Literatura

De novela africana y voces afrodescendientes: un diálogo literario con Donato Ndongo

Johari Gautier Carmona

25/11/2020 - 04:25

 

De novela africana y voces afrodescendientes: un diálogo literario con Donato Ndongo
El escritor ecuatoguineano Donato Ndongo / Foto extraída del vídeo "Donato Ndongo, reflexiones de un exiliado en España"

 

Hay escritores a los que es bueno leer con una cierta frecuencia, porque te ayudan a poner los pies sobre la tierra o, por el contrario, te invitan a volar. Y hay escritores a los que hay que leer con asiduidad, pero también escuchar, porque lo que dicen y lo que han vivido amplía poderosamente los horizontes y la magnitud de lo que escriben.

En este segundo grupo selecto de narradores –que combinan habilidosamente la escritura con el trabajo de docencia y la investigación–, figura, sin lugar a dudas, Donato Ndongo, escritor ecuatoguineano establecido en la península ibérica desde hace medio siglo. Una voz destacada de la literatura universal en español y un relator inevitable de la reciente historia africana, desde el final de las colonias hasta los tiempos más álgidos de las independencias.

Comprometido con la defensa de la dignidad de los pueblos africanos, el autor de “Las tinieblas de tu memoria negra”, “Los poderes de la tempestad” o “El metro” –novelas de una estética vibrante– lleva años exponiendo la realidad del neocolonialismo y las dificultades que encuentran países como Guinea Ecuatorial para superar la tiranía.

La pandemia del covid-19 y la publicación de su último ensayo “Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial” por Casa África fueron algunas excusas para contactar al escritor y revalidar una amistad nacida después de unas conferencias en Barcelona (organizadas con motivo de los 60 años de las independencias africanas). En ese reencuentro retomado por correo electrónico, surgió la noticia de su invitación a la edición 2020 de la Feria del Libro de Cali, escenario perfecto para conocer sus planteamientos sobre la novela africana, pero también los detalles de la correspondencia y amistad que mantuvo con el escritor Manuel Zapata Olivella (homenajeado en Colombia con motivo del centenario de su nacimiento).

El resultado de este intercambio es una entrevista generosa –rica en datos y anécdotas–, que arroja luz sobre la evolución de la literatura africana y que, reconstruye los lazos entre dos continentes unidos por la historia: África y Latinoamérica. 

Acabas de participar en la Feria del Libro de Cali con una ponencia sobre la novela africana contemporánea. Aunque sabemos que el continente africano es enorme y abarca muchas realidades distintas, ¿Cuáles son las grandes características de la novela africana en la actualidad? 

Efectivamente, es un error frecuente hablar de "Literatura africana" como si África fuese un solo país, cuando ese Continente alberga 55 Estados y lo pueblan 1.500 millones de personas que hablan alrededor de 2.500 lenguas autóctonas diferentes, además del inglés, francés, portugués o español heredados de la colonización. Su diversidad es patente, realidad expresada en su variada creación artística y cultural y, por ende, en sus literaturas. Si nos atenemos al África al sur del Sáhara, encontramos ciertas similitudes, no homogeneidad, manifiesta en temáticas recurrentes, marcadas por los traumas resultantes del prolongado período de secuestro de sus habitantes para ser esclavizados en América, seguida de la etapa inmediatamente posterior, el reparto, ocupación y explotación de nuestras tierras por el imperialismo europeo, que no fue sino la prolongación de la esclavitud en nuestro propio suelo. Opresión física, depredación y devastación de nuestras riquezas acompañada por la destrucción de nuestras creencias y costumbres, de nuestra propia cosmovisión, la humillación continua y continuada, la desvalorización de nuestro ser; en definitiva, la anulación de nuestra humanidad y de nuestra identidad. Por mucho que se pretenda ignorar, esconder o minimizar, esos fenómenos perversos continúan gravitando sobre nuestras almas, al permanecer vigente su espíritu en nuestro subconsciente y en las relaciones con otras razas y culturas, pues, como es cada vez más evidente, no han desaparecido del imaginario colectivo universal ni el racismo ni la consideración del africano, y su descendencia en la diáspora, como seres inferiores, «incultos», «salvajes». Es especialmente claro en las Américas: pese a su decisivo aporte a las independencias y al desarrollo de sus naciones, de Canadá a la Tierra del Fuego, se persiste en escatimar al negro su plena condición de ciudadano. Sucede lo mismo en Europa, como evidencia el auge de las ideologías excluyentes, totalitarias, abonadas con el falaz pretexto de las actuales migraciones. Los africanos, los negros, no nos sentimos seguros ni en nuestros propios países, al estar nuestras vidas al albur de cualquier capricho, o condicionadas por la falta de libertades y de desarrollo, a consecuencia de la proliferación de dictaduras amparadas desde fuera, pese a los más de 60 años de supuesta soberanía y de toda la retórica igualitarista. Temas que, obviamente, forman parte de nuestra propuesta literaria, al ser los ejes de las preocupaciones de nuestras sociedades. El escritor africano actual, heredero de los narradores de la tradición oral precolonial, ni puede ni debe sustraerse a estas realidades que nos oprimen, porque cumple la principal función de toda literatura: bucear en las mentes para descubrir y exponer las frustraciones y los anhelos, y dar testimonio de nuestro tiempo.

¿Es posible diferenciar la evolución de la novela africana de la novela europea o latinoamericana? De ser posible, ¿cómo se distinguiría esa evolución? ¿Qué etapas distinguen el camino de la novela africana?

La respuesta requiere una tesis doctoral, estimado amigo. Pero intentaré hacer una síntesis muy somera. Toda construcción cultural se inicia con la toma de conciencia de las realidades que distorsionan la vida y la necesidad de superarlas, para lo cual se deben expresar las inquietudes y anhelos del ser humano. En África, como demuestran estudios rigurosos como los del francés Claude Wauthier (El África de los africanos) y la belga Lilyan Kesteloot (Historia de la literatura negroafricana), ya a principios del siglo XX hubo africanos que, o ponían por escrito el riquísimo acervo de sus tradiciones culturales ancestrales, negado o menospreciado por los europeos, o relataban las experiencias de su encuentro con los colonizadores, que produjo un verdadero impacto hasta aniquilarnos espiritualmente. Esos pioneros tuvieron que adaptarse a una nueva realidad, la escritura, pues nuestras culturas habían sido ágrafas hasta entonces: descubrieron sus ventajas y decidieron servirse de ellas. La participación de africanos en la Primera Guerra Mundial -poco conocida en Occidente- daría lugar a las reivindicaciones por el reconocimiento de nuestros derechos, entre los cuales destacaba la exigencia de dignificación de nuestras aportaciones culturales. En este sentido, la apropiación por los intelectuales europeos de las formas conceptuales africanas sería decisiva: en las artes plásticas, el movimiento cubista, liderado por Pablo Picasso y Georges Braque, cuyos principales seguidores serán Juan Gris, Robert Delanuy, María Blanchard y Guillaume Apollinaire, génesis de todas las vanguardias posteriores. Pues bien: lo que soslayan los textos académicos es que esa verdadera revolución cultural que transformó la estética en el siglo XX -representada en la música por el Jazz y los ritmos caribeños- tiene su origen en África, al descubrir los europeos el arte africano durante la Exposición Universal de París de 1900. La publicación de la novela Batouala, del caribeño René Maran (crecido en Gabón, premio Goncourt 1921, cuya obra describe con crudeza los abusos del colonialismo francés) consigue atraer la atención hacia África de escritores como André Gide, quien, tras viajar a las actuales Congo-Brazzaville, República Centroafricana y Chad, denuncia las injusticias que contempla. En 1924, al hilo de esa impregnación de lo africano, nace el «Manifiesto Surrealista» de André Breton, nueva concepción de la literatura como medio para «cambiar la vida» y «transformar el mundo». Da idea de su influencia una somera lista de sus principales epígonos: Louis Aragon, Paul Élouard, Michel Leiris, Arthur Rimbaud. A partir de ahí será determinante el activismo de los estudiantes negros en Francia -Étienne Léro, René Ménil y otros- fundadores de la revista «Légitime défense» en 1932, tras descubrir la dura realidad de racismo y discriminación en una Francia que proclamaba la igualdad de todos los seres humanos. Otros jóvenes crearon diversas publicaciones y asociaciones, entre las que destacó «L’étudiant noir», cuyo boletín empezó a circular en 1934, bajo el impulso del martiniqués Aimé Césaire, el guayanés Léon-Gontran Damas y el senegalés Léopold Sédar Senghor. De este núcleo surgió el movimiento de la «Negritud», «conjunto de valores culturales de África negra», según la definición de Senghor, aunque Césaire la concibe como «rechazo»: «rechazo ante la asimilación cultural; rechazo de una determinada imagen del negro tranquilo, incapaz de construir una civilización». Estos movimientos político-literarios transcurren en paralelo con el Harlem Renaissance, corriente revitalizadora de la cultura negra en Nueva York, y por extensión en Estados Unidos, a partir de la década de 1920.  La música de Jazz -Lou Reed, Louis Amstrong, Duke Ellington…-, la literatura -Claude McKay, Langston Hughes, Jean Toorner, Zora Neale Hurston...- y la pintura -Aaron Douglas, Edward Burra, Jacob Lawrence…- eran su principal núcleo de actividad. Estudiantes anticolonialistas africanos en Estados Unidos, como Kwame Nkrumah, se impregnarán de este espíritu, y la corriente del «Renacimiento Negro» influirá asimismo en los estudiantes africanos en el Reino Unido y en diversas colonias británicas, como Uganda o Kenia, pero, sobre todo, en el núcleo formado en la Universidad de Ibadán (Nigeria), del que surgirán personalidades como Wole Soyinka, premio Nóbel de Literatura; los escritores Chinua Achebe, John Pepper Clark, Christopher Okigbo y el profesor Francis Abiola Irele, cuya memoria perdura en la Universidad de Harvard, que, por cierto, me honró con su interés por mi obra. Movimientos que confluirán, tras la II Guerra Mundial, en el V Congreso Panafricano, reunido en Mánchester en 1945, que impulsará definitivamente el proceso emancipador. Se oculta arteramente, pero la realidad es que las conclusiones de ese Congreso inspiraron la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, y fueron el germen de las independencias, imparables desde que Ghana recuperó su soberanía en 1957.

A partir de esa fecha, y en la década siguiente, se respiró un inusitado optimismo en África y en todas las comunidades negras, y así lo refleja la obra de los escritores de la época. Sin embargo, pronto fue evidente que la soberanía formal no era suficiente -a menudo un mero espejismo-, pues no trajo libertad, ni prosperidad ni dignificación, aspiraciones básicas de las reivindicaciones soberanistas; al contrario, se instalaron en el poder castas oligárquicas impuestas por las potencias coloniales, que reprimían con mayor dureza y descaro que los ocupantes europeos. Bajo retóricas marxistas o liberales -en lo álgido de la «Guerra Fría»- el africano siguió bajo la misma opresión, ahora del negro sobre el negro. Los escritores percibieron con claridad la decepción de las poblaciones, y así lo reflejaron, sufriendo la mayoría exilio, prisión e incluso la muerte. Esa deriva neocolonialista instaló la percepción del «afropesimismo», corriente en que sigue desarrollándose gran parte de nuestra producción literaria, en búsqueda constante de salidas liberadoras a nuestra angustia de siglos. Como es natural, las nuevas generaciones de escritores plantean problemas más acordes con sus necesidades inmediatas, lógica consecuencia de las maneras  impuestas por nuestros dirigentes: cleptocracia, nepotismo y crueldad   institucionalizados; ausencia de horizontes; pérdida de la propia identidad; los conflictos inherentes a las dificultades de una vida determinada por la miseria, multiplicados por el hacinamiento en inmensas ciudades donde la existencia es precaria y la vida humana carece de valor; la emigración de los jóvenes en busca de otros mundos donde desarrollar sus capacidades o simplemente sobrevivir con dignidad y menos agobio; el papel de la mujer africana en este siglo XXI… 

El año 2020 ha sido declarado año en homenaje a Manuel Zapata Olivella por el Ministerio de Cultura en Colombia, un escritor al que conociste y con quien mantuviste una larga correspondencia. Cuéntanos cómo lo conociste y qué impresión te suscitó este gran personaje de las letras colombianas.

Coincidimos durante una semana en el Congreso Internacional Hispánico-Africano de Cultura, que tuvo lugar en Bata (Guinea Ecuatorial) en junio de 1984. Fue convocado por el entonces ministro de Cultura, Leandro Mbomío, uno de los más preclaros escultores africanos del siglo XX, ahora casi desconocido, al ser minimizado en su propio país por razones políticas. Recién derrocada la infame tiranía de nuestro primer presidente, Francisco Macías, y creyendo en la buena fe de las autoridades que le sustituyeron, tratamos de recuperar nuestra identidad para basar no solo nuestro desarrollo cultural, sino asentar toda acción posterior sobre planteamientos sólidos. Por eso nuestra Nación quedó definida como “país hispánico de estirpe bantú”, las dos esencias que caracterizan nuestra personalidad histórica y nos diferencian de los vecinos. Allí, en un país africano de habla española, Zapata Olivella reconoció, en su emotiva, brillante y vibrante intervención, haber encontrado la esencia de su «africanidad» y sus «raíces». Recuerdo que fue el orador más aplaudido, con toda la sala puesta en pie. Por desgracia, las autoridades guineoecuatorianas no supieron valorar el potencial encerrado en aquella proclama, y se perdió la oportunidad de honrar a Zapata Olivella como hubiese merecido. Nunca volvió a Guinea Ecuatorial, pues la desculturización impuesta impidió toda posibilidad de recuperarle, a él y a otros afrolatinoamericanos, que tanto podrían aportarnos. Tras nuestro encuentro en Bata, mantuvimos una fructífera correspondencia, pues residía yo entonces en Madrid. Nuestro contacto epistolar se extinguió en octubre de 1985, a mi regreso a Guinea Ecuatorial, donde resulta imposible el libre intercambio de ideas, pues incluso ahora mismo se censuran cartas y demás comunicaciones, otra de los muchísimos mecanismos de dominio en que se asienta la autocracia aupada al poder tras fusilar al primer tirano. Cuando me reinstalé en España diez años después, supe, por amigos comunes de Estados Unidos, que se encontraba ya gravemente enfermo. Sentí intensa emoción cuando Gabriel García Márquez, en Vivir para contarla, reconoce a Zapata Olivella como uno de sus principales y primeros inspiradores; confirmaba mi sospecha: el realismo mágico es africano, como el jazz y el cubismo. Una de las joyas más preciadas de mi biblioteca es el ejemplar de Changó, el gran putas, que me envió y dedicó el siempre entrañable Manuel Zapata Olivella. 

La obra de Manuel Zapata Olivella es hoy motivo de celebración y de estudio. ¿Qué crees que debe rescatarse de su obra?

Como se sabe, tuvo una vida larga, intensa y polifacética. Era un erudito. Tenía empuje, no fue un intelectual pasivo que pontificara desde una torre de marfil. Sentía con pasión cuanto escribía y decía porque conocía los problemas de primera mano, en carne propia, y trabajaba por el ser humano. Por todo eso, no es fácil condensar en una frase tantas facetas, mensajes y enseñanzas. En el ejercicio de síntesis que me pides, destacaría el afán de conocimiento, su humanidad, su sencillez, su lucha por la dignificación del negro. Fue claro y constante en ello. Y figuras de ese perfil y grado de compromiso no abundan, aunque sea cierto que aumenta la toma de conciencia en las comunidades afrodescendientes. Es muy relevante la labor y entrega de personajes como él, que no cejaron en su empeño ante ningún obstáculo ni amenaza. En el ámbito específico de nuestra lengua, Zapata Olivella es un referente imprescindible. Aunque, como he escrito en algún artículo, sea un desconocido en España, quien quiera acercarse a las realidades de las comunidades negras de Hispanoamérica no puede prescindir de la obra de Zapata Olivella.

Como defensor de la memoria negra en tierras americanas, Zapata Olivella quiso establecer y mantener un contacto con África. ¿Cómo fue ese proceso y qué surgió de esa conexión con figuras emblemáticas como Léopold Sédar Senghor?

No soy experto en la vida y obra de Zapata Olivella. Solo puedo hablar de lo que vi en nuestro encuentro de una semana, de lo que percibí en sus cartas y cuanto me sugieren las pocas obras suyas que conozco, pues es extensa su creación literaria y no siempre de fácil acceso desde España. Lo he resumido en una respuesta anterior: tenía plena conciencia de sus orígenes africanos, África era su tierra madre y fuente de inspiración, y, como tal, la amaba y respetaba. Esa realidad impregna su obra, es el eje de su vida. Lástima que no sea más difundida entre los africanos. En ese sentido, lamento que los poderes políticos no hagan lo necesario para darle a conocer en el ámbito africano. Estoy seguro de que interesaría a los miles de jóvenes africanos que estudian español y Civilización Hispánica en diversas Universidades del Continente; entre otras razones, porque encontrarían más cercanos la temática, el lenguaje y los planteamientos de escritores como Zapata Olivella o Lucía Charún Illescas que los de Miguel Delibes, Borges o Vargas Llosa, por poner algún ejemplo. 

Has sido muchas veces divulgador del panafricanismo en tus ensayos. ¿Se puede decir que Manuel Zapata era panafricanista? ¿Qué relación buscaba construir con el continente africano?

Era panafricanista sin duda alguna. Porque el rasgo definidor del Panafricanismo, su razón esencial de ser, es la unicidad de todos los africanos, sin importar dónde vivan, en la diáspora o en la tierra común de procedencia. Como dije, Zapata Olivella se sentía africano, y ese sentimiento entronca con la idea motriz del Panafricanismo. Estoy convencido de que, si alguna vez consiguiésemos regenerar nuestro Continente de modo que todos los africanos pudiésemos vivir en nuestro suelo con paz, prosperidad y seguridad, muchísimos afrodescendientes retornarían gozosos a la Tierra de sus ancestros. No es una utopía: se intentó en el siglo XIX tras la abolición de la esclavitud; ese afán resurgió con las independencias a mediados del siglo XX, pero muchos tuvieron que regresar a las Américas ante la deriva totalitaria que tomaron nuestros Estados, y la miseria generalizada que la acompaña, concebida como eficaz mecanismo de represión. Existen testimonios elocuentes de ello, sobre todo de escritores y activistas estadounidenses y caribeños, entre ellos el poeta Richard Wright.

En cuanto a la literatura actual, ¿existen otras voces afroamericanas que se preocupen por recrear ese vínculo con África?

No soy experto en literatura afrolatinoamericana, que se ha dado en llamar «Negrismo», en oposición a la «Negritud». En un estudio, creo que de 2018, el Banco Mundial constató que los afrodescendientes tienen mayor reconocimiento en América Latina, más visibilidad sus manifestaciones culturales, pero están lastrados por brechas persistentes como el acceso a la educación. De ahí que sea difícil alcanzar objetivos esenciales como la restitución de la voz. Jugando con la versatilidad, o menor rigidez, del español, que permite musicalizar las palabras con mayor facilidad que otras lenguas europeas, Nicolás Guillen y Alejo Carpentier impulsaron una verdadera revolución lingüística y poética en las literaturas hispánicas, al introducir en ellas términos y ritmos africanos. Apropiación, con fines subversivos, que he defendido en alguno de mis trabajos literarios. Quienes, no siendo ni españoles ni criollos, hablamos y escribimos en español, aportamos a este ámbito lingüístico nuestra propia voz, con nuestra temática, nuestro léxico y nuestra sintaxis africanos. Aspecto que puede trascender lo literario, como cuando el novelista y poeta afropanameño Carlos Guillermo Wilson protesta airado: «Qué desgracia, Ashanti soy y me dicen Carlos», o cuando mi buena amiga Lucía Charún Illescas, novelista afroperuana, hace cantar al protagonista de Malambo: «aye, aye, sabangolé. Dame tu agua para bebé / ñeque ecolecuá / ñizca de agua que corre ya». Es clara la reivindicación de su memoria simbólica africana, porción importante de su bagaje cultural, del mismo modo que otras corrientes latinoamericanas basan su expresión literaria en la perspectiva poética y narrativa eurocéntrica. Lo mismo podría decir de otra amiga, la afrouruguaya Cristina Rodríguez Cabral. Insisto en que no soy experto en estudios afro-hispánicos, y son muy limitados mis conocimientos sobre cultura afrolatina. No obstante, por lo poco que conozco -sobre la base de las investigaciones de los profesores Marvin Lewis, Edward Mullen, Elisa Rizo y Antonio Tillis (compañeros en la Universidad de Missouri-Columbia), y otros a quienes he conocido en congresos y encuentros académicos, como Miriam De Costa Willis, Shirley Jackson, William Luis, Jerome Branche o Mario Chandler, sé que existe un floreciente elenco de poetas, dramaturgos y narradores en el área del Caribe que realizan un trabajo meritorio, entre los que destacaría al costarricense Quince Duncan. Obligado recordar aquí a los ecuatorianos Nelson Estupiñán Bass y Luz Argentina Chiriboga, hoy desaparecidos, a quienes conocí en un congreso en Missouri en 1999, y a mi buen amigo Nicomedes Santacruz, también fallecido, invitado por mí en varias ocasiones a recitar sus vibrantes poemas, expresados con su potente voz, cuando fui director adjunto del Colegio Universitario Nuestra Señora de África en Madrid. Nicomedes fue otro participante en el Congreso de Bata y, como Zapata Olivella, en Guinea Ecuatorial dio sobrado testimonio de su irrenunciable africanidad.

Y desde otra perspectiva, ¿crees que la literatura africana se interesa lo suficiente por esa gran diáspora llegada hace siglos en América Latina?

Como dije antes, las literaturas africanas cumplen el papel de toda Literatura: dar testimonio de su tiempo. La esclavitud y su consecuencia, la dispersión de los africanos, es un fenómeno anterior a la existencia de la escritura en nuestra tradición cultural. Y es lógico que el escritor africano se ocupe de los temas más inmediatos. No sería sino una rareza que un autor británico escoja como tema la situación de los australianos, por ejemplo. Con todo, no deja de gravitar sobre nosotros la fragmentación lingüístico-cultural impuesta sobre nuestro Continente por el conocido como «Pacto Colonial»; supuso que los afroamericanos quedasen como alejados del corazón de los africanos, puesto que pertenecían al ámbito político y cultural de España y el Reino Unido y, en mucha menor medida, de Francia. Distorsiones que intenta corregir el Movimiento Panafricanista, con las dificultades de todos conocidas. Por último, no es una cuestión menor la carencia de mecanismos propios de difusión y comercialización. Sin editoriales ni medios de comunicación propios, el escritor africano depende casi exclusivamente de lo que quieran publicar y publicitar los editores y críticos europeos y norteamericanos, generadores de opinión y dictadores de las modas, y está más que demostrado que determinados temas siguen siendo tabúes intocables, salvo si, por alguna razón oculta, se considera conveniente levantar momentáneamente la veda. Eso forma parte de nuestras miserias.

Sin embargo, observo con esperanza que son cada vez más numerosos los jóvenes africanos que realizan estudios en América Latina, sobre todo para aprender español o profundizar sus conocimientos sobre las culturas Afro-hispánicas. Esa mayor interacción entre ambos continentes abre un nuevo horizonte. Quizá en unos pocos años veamos plasmado en libros de autores africanos esa temática, pues diversos factores inclinan hacia una favorable predisposición: la solidaridad existente entre las comunidades negras de todo el mundo, pues nos afectan de modo íntimo las injusticias que vemos a diario en cualquiera de ellas. Por las mismas razones pudiera darse el fenómeno inverso: que escritores latinoamericanos aborden temas específicamente africanos, como el drama que desde hace tres décadas se produce en el Mar Mediterráneo, que llamé en algún artículo el «Cementerio Mediterráneo». Fenómeno migratorio convertido en tragedia universal, que no puede ser indiferente a la sensibilidad de los afrodescendientes, pues esa sangría continua está sirviendo de pretexto para el resurgimiento de la intolerancia en la mayoría de los países desarrollados, cuyo auge refuerza las ideologías totalitarias. Y los negros, primeras y más claras víctimas potenciales, no debemos permanecer ciegos ante ello, pues exige nuestra reacción activa como obligación moral.

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier

 

Sobre el autor

Johari Gautier Carmona

Johari Gautier Carmona

Textos caribeños

Periodista y narrador (Francia, 1979). Dirige PanoramaCultural.com.co desde su fundación en 2012.

Parisino español (del distrito XV) de herencia antillana. Barcelonés francés (del Guinardó) con fuerte ancla africana. Y, además -como si no fuera poco-: vallenato de adopción.

Escribe sobre culturas, África, viajes, medio ambiente y literatura. Todo lo que, de alguna forma, está ahí y no se deja ver…

4 Comentarios


Berta Lucía Estrada Estrada 26-11-2020 09:57 AM

¡Excelente entrevista con el gran Donato Ndongo! Tuve el gran privilegio es verlo y escuadro dos veces en la Feria del Libro de Madrid (2017 y 2018) en al presentación de los libros de parte del Grupo Editorial Sial Pigmalión.

Diana Castillo 26-11-2020 10:20 AM

¡Excelente entrevista! Descubro una visión literaria que debo explorar.

Luis Mario Araújo 01-12-2020 06:54 AM

¡Muy buena entrevista! Aborda una problemática que permanece bastante vigente. Además, evidencia la universalidad de uno de nuestros grandes autores: Manuel Zapata Olivella.

Berta Lucía Estrada 06-12-2020 08:29 PM

¡Excelente entrevista con el gran Donato Ndongo! Tuve el gran privilegio de verlo y escucharlo dos veces en la Feria del Libro de Madrid (2017 y 2018) en la presentación de los libros de parte del Grupo Editorial Sial Pigmalión.

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