Literatura

Los peces caen del cielo, el relato de Germán Castro Caycedo

Redacción

29/05/2020 - 04:20

 

Los peces caen del cielo, el relato de Germán Castro Caycedo

Acababa de llover y en plena sabana empezaron a saltar peces que se elevaban por encima de la yerba. Por allí no había ríos, ni esteros. Solamente arena y pasto. Es que no se veía ni un simple charco. Pero ahí estaban, brincando y revolcándose entre la yerba. La mayoría eran plateados con visos azules y no más grandes que una sardina. Se veían centenares.

La víspera nadie había bebido alcohol, ni ahora el sol era tan achicharrante como para decir, carajo, es un espejismo. No. Era una tarde fresca de diciembre. Cuando pasó la lluvia, el viejo Pío Lelio Cuniche, un caporal de sabana, dijo que saliéramos a cabalgar, pero mientras ensillaron las bestias y alguien trajo un par de tazones con café, pasó el tiempo, de manera que fuimos llegando al sitio, qué se yo, veinticinco minutos o media hora después, cuando había desaparecido el arco iris.

Es que aquí los peces caen con la lluvia y van desgranándose por la giba del arco iris. Estos son curitos, bocachicos y guabinas... Pero óigame bien: el que se acerca al arco iris cuando los pescados están bajando, escucha un ruido como el trueno y queda sordo para siempre.

Así concibe la vida el hombre de Arauca y Casanare.

Diciembre es estación de “salidas de agua” y ha vuelto el sol que debe calcinar hasta el año entrante. Por tanto, se realiza algo llamado trabajo de llano en las ganaderías de cría extensiva, donde aún la tierra está blanda y el ganado no se ha regado por éstas inmensidades. La siguiente temporada, que es tal vez la más importante, se realiza en mayo “a entradas de agua”, antes de que las tierras se pongan hondas por las lluvias y se encuentren en edad para ser marcados con un hierro la mayoría de los becerros, que nacen justamente en el verano.

Trabajo de llano es cuando cuarenta jinetes repartidos en tres grupos se internan en la sabana antes de que amanezca y van envolviendo los rodeos de ganado hasta encerrarlos en un punto, para luego conducirlos al corral, cerca de la estancia. Allí, durante el resto del día apartan a los toros gordos y a las vacas viejas para ser vendidas ---les dicen ganado de saca---, y a la vez yerran a los becerros pequeños y castran a los más grandes. Labor que se cuenta

en pocas líneas, pero es el zumo de la ciencia llanera y, para no ir muy lejos, la almendra de toda una cultura, tal vez lejana, pero de todas maneras diferente a las del resto del país.

Y rodeo son ochocientas cabezas de ganado que han escogido su propia querencia o territorio, en el cual duermen y comen desde el momento de nacer, sin alejarse de él más allá de las mil quinientas o dos mil hectáreas que lo componen.

Allí los caballos no se amansan, se trochan unas cuantas veces antes del trabajo, ensillándolos y dejándolos que brinquen y se revuelvan con un jinete encima, y luego partan en carrera desaforada hasta agotarse. En ese momento, el hombre es quien domina y sólo dos o tres temporadas más tarde se le considera como caballo manso. Mientras tanto, es un potrón que no quiere bridas ni estribos, ni obedecer del todo, pero aún así es obligado a correr tras el ganado una madrugada y otra.

Hoy es un martes de comienzos de diciembre. A las tres y media de la mañana, cuando el rancho olía café porque en la cocina estaban tostando granos, salieron los hombres destinados la víspera por Pío Lelio para reunir las cabalgaduras del día, entre ciento veinte mochos seleccionados en sus atajos por él y los caballiceros desde hace un mes.

El caballo prefiere el retoño tierno y escoge los comederos a su antojo, y según él lo determine, es seguido por el atajo de yeguas en el cual es el rey. Allí no permite la presencia de garañones sin castrar que traten de disputarle el derecho a ser soberano en su harén, así se trate de sus propios hijos. Por eso los expulsa cuando han crecido un tanto y entran en aquella edad en que comienzan a mirar con deseo a las hembras. El idioma de amor de aquél sultán son las coces y los mordiscos, y ellas lo aceptan.

A las cuatro de la mañana ---había que partir temprano porque el rodeo de este martes estaba lejano--- se escucharon los gritos del caporal llamando “¡al café y a los caballos!”.

Cada hombre contaba con tres: dos mansos y un potrón que se turnan cada día, y a eso de las cuatro y media, el viejo escogió a los vaqueros más facultos para asignarles sogas, que luego ataron a las colas de los caballos. Esta vez, de los cuarenta, quince llevaban rejo. Repartidos los rejos, apretaron las cinchas de las sillas y orinaron. Luego no habría tiempo para hacerlo.

Aún en las sombras, dividió la peonada en tres comisiones, intercalando los vaqueros entre expertos y novatos, unos con caballo manso y otros con potrón, y ya a las cinco iban cortando la sabana en torno a los comederos del ganado, guiados por los conocedores y abiertos uno del otro, entre doscientos y mil metros, hasta desperdigarse por dos mil hectáreas que ocupa este rodeo en torno a un punto llamado Mata Rala. Cuando amaneció se veían desde lo lejos como barcos de vela, y un poco más tarde empezó el paisaje a tomar más color, según se iba moviendo el ganado en busca del punto en el cual acostumbra a reunirse.

Unos iban por el oriente y otros por el occidente y fueron cerrando poco a poco el cerco. Más acá iban, en un caballo castaño jobero, el blanco, que aunque sea mestizo le dicen así porque es el dueño del hato, y el caporal encaramado en un mocho cano rosao.

A las seis y media el cerco era más estrecho pero el viejo Pío Lelio advirtió que el rodeo estaba dividido en dos puntas de ganado, y los vaqueros fueron engolfándolas poco a poco hasta que luego de las siete lograron reunirlas, y cerraron totalmente el cerco. Allí, blanco y caporal identificaron y contaron. No faltaba ni una cabeza y a medida que daban órdenes, los vaqueros dejaban espacios para que salieran las vacas recién paridas y regresaran al comedero, buscando que sus becerros no se desgaritaran, que es perderse de la madre. Luego dejaron escapar las vacas próximas para que luego no vayan a mal parir y un poco después de las ocho, con un sol amarillo, llegó Calixto Cegua, el mismo Chulo Manso que tocaba el cuatro y contrapunteaba la noche anterior en la caballeriza, trayendo en una mula algo de comer: una arroba y media de tasajos de carne fresca y bien asada, queso y buenas cantidades de café hecho en agua de panela.

A las nueve, la sabana parecía flotar entre el vaho en que se iba convirtiendo la lluvia de la noche anterior, y primero el blanco y después el caporal y después los cortadores y después el resto, fueron llevando sus caballos a beber en el estero de Palma Sola y una vez refrescados, apretaron nuevamente las cinchas. Estaban listos para iniciar el arreo de la madrina --- que es la manada de ganado ya seleccionado---, hasta los corrales, situados a algo más de dos leguas ---unos once kilómetros--- hacia el poniente.

De regreso al paradero, Pío Lelio envió al frente a Silvestre Cotinchara, Macálico, para que se colocara con un caballo ruano, diga usted a unos doscientos metros adelante de la madrina, y empezara a avanzar al ritmo normal del ganado. A ese hombre se le dice cabrestero, así como suena, porque aquí no funcionan las recomendaciones de la Academia de la Lengua, y el resto formó una U intercalándose entre potrones y mochos mansos, y hombres con soga y sin ella. En las puntas se colocaron Ventarrón ---nunca pude aprender su nombre---- en un caballo flor de caña, y Manuel Marao, Cholagogue, en un bayo pataconiao que creo que se llamaba Pluma en el aire. A esos dos vaqueros les dicen punteros.

Detrás de ellos y a poca distancia tomaron lugar los traspunteros que también controlan adelante la fuerza del ganado, y atrás, en la culata y cerrando la partida, el blanco con el caporal y otras gentes.

-- ¿Listos?

-- Listos, camarita.

-- Entonces, ¡dénle cuerda cuerda a esa madrina!

Empezaron a andar con sabiduría, que es no forzar la marcha para evitar que se canse el ganado y no llegue hasta el corral. Algunos iban mascando tabaco para alejar la sed, otros sacando comiso del pollero ---una bolsa que siempre los acompaña---, otros cantando coplas de vaquería, y Pío Lelio gritando según las circunstancias: dénle cuerda. No le den cuerda. Cotincho: échese p’atrás. Chaguaramo, adelántese. Como los hombres avanzan en fila, no miran hacia atrás y por tanto no calculan cuándo quedan entre ellos espacios que puedan ser aprovechados por algún toro que reviente en la madrina y salga barajustao buscando la sabana.

A mitad de camino partió un novillo colorao, o araguato como les dicen en Casanare, y detrás de él arrancaron un muchacho Pedro Pan, Peluso, y Plácido Unda, El Cachis, aunque inicialmente no se trataba de amarrar sino de obligar al bicho a regresar a la madrina. Pero el novillo se emplazó y ambos lanzaron su tiro de soga. Amarró primero El Cachis y aseguró el rejo en la cabeza de la silla, y como Peluso fue segundo, tuvo que echar pie a tierra para enredarle al novillo la cachera, (cuerda corta) en la frente y atar la soga en la cachera para luego llevarlo con la fuerza de la cola del caballo. Le dicen arrebiatar.

Entre novillos que trataban de escapar y aquella marcha lenta, fue corriendo el día, y un poco después de la una se vio por debajo de los penachos de unas palmas de moriche el hato y a su lado el paloapique de las cercas.

Una vez en el corral, separaron las vacas y los novillos de saca, y los becerros para marcar y también aquellos que estaban en edad de ser castrados. Sin reposar un segundo, Pío Lelio determinó quién iba a calentar los yerros, quién a enlazar, quién a marcar y quién a colear, y allí, entre el barro, comenzó una actividad permanente que finalizó un poco antes de anochecer. Esa tarde pasaron por los cuchillos y la candela doscientos cincuenta bichos.

Luego los hombres se fueron a comer y más tarde a descansar en la hilera de hamacas colgadas en la caballeriza. A esa hora irrumpió el caporal con un atado de tabacos. “¡A los tabacos!”, gritó, y fue repartiéndolos entre los vaqueros.

-- ¿Los peces caen del cielo? --le pregunté allí mismo al blanco.

-- No --respondió--, pero eso no lo vaya a decir aquí. ¡Nunca! ¡Que no lo escuche esta gente! En invierno los ríos se desbordan y cuando van secando, hay peces que no pueden regresar a la corriente y se sepultan entre el barro de los charcos, y allí pasan el verano. Pero cuando vuelve a llover, por la noche se deslizan entre el pasto y van buscando el agua. Esos que vimos ayer no encontraron el estero... Y saltaban porque el sol los estaba matando.


Germán Castro Caycedo

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