra “Miguel Street” una calle humilde de la isla de Trinidad que lo vio nacer y recrea un periodo de la segunda guerra mundial en el que los estadounidenses aparecen como invasores y héroes a la vez. Todo acontece bajo el ritmo acompasado y melodioso de los calypsos, una música típica de la isla, que recogen todos los dramas de sus habitantes: mujeres que dejan a sus maridos después de haberles robado todo, hombres rabiosos en busca de sus mujeres desaparecidas, mujeres que necesitan a hombres responsables para formar familias estables o la insostenible competencia de los yanquis en los líos amorosos.

En la isla caribeña de Naipaul, el tiempo pasa con una  lentitud inexplicable y los personajes que la representan son almas misteriosas que se encierran en situaciones sórdidas, se complacen con destinos sencillos, hacen “lo que no tiene nombre”, venden poemas por las calles o tienen la costumbre de salir al umbral de sus casas con un vaso de ron por la mañana. El ron es más que un elemento básico, es un símbolo identitario que une y divide, que ambienta muchas fiestas pero que también destruye matrimonios.

La isla de Trinidad que pinta Naipaul también es un lugar en el que confluyen las costumbres de diferentes etnias, la india, la afro y la británica, creando así un escenario excepcional y casi esperpéntico. La influencia de Estados Unidos, con sus modas y su estilo liberal, se entremezcla con el tradicionalismo de la India, sus castas y sus creencias, en un cóctel cuyo sabor es único.

No todo es alegría en el Caribe del premio nobel pero tampoco es un drama. La gente aprovecha la mínima ocasión para hacer huelgas interminables, los chinos son  dueños de numerosas tiendas, la corrupción carcome el cuerpo policial, hombres y mujeres demuestran su creatividad a través de tacos novedosos y siempre más atrevidos, los predicadores protestantes pululan en todas las esquinas, los indios salen a la calle con sus dhotis para leer el ramayana, las parejas se rompen y vuelven a unirse sin que esto tenga demasiada importancia porque la vida sigue con la misma tranquilidad.

 

Por otra parte, el Caribe que relata Gabriel García Márquez en su obra “El amor en los tiempos del cólera” alude a un mundo alejado y decadente de finales del siglo XIX, un universo profundamente romántico, cuyo resplandor se mide en las pasiones y los desencuentros de sus protagonistas. Los tiempos del cólera sirven de contexto para describir una sociedad estancada en su crecimiento, pendiente de los progresos de una Europa floreciente que van llegando a cuenta gotas (como regalos comprados en un crucero) y de las maravillas de su iluminación. Los atavismos que conforman este estancamiento proceden de una notable inestabilidad política, continuas guerras que dividen su población, discriminaciones raciales legadas de la colonización y de la esclavitud, mitos y supersticiones que eluden el cuestionamiento de las costumbres ancestrales. Los retos a los que se enfrenta la sociedad caribeña en la obra de Gabriel García Márquez ya han sido superados exitosamente por los europeos treinta años antes y las personas que representan la esperanza, los futuros doctores y negociantes, son estudiantes de reconocida trayectoria en el Paris de “La belle Epoque” y Londres.

El romanticismo es uno de los principales elementos que el autor rescata de aquella sociedad y lo expresa con las cuantiosas descripciones de la ciudad colonial, retratando sus vericuetos empedrados, sus músicas y flores, sus balcones de madera oscura, sus muchachas con sombrillas de colores y volantes de muselina. Además, y refiriéndonos ahora a su gente, el Caribe es el escenario de encuentros entre personas que “aman con una pasión sin sentido”, “aman el mar y el amor” sin límites de espacio o de tiempo. La fuerza de los sentimientos, quizás potenciados por la calidez del clima, es infinita, abrasadora e incontenible, y somete la gente a situaciones extremas, a veces humillantes o desoladoras. El amor es incluso descrito como una enfermedad que debilita el pulso, provoca sudores pálidos dignos de los moribundos y afecta la respiración hasta transformarla en una respiración arenosa. Los síntomas del amor son tan grandes como los del cólera y con esto, Gabriel García Márquez nos invita a reflexionar, de forma alegórica, sobre lo que realmente se acapara de la cotidianidad caribeña: ¿el amor o el cólera? En esta pregunta, el cólera puede ser concebido como cualquier daño que asola la sociedad caribeña: la corrupción, el despotismo o la inestabilidad. Por otro lado, el amor omnipresente convive con una intransigencia natural y un padecimiento impuesto por los padres que obligan a sus hijos, con total autoridad, una repetición viciosa de su propia historia. Los que sufren de un amor impuesto son los que acaban imponiendo a sus hijos un amor igual de intransigente y totalitario.

Más allá de la fuerza de las pasiones y de los síntomas de una enfermedad destructora, el autor colombiano narra también las costumbres fuertemente arraigadas de las zonas costeras, como las peleas de gallos en los patios, las músicas de acordeones en las esquinas y las enormes parrandas que entretienen a un pueblo hospitalario y fiestero.

 

Otra concepción interesante y peculiar del Caribe es la del famoso escritor cubano, Alejo Carpentier. Su prosa densa reconstruye en la novela “Los pasos perdidos” una ciudad de la cuenca del Caribe en medio de un paraíso terrenal, cerca de pueblos milenarios y de una vegetación riquísima que, por sus atributos, podría referirse a cualquier lugar de latino-América. Su enfoque indaga en las raíces del pueblo americano, en la definición de su identidad, y destaca la cercanía de la naturaleza, la existencia de culturas, muy a menudo ignoradas, que conviven en armonía con el medio ambiente. Es, según el autor, la tierra de los pueblos que hacían sonar antiguamente “el bastón-tambor y la jarra funeraria”.

También nos habla de un mundo de extremos y de desconciertos en el cual nunca son suficientes los desagües para luchar contra las lluvias de abril, los vehículos son arrastrados por los diluvios a otros barrios y se extravían en callejones ciegos. La naturaleza se impone a todo y el esfuerzo del hombre que anhela vivir en una ciudad moderna ha de ser constante para neutralizar sus efectos. Algo indecible, la combinación quizás de la naturaleza y del clima, genera cambios imprevistos y alteraciones que complican la vida de los habitantes. Sin la menor explicación posible, los aparatos de precisión nuevos de una empresa se desajustan, las ampolletas de suero de un hospital amanecen llenas de hongo, y, como siempre ha de haber un culpable, la población señala “al gusano” como responsable de todos estos acontecimientos. Ese gusano misterioso se describe como un ser ambiguo, nacido del lenguaje local, que se refiere a todo lo innombrable y a todo lo inexplicable. En la obra de Alejo Carpentier, los habitantes consideran también al gusano como el causante de los innumerables golpes de Estado y las súbitas revoluciones, como si el miedo a hablar o la relativa indiferencia les impidieran manifestar claramente sus problemas para solucionarlos.

Aunque lo haga con una tonalidad más ponderada y un estilo menos sorpresivo, la perspectiva maravillosa del escritor cubano se asemeja a la de Gabriel García Márquez y recrea un mundo en el que lo cotidiano puede ser magia y la realidad brilla por su irracionalidad.

 

Por su lado, José María Mendiluce dibuja, con una prosa directa e vibrante, a un mundo aislado e incomunicado, corrompido por el turismo occidental, viciado por los excesos de unos visitantes que sólo conciben placeres y beneficios inmediatos. Inspirado por su experiencia en Costa Rica, el autor español expone en su obra “Pura vida” un Caribe insólito, un triste ensamblaje de dominantes y dominados, invasores y desterrados, en el que conviven dos estilos de vida incompatibles: por un lado, el hedonismo occidental y, por otro, el ostracismo indígena. En ese cuadro oscuro, resalta el duro destino de la negritud y la crueldad de la raza blanca, y coexisten dos idiomas (el español, lenguaje oficial, y el inglés traído por las minorías negras oriundas de Jamaica).

La incomunicación persiste pese a la modernidad porque los avances económicos sólo benefician a ciertos polos minoritarios. La perspectiva de Mendiluce insiste en el dolor, se agarra al malestar, pero deja entrever un deseo inapagable de felicidad y la profundidad de los sentimientos de su gente sincera y abierta. El Caribe de Mendiluce descuella por su ambivalencia, sus conflictos internos y su doble-personalidad.

 

Así pues, lejos de ser el lugar paradisiaco que cultivan algunos medios o catálogos turísticos, la zona Caribe se ilustra en la literatura como un compendio de imágenes de sufrimiento, desigualdades e injusticias que, sin embargo, genera esperanza y alegría por su diversidad, su humor pícaro y atrevido, su ritmo musical endiablado y su riqueza biológica. Es una fuente de inspiración, un lugar de reposo, el centro de muchos debates y de intereses económicos, y de cuestionamiento para todos los escritores (desde Hemmingway, pasando por Aimé Césaire, Frantz Fanon, Gabriel García Márquez, Zoe Valdés y hasta V.S. Naipaul).

Es cierto que ya no es la fuente de riquezas de antaño, o el Dorado que cultivaron conquistadores y filibusteros, pero el Caribe sigue siendo una caja de sorpresas, un universo que une los extremos, el sufrimiento y la felicidad, con un extraño sabor a armonía. Del Caribe nacen las mejores y peores imágenes, las más impactantes y cautivadoras obras porque, pese a todos los males, el Caribe es un inagotable manantial de sentimientos, pasión y amor por la vida.

Johari Gautier Carmona

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