Literatura

Carta a un poeta y otros poemas de Léopold Sédar Senghor

Redacción

28/07/2020 - 04:45

 

Carta a un poeta y otros poemas de Léopold Sédar Senghor
El poeta y primer presidente de Senegal Léopold Sédar Senghor / Foto: Little Africa

 

CARTA A UN POETA

A Aimé Césaire

 

¡Para el Hermano amado y para el amigo, mi saludo

       tosco y fraternal!

Las gaviotas negras, los navegantes de los grandes ríos

       han hecho que goce de tus noticias

Mezcladas con especies, con ruidos olorosos de los

     Ríos del Sur y de las Islas.

Ellos me han hablado de tu confianza, de la eminencia

    de tu frente y de la flor de tus labios sutiles

Que te hacen, tus discípulos, columna de silencio, una

   rueda de pavo real

Que se eleva hasta la luna, tú resistes su celo alterado

   y jadeante.

¿Es acaso tu perfume de frutas fabulosas o tu estela de

   luz en pleno medio día?

¡Cuántas mujeres con piel de zapotillo en el harem de

   tu espíritu!

Mi encanto más allá de los años, bajo la ceniza de tus

   párpados

La brasa ardiente, tu música hacia la que tendemos

   nuestras manos y nuestros corazones de antaño.

¿Habrás olvidado tu nobleza, que es el canto

A los Ancestros, Los Príncipes y los Dioses, que no

   son ni flor ni gotas de rocío?

Debiste ofrecer a los Espíritus los frutos blancos

   de tu jardín

Tú no comes sino la flor, recolectada el mismo año

   del fino mijo

Y no hurtas ni un pétalo para perfumar tu boca.

En el fondo del pozo de mi memoria, toco

Tu rostro de donde saco el agua que refresca mi gran

   aflicción.

Te diluyes con aristocracia, acodado en la cima de una

   colina clara,

Tu lecho oprime la tierra que dulcemente castiga.

Los tam-tam, en las llanuras ahogadas, marcan el ritmo,

   tu canto, y tu verso es la respiración de la noche

   y del mar lejano.

Tú cantaste a los Ancestros y a los Príncipes legítimos

Tú cogiste una estrella del firmamento para la rima

Rítmica a contratiempo; y los pobres a tus pies desnudos

   arrojaron las esteras con la ganancia de un año

Y las mujeres a tus pies desnudos, su corazón de ámbar

   y la danza de sus almas desolladas.

Mi amigo, mi amigo —¡Oh, regresarás, regresarás!

Yo te esperaré — mensaje confiado al capitán del cúter

   bajo el Kaicedrat.

Tú regresarás para el festín de las primicias. Cuando

   humee sobre los techos la dulzura del atardecer al

   declinar el sol,

Y paseen los atletas su juventud, adornada como los

   novios, conviene que allí estés.

 

MUJER NEGRA

¡Mujer desnuda, mujer negra,

Vestida del color que es tu vida, de tu forma que es

   belleza!

Crecí bajo tu sombra; la dulzura de tus manos vendó

   mis ojos

Y he aquí que en el corazón del verano y del mediodía,

   te descubro

Tierra prometida, desde lo alto de un cuello calcinado

Y tu belleza me fulmina en pleno corazón, como el

   alumbramiento de un águila.

Mujer desnuda, mujer oscura

Fruto maduro de carne firme, extasiadas sombras del

   vino negro, boca que hace lírica mi boca

Sabanas de horizontes puros, sabanas que se estremecen

   a las caricias fervientes del viento del Este

Tam-tam esculpido, tam-tam tendido que ruge bajo

   los dedos del vencedor.

Tu voz grave de contralto es el canto espiritual del

   Alma.

Mujer desnuda, mujer oscura

Aceite que ningún soplo perturba, aceite quieto en los

   flancos del atleta, en los flancos del príncipe de

   Malí

Gacela unida a las estrellas, las perlas son estrellas

   sobre la noche de tu piel

Delicias de los ojos del espíritu, los reflejos del oro

   encarnado sobre tu piel que reverbera

A la sombra de tu cabellera, se ilumina mi angustia

   en los soles próximos de tus ojos.

Mujer desnuda, mujer negra

Yo canto tu belleza que pasa, forma que fijo en la

   Eternidad,

Antes que el destino celoso te reduzca a cenizas,

   para nutrir las raíces de la vida.

 

MÁSCARA NEGRA

A Pablo Picasso

 

Ella duerme y reposa sobre el candor de la arena

Koumba Tam duerme. Una palma verde abanica la

   fiebre de los cabellos, la frente de cobre combada

Párpados cerrados, como dos copas, manantiales

   sellados.

Este fin creciente, este labio más negro y más pesado apenas

 

—¿dónde está la sonrisa de la mujer cómplice?

Las medallas de las mejillas, el dibujo del mentón,

   cantan al acorde mudo.

Rostros de máscara cerrada a lo efímero, sin ojos,

   sin materia

Cabeza perfecta de bronce y su pátina de tiempo

Que no ensucian afeites ni bochorno ni arrugas,

   ni huellas de lágrimas ni de besos

Oh, rostro tal que Dios te ha creado antes de la memoria

   misma de los tiempos

Rostro del alba del mundo, no te abras como un cuello

   tierno para conmover mi carne

Te adoro, ¡Oh belleza de mi ojo monocorde!

 

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