Literatura

Transformar la vida en arte

Luis Mario Araújo Becerra

18/01/2021 - 04:25

 

Transformar la vida en arte

 

Ahora que lo pienso con calma, tal vez la primera pregunta que un escritor joven, un aspirante, un novel creador –llámese cómo quiera–; en fin, la primera pregunta que debería hacerse, es aquella que terminará haciéndose mucho tiempo después de haber escrito sus primeras líneas: ¿cómo transformar la vida en arte? ¿la propia vida en arte?

Lamentablemente, sólo hasta que esa pregunta esté resuelta, sus caminos creativos estarán limitados –pienso yo–, porque lo único que podemos traducir en obra es nuestra vida. De allí beberá su agua el zorro de la fábula, de allí tomarán vuelo las alfombras mágicas, de allí surgirán las armas con que un hombre matará a otro en medio de la noche.

Ahora bien, existen dos dimensiones de lo que llamamos “nuestra vida”, que debemos diferenciar:

La primera, consiste en la experiencia externa, esto es, aquello que vivimos “en carne propia”. En este sentido hay escritores que mantienen la tesis de que un artista sólo podrá hablar en su obra de lo que le ha ocurrido. Por ejemplo: un campesino hablará de su campo. Un hombre contará un crimen si lo ha vivido o visto de cerca y deberá describirlo con tanta precisión que no quede duda de que él estuvo ahí.

La historia debe tener un asidero real: las calles del autor, sus bares, inclinaciones sexuales, alergias religiosas, golpes y tesitura.   

Esta primera faceta es fácilmente ilustrable con la literatura de viajes o con los diarios o memorias, y encuentra una expresión un tanto sublimada en la “literatura realista”, que resume y comprende a las anteriores. Son ellos, el viaje, el diario, el documento real, el testimonio de una travesía existencial, los que dejan rastro de los lugares conocidos y los héroes enfrentados, de los caminantes con quienes hablamos y las mujeres que nos olvidaron.

Un postulado guía a la creación surgida de esta dimensión: sólo las vidas extraordinarias son dignas de ser contadas. (La literatura tiene que ser manifestación de esa vida exterior importante).   

Paul Theroux, Paul Bowles, Imre Kertesz, Fernando Vallejo, Arturo Alape, Fernando Soto Aparicio; o la literatura “testimonial”; o libros como En el camino, Pasión vagabunda, A sangre fría, y Vivir para contarla, pueden ser una muestra eficiente de una literatura con basamento en esta dimensión externa de la experiencia.     

La segunda dimensión de lo que podemos llamar “nuestra vida”, es una dimensión interna, y está compuesta principalmente por la manera en qué solemos comprender las cosas que nos ocurren, por la manera en que solemos efectuar la digestión del mundo.

Por supuesto esta digestión es, en ocasiones consciente y en ocasiones inconsciente; guiada por mecanismos profundos del espíritu.

No es, ya, la mera vivencia, la mera cosa que nos ha pasado; viajes y aventuras que hemos tenido, sino que está formada por los mundos que hemos vivido a un nivel trascendente; la profunda infancia, los traumas, horrores y alegrías que subyacen en nosotros, aunque las hayamos olvidado, en apariencia.

Aquí transformaremos en arte no una serie de peripecias, sino una serie de percepciones. Lo fundamental radica en tres cosas: 1. Nuestro mundo interno. 2. Nuestra digestión del mundo interno y externo. 3.  Los mundos que han vivido los otros y cómo los captamos.

Entonces soñar e interpretar, son los verbos importantes.

En la primera dimensión yace la literatura realista o de reacción. En la segunda dimensión yace la literatura de ficción y la sicologista, aquella en la que uno puede contar no sólo lo que otros han vivido, sino que lo que uno imagina que ha vivido, o lo que imagina que otros han vivido, o lo que imagina que alguien en algún universo y tiempo hubiera podido vivir.

En síntesis, lo que debe entenderse en este punto del discurso es que “la vida” que uno transformará en literatura no sólo está conformada por una serie de experiencias externas, evidentes y racionales sino por unas internas trascendentes y, a veces, fuera de la comprensión racional y que, además, transformaremos en arte una dimensión de nuestra vida consistente en “el modo cómo vemos el mundo”.

Identificados estos ámbitos de la existencia personal, volvamos entonces a la pregunta inicial: ¿cómo transformar la vida en arte? ¿la propia vida en arte? 

Una posibilidad de respuesta: viéndola interesante, entendiéndola interesante. Lamentablemente, la mayoría piensa que, si no ha tenido extrañas circunstancias o aventuras, carece de sentido contarse a sí mismo. Sin embargo, basta efectuar una leve revisión: Gabriel García Márquez otorga un carácter trascendente a una aburrida niñez en una casa agobiada por el calor y la decadencia; a la historia de unos abuelos…y unos cuantos familiares cercanos, amigos y veteranos. Ivo Andric, en su novela La señorita hace importante a una mujer huraña ¿quién no ha tenido un tío tacaño?  Isaac Bashevis Singer, retoma las antiguas costumbres judías, tan manidas, tan conocidas, y las dota de una vitalidad absorbente. ¿Por qué? Porque fueron capaces de ver algo interesante: nuevos ojos para una realidad común.

Los ojos nuevos surgen de la dimensión interior de la existencia. De la forma de digerir el universo.        

En Amor y Exilio, su autobiografía, Singer cuenta cómo, desde niño, tomó la tradición de su nación y comenzó a descomponerla en preguntas inquietantes que no encontraron respuesta de su padre, el viejo rabino de la Corte: “¿Tiene alma una mosca? ¿Podrá su alma subir al Paraíso y ser resarcida por su padecimiento?”. Las respuestas que encontrara como resultado de confrontar y sopesar su propia cultura se convirtieron, luego, en el argumento central de sus novelas y cuentos; la mayoría llenos de demonios, ángeles, reencarnaciones, revelaciones. La raíz: una aburrida vida vista con interés. 

Pero: ¿cómo ver algo importante en una vida común? Sin lugar a dudas la salida está en el mito, la connotación mítica de los acontecimientos.   

Un simple relámpago, tan natural, tan sencillo, fue transformado por nuestros antepasados en historia convocante. La caída de un árbol, el nacimiento de un hombre, la desaparición de otro, eran fácilmente transformables en historias por nuestros ancestros. En historias con un trasfondo a veces sospechado; mas no siempre evidente, un tanto oculto…  tras de algo… Eso es el mito.  

¿Quién no ha tenido una enfermedad agobiante? ¿Un amigo convertido en criminal sin saber por qué ni cómo? ¿Una novia arpía? ¿Un profesor insensible y tirano? Pues éstas son las historias que Onetti, en Los Adioses, Sábato y Camus, en El Túnel y El extranjero, Cobo Borda, en sus poemas, Saint-Exupery, en El Principito, Herman Hesse o Italo Calvino, nos cuentan, revitalizadas, reinterpretadas y alimentadas, a través de la óptica del mito, de la sorpresa constante.

Sergio Ramírez nos recuerda una verdad fundamental: no hay nada nuevo bajo el sol.

Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. Si nos fijamos bien, no hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros nos están contando siempre lo mismo. La trama anda siempre por caminos trillados. Los temas de la narración están allí desde el origen: amor, odio, engaño, venganza, celos, abandono, orgullo, poder, locura, ambición, muerte. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros. La condición humana que no cambia nunca…O quizás estos temas sólo son tres, como anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga, a manera de un ars narrativa: amor, locura y muerte. O solamente dos, el amor y la muerte, como cree García Márquez. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio.

Es la necesidad del hombre, la necesidad de que su cosmos le sea contado e interpretado, de que su cosmos le sea mostrado desde otras márgenes, lo que permite que la literatura sobreviva como fuente y aliciente. Pero, sólo habrá ojos nuevos en la medida en que los creadores vuelvan sobre su individualidad. Por eso, es fundamental entender el valor de contar la propia vida, en sus dos dimensiones: externa e interna-interpretativa –tal como las hemos explicado en este texto– puesto que sólo en ellas encontraremos nuestra identidad, nuestra diferencia. Diferencia que, en un mundo masificado y esquematizado, viene a constituirse en el aporte máximo que cualquier hombre puede hacerle a la humanidad.

 

Luis Mario Araújo Becerra      

Sobre el autor

Luis Mario Araújo Becerra

Luis Mario Araújo Becerra

La reserva

Abogado, escritor y docente universitario. Autor de El Asombroso y otros relatos (cuentos), Literatura del Cesar: identidad y memoria (ensayo) y Tras los pasos de un médico rural (ensayo).

4 Comentarios


Yarime Lobo Baute 18-01-2021 01:06 PM

Okis del Alma: Son los ojos nuevos surgen de la dimensión interior de la existencia. De la forma de digerir el universo. ... Me encantó!

Alex amaya Becerra 18-01-2021 05:48 PM

Un buen tezto, exquisito al leerlo desde ese punto todos tenemos algo q contar. Felicidades

Alejandro Moreno 20-01-2021 03:41 PM

Interesante artículo.

Gaspar Pugliese Villafañe. 24-01-2021 03:13 PM

Una radiografía de las fuentes que alimentan a los escritores.

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