Literatura

Romance del feo, el poema de Rafael de León

Redacción

17/11/2020 - 04:35

 

Romance del feo, el poema de Rafael de León

Ya se me olvidaba, amigos, 
que ayer prometí contaros 
los motivos y razones 
de por qué soy Legionario. 
Mientras leía esta carta, 
los estaba recordando. 

Yo era el chaval más humilde, 
más bueno y más «desgraciao» 
que se inscribe en los Padrones 
de la Cabecera al rastro. 
Y aunque mi madre era guapa, 
según los que la trataron, 
mi padre fue por lo visto, 
de un feo tan exaltado, 
que se miró en un espejo 
y, al verse, palmó en el acto. 
Y esta cara fue la herencia 
que mis papás me dejaron: 
moreno-verde-aceituna, 
pelos tiesos, chiquitajo. 

Nadie me llamaba Antonio, 
que es así como me llamo, 
sino «El Feo». Con el nombre 
de «el Feo» me bautizaron. 
Las comadres que llevaban 
a su retoño en brazos diciendo: 
«rey del mundo, tesoro, 
mi cielo, mi encanto». 
Yo jamás supe lo que era, 
ni de limosna, un halago. 

De pequeño, me vengaba 
de los chavales del barrio: 
«pata's» en las espinillas, 
mohicones, cascotazos, 
¡que a éste le quito la gorra!, 
¡que tumbo a aquel otro en el fango! 
¡Que polvos de pica-pica 
por el «cogote» a «puñaos»! 
Y al que pesco en una fuente, 
le empujo, y al agua patos. 
De «el feo» todos decían 
que era de la piel del diablo, 
y «el feo» todas las noches 
se adormilaba llorando. 

Y al fin le salió la barba; 
allá va mocito «honrao» 
que sabe ganarse a pulso 
la vida con su trabajo. 
Le siguen llamando «el feo»; 
¡qué más da, si al fin y al cabo 
los hombres pueden ser hombres 
aunque no estén ondulados! 
¿De novias?, ¿con mi carita?, 
«pa'» que iba a meterme en gastos; 
le digo a cualquiera ¡mira! 
y al verme le da un colapso. 

Pero el sino se presenta 
cuando menos lo esperamos; 
un chaval que lo bautizan 
a escote los de mi patio, 
una madre, que en los ojos 
lleva escrito el desengaño. 
Yo, que me muero de pena, 
que me doy tres latigazos, 
que se me olvide mi rostro, 
que me acerco al «cristianao», 
y en una copla, a la madre, 
mi corazón le regalo: 
con esa flor de tu rama, 
voy a hacer una caridad, 
yo tengo cuatro apellidos, 
los cuatro le voy a dar, 
como si fuera hijo mío. 

Y lo cumplí, a los tres meses 
yo era ya un hombre casado 
con una mujer bonita, 
noble, leal y de buen trato, 
y con un chaval que en el alma 
yo me lo puse a caballo. 
Los que me llamaban feo 
me lo siguieron llamando, 
y con razón, pero ella nunca 
puso tal nombre en sus labios 
y yo, se lo agradecía. 
Y así vivimos tres años 
sin ella decirme «el feo» 
ni yo recordarle el pasado. 

Recuerdo que fue un domingo... 
Yo tenía al niño en brazos 
cuando una sombra en la puerta 
preguntó: «¿Está la Rosario?» 
«Está para mí, -le dije- 
que pa' usted ya la enterraron». 
«Pues vengo a resucitarla 
y a llevarme ese macaco, 
porque lo feo se pega 
y usted lo es un rato largo». 
No dijo más, ni un suspiro, 
cayó como cae un árbol 
cuando lo siegan de golpe 
los cien cuchillos de un rayo. 
Pero ella, sí que dijo, 
viendo en tierra aquel guiñapo, 
me lo dijo sin palabras, 
me miró de arriba abajo 
de una manera tan fina, 
diciéndomelo tan claro 
que nunca pensé que un mote 
pudiera hacer tanto daño. 

Los jueces dijeron: «¡libre!» 
Yo respondí: «¡condenado! 
¿A quién vuelvo yo mis ojos? 
¿Dónde encamino mis pasos?» 
y la Bandera de España 
me contestó: «A mí, muchacho, 
que yo voy a ser tu madre, 
te daré gloria y amparo 
y te enseñaré el secreto 
de andar con la frente en alto, 
te haré novio de la muerte, 
que es la novia de los guapos». 

Y aquí estoy con esta carta, 
que hoy ha llegado a mis manos, 
donde un chiquillo me dice: 
«Papá, tengo tu retrato, 
me gusta mucho que seas 
Caballero Legionario, 
porque con ese uniforme: 
¡Mecáchis que si estás guapo!» 

 

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