Literatura

La arquitectura del cuento

Diego Niño

09/03/2020 - 06:45

 

La arquitectura del cuento

 

¿Qué pensaría si un hombre le cuenta que conoció una mujer en un bar y terminaron en la cama horas después? Probablemente llegue a la conclusión que la historia es falsa por la ausencia de detalles. La falta de detalles hace que la anécdota sea un desierto en el que se traza una recta entre dos puntos (conocer la mujer y acostarse con ella). 

 

La historia cambiaría si el hombre dice: “conocí una mujer que me contó que su esposo la llena de regalos y viajes para que ella no se vaya de su lado”. La narración empieza a tener raíces: el hombre se acostó con una mujer casada que no está satisfecha con su matrimonio (el esposo la retiene con regalos). Pero la mujer no sólo dijo eso, sino que agregó: “dejé el barrio sin teléfonos para jugársela a mi esposo cada vez que quiero”. Esa frase hace que las raíces adquieran volumen: no es la primera vez que ha sido infiel. Más adelante el hombre cuenta que “llamé a mi esposa, que estaba de viaje”. Ahora se trata de dos casados siéndole infieles a sus parejas. El desierto se termina de colonizar si el hombre agrega la descripción de la mujer, el lugar al que fueron después del bar, los amigos con los que se encontró la mujer, la discusión que tuvo con ellos, fragmentos de las conversaciones, etc.   

El hombre continúa narrando y el desierto continúa poblándose de flores, roedores, mamíferos, insectos y aves. Ninguno está por capricho ni por azar: están en función del conjunto y de ellos mismos. La población crece de tal manera que la narración no se detiene en el encuentro sexual sino que continúa narrando lo que sucedió al día siguiente: la mujer se bañó, cantó en la regadera (el canto se mezclaba con el rumor del agua) y después hablaron mientras ella se arreglaba. El final de la conversación tiene un detalle interesante: la mujer le dijo: “No sé si te salvó la edad o la tristeza de tu mirada”. En este punto no importa dónde inicia o finaliza la historia: lo importante es que el desierto se transformó en un oasis.  

En los días posteriores al encuentro sexual sucede algo inesperado: el hombre se reencuentra con la mujer. Pero no físicamente, sino en una foto del periódico. En la nota aseguran que fue asesinada porque pertenecía a una banda de atracadores. La frase de la mujer adquiere significado frente a la noticia: ella no robó al hombre gracias a sus ojos tristes (o a su edad). Estamos tentados a suponer que la historia de un encuentro sexual se transformó en un atraco frustrado, pero la narración siempre fue la historia de un atraco, solo que nos enteramos al final. Descubrimos que las flores, los insectos y roedores viven gracias a corrientes subterráneas de agua. Lo que parecía un milagro (un desierto florecido) no era más que el resultado de un universo subterráneo.

No es casual que esto suceda: en todo cuento deben existir dos capas: una externa y otra interna. La capa interna debe emerger en lugares estratégicos para que el lector perciba la profundidad del relato (de nada sirve que el lector no se entera de su existencia o que la vea todo el tiempo). La capa externa es el motor de la narración en tanto que la interna es el fondo (que puede ser una historia, un concepto o un sentimiento).

La estratificación del cuento obedece a la necesidad de impactar al lector. La historia del hombre que se acuesta con una mujer puede ser todo lo amena que se quiera pero no deja huella porque carece de profundidad. ¿Qué tiene de interesante que tengan sexo dos personas que se acaban de conocer?

El éxito del cuento radica en la fusión de las dos capas. Suena fácil, pero no lo es si se tiene en cuenta que cada una tiene su propia lógica causal. El romance tiene una cadena de causalidades perfectamente entendible: se conocen, hablan, beben, bailan, terminan en un motel. La historia del robo no sucede bajo la misma lógica: sabemos que el hombre estuvo muy cerca de ser robado pero no vemos las cadenas causales a pesar de que intuimos que los ladrones lo eligieron entre otros clientes del bar, la mujer lo sedujo pero se arrepintió, le dijo a sus cómplices que no habría robo, pelearon y el hombre y la mujer se fueron del bar. En ese punto se rompe la cadena y no sabemos a ciencia cierta de qué manera la mujer terminó asesinada en una vereda de Zipaquirá. La noticia habla de un anillo, de investigaciones, pero es una información bastante difusa para desentrañar las cadenas causales.

Fíjense, además, en la cronología: los hechos de la capa externa se reducen a la noche del encuentro sexual y al momento que se entera de la noticia. En la capa interna los hechos suceden fuera de ese territorio temporal: los ladrones deciden robarlo antes de que inicie la narración y el asesinato no está en la temporalidad de la capa externa. Me atrevería a ir más lejos: el tiempo de la capa interna terminan antes de que el hombre se entere: cuando sale la noticia, la mujer está muerta y los cómplices están arrestados.

Como se puede ver, el arte y la artesanía del cuento consisten en hacer que encajen dos lógicas y dos temporalidades diferentes. Escribir un cuento es como construir un artefacto con los engranajes de un reloj de pulso y un reloj de pared. Suena inverosímil, pero la literatura lo hace posible.

 

Diego Niño

@Diego_ninho

 

*Nota del autor: Este artículo se basa en la construcción de un cuento que escribí en el 2014 (y que se publicó en el 2016). (https://panoramacultural.com.co/literatura/3939/cicatriz).

Sobre el autor

Diego Niño

Diego Niño

Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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