Literatura

Mi perro es un gato

Giancarlo Calderón Morón

05/01/2021 - 07:10

 

Mi perro es un gato

 

Sí: la frase es juguetona, pero la realidad que expresa no. Al revés: es, por momentos, para mí, hasta dolorosa. Me explico. Intentaré hacerlo: mi perro es un perro, por supuesto. Pero, en algunos casos, se comporta de tal forma que pareciera que pensara y sintiera como un gato. En pocas y frustrantes palabras: hace lo que le da la gana. Y ¿es esto negativo, acaso? Digamos que para quienes conocen, aprecian y deciden tener un animal de las características de un gato, en el que la libertad y el sentido de independencia campean, pues no. Pero, para quienes decidimos tener un animal con otras cualidades, entre las que resaltan la lealtad y la obediencia, pues sí. Al punto: mi perro, Roko, es un desobediente, no uno completo pero desobediente al fin. A veces, por mencionar lo mínimo, lo llamo y ni siquiera me mira. “Oye, es contigo” –le digo torpemente después de varios llamados por su nombre– y sus ojos, impávidos igual que él, se vuelven aún más indiferentes que hace unos segundos atrás. Nada qué hacer: guardar silencio y tratar de digerir el trago amargo de la impotencia.

He visto videos y leído artículos que muestran y hablan de conmovedores momentos donde el perro, el mejor amigo del hombre, según reza la sentencia de todos los tiempos, tiene contundentes muestras de amor y lealtad hacia su dueño, o hacia su amigo, que suena mejor. “Perro espera a su dueño todos los días en la estación del metro y camino a casa le cuenta las novedades del barrio”; “Canino llama y guía a la ambulancia para transportar a su ‘papá humano’ después de sufrir infarto”; “Perro ataca y esposa a asaltantes frustrando atraco a su familia”; “(…) Su perro lo visita en la tumba y le lleva rosas blancas cada aniversario”. Y así, innumerables circunstancias, desde las más cotidianas hasta las más inverosímiles, donde queda más que probado el amor y la obediencia del animal hacia el humano. No es mi caso, por supuesto, y eso, a veces, al hacer el ejercicio masoquista de imaginar una situación hipotética de éstas, y saber de ante mano que no habrá tal comportamiento por parte de él hacia mí, resulta ser algo más que decepcionante.

He escrito antes sobre mi perro. Sobre el amor que le tengo, y sobre las muestras de solidaridad por parte de él en algunos episodios difíciles. Está aquel, por ejemplo, donde “Él tuvo que darse cuenta de ese panorama sombrío... Y en medio de mi profunda tristeza decidió acompañarme sin moverse durante horas”. O algo así. Claro: la bondad y la generosidad y la nobleza también habitan en él, sin duda. El asunto es que eso no es permanente, o eso creo yo, y ese hecho me mantiene con una sensación de incertidumbre bastante parecida a la frustración.

Vuelvo al principio. ¿Será justo equiparar a mi perro con un gato sólo para describir lo que yo considero un intermitente sentido de lealtad y obediencia? ¿Quedan muy mal parados los gatos? ¿Dejo muy al descubierto a mi perro y, por tanto, en entredicho sus virtudes como cualquier perro fiel? O peor: ¿Quedo muy mal yo mismo por jugar con esa semejanza entre unos y otros? Puede ser. En cualquier caso, los gatos, ninguno de ellos en el mundo, se enterarán de la ofensa. O eso creo: con ellos nunca se sabe. Y ¿los perros? Pues los perros tampoco se enterarán, por suerte. ¿O sí? ¿Hasta donde llega la inteligencia y la percepción de unos y otros con respecto a lo que pensamos los humanos sobre ellos? No sé a ciencia cierta (¿Qué es lo que dicen los expertos?). Lo que sí sé, por lo menos en un sentido práctico, es que estas cualidades cognitivas y emocionales son distintas entre estas dos clases de animales: ambos peludos, apuestos, con cola y bigotes, pero con una manera distinta de ver la vida y, en consecuencia, con distintos modos de asumirla y moverse en ella. En resumen: conozco muy poco de los gatos, y sólo un poco más de los perros. Me imagino que habrá que aceptar, con respeto, tanto en unos como en otros, que tienen matices y rasgos particulares, y que dependen de innumerables factores. La genética, por ejemplo, puede marcar tanto cosas físicas como de carácter. También, entre varias más, las condiciones ambientales o de entorno. Y por supuesto la educación. En todo caso, tratando de conocer su naturaleza, se ha estudiado y se ha dicho mucho, tanto de unos como de otros, desde el ámbito científico, pasando por el esotérico o el mitológico, y llegando hasta el literario, entre los más conocidos.

Según Charles Bukowsky, por ejemplo, escritor estadounidense, conocido entre otras cosas por su estilo literario ‘sucio’, directo, los gatos “saben muy bien cómo son las cosas”. En su poema, de título original, My Cats, los describe de manera particularmente bella: “Lo sé, lo sé. / Son limitados, tienen diferentes necesidades y preocupaciones. / Pero los observo y aprendo. / Me gusta lo poco que saben, y es tanto. / Se quejan pero nunca se preocupan, / andan con sorprendente dignidad. / Duermen con una sencillez directa que los humanos no pueden entender. / Sus ojos son más bonitos que los nuestros y pueden dormir 20 horas al día sin dudas ni remordimientos. / Cuando me siento mal me basta con mirar a mis gatos y mi valor regresa. / Estudio a estas criaturas. / Son mis maestros.”

Otro que tenía debilidad y devoción por los mininos era Jorge Luis Borges, escritor argentino. Él, el lúcido, el inteligente, el metafísico, el filósofo, el literato, el traductor, el amante del ajedrez y las metáforas literarias y vitales (este mismo, el ajedrez, una de sus favoritas) el agudo, el misterioso... Mientras escribo estos adjetivos justos, y a la vez caprichosos, sobre este escritor pienso que, quizá, fácilmente podrían ser trasladados, en alguna medida y valiéndonos justamente de las metáforas, a sus apreciados y admirados animales felinos. Borges, el respetuoso devoto de los vericuetos laberínticos del universo y de la raza humana, ese escritor, ese mismo, amaba los gatos. Así escribió, de modo poético, sobre ellos: “No son más los silenciosos los espejos / ni más furtiva el alba aventurera; / eres, bajo la luna, esa pantera que nos es dado divisar de lejos. / Por obra indescifrable de un decreto divino, te buscamos vanamente; / más remoto que el Ganges y el poniente, / tuya es la soledad, tuyo el secreto. / Tu lomo condesciende a la morosa caricia de mi mano. / Has admitido, desde esa eternidad que ya es olvido, / el amor de la mano recelosa. / En otro tiempo estás. / Eres el dueño de un ámbito cerrado como un sueño”.

A pesar de estas referencias, esclarecedoras y casi reverenciales, para mí en general siguen siendo, estos bigotudos de ojos hermosos, unos seres completamente misteriosos e indescifrables. Como Borges mismo: qué amalgama formada por sentimientos, instinto, e intelecto, extraña y divina, habitaría en el interior de alguien como él, creador de tantas frases deslumbrantes, reflexivas, clarividentes casi; frases como esta: “Dios creo al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre”. Una maravilla. Y, otra vez, un misterio. Cerremos: un misterio maravilloso. Borges y los gatos.

Y los perros... Los perros creo conocerlos un poco más. Y también quererlos un poco más, valga decirlo. En un fragmento epistolar, al parecer falsamente atribuido a Sigmund Freud (que sin embargo me parece un testimonio valioso), se exponen algunas razones por las que el autor, sea quien sea, considera que sentimos un amor genuino y visceral por estos animales: “Los motivos por los que se puede querer tanto a un animal con tanta intensidad, es porque se trata de un afecto sin ambivalencia, de la simplicidad de una vida liberada de los insoportables conflictos de la cultura. Los perros son más simples, no tienen la personalidad dividida… Un perro tiene la belleza de una existencia completa en sí misma, mucho más agradables son las emociones simples y directas de un perro, al mover la cola de placer o ladrar expresando displacer”.

Igual cree el escritor colombiano Fernando Vallejo, otro confeso enamorado de los caninus. Conocido, además, por donar fuertes sumas de dinero ganado en premios internacionales de literatura a fundaciones pro-bienestar de perros callejeros, y quien no tiene ningún reparo ni ninguna duda al responder a quien lo controvierta en el sentido de que ese mismo dinero podría servir para obras de caridad para humanos. Sin vacilar responde atacando lo que él considera un ataque disfrazado de pregunta: “A mí los perros me parecen infinitamente mejores que los humanos. Y, además, yo hago con mi plata lo que me da la gana”.

Ejemplos de perros célebres habrá un montón. Desde estrellas de cine y de televisión, pasando por rescatistas de terremotos, héroes de guerra, entre algunos otros roles honorables, hasta escritores. Escritoras, mejor, para puntualizar el caso que quiero mencionar. Se trata de Linda Guacharaca, una perra criolla, en principio callejera o abandonada y, esta sí, obediente y leal. Ya va en su tercer libro, en el que ‘enseña’ sus aventuras de viaje y cómo comportarse en aeropuertos y aviones, y en otros ámbitos que impliquen desplazarse de la casa a otros destinos. Justamente de estos, los perros callejeros, se dice que tienen un sentido acérrimo de fidelidad con sus amos (o amigos), a veces callejeros también. Andan, algunos, en carritos improvisados de reciclaje, o a pie, y los criollos, o de cualquier raza que hayan sido abandonados, no le pierden pisada a sus compañeros.

Pero ¿Y el mío? Roko no es ni estrella de cine ni héroe de guerra ni mucho menos escritor. En cambio, sí es un perro inquieto, ansioso, y casi hiperactivo que, además, como ya dije, hace lo que le da la gana. Para no ir más lejos: en el parque al lado de mi casa, todos, o casi todos los perros andan sueltos, menos él. No podría dejarlo, pues me aterra que en una de sus carreras a ninguna parte lo atropelle un carro; o se dé alguna pelea con otro perro más grande y avezado en terrenos de provocación y lucha (el temor es fundado, pues al parque va un pastor alemán, Aquiles, grandísimo, que ha tenido varios incidentes de ataques a otros perros más pequeños e indefensos.). Roko tampoco es que sea una ‘perita en dulce’, y sabe defenderse, pero creo que ese round lo perdería. Y no quiero arriesgar.

Yo sé muy bien que en algo debo estar fallando: que me falta paciencia, y que no he hecho del todo bien la tarea; que no he leído, por ejemplo, con juicio el libro que compré de ‘El encantador de perros’, Cesar Millán, quien dice, entre tantas cosas útiles, que ni siquiera el nombre es importante a la hora de tener y educar bien a un perro. Su formula es simple, simple pero no fácil: “ejercicio, disciplina, y afecto”, en ese orden. Yo sé que esa ecuación no se cumple en nuestro caso, por lo menos no en ese orden. Algo debe estar desequilibrado, lo sé. Escuché o leí en otro lado que los perros en realidad no se llaman como se llaman, sino que responden todos a un mismo nombre, por lo menos los que habitan en los terrenos del idioma español: “Ven”. Supongo que más que un nombre es un código sonoro. Este perro, el mío, ni así hace caso. “Roko, Roko –otra vez– ¡Roko!”. “Ven, ven, oye, Rooooko ¡Que vengas!”. Con otro tono, casi de súplica: “Roko, ven, ven, ven… ven a nuestras almas Jesús ven-ven, ven-ven”. Parece que me perdí. Pues más o menos así me siento, perdido, en momentos donde lo único que quisiera es que, por el amor de Jesús o por el amor de lo que sea, ese animal indiferente y orejón al que tanto quiero me hiciera caso. Pero no es así.

Otra cosa es que, según he investigado, probablemente por las características de su raza, estos perros –los Springel Spaniel– son esencialmente perros de caza, hecho que los hace ser muy alertas y enérgicos. También son sociables y muy juguetones, lo que hace que, a pesar de la edad (Roko cumple 7 el 21 de enero), sigan siendo adolescentes dispuestos a la aventura y al retozo diario. Es decir que, aunque anciano, Roko siempre será inmaduro: ¡qué sentencia tan temeraria. Esas características, además, lo hacen tener una especie de nobleza e ingenuidad (no siempre) con la que recibe y saluda a extraños como si fueran viejos amigos, y si es el caso irse con ellos. Este hecho me mantiene en una duda mortal: ¿Celos? Creo que no. Más bien, Miedo. ¿Qué pasaría ante una sutil propuesta indecente de huida con un extraño? ¿Se iría con alguien más? Pensarlo ya resulta terriblemente doloroso.

En este punto, con visos de confesión inmodesta, también tengo que decir que, en lo más profundo de mi corazón y con seguramente muy poco criterio objetivo, siento que Roko es el perro más noble y bello y amoroso de todo el mundo. Pero ¿No es esto una contradicción? No. O sí: el ser humano es solo eso: una contradicción permanente, tal como la obediencia del canino en cuestión. Y ante todo esto, creo que me tocó el duro pero enriquecedor camino del respeto y la resignación. Tal vez todo eso conjugado se acerque a la noción de algo superior: el amor. Escucho, por ahí, que dicen y dicen, una millonésima vez tras otra, que aceptar al otro tal y como es, es lo más cercano a este sentimiento. Y quizá, sin razonarlo mucho, con la presencia de este animal en mi vida he tenido la oportunidad privilegiada de tener algún atisbo de esto. A veces lo miro, le beso la cabeza, o las patas, y pienso que en lo único que destaca este perro es en ser el más querido. No el más querible, que tiene que ver más con simpatía o merecimientos. No. Es el más querido porque dudo, sin ninguna ironía o vanidad, que alguien pueda querer más a un perro que yo al mío. Nada original en todo caso: todos quienes sepan de lo que estoy hablando considerarán lo mismo de sí mismos y del amor que sienten por el suyo.

Últimas líneas, inútiles seguramente: Roko, por favor, sigue siendo como eres. No me hagas caso si no quieres o si no consideras que merezco tu atención y tu lealtad. Yo, por mi lado y con humildad, intentaré ganármela cada día. Y perdóname por decirte que eres un gato para tratar de apaciguar mis frustraciones y mi incapacidad para entenderte. Larguísima vida para ti, perro desobediente y querido.

 

Giancarlo Calderón

Sobre el autor

Giancarlo Calderón Morón

Giancarlo Calderón Morón

Perro en misa

Comunicador Social de la Pontificia Universidad Javeriana, de Bogotá (2003). Ha sido colaborador en temas relacionados con cultura y entretenimiento: pintura, música, cine y televisión, entre otros, del periódico El Espectador (2012-2021). Director de trabajos audiovisuales de corte institucional (Convenio Secretaría de Salud de Bogotá - Fondo de Población de las Naciones Unidas -UNFPA- 2007-2011). Guionista y director de la serie documental “II Laboratorio de Paz” (Acción Social - Unión Europea 2008). Realizador y asistente de dirección del programa del Ministerio de Cultura “La Cultura Viva” (Virtual T.V. - Señal Colombia 2005-2006).

2 Comentarios


Lina Chica 09-01-2021 07:26 PM

Me encanto, Roko es perro con personalidad ☺️

Carolina 11-01-2021 08:33 AM

Me hizo llorar, yo también tengo un springer y lo amo con toda mi alma y corazón, a pesar de cómo es. Leí tu artículo muy entretenida, me sentí identificada en muchas frases. El amor que se siente hacia ellos es grandisimo. Gracias por escribir este artículo, es hermoso.

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