Literatura

Espejismos: cuatro minificciones

Luis Mario Araújo Becerra

21/12/2020 - 04:20

 

Espejismos: cuatro minificciones

 

Sociedad de consumo

¡Yo soy único! -grita un hombre, de gafas negras y traje gris, parado en una esquina del mundo.

¡Yo soy único! -grita de inmediato otro hombre, de gafas negras y traje gris, parado justo en la otra esquina del mundo.

Al instante un millón de hombres, exactamente iguales –de gafas negras y traje gris (comprados en Gucci, por más decir)-, parados en todas las esquinas del mundo, gritan al unísono, en la misma medida y tonalidad “¡Yo soy único!”.

Sobra decir, claro está, que estos hombres son sordos y nunca han escuchado el ruido que generan con sus gritos.

 

Naturaleza del amor

Un hombre se enamoró de una mujer piedra y la mujer se convirtió en estatua, testigo de los siglos. La perdió.

Un hombre se enamoró de una mujer pájaro y la mujer voló hábilmente hacia el destino. La perdió.

Un hombre se enamoró de una mujer nube, pero ésta se le escabulló entre los dedos. La perdió.

Entonces, el hombre se enamoró del silencio; hasta que un día el silencio cansado de su amante se transformó en mujer y huyó entre el ruido de la noche.

Entonces, el hombre decidió matarse de un disparo; pero olvidó que la muerte también es mujer y nos depara soledades más tenaces que el adiós.

 

Moderna teoría del conjunto vacío

Tesis                                                            Comprobación

-¿Si? –dice el hombre.                                       1

                                                                           +

-Sí –dice la mujer.                                              1

                                                                           igual   

Hacen el amor y se olvidan.                               0

 

El canto del Rey Oro

Dice la historia –y parece ser cierto– que a la orilla del Mar Rojo vive desde hace mucho el legendario Rey Oro. Poderoso, sin igual, cuyo reino no tiene límites ni medida. Todo le pertenece.

Dice la historia –y también parece ser cierto– que, cuando el Rey canta, cuando entona las notas de su himno –un himno cuya música es audible únicamente a perros y profetas- las cosas que han visto los mortales se transforman en espejismos.       

Lunas en soles. Soles en piedras. Piedras en hombres. Hombres en hienas. Hienas e insectos se transforman en hombres.                                         

Cuenta, cuenta la historia –y seguro ha de ser cierto– que el canto se extiende allende el mar y allende el tiempo y llega hasta nuestros días para contagiarnos de las fiebres alucinantes del desierto.  Si algún día el Rey callase y su canto fuese eliminado de la tierra, si lo aplastase el demonio –amo de los territorios del silencio- ocurriría lo inevitable: veríamos el mundo -según las crónicas- como realmente es – yo no lo sé -: un despojo oculto entre cenizas.

A las montañas que rodean el imperio del Rey Oro nadie las ve; pero nadie tampoco puede penetrar su fortaleza. Narran los que saben, los que han escrito líneas antes de morir degollados por su imprudencia –sus papeles han llegado a nosotros subrepticiamente- que el rey nunca silencia sus trompetas, salvo en ciertas noches, cuando a veces vemos la verdad entre las sombras.

Sanguinario, este Rey Oro -centuriones alados lo resguardan-, cobra sus víctimas día a día, en sacrificio por su pacto con los hombres -y esto es seguro- quienes saben; pero callan como amigos.    

 

Luis Mario Araújo Becerra

Sobre el autor

Luis Mario Araújo Becerra

Luis Mario Araújo Becerra

La reserva

Abogado, escritor y docente universitario. Autor de El Asombroso y otros relatos (cuentos), Literatura del Cesar: identidad y memoria (ensayo) y Tras los pasos de un médico rural (ensayo).

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