Literatura

La expedición a El Dorado o al inframundo del amor

Jorge Arzate Salgado

23/03/2021 - 04:55

 

La expedición a El Dorado o al inframundo del amor

 

La serpiente sin ojos es una novela de ríos, de fantásticos lugares y hombres atados a sus deseos. Caudales de agua con la intensidad propia de los ímpetus de conquista, de los peores vicios, las grandes virtudes y los desasosiegos propios del amor y la pasión de los cuerpos, su flujo narrativo despliega una serie de geografías dramáticas: la de lugares interminables (Santafé, Piura, Machifaro, Tupinambara), la de individuos con caracteres múltiples y los sentimientos de esos mismos hombres y mujeres enclavados en las selvas, ríos y desiertos entre Panamá y el Perú que sirven de escenario para el viaje, la guerra, la conquista y el amor.

Los personajes, inmersos en la sociedad colonial del siglo XVI, se encuentran en un mundo en formación, pero herido por las múltiples calamidades de la Conquista, viven en una atmósfera de tensión donde la violencia es constante, están atrapados a la vez que lastimados, por decirlo de alguna manera, en y por el eco de un tiempo histórico cruel aderezado por las corrientes de avaricia que corroen los impulsos humanos, fuerzas enigmáticas que juegan con ellos cual marionetas inefables del destino.

Como bien nos dice el autor, Willian Ospina, esta es una novela no de viajes ni de descubrimientos o conquista, sino de amor. Narra, específicamente, una variedad de él, aquel donde los amantes viven perdidos por la obsesión del uno por el otro, en el que encontramos el más profundo ardor entre los cuerpos enfrentados al destino, un destino fatal, pero envuelto en el sueño del descubrimiento, imaginable por las circunstancias, pero irracional para los enamorados.

El pilar masculino de la novela es Pedro de Ursúa, hábil e implacable guerrero, ícono del conquistador. Su figura de gigante se construye a través del relato, alguna semejanza lo lleva a parecerse al astuto Cortés, el conquistador de México. Ursúa es un hombre de ímpetu, un combatiente sangriento a la hora de la batalla, pero a la vez poseedor de cierta nobleza en el alma, detesta la traición y al menos asegura no matar a mansalva o en situaciones que no sean en defensa propia. Durante el relato su figura no termina de agrandarse, tanto por su fuerza de conquistador como por su enorme ambición: busca El Dorado, lugar mítico que aspira encontrar y que supone se encuentra en lo más profundo del Amazonas. Ursúa fantasea con ser su rey, se ve como fundador de ciudades, se imagina luchando contra mujeres guerreras o, quizá, pactando con ellas un reino imposible en donde él es el dueño implacable, dominador de la selva y su río lleno de bichos, ruidos y fieras salvajes.

El pilar femenino de la obra lo constituye Inés de Atienza, mujer mestiza, descendiente directa del mismo Atahualpa, poseedora de una belleza exótica, rica, pero marcada por el destino, viuda que por efectos del azar queda a cargo de una fortuna que multiplica gracias a sus dotes de buena administradora. Vive en Trujillo en medio de la paz que le proporcionan su finca y sus sirvientes, a la vez que rodeada por la envidia y las murmuraciones de los peninsulares. Quizá es la mujer más bella y enigmática del Perú. Por azar conoce a Ursúa. Poco después sobreviene el amor, ese amor, como hemos dicho, que es como un fuego que abraza todo a su paso, incontenible río, destructivo.

Desde este punto la tragedia se teje y termina en la muerte, por demás vil, de ambos amantes. Ursúa sucumbe atravesado por las dagas y espadas de sus soldados insubordinados, ciegos, corroídos por la ambición y la envidia, siendo víctima en particular de Lope de Aguirre, conspirador de primera línea dentro de la maltrecha armada. Una vez muerto Ursúa la suerte de Inés es consecuente, perece huyendo a través de la selva a manos de otro conspirador, Llamoso.

No hay nada más conmovedor y a la vez triste que la muerte de estos seres que apostaron todo al amor y a la aventura. Ursúa, quien trabajó duro y tuvo que sortear varias guerras para llegar a consumar su deseo. Inés, quien se arriesgó completamente por su pasión. La muerte de los amantes en medio de la selva amazónica representa el fracaso de los sueños y la contundente imposición de la realidad.

Ni Ursúa ni Inés pudieron alcanzar el reino de las amazonas, ni pisaron las puertas de oro que habían soñado, y dejaron esperando en el corazón de la selva los cuchillos de piedra de las mujeres guerreras y los altares de la ciudad de la serpiente. Pero lo que la ciudad había presentido se cumplió, cada uno de ellos quedó solo en la región de Machifaro, y sobre su amor grande crecieron grandes árboles y volaron los pájaros (p.284).

Esta maravillosa novela recuerda las crónicas de los conquistadores de América del siglo XVI. Viene a la mente con especial devoción la de Bernal del Castillo, el soldado de Medina del Campo que hace una increíble crónica de la Conquista de México, en donde traza un poderoso retrato de Cortés. No obstante, los ecos de la narrativa de Ospina son de otro tipo, transitan por nuestra contemporaneidad, es decir, por nuestra conciencia de lo que fue la Conquista en América. El autor, con su escritura, lleva a cabo una reflexión actual y en tono moral acerca del conquistador español como héroe y figura emblemática. De alguna forma la historia de Inés y Ursúa, así como sus sueños de alcanzar la inmortalidad y la riqueza con el descubrimiento de El Dorado, son resonancias de nuestros afanes y anhelos modernos, emulan nuestras más alucinantes ambiciones, al igual que ese inmenso deseo del amor sin razón y sin límites, el amor mortal que todos, a veces en forma callada, aspiramos vivir al menos un día, un año, una vida.

En términos formales la novela asume el camino de un eco. Narrativa acompañada por poesía: “Un indio con cara de luna negra le dijo que aquel mar había brotado de una calabaza gigante; otro, que había caído a chorros de las hojas del cielo, y los guerreros heridos de Chiapes veían en las estrellas los ojos de oscuros cangrejos” (20). Treinta y tres capítulos en prosa acompañados de otros tantos poemas: “Ahora los árboles salen de viaje, / las hojas descompuestas se vuelven caminos, / entre ramajes negros el día forma estrellas. / Ahora una aguja de sol se clava en el hombro del día, / y las arañas tejen el relato” (220). Los poemas funcionan como el eco audible, en otra tesitura musical, de la historia, ya sea como anhelo, proyección del futuro, sueño o reflexión profunda. Cabe decir que la narrativa es bella por sí misma y por momentos no hay mucha distancia respecto a lo que conocemos por poesía.

La misteriosa voz que narra la historia y que, entiendo, escribe los poemas que acompañan cada capítulo del libro, es la de un superviviente de una primera expedición al río Amazonas, la de La Canela, un viejo que cambió la ambición de conquistador por la libertad. En este sentido encarna la voz de la sabiduría, del escribano y buen lector que recrea la memoria de dos colosos y un épico viaje en torno a la serpiente sin ojos, el río Amazonas, una voz sensible al tiempo y las personas, memorioso de las geografías y los viajes.

William Ospina (1954) es un laureado poeta, ensayista y narrador colombiano, su obra La serpientes sin ojos es parte de una trilogía sobre los primeros viajes de los europeos al Amazonas, compuesta por los trabajos Ursúa (Alfaguara, 2005) y El País de la Canela (Grupo Editorial Norma, 2008). La serpiente sin ojos es una magnífica novela que explora los alcances del amor y reflexiona sobre el tiempo, el contenido de la geografía y los viajes de los héroes que en el siglo XVI emprendieron la Conquista de América, y en particular la exploración del río Amazonas.

 

Jorge Arzate Salgado

Poeta y sociólogo. Profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma del Estado de México, México.

 

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