Literatura

Mi bisabuelo el campesino

Alex Gutiérrez Navarro

23/11/2020 - 04:25

 

Mi bisabuelo el campesino

 

La madrugada se había despedido. El día comenzaba taciturno y parsimonioso. Efraín Ortega, agricultor empedernido y amante de la buena radio, se levantó de su hamaca a las siete y encendió las noticias. Inmediatamente, fue avisado por su nieta que era hora de desayunar. Dejó su bastón colorido apoyado en la pared y mientras digería los alimentos echaba memoria de las épocas en las que traía papa, yuca y plátano de la sierra de San José de Oriente y se decía: “Si tan sólo estuviera buenecito y sano”. No era partidario de esperar el plato de comida, pues su espíritu nómada y laborioso le imponía otros ideales.

Después de desayunar, se dirigió a la tina para lavar su dentadura postiza. Tenía estrellas de oro. La había mandado a fabricar cuando aún estaba en su apogeo, en sus más flamantes épocas de trabajo campesino. Se acostó nuevamente en su hamaca y, pronto, con la mirada abstraída, se quedó contemplando el horizonte. A las 9, con el bisnieto que estaba encargado de suministrarle los medicamentos, se propició un diálogo en el que dirigió su mirada a una paloma de capitolio que despojaba de comida al loro cara sucia y afirmaba con asombro senil: ¡pero qué miedo le tiene!

Le complacía hacer mención de historias que escuchaba en los pueblos del sur del Cesar, donde vivió más de la mitad de sus 87 abriles; estos relatos, narrados por él, entrañaban una peculiar sabiduría. Pasar tiempo hablando con un amigo o familiar era el mejor atenuante del dolor de los años.

- ¡Abuelo!

-Dígame, hijo.

-Necesito salir un momento a cumplir algunos compromisos.

- ¿Se demora?

-No, señor, espero regresar antes del almuerzo.

-Recuerde que a mí no me gusta quedarme aquí solo. En cambio, me gusta tener a alguien con quien conversar.

Reclamaba diálogo, tiempo de calidad y afecto como un niño. No se conformaba con tan poco y a menudo hablaba de personas que, en algún momento, le brindaron atenciones cordiales. El viejo Efraín, a menudo, profería declaraciones fatalistas aduciendo que se encontraba muy mal. Hacía poco que estaba internado en la clínica debido a complicaciones de salud y, ahora, se hallaba en un lento proceso de recuperación. Después de salir del centro asistencial, un fuerte dolor a la altura de los riñones, en su columna lumbar, era el motivo constante de su queja, además de su angustiosa dificultad al momento de orinar.

-Yo pensé que no iba a salir de eso; cuando me vi con todo ese ovillo de cables y tubos, dije: hasta aquí llegué yo. Pero cuando me trasladaron a pieza, les prometí a las enfermeras que les traería yuca y aguacate. Eran sus expresiones frecuentes, mientras una cándida, pero esperanzadora sonrisa, se dibujaba en su rostro.

Siguió escuchando noticias a través de su viejo receptor electromagnético; una escalofriante masacre en El Tarra, Norte de Santander, fue el titular de la emisión de un medio informativo cesarense, en vísperas del medio día. Le causó una ingenua impresión, como si Colombia no estuviera acostumbrada a ese tipo de barbaries perpetradas por las guerrillas y el paramilitarismo. La hora de almorzar había llegado, el calor era insoportable y apremiaba un imponente sol de rayos caniculares. El bisnieto era el encargado de atenderlo y se apareció en la casa a las 12:30 del mediodía.

- ¡Abuelo!

- ¡Carajo! Y eso que no se iba a demorar…

-Lo siento, mi viejo.

-Mmm...

-Pero ya le voy a servir el almuerzo.

-Tranquilo, yo como a la hora que sea, no hay problema.

-Ah, bueno.

-Hubo una masacre por allá en Norte de Santander, un grupo armado asesinó a 12 personas.

- Qué vaina... ¿Cuándo se va acabar todo esto?

-Esto está malo.

-Buen provecho, abuelo.

- ¡Muchas gracias!

La tarde avanzaba. El resto de sus bisnietos llegaron a la casa faltando veinte minutos para la una, después de la jornada escolar. El viejo continuó acostado en su hamaca, escuchando el sonido de las aves y viendo reñir tortolitas. Le resultaba curioso y decía: ¡cómo pelean de bonito! Alrededor de las cuatro de la tarde, llegó su nieta, después de su faena laboral. A Efraín le embargó una gran alegría y le dirigió un efusivo saludo. El viejo cambió su semblante; se sentía rodeado de personas y eso le colmaba el corazón de regocijo.

Todo transcurría bajo la normalidad: los muchachos haciendo tareas y la nieta haciendo preparativos para la cena. El día estaba declinando y asomaban las sombras de la noche. La voz que llamaba a comulgar a todos a la mesa para cenar, articuló el mensaje: - ¡ya vengan a comer! Todos habían terminado de cenar, excepto el viejo Efraín, quien después de algunos minutos dejó oír su llamado de urgencia:

- ¡Hija! ¡Hija! –exclamó con la mitad de la arepa de queso en la mano.

- ¿Qué le pasó abuelo?

-Siento latir mi corazón muy fuerte.

-Vamos a llevarlo al hospital.

-No, hija, yo creo que eso se me quita ahora, no quiero saber más nada de hospitales.

La preocupación de todos fue atenuando cuando, después de varios minutos, dijo que se sentía mejor y pudo terminar de cenar. Al viejo le embargó el terrible pensamiento de que partiría de este mundo. Su nieta le conminaba a no decir esas cosas y que su vida estaba en manos de Dios. A uno de sus bisnietos dijo: “Sentí que iba a pelar el bollo. Me acostaré pensando en Dios y que sea lo que él quiera. Lo que sí sé es que ya estoy pa’ morirme”.

-Abuelo, usted lo que tiene que hacer es bautizarse y entregarse a Jesucristo para estar tranquilo, le declaró su nieta adventista.

-Yo sé que uno tiene que andar derechito en las cosas de Dios y no apartarse de él” –aseveró.

- ¿Por qué no entregar su vida a Dios, ahora?

-Yo creo en Dios y ya, respondió el viejo tercamente.

 

Alex Gutiérrez Navarro

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