Literatura

Despedida

Luis Carlos Ramirez Lascarro

26/03/2020 - 05:50

 

Despedida

 

Recorrimos en completo silencio los poco más de catorce kilómetros que separan al Pueblo del Carmen. Luisa tenía muchos años sin recorrer estos caminos que, por última vez, recorriera sin parar cuando flanquearon al Pueblo legiones rapaces sembrando la muerte por sus calles arenosas, sumiéndolas en un rojo silencio de años: rojo diluvio ensordecedor sobre todas las casas y los campos, roja desdicha, roja miseria. Orgía macabra asfixiante de sueños y esperanzas.

Recogíamos tabaco cuando empezó lo que no tiene nombre, y allí permanecimos petrificados por el resplandor de los disparos y el rugir de las motosierras durante varios días. He tenido miedo todos estos años. Por eso no había vuelto. Por eso esas crisis tan malucas que tanto me azaran y no me han dejado vivir en paz aun estando lo más lejos que he podido. Uno se lleva entre ceja y ceja todo ese horror y no es tan fácil aprender a convivir con esos recuerdos. Antes de la masacre era una carcajada trepidante recorriendo las calles arenosas del Pueblo que fue cambiada en mueca macabra al ver en la cancha todos esos cuerpos deformados y descompuestos, cuando al fin pudimos salir de los matorrales.

Papá había aprendido a repararse el alma frente al mar, en Cartagena, donde también sembraba tabaco y guardaba en un baulito las pocas cosas que me dejaron recoger cuando salimos corriendo a quién sabe dónde y hasta quién sabe cuándo luego de esos días en que la sevicia se enroscó alrededor del pueblo y se quedó cebada, dejándonos ceniza en los platos, hiel en las bocas, sangre en el silencio, mierda en los sueños... Pero hasta allí lo alcanzaron los disparos de los que salimos corriendo en el pueblo, como también alcanzaron a varios vecinos en el barrio La Candela, esa gran franja marginal a donde han sido desplazados los negros por tercera o cuarta vez dentro de su propia ciudad y a donde hemos venido a parar los que le venimos huyendo a la violencia desmadrada que desangra nuestros campos, donde padre puso su taller de mecánica y yo aprendí a ser mujer entre las miserias escondidas de la heroica ciudad de las postales de ensueño.

*
Allí estaré contigo, morena, cuando vuelvas a caminar por el Pueblo después de tantos años, le dije cuando me pidió que la acompañara a visitar la tumba de su padre en El Salado y a confrontar a su mamá por haberla puesto en riesgo cuando se la llevó al fugarse con ese bueno para nada por el que dejó a su padre y por no creerle cuando ella le contaba de sus abusos.

-Yo le prometí volver, me dijo recogiendo las pocas cosas que nos acompañaban en el inquilinato bogotano donde vivíamos hace un par de años, y ahora que estoy esperando bebé es el mejor momento. Vida pa celebrar su vida y no dejar que la melancolía me gane cuando vuelva. Porque todo pasa, aunque dure y aunque duela.

-¿Estás segura? Antes de sólo pensar en el viaje te daba una vaina, le dije recogiendo las hojas de la mesa, disponiéndome a hacer las maletas.

-Nunca antes lo había estado tanto, dijo levitando por el cuartucho húmedo que ella había convertido en un museo de la memoria de su Padre y de su Pueblo, necesito ir a enfrentar mis miedos y a dar otro paso más en este proceso de reconstruirme en el exilio.

*
Al fondo del parque, la iglesia. Aún estaban sobre las tumbas colectivas, multiplicadas, las rosas que sembré cuando vine por primera vez, antes de conocernos. Casi no me llevan al Pueblo esa vez. Llegué un medio día de febrero y, quizá la cercanía de las fechas en que se conmemora la masacre ponía particularmente sensibles a los pobladores que habían decidido volver hace poco, casi ya a los dos años de lo sucedido, frente a un extraño, buscando quién sabe qué cosas, escarbando en las ruinas de la memoria de ese pueblo marcado por uno y por otro bando sin tener alternativa de vivir verdaderamente tranquilos.

En ese entonces el Pueblo parecía sostenido por las telarañas y el viento que silbaba entre los escombros y los recuerdos tristes. La sangre aún besaba las paredes muertas donde un día todo fue algarabía. Aún resonaban en los ladrillos las respiraciones de los hombres que, cogidos de manos, detenidos entre el pánico y la nada, esperaban el momento último, sin oponerse ya a sus seguros verdugos, sin rebeldía. Tendidos, derribados, esperando también, que quizá alguien les diga: “amigos, pueden levantarse...”.

Ahora que volvemos juntos hay nuevos padres para los niños huérfanos. Han llegado nuevos hijos para las madres tristes. Y nuevas viandas, más nutritivas y sabrosas desbordan las mesas del Pueblo, revolviendo, renovando la vitalidad perdida entonces, avivándola con fuego de hojas de tabaco y pava de ají bien aromada. Una nueva esperanza, a pesar de que aún sigue rodando la muerte, desborda los pechos reconstruidos después de la matanza.

*

Ya se cumplieron quince años/ de que aquí llegó una guerra/ y algunos interesados en quedarse con nuestras tierras… cantaba Samuel Torres mientras los demás íbamos organizando el reencuentro, sacando fuerzas para poder disponernos a llegar al camposanto a espantar los fantasmas de aquellos tres que se hacían llamar mesías mandando sobre nuestras vidas, mientras otros lunáticos tocaban gaitas y tamboras por las calles en aquél carnaval de sangre que nos condenó al exilio.

*

Entró murmurando una especie de arrullo o de canto fúnebre, más bien, con la frente en alto, al cementerio del Pueblo. Firme, tranquila, decidida. Puso un aguacate partido sobre la tumba de su Padre y, caminando en círculos, mientras retiraba la maleza con sus propias manos, susurraba una especie de canto u oración ininteligibles para mí, tras lo cual finalmente me dijo secándose unas cuantas lágrimas: Gracias por traer sus cenizas y cumplir sus deseos cuando yo no pude. Gracias por venir conmigo, gracias por traerme, Floro. Tenía que venir a despedirme y poner en sus manos la vida que en mis entrañas pusiste.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Luis Carlos Ramírez Lascarro, Guamal, Magdalena, Colombia, 1984. Estudiante de Historia y Patrimonio en la Universidad del Magdalena. Autor de los libros: El acordeón de Juancho y otros cuentos y Semana Santa de Guamal, una reseña histórica; ambos con Fallidos editores en el 2020. Ha publicado en las antologías: Poesía Social sin banderas (2005); Polen para fecundar manantiales (2008); Con otra voz y Poemas inolvidables (2011); Tocando el viento (2012) Antología Nacional de Relata (2013), Diez años no son tanto y Antología Elipsis internacional (2021). Ponente invitado al Foro Vallenato Clásico en el marco del 49 Festival de la Leyenda Vallenata (2016) y al VI Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata (2017). Su ensayo: El Vallenato protesta fue incluido en el 4to Número de la Revista Vallenatología de la UPC (2017). En el 2019 escribe la obra teatral Flores de María, inspirada en el poema musical Alicia Adorada, montada por Maderos Teatro y participa como coautor del monólogo Cruselfa. Algunos de sus poemas han sido incluidos en la edición 30 de la Revista Mariamulata y la edición 6 de la Gaceta Hojalata (2020). Colaborador frecuente de la revista cultural La Gota fría del Fondo mixto de cultura de La Guajira. 

 

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