Literatura

La obra del poeta Candelario Obeso frente al racismo institucional en Colombia

Silvia Valero

24/07/2020 - 04:45

 

La obra del poeta Candelario Obeso frente al racismo institucional en Colombia
Un retrato del poeta Candelario Obeso / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Colombia contó, durante el siglo XX, y actualmente, claro está, con poetas y novelistas afrodescendientes que las editoriales, las universidades, la Academia en general se encargaron de ignorar o, en el mejor de los casos, de no darles todo el espacio que merecían. Pero, quien ofrece extenso material para el análisis de las irrupciones históricas de las diferentes variantes discursivas racistas, es el poeta mulato momposino Candelario Obeso (1849-1884) porque nos permite examinar el proceso atravesado por aquellos discursos a lo largo de los siglos XIX y XX. Las continuidades y rupturas en cuanto a los acontecimientos, las filiaciones, las exclusiones en relación con su figura hacen que se nos presente como el caso paradigmático para analizar las ideologías subyacentes tras los discursos de la intelectualidad colombiana.

Rastrear la recepción de su obra deja al descubierto las inexactitudes y contradicciones a la hora de enmarcarlo en una categoría dentro de la historia literaria colombiana, en la medida en que las instituciones generadoras de legitimidad, y, por ende, de marginalidad, en cuanto al poder de establecer definiciones identitarias, también respondieron a ideologías dominantes que le negaron un reconocimiento cultural.

De cómo el discurso racista ‘oscurece’ la producción de Obeso: Julio Añez y Antonio José Restrepo

Durante su período de producción, Obeso debió luchar contra posiciones abiertamente discriminatorias. Es por esto que, en 1874, al ser atacado racialmente por el entorno del entonces presidente liberal Santiago Pérez, se declarará defensivamente ‘mulato’ y no ‘negro’ en un intento estratégico por evitar discriminaciones que le imposibilitarían (como lo hicieron) desempeñarse en la literatura y la política de su tiempo, campos en los que se había educado. Tiempo después reivindicará su color, pero muchas veces en el marco de un tono desencantado por los obstáculos que ello le impone para lograr la gloria que buscó incansablemente sin alcanzarla tal como o manifiesta en Lucha de la vida (1882), la última de sus obras literarias.

Un hecho curioso ocurrirá con respecto a la recepción de Obeso por los antologistas e historiadores de la literatura. El poeta tuvo una clara filiación romántica expresada en los lincamientos estéticos de os poemas publicados en los periódicos de la época: en las últimas décadas del siglo XIX, si bien su nombre siempre va unido al de Cantos populares de mi tierra (1878), en las antologías y manuales se reproducen en mayor medida sus poemas de corte romántico (aunque su nombre siempre estara separado de los canónicos J.E. Caro, Julio Arboleda, González Gutiérrez, Rafael Pombo, Jorge Isaacs, Rafael Núñez). Sin embargo, en las historias literarias escritas en el siglo XX sólo se hará mención a los Cantos, cuya recuperación será operativa para fundamentar determinadas ideologías que, en todos los casos, le niegan un lugar dentro de la literatura consagrada, i bien las categorías han ido variando históricamente, en el ámbito discursivo hay una cierta continuidad dentro de la que se atribuyen jerarquías sobre lo negro y lo blanco.

Para graficar esta situación recordemos que Julio Añez publicará en 1886 el Parnaso Colombiano y será quien instale tres aspectos que las antologías e historias del siglo XX recuperarán en las referencias a Obeso, aunque siempre como interpretaciones propias: la raza como única condición de la poesía obesiana; la ‘Canción del boga ausente’ como paradigma de su obra y la clasificación de Cantos Populares como ‘género nuevo’. Sin embargo, a pesar de que Añez utilizará la figura de Obeso para exaltar las libertades que concedió la república, lo más importante es que en su breve presentación aparece aquella visión colonial biológica de jerarquización de los hombres a partir de las razas y que se esconde bajo el discurso de una democracia en el orden social: “Originario de una raza antes reputada inferior, recibido hoy por las instituciones republicanas en condición de perfecta igualdad, supo dar una prueba también viviente de que ese tronco tal vez privilegiado en las cualidades del corazón, es susceptible también de alta evolución intelectual" (Añez, 68).

El imaginario continúa siendo reductor y separando el logos y la escritura del negro. Por esto Obeso se convierte en un útil ejemplo para demostrar que el pensamiento, a partir de la educación occidental, también es posible entre ellos. Así, en una mezcla de análisis literario y exaltación política cegadora de una realidad que, contrariamente a lo que afirma Añez, continuaba sin grandes cambios para los afrodescendientes, agrega: “[...] y á la obra de su levantamiento [de la raza negra] quiso contribuir Obeso, mostrando en el habla, otras veces deficientes, del africano español, los sentimientos delicados y tiernos de los que poco há fueron esclavos y hoy son ciudadanos libres de una patria común”.

En la primera mitad del siglo XX colombiano, y con relación al movimiento discursivo sobre las razas surge la figura de Restrepo, integrante de la elite liberal antioqueña. Consuelo Posada rescata a Restrepo porque considera que asume una posición ‘rebelde’ enfrentada a la conservadora. Si bien para Posada aquél se manifiesta contra “[...] la pedantería del extranjerismo, e invita a los nostálgicos del Moulin Rouge y demás lugares ‘del delicado paladar petroniano’, a bajar a bailar la cumbia a orillas del Atrato, en los jardines que bordean a Barranquilla, bajo los emparrados de Cartagena o en Mompós”.

Hay que recordar que Restrepo estaba defendiendo los intereses de una elite liberal provincial poderosa, como lo era la antioqueña, contra el centralismo bogotano que regía bajo el régimen conservador. Por otro lado, si bien coincidimos con Posada en que “...los elementos del clima y la determinación geográfica estuvieron presentes en el fondo de aceptación o de rechazo de las tradiciones populares de la Costa Atlántica”, no estamos de acuerdo en que Restrepo haya mirado este aspecto de una manera radicalmente diferente.  

Permitiéndonos hacer un poco de historia, recordemos que el proceso mediante el cual se construyeron unas regiones dotadas de contenido racial en Colombia tiene muchas fuentes: arranca antes de la independencia con Francisco José de Caldas y su Semanario del Nuevo Reino de Granada, en el cual expone sus tesis acerca del determinismo geográfico en las condiciones físicas, intelectuales y morales de los seres humanos.

Otra fuente importante a la hora de construir las razas en Colombia fue la Comisión Corográfica dirigida por Agustín Codazzi, que describía al Chocó y sus pobladores negros de la siguiente manera:

Desnudo vive el hombre [el descendiente de raza africana], y la mujer con una simple paruma o guayuco, [...] con las palmas que tiene a mano hace sus chozas miserables y la corteza del árbol damagua es su cama, [...] Una raza que casi en su totalidad pasa sus días en una indolencia semejante, no es la que está llamada a hacer progresar el país (Codazzi 324).

Esta mirada es de suma importancia además, si consideramos que uno de los miembros de la Comisión Corográfica fue el más tarde presidente de la nación, Santiago Pérez, a quien hicimos referencia más arriba por los ataques racistas de su entorno contra Candelario Obeso.

En otro ámbito, pero siempre enriqueciendo el discurso de la época, circulaba el libro de estudios que el pedagogo José Manuel Royo, rector del Colegio Pinillos de Mompox, había traducido y adaptado de libros europeos: Nuevajeografia universal arreglada para los colegios americanos. En él, el continente africano estaba presentado bajo los signos de estereotipia etnocéntrica de los viajeros europeos y la descripción del Chocó repite los conceptos de la Comisión Corográfica: “La mayor parte de los habitantes son desidiosos e inclinados a la vida salvaje [...] presenta una población en lo general desnuda i miserable” (Royo, 104).

En contraposición con esta ideología que perdura en el siglo XX, Consuelo Posada considera que Antonio José Restrepo asume la defensa del ‘trópico bienhechor’ al enumerar:

“[...] los encantos del paisaje, con metáforas de sensualidad, tomadas de poemas de Candelario Obeso: flores misteriosas y sensuales como almas de mujer, grandes bosques de árboles cómplices, con lianas ondulantes y arbustos que florecen bajo el abrazo de enredaderas tupidas, con un follaje que semeja las cabelleras de cortesanas cansadas, sobre los cuerpos flébiles de adolescentes cautivos” (Posada, 62).

Sin embargo, con esta muestra exótica y en algún sentido modernista, se enmascara el subtexto por el que corre la ideología de Restrepo, quien se hace eco de los dos marcos discursivos de la época con respecto a las razas. Por un lado adopta el pensamiento positivista para explicar que el negro es ‘mal lenguaraz y peor ladino ’, por las: “Deformaciones craneales, menguado desarrollo de las circunvoluciones cerebrales [...] que corresponde a lo que llaman el don de la palabra, y defectos de adaptación en los mismos aparatos vocales” (Restrepo, 44).

Por otro lado, ve la solución a este problema en el concepto de blanqueamiento,12 que, tras el discurso de mestizaje igualador, busca acabar lo indígena y lo negro. Una de las herramientas para lograrlo es, tal como lo había señalado Añez, la educación aculturadora en tanto supone la pérdida de culturas propias y la adquisición de una lengua — la española—, una religión — la católica— y, en consecuencia, otra manera de mirar el mundo.

 

Silvia Valero

Université de Montréal

Acerca de esta publicación: El artículo titulado “ La obra del poeta Candelario Obeso frente al racismo institucional en Colombia ”, de Silvia Valero, corresponde a un extracto de un ensayo titulado “El poder de definir identidades y (des)proveer de agencia literaria: el caso de los afrodescendientes en Colombia” de la misma autora.

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