Literatura

A lo oscuro te metí la mano

Guillermo Henriquez Torres

17/02/2021 - 05:25

 

A lo oscuro te metí la mano
Obras sobre el Carnaval del pintor José Luis Molina, "Turri"

 

“La ceiba, luz y color”, como dice el aviso en rosa, lila y azul: el abanico de neón. El establecimiento se levanta solitario sobre una colina enmontada de trupillos calabazos.

Algunos curiosos merodean en los alrededores, en procura de algo que no se sabe. Son hombres muy jóvenes y otros maduros, que en su totalidad muestran un signo: encontrar. En momentos se chancean entre sí, tocándose la pretina de los pantalones, cortados y estirados al máximo para servir de pantalla corporal.

Roberto devolvió la mirada al papel que tuvo en sus manos, unas horas antes, al llegar al hotel del centro de la ciudad, donde se hospedó: 8558.

En las afueras del hotel había observado una comparsa de hombres solos, con tocados altos terminados en ramos de flores que, bailando en redondo, cerraban la avenida de altos edificios y obstruían el paso de los vehículos.

En sus rostros, el exceso de pintura y los polvos de harina los desfiguraban al punto de parecer seres irreales y sin definición. Parecían felices, pues los danzantes batían con furia sus capas floreadas, y coreando chillidos delirantes emitían palabras ininteligibles como en un murmullo en sordina.

Al beber todos del pico de la botella de ron cristalino, entrelazaban sus cuerpos semejando trenzas vivas de colores, en insinuación de promesas futuras, de un único movimiento erótico y procaz.  Recordó que Julio le había conseguido en la ciudad pareja para toda la temporada de carnaval, sugiriendo que era lo mejor para no perder el tiempo con muchachas que luego, en el momento preciso, decían no, dejando sin aire al más avispado. Y asoció esta rotunda aseveración con el papelito doblado que le entregó el botones en la recepción del hotel, escrito con letra cursiva y en cuyo doblez aparecía su nombre y apellido y un número: 8558.

 

Mientras se vestía, apuró un trago de la botella que siempre traía en su maleta de viajero. Recurriendo al termo de agua fría, sacó de este los trocitos de hielo que le refrescaron la garganta y la mente. Ahora, dentro del amplio local, con Julio en la barra y el cantinero revolviendo una cubeta de hielo, hizo memoria visual mientras las tempranas parejas seguían llenando el salón habilitado en medio del patio, el cual tenía en un rincón, cerca del orinal, un árbol que supo de inmediato era el que bautizaba tan singular sitio. El árbol, a causa de la iluminación estratégica y acelestinada con que se derramaba sobre el piso de baldosín en arabescos, parecía dividir aquel salón en dos mundos diferentes. Algo que no tuvo para Roberto ninguna explicación, ensimismado en observar a las mujeres que se deslizaban entre las palmeras silvestres, cuyos bordes remataban en hilos de luz. A través de ellas, los disfrazados proyectaban sombras maliciosas.

En realidad, las parejas bailan ritmos de moda; y, en grupos muy apretados, se mecen, se rozan, pareciendo crear estados febriles de una atmósfera sensualizante.

Se acordó de la nota del papel: “Voy vestida de capuchón azul, mi número es 8558”, y el número regresó corporizado en la figura que tuvo frente a él, a escasos metros y que entró al salón acompañada de otra forrada en negro. Eran dos disfraces: la primera llegó con presentido desparpajo al lugar, saludó de mano a los bailantes y, con un leve temblor de dedos, se dirigió al hombre que atendía el bar, detrás de la barra de laca china. El gran espejo ahumado de la barra seguía multiplicando las parejas, devolviendo luces hacia los rincones a oscuras, en la penumbra, donde un beso ligero era prolongado con una caricia profunda, como pensó Roberto antes de percibir el número sicalíptico en el cristal biselado del fondo: solamente los ocho, tanto el inicial como el terminal se mostraban mientras los cinco estaban al revés. Se acordó de Leonardo Da Vinci y sus juegos con los espejos venecianos. Entendió la sabiduría de su amigo, cuando entró en volandas a la habitación del hotel para llevarlo a empujones escaleras abajo. “Apúrate, que tengo el carro parqueado y me pueden multar; papá me lo prestó esta noche: las chicas nos esperan en La Ceiba”. Él era un joven alto y moreno, de modales desenvueltos y algunos tics en la conversación, y estaba distraído cuando Roberto vio el número en el espejo.

Esa era la suya, la del número que ahora tenía de frente y en el tope de un pecho de escaso vuelo. En efecto, llevaba un capuchón azul que le cubría los pies rozando el piso ajedrezado, una varita de caña o de bambú, y en la boca, un pitico de plástico que sonaba insistentemente. Al llegar, y con mucho mimo, le dijo: “Uh, mono, ¿no me conoces?”. “Sí –le contestó–, eres la número 8558”. Rio cascadamente y presentó a su compañera, una esbelta silueta enfundada en malla negra, con rebordes en lentejuelas, adorno que copiaba la cofia de tul cuya única decoración eran unas plumitas de faisán, adornos bailotantes al avanzar la sílfide al compás de la música. Su rostro lo encubría el antifaz alado que Roberto asoció a una pantera. Con un golpe de codo, le advirtió a un Julio ensimismado la presencia de las chicas. Ellas estaban ahí.

 

“Mi pareja es adorable”, piensa Roberto, para quien la mujer poseía un buen cuerpo, lo que podía deducir al tenerla en sus brazos... Un trombón de vara sonó en la penumbra como una invitación. Comprobó entones que sus ojos eran verdes, si las luces no mentían. ¿Y su piel? Blanca, lo que tal vez sabrá más tarde: los guantes que cubrían sus manos se lo impedían…Pero lo que más lo seducían eran esos ojos de jade transparente que ella posaba sobre su rostro, como si fuese una gata en celo. Sentía su cuerpo girar sobre el suyo, y él lo palpaba macizo, duro y liviano a la vez, y cuando giraba, lo hacía con tanta agilidad que parecía estar programada para el ritmo; todo su cuerpo era tan expresivo; supuso pues, sin ninguna duda, que eran sus ojos los que conducían esos movimientos tan felinos. Se dijo que era ella la que debía llevar el disfraz de pantera y no su amiga.  

“En verdad es una mujer experimentada, y eso está bien. Me aprieta con vehemencia, y creo hallarme ante una boa agarrada al árbol, pero yo también hago otro tanto”. Ella también está sintiendo, pues él le ha colocado lo que Dios le dio sobre su muslo izquierdo, trazando una diagonal. Su busto recortado como el pecho de una torcaza, gira de un lado para el otro raspando sus sensibilidades. Suspiró y no lo ocultó. Estuvo convencido de que esos senos en su sitio, sin caerse, eréctiles, eran los propios de una joven de su edad, aproximadamente la suya. Volvió a ver a Julio recostado a su pareja, despreocupado y seguro, dirigiendo una guerra ya ganada. Él está alegre y tamborea la canción sobre la mesa con los vasos y la botella sudado en frío, y, descansando sobre una hilera de aluminio rojo, Julio canta: “A lo oscuro metí la mano, a lo escuro metí los pies. A lo oscuro hice mi lío, a lo oscuro lo desaté”.  

La orquestina de mulatos descansa y algunos parroquianos vestidos con sombreritos pintados y camisas de colorines anudadas en la cintura, introducen monedas de baja numeración en el traganíquel, que repite luces de igual tono que las del neón. La pieza anterior retorna, luego que un haz de discos ha girado sobre sí y, en traslación hacia un cosmos estrellado, este se detiene en seco mientras la aguja acerada hace brotar la melodía, esta vez en mejor ejecución. Roberto observa que en este lugar las mujeres, sentadas a la sombra de la ceiba, pagan su consumo y sus acompañantes ni se mosquean, sino que se rascan la pretina y se ríen. 

“Vamos, Robe, sigamos bailando, dice la chica del capuchón azul mientras tararea “A lo oscuro metí la mano, metí los pies”.

Ahora Roberto intenta mirarle los pies y solo capta un balandrán que danza sobre el piso. Oscuro vio él cuando nuevamente bailando la chica del capuchón azul, sin recato, le recostó lo suyo. Le pareció que descendía de un abismo, notando algo raro en ella, y, sin saber qué, torciendo su pierna hacia atrás, ejecutó más que un pase de baile un gesto de retirada, del que ella no fue ajena. Le dijo también sin recato:

ꟷ¿Oye, ¿tienes un liguero o un arma?

ꟷ¿Por qué lo dices?

ꟷSe me ocurrió de pronto.

ꟷPodría ser, uno no sabe…

 

Entonces ella se puso seria, su semblante transparentó una nube de intransigencia, y su voz tenue adquirió un sonido profundo y abandonado. Ella dijo al socaire: “Voy al baño un momento”. Ocasión que aprovechó Roberto para acercarse a la mesa donde Julio, al parecer feliz, reía. Este le mostró con el dedo índice:

ꟷMira, tu mona tiene un hermoso número palíndromo en la espalda. ¿Lo viste…?

ꟷNo, es una capicúa.

Julio no desmintió a la pantera negra enmallada y viveante de lentejuelas que, a su lado, lo contradecía. En cambio, la besó en la mejilla, y luego del beso le dijo: “Tan linda esta”.  

Roberto notó al cantinero que, sacando los iridiscentes vasos, escuchaba lo que el número le comentaba a una compañera vestida de demonia. Después, muy confundido, la vio atravesar el salón hacia la oscuridad de la ceiba. En vez de detenerla, prefirió abordar al cantinero, hombre de pelo hirsuto y piel aceitunada que bizqueó al rozarlo un rayo de neón, adquiriendo sus ojos un tono satánico. Le advirtió a Roberto:

ꟷMira, olvídate de esa mona, ¿O.K.?

ꟷ¿Cuál?

ꟷLa 8558. ¿Comprendes? Yo soy el dueño de este sitio, pago impuesto y todo es legal. Aquí no vienen mujeres sino de vez en cuando, y menos en carnaval. Ellas son ahora las reinas. Estas chicas son otras, también bacanas. Lo mejor es que sigas divirtiéndote, como lo hace tu compañero. ¡Míralo cómo tiene a la pantera!

Supo así Roberto que el número de su pareja era, en efecto, el 8558, del lado que se mirase –se lo afirmaba Da Vinci-, que ni ella ni Julio lo habían engañado, que de ninguna manera había engaño, sino capicúa o palíndromo. Encontró el papel en el bolsillo, y volvió a leerlo antes de tirarlo al piso de arabescos... La chica aún le gusta.

 

Guillermo Henriquez Torres (1940-2021)

Barranquilla, 1995.

 

Acerca de esta publicación: El cuento “A lo oscuro te metí la mano” fue escrito por Guillermo Henríquez Torres durante el carnaval de 1995. Texto erótico, de sombras y luces, a tono con el ambiente del parecer tan propio de esta festividad, más en La Ceiba, salón bar donde las mujeres no son mujeres sino otras chicas, bacanas, como las define el cantinero y dueño del local, al ver alejarse a la 8558, la pareja con la que bailara un desconcertado Roberto, el protagonista del relato. Se publica para exaltar la memoria de Guillermo, recientemente fallecido: autor que amaba el carnaval y disfrutaba con sus explícitos y sus malentendidos. Tomado de su libro Sin brujas ni espantos, 1996. (Comentario de Clinton Ramírez, escritor).

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