Literatura

José Eustasio Rivera, el gran caballero del soneto

Eddie José Dániels García

11/03/2020 - 05:35

 

José Eustasio Rivera, el gran caballero del soneto
El poeta y novelista colombiano José Eustasio Rivera

Aunque en la actualidad no se conoce con precisión el número de sonetos escritos por el destacado novelista José Eustasio Rivera, porque aún no ha logrado recopilarse la totalidad de su obra poética, cada vez me sorprende más la belleza y la perfección artística que presentan los cincuenta y cinco sonetos incluidos en “Tierra de promisión”, el único libro de poesías publicado por este magnífico escritor en 1921. En efecto, algunos investigadores y estudiosos de su obra, entre quienes figura el destacado ensayista bogotano Isaías Peña Gutiérrez, sostienen que Rivera escribió alrededor de trescientos sonetos, todos de impecable factura, y que era su intención, en aquel tiempo glorificado por la poesía, agruparlos y publicarlos en una misma antología. Sin embargo, a causa de razones estrictamente personales, y que jamás el escritor se dignó confesar a sus amigos y allegados, sólo se limitó a editar el reducido número que aparece en el opúsculo “Tierra de promisión”, pensando, tal vez, realizar más tarde otras publicaciones.

Lamentablemente, su muerte repentina y, sobre todo, prematura, ocurrida en Nueva York en 1928, cuando apenas coronaba los cuarenta años de edad, impidió conocer la totalidad de su arquitectura poética, la cual fue tallada con un esmero singular y quedó dispersa e inédita en una infinidad de manuscritos. No obstante, para las letras colombianas –y universales- bastan los limpísimos sonetos de “Tierra de promisión” para conocer la grandeza de su obra y afirmar que José Eustasio Rivera, al igual que los maestros, Guillermo Valencia, Ismael Enrique Arciniegas y José Asunción Silva, es una de las más grandes figuras de la poesía modernista en Colombia. Por esta razón, para nuestra literatura vernácula, la pluma riveriana ha sido en las últimas décadas un objeto de estudio obligado, que cada día se afianza más, siempre tendiente a encontrar la linealidad poética y a descubrir la intencionalidad labrada por el celebérrimo escritor huilense. Una tarea literaria que, en el fondo, satisface plenamente a los estudiosos de su obra.   

Hoy, como caso curioso en nuestra literatura, José Eustasio Rivera es más conocido por su obra novelística que por su creación poética, y en los contextos culturales y educativos es común oír con frecuencia “Rivera, el autor de La Vorágine y Tierra de promisión”, creyendo, equivocadamente, que esta última es también una obra narrativa. Y, por supuesto, este concepto obedece al casi total desconocimiento que se tiene de su producción poética, a la cual, según ha estimado la crítica, Rivera dedicó la mayor inspiración de su portentoso talento literario y en la que alcanzó su mejor consagración como escritor. Porque, es innegable, que los cincuenta y cinco sonetos que integran “Tierra de promisión” –incluyendo “Soy un grávido río”, que fue utilizado por el autor a manera de prólogo-- presentan una estructura perfecta, que reflejan la delicadeza y la maestría de Rivera en el manejo de “los más puros metros clásicos de la poesía castellana”, honrando con ello el óptimo legado que nos dejaron los artistas del Siglo de Oro español.  

El empleo del verso endecasílabo en veinticuatro sonetos, y el alejandrino en las joyas restantes de la antología, nos presentan una colección magnífica dividida en tres partes, que, con una profunda sensibilidad expresiva, tienen como escenario la belleza de la selva, la imponencia de las montañas y el horizonte de los llanos. En todos los sonetos, la pluma riveriana es elegante y encarna un mágico pincel que traza emocionantes coloridos para describir y llenar de animación el ensueño del paisaje natural. Todo el ambiente, embellecido con la presencia de la luna, de los vientos, del crepúsculo, del anochecer y de una fauna compleja, que abarca desde los arrullos de la paloma torcaz hasta la incontenible carrera de los potros salvajes, superando la velocidad del viento.  Pasando, desde luego, por los cantos y revuelos de la golondrina, las cabriolas del potro semental cortejando a las yeguas, las traiciones del caimán siempre hambriento de comida, la humildad y mansedumbre de los bueyes arando la tierra para fortalecer la agricultura.

Una nota llamativa, o más bien un signo característico, en algunos sonetos riverianos, es el empleo del gerundio, unas veces, y del participio, en otras, en el primer verso de cada texto, para imprimirle, con esta forma gramatical, un efecto de temporalidad presente al tema del soneto. De esta manera, el lector siente la presencia viva y actual de la narración, la cual mezcla, obviamente, con pinceladas descriptivas. Este artificio retórico, por ejemplo, lo podemos apreciar en el soneto dedicado al toro: “Corneando el fresco matorral arranca / partidos gajos que al testuz entrega / y azotando el ijar, la cola juega / como un cordón indócil sobre el anca”. Como podemos ver, el uso del gerundio en el primer verso, retrata la acción del animal, la cual graficamos automáticamente en la imaginación. Igual sucede con el soneto consagrado a la golondrina, cuando hace su repentina aparición con los vientos enerinos: “Tornando de la zona ultramarina, / sobre la leve ráfaga de enero, / hoy ante el muro del pajizo alero / empezó a revolar la golondrina”.

En el soneto destinado a los bueyes, el gerundio utilizado en el primer verso describe un cuadro patético, que conmueve profundamente al lector y llena de tristeza el ambiente: “Grabando en la llanura las pisadas, / y ambos, uncida al yugo la cabeza, / dos bueyes de humillada fortaleza / pasan ante las tímidas vacadas”. En este cuarteto, la pluma riveriana es tan sensible, que “hasta las vacas que observan el penoso trabajo de sus compañeros cuadrúpedos”, parece que lo estuvieran viviendo y experimentan dolor y timidez al observarlos. Este colorido también se percibe en el texto tributado a la mariposa, que “persigue el perfume invisible del ambiente”. En esta narración, el empleo del gerundio le imprime un tono de temporalidad interminable a la acción: “Persiguiendo el perfume de risueño retiro, / la fugaz mariposa por el monte revuela, / y en los aires enciende sutilísima estela / con sus pétalos tenues de cambiante zafiro”. En este cuarteto, podemos apreciar el manejo impecable del verso alejandrino, marcado con sus acentos interiores.

El manejo del participio, forma gramatical hermana del gerundio, también es empleado por el artista opitense para manifestar un estado de quietud, algunas veces, y de movimiento en otras, que sirven para satisfacer la imaginación de los lectores.  En el bellísimo soneto “Los potros”, considerado en una época como “el soneto más bello de la poesía colombiana”, según una encuesta realizada por autoridades en materia literaria, el uso del participio se combina con los verbos en presente y los adjetivos de movimiento, para retratar la veloz carrera de estos animales. El movimiento está presente en los catorces versos. Apreciemos el desarrollo del primer cuarteto: “Atropellados por la pampa suelta, / los raudos potros en febril disputa, / hacen silbar sobre la sorda ruta / los huracanes en su crin revuelta”. En el segundo, se aprecia más carrera incontenible de los briosos animales: “Atrás dejando la llanura envuelta / en polvo, alargan la cerviz enjuta, / y a su carrera retumbante y bruta, / cimbran los pindos y la palma esbelta”.

Así como sucede cuando un medio de transporte va llegando a su destino, y comienza a mermar la velocidad, lo mismo sucede con la carrera desenfrenada de los potros salvajes, al percibir los animales, que ya están coronando la llegada. En los tercetos, la narración de rivera describe la actitud de complacencia experimentada por los briosos animales. Observemos el desarrollo de los versos finales: “Ya cuando cruzan el austral peñasco, / vibra un relincho por las altas rocas; / entonces paran el triunfante casco”. En este terceto, la manifestación del relincho es coherente con el adjetivo triunfante para simbolizar la coronación de la meta. La satisfacción de los animales, frente a la llegada, es aún más emocionante en la narración del último terceto: “resoplan, roncos, ante el sol violento, / y alzando en grupo las cabezas locas / oyen llegar el retrasado viento”. El final es sorprendente y tiene la máxima esencia del soneto. Presenta una sentencia del autor, quien vaticinó en su época, la capacidad del hombre para superar la velocidad del sonido. Y más sorprendente aún, cuando son los animales, los autores del hallazgo.

Dentro de la extraordinaria antología sonetista de Rivera, otra joya que goza de una celebridad impresionante es el soneto prodigado al potro semental. En esta pieza, tallada como una filigrana lírica, es prodigiosa la maestría del autor para describir la narración del potro en el momento de cortejar a las yeguas. Llama la atención, el empleo del vocabulario utilizado, que se combina retóricamente para describir la acción romántica. Miremos el primer cuarteto: “El potro semental que se enlozana / de campo y sol, en caluroso brote / lanza a las yeguas del abierto lote / su relincho, triunfal como una diana”. En el segundo cuarteto, continúan las hazañas del animal para llamar la atención de las yeguas: “Piafando por la estepa comarcana, / tiende la crin para que el viento flote, / enarca el cuello y al golpear del trote / vibra en el pajonal la resolana”. La conquista del animal finaliza con  la penetración sexual: “Radiante el ojo y el ijar convulso, / gallardas curvas en el aire traza / su dócil cola con febril impulso; / y elevando las manos placenteras, / cuando sobre la hembra se adelgaza, / fecunda las olímpicas praderas”.

José Eustasio Rivera nació en Neiva en 1888, la misma fecha que sirve de génesis al movimiento modernista iniciado en Guatemala con la renovación poética de Rubén Darío. Desde muy joven se dedicó a cultivar su talento literario y a los veinte años participó en los juegos florales de Neiva, y dos años más tarde en los de Ibagué, certamen donde alcanzó el segundo lugar con el poema “Oda a España”, dedicado a don Miguel de Unamuno, en ese entonces la figura más sobresaliente de la generación del 98. Y, como era de esperarse, el mérito de esta creación lírica fue reconocido por el destacado escritor bilbaíno, quien le agradeció la oferencia en los siguientes términos: “Lo felicito, señor mío y poeta, por su altísima y noble “Oda a España, concebida y escrita tan a la española”. Sin duda alguna, estas palabras cargadas de tanta sinceridad, llenaron de mucho entusiasmo al joven poeta neivano, quien se dedicó de lleno a soltar su inspiración para nutrir a la Literatura Colombiana de las bellísimas joyas que hoy la enorgullecen.

Y, en relación con su obra sonetista, Rivera, siguiendo la línea de muchos poetas españoles, como Quevedo, Góngora y Lope de Vega, no acostumbraba a titular los sonetos, y solamente los identificaba con un número. Así aparecen en la única antología editaba por él en 1921. Sin embargo, en ediciones posteriores, organizadas por estudiosos de su obra o por algunas casas editoriales, los sonetos parecen titulados con una palabra del primer verso, un grupo nominal o con el verso completo. Así, encontramos: “En la tórrida playa”, “Pescadora de estrellas”, “Viajera”, “Grabando”, “Los potros”, etc. Esta forma, desde luego, sirve para ilustrar al lector sobre el contenido del texto. Una manera didáctica que nos ayuda a recordar y memorizar las joyas más llamativas de la antología. Por esta razón, que cada vez que me concentro en el deleite emocional que me produce “Tierra de promisión”, tengo más razones para afirmar que José Eustasio Rivera es, indiscutiblemente, “El gran caballero del soneto” de la poesía colombiana.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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