Literatura

¿Te acuerdas, Chovan? (Primera parte)

Alexander Gutiérrez Navarro

10/12/2020 - 04:35

 

¿Te acuerdas, Chovan? (Primera parte)
Foto: Alexander Gutiérrez Navarro

 

I

Gran parte de la historia de nuestra infancia y adolescencia se halla inscrita en la memoria de una calle del barrio Fray Joaquín: esa de la alcaldía pa’ arriba, pasando por donde el finado periodista ‘Luchy Díaz’, Alfonsina, nuestra abuela ‘vina’, la casa del difunto Parra y, finalmente, a término de cuadra, está la casa de tu tía Clary Luz. Allí, en toda la esquina, nos sentábamos en las antiquísimas piedras y comulgaban todos los chavales de la cuadra a avivar la susceptibilidad con cuentos de terror en las noches de holganzas decembrinas. Era tradición asistir a las novenas de aguinaldo con el gordo y el hijo de un señor al que apodaban ‘el chichón’. Tu tía una vez me jaló las orejas por estar distraído en la oración de la novena. Quedé petrificado. Dije que no asistiría más, pero la entrega de aguinaldos se acercaba, de modo que al día siguiente estuve otra vez cantando el tuturunaina.

¿Te acuerdas? cuando venían Santiago y Daniela, nuestros primos, de Santa Marta, en épocas de vacaciones, también nos íbamos a vivir en casa de nuestra tía Enilda y de la abuela Orfelina, ‘vina’, como de cariño le nombran. Cuando consumábamos alguna calaverada, no tardábamos en escuchar de sus labios: <>. Eras de tu ley, chovan, y enchoyao2. Nos persuadías a participar de tus andanzas. Recuerdo cuando me decías que tomara, a hurtadillas, los rollos de cinta del chande, mi papá, para jugar al tin tin corre corre. A veces llegaban las quejas a oídos de nuestros padres y eso significaba una limpia segura.

Puedo evocarte con esa pinta dominguera: pantaloneta de playa y zapatos Vans. Tu papá siempre te recalcó no dejártela montar de nadie, quizá por eso siempre fuiste el más vivo de todos. En una ocasión levantaste a patadas al gordo y lo dejaste arrinconado en lo último del patio, creo que fue por un tema de sobrenombre. Otro día, llamaba yo a mi abuela y le decía: -¡míralo, abuela. Ve!-, mientras amenazabas con lanzarme patadas. A veces te tornabas violento y uno no entendía las razones; sin embargo, eras ese primo con el que a uno le gusta andar siempre para arriba y para abajo, a expensas de tus arrebatos de superioridad, pero seguros de que nos defenderías y hallaríamos valor en tus palabras para hacerle frente a quien pretendiera montarnos imperio.

¿Te acuerdas? Adrián, el hijo de Orly, tío de John David, fue siempre un niño a pesar de tener muchos años encima; parecía, más bien, hermano que tío de John. Disfrutaba jugar trompo y boliche con los chamacos de la cuadra y se emputaba cuando, en medio de la diversión, lo llamaban para hacer mandados. Recuerdo que profería: ¡ay! ahorita Orly, ahorita. Muchas veces nos acompañó a recolectar botellas para luego quebrarlas a la orilla del río. Cuando emprendíamos la huida por el callejón que va a dar allá donde el difunto Arnaldo, escuchábamos los improperios de la vieja Ibis y sus amenazas de echarnos la policía. Fueron tan épicas esas peripecias; nos creíamos los putas.

¿Te acuerdas? Esos domingos en los que solíamos reunirnos con la familia en casa de mi abuela; jugábamos a los carritos mientras mi tía Danys alistaba el sancocho.  Tus hermanas Mayra y Estefany y nuestras primas, Mariales y Yalena hablaban de moda femenina y las tardes transcurrían mientras veíamos películas del repertorio de RCN y Caracol. Uno de esos domingos se nos dio por joderle la vida a una camarilla de borrachos que departían donde Mandy, al frente de tu tía Clary. Uno de ellos, en su estado de alicoramiento, se bajó los pantalones y nos desveló las nalgas; acto seguido, por iniciativa tuya, Chovan, comenzamos a gritar: ¡culo e’ tinaja! ¡Culo e’ tinaja! Yo creo que no lo repetimos cinco veces cuando el ebrio montó una bicicleta y empezó a corretearnos. Todos le hicimos el ole, escondiéndonos detrás de los carros y en casas. Nos asustamos, pero pronto el borracho renunció a la persecución y después, reunidos, nos reíamos hasta la médula de aquello.

¿Te acuerdas? una vez fuimos a buscar pleito en la calle del Gustavo. En esa ocasión, me desafiaste a cachetear a un tal ‘míster bean’, solo por divertirnos. El plan era hacerlo y salir corriendo a escondernos en casa de mi abuela. Después de ubicarlo, atravesando los lindes de la que siempre fue nuestra calle, nos aproximamos al objetivo y logré el cometido que me planteaste; Santiago iba con nosotros ese día y no recuerdo quien más. Emprendimos la huida y el susto fue grande cuando los supieron los primos de aquel púbero. Asomado desde la puerta de la casa de la ‘vina’ pude divisarlos en la esquina de la cuadra, donde tu tía Clary, haciéndonos casería para ver si dábamos papaya y tomar venganza. Santiago y tú estaban no sé dónde, en algún cuarto o en el patio, tal vez.

Lo cierto es que estuvimos pasmados del susto, pues los defensores de ‘míster bean’ eran de complexión ruda. Esa tarde no osamos poner un pie fuera de casa y, como situación inusitada, nos quedamos en medio de los adultos, escuchando sus conversaciones. Mi tía Danys sospechó la cuestión. Ella siempre tenía la impresión de que estábamos haciendo algo no tan bueno y más cuando andaban juntos Iván Luis, Santiago y Alexander Daniel. Inquirió varias veces con ese tono de voz suspicaz, como importunándonos a decir la verdad. Le insinuamos con el pánico que nos desestabilizaba que no pasaba nada y tu madre, chovan, no hizo más hincapié en el asunto. El día declinó y, finalmente, salimos de la casa de mi abuela en compañía de nuestros padres; eso sí, mirando para todos lados. El pánico duró varios días y aquella cachetada nunca fue restituida, por las precauciones que tomamos o por simple desistimiento de los primos de ese joven.

II

Durante algún tiempo, al lado de la casa de la vieja Ibis y el desaparecido Luis ‘Luchy’< Díaz, vivieron esas muchachas apellido Costa; teníamos la costumbre de ir a molestarlas. Nos conducíamos por el camino del río hasta llegar al callejón que está a un costado de esa casa inveterada y espaciosa. En la mayoría de ocasiones, terminaba saliendo el papá de ellas y aseveraba una expresión que se volvió cliché: ¡los voy a capar!, a lo cual respondíamos con valentía de mozo descamisado y pies descalzos: ¡vení a capáme, pues! Apenas hacía el amague de corretearnos, ya nos habíamos escabullido; nada comparado a esa adrenalina que nos impulsaba a salvaguardar las tamacas.

Solíamos gritarle ¡maquengo agua peá!  al más reconocido vendedor de agua del valle en el barrio. Te confieso que desconozco el origen de ese sobrenombre, lo cierto es que con solo recordarlo me invaden unas ganas inevitables de soltar la carcajada. Ese señor siempre ha vivido con el ceño fruncido, nunca lo he visto reflejando otro semblante. Tal vez por esto, con malvada intención, insistíamos en joderle la vida. Recordarás que mi tía Enilda nos reconvino cualquier cantidad de veces: -él no se llama maquengo, tiene su nombre y es Daniel, así que respeten-. Ocasionalmente nos encaramábamos en la parte trasera de su carro e’ mula para hacer más lenta su marcha. En respuesta, lanzaba un papiamento de injurias.

¡Qué decir de Ibis la loca! ¡Encontrábamos tanta diversión en perturbarle la tranquilidad! –Dejen de molestar a la Ibis, decían mi abuela vina y mi tía Enilda; hasta que alguno no salga escalabrado por una pedrada, no se van a estar quietos-. El cuento era decirle: ¡Ibi, loca! y salir corriendo. Afortunadamente, nunca nos alcanzó una de esas piedras que lanzaba, tal vez por falta de puntería o por agilidad nuestra. Cuando llegaba a la casa de Orfelina y Enilda a pedir comida nos comportábamos de forma distinta con ella; no era para menos. Nos mostrábamos cordiales y hasta nos disponíamos a regalarle agua con el propósito de que no reconociera que en la calle éramos de los que se mofaban de su locura. La Ibis, casi siempre, recorre las calles del pueblo con su blusa artesanal monocolor y en paños menores. Ocasionalmente, se le ve peleando con los inquilinos que habitan su cabeza. Cuando llega a una casa y se dispone a hablar con la gente, refiere que la molestan mucho; las personas le afirman: -dejá está Ibis, no les pares bola, tú no estás loca.

¿Te acuerdas? Las cenas de 24 y 31 de diciembre en casa de la ‘vina’… Por varios años, en esas fechas comulgábamos en la vieja terraza. Olía a pólvora, a ropa nueva y a butifarra con limón. Le pedíamos a nuestros padres dinero para comprar chucherías, pero terminábamos comprando cajas de cuatro golpes para sonarlos a escondidas de Danys, la vina o el chande. Corría ese particular viento glacial nocturno y tiznado de polvo, al tiempo en que la música de los vecinos imponía un ambiente de jarana y estridencia. Recuerdo que la ‘vina’ se tiraba sus pases al lado de los viejos Panasonic. Todo estaba impregnado de alegría. Era, por decirlo en palabras del realismo mágico, algo ‘macondiano’. Cuando iban siendo las 12 del 31 de diciembre los adultos nos constreñían a entrar a casa porque empezaban a hacer tiros. Tu madre, chovan, era la que repartía las uvas y luego hacía la tradicional oración de despedida de año viejo y bienvenida al nuevo año. Varias veces nos recordaron el episodio de la bala que cayó hace muchos años en el pote de la sal, ¿lo recuerdas? Tiempo después, las celebraciones en esas fechas se trasladaron a la casa de mi tía Danys, en el barrio 6 de enero. Hoy, ya no es lo mismo; se disfruta, pero cada año que pasa pareciera recordarnos el carácter temporal de nuestra estadía terrestre. Yo quisiera volver a vivir un diciembre siendo niño y pensar, en mi inocencia, que siempre sería así: quemando traki traki y gozando de la compañía de los seres más queridos.

Los de la bazuca fueron tiempos sin parangón. Retazos de tubos viejos, disponibles en la galería de artículos de los patios de nuestras casas, unidos a latas de cerveza, mismas que nos dábamos a la tarea de conseguir en tiendas y estancos. Era nuestra diversión, sobre todo, en el último mes del año. Los elementos adicionales que utilizábamos eran: una jeringa con la que introducíamos el alcohol etílico por un orificio que hacíamos a la botella, una piedrecilla que también estaba dentro de la lata de cerveza y que, por lo demás, nos ayudaba a revolver la sustancia y bolas de papel que fabricábamos con hojas de cuaderno del año escolar; éstas se insertaban en la parte superior del tubo y salían disparadas por la acción del químico y los gases acumulados, producto del batuqueo por varios segundos.

Recibiste de tu papá, el viejo Iván, la idea de la bazuca y con ella te confirió también la patente de aquel invento, como si de un avance científico se tratara. Recuerdo que nos decías a Santiago y a mí que no ventiláramos la formula a nadie, especialmente al ‘kengue’, un joven del 6 de enero que andaba pendiente de cuanta cosa ociosa había. No queríamos que estuviera a nuestro nivel. Para él, todo lo que hacíamos debía ser algo extraño y lleno de misterio…

Continuará.

 

Alexander Gutiérrez Navarro

1 Comentarios


Mariana 10-12-2020 08:03 PM

Wow!! Que lindo esto! Me encantó por momentos me hizo recordar mi infancia diferente claro pero que cool poder revivirlo de esta manera.. de verdad todo un crack negrito felicitaciones!!

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