Literatura

Historia de dos ciudades, de Charles Dickens: resumen y análisis

José Luis Peset

09/06/2021 - 04:45

 

Historia de dos ciudades, de Charles Dickens: resumen y análisis

 

Una de las más célebres novelas de Charles Dickens es “A Tale of two Cities (Historia de dos ciudades), en que recuerda la Revolución francesa, transcurriendo la acción en París y Londres. Un médico francés notable es llamado por unos viles nobles a atender a algunas de sus víctimas; ante el miedo a ser delatados, consiguen que sea encerrado por vida en la cárcel. La Revolución lo libra y marcha a Londres donde casa a su hija con un desconocido, que resulta ser descendiente de esa maldita familia, si bien es persona digna y justa. Su yerno vuelve a París preocupado por un sirviente -también de altas cualidades- y es encerrado y juzgado por dos veces, una salvado por el doctor y otra condenado a muerte. No revelaré el final para quien quiera adentrarse en una amena novela.

Dickens ataca las brutalidades del Antiguo Régimen, pero se horroriza también ante las revolucionarias. Ya Rush había señalado los daños que en la mente había producido la Revolución Norteamericana, opinión que hereda Philippe Pinel sobre la francesa. La medicina que por entonces se moderniza, conoce bien los males que el tiempo antiguo presentaba, pero también los dolores que los cambios nuevos producen. Pero el médico es liberado en la novela por la plebe y considerado persona de gran valor: se convierte en personaje central, junto a un abogado y a un banquero. La obra presenta evidente carácter burgués y allí estas profesiones y, en especial, la médica son muy valoradas. Y lo que más interesante me parece en sus páginas es la enfermedad mental que el doctor sufre por sus años de internamiento y las desgracias que éstos producen en su familia. También, sin duda, las enfermedades psiquiátricas tienen gran importancia en la escritura literaria, pues permiten dotar a los personajes de caracteres fuertes y cambiantes y sus vidas de acontecimientos cómicos o trágicos. Don Quijote de la Mancha es buena muestra de esta afirmación. Además, la sociedad siempre se interesa por estos desgraciados enfermos, refiriéndose el mismo Dickens en estas páginas a la curiosidad con que el público visitaba Bethlem. Y lo mismo se puede decir de las representaciones teatrales de Sade en Charenton tras la Revolución Francesa. En las páginas del novelista surgen también otros espacios de enorme interés para el público, como son tribunales, cárceles y patíbulos.

Cuando el doctor Manette aparece por vez primera hace zapatos, con el banco y los utensilios propios del oficio. Su mente está enajenada por las emociones sufridas, visión del crimen, prisión y desgracias consecuentes. Trasladado a Londres –buen consejo, cambiar de aires, en especial en tiempos revolucionarios- cura y olvida sus males, pero los utensilios de zapatero los conserva. Cuando descubre que su yerno pertenece a la familia de los infames nobles su mente se pierde de nuevo, recupera el banco y la labor en sus zapatos. El buen banquero londinense se preocupa mucho y, lo que es muy interesante, somete el caso al mismo enfermo como médico. Su mente parece dividida pues como médico es capaz de juzgar bien las alteraciones que en su propia “historia clínica” se presentan, en un auténtico autoanálisis. El hombre de negocios recuerda la vieja teoría del cansancio y esfuerzo de los estudios –que Tissot hace reverdecer- y también la necesidad de comunicar el sufrimiento para conseguir la cura. El médico insiste en la persistencia del temor y cómo esa emoción impide la libre comunicación. Habla de hilos de pensamiento, recuerdos y asociaciones angustiosas que remiten a la primera causa, renovados por ciertas circunstancias que han vencido sus precauciones y cautelas. También de  ”alguna vibración extraordinaria de esa cuerda”, tal vez en recuerdo de teorías médicas y psicológicas. Recuperado en fin, olvida lo ocurrido en la recaída.

El banquero pregunta entonces por el exceso en el estudio, pero para el médico es necesario que la mente esté ocupada en temas saludables. Y también que las pasiones se contrabalanceen, que la mente sea llevada en dirección contraria a la tormenta que la arrastra. Aquél cuestiona entonces el mantener los instrumentos del oficio, pues suponen relación con los temores y enfermedades. No habla del banco de zapatos, sino de una forja de cerrajería. La respuesta del doctor es magistral, intentando “explicar de forma coherente las operaciones recónditas de la mente de ese pobre hombre. Hubo un tiempo en que anheló tan terriblemente esa ocupación, y fue tan bien acogida por él cuando la tuvo; sin duda le alivió tanto en su tribulación, sustituyendo la perplejidad del cerebro por la de los dedos, y luego, cuando se hizo más ducho en el oficio, el refinamiento de la tortura mental por el de las manos, que nunca ha sido capaz de soportar la idea de ponerla totalmente fuera de su alcance. Aun ahora, cuando creo que está más esperanzado respecto a sí mismo que nunca, e incluso habla de su persona con cierta confianza, la idea de que pudiera necesitar alguna vez esa vieja compañía y no la tuviese a mano le produce una súbita sensación de terror, como la que cabe imaginar en un niño que se encuentra de pronto extraviado.” Esa referencia a la relación de enfermos y viejos con niños se repite también en esta novela.

Insiste el hombre de negocios en que los instrumentos pueden mantener relación con las viejas ideas patológicas. Quiere el permiso para destruir la forja –el banco de zapatos en realidad- y le pide que acepte por su amada hija. El médico y enfermo –pues se entrelazan los dos- acepta que se destruya esa “antigua compañera” y así se hace. Los instrumentos del oficio son sugeridos o buscados en fracasos posteriores, así en la prisión del noble yerno o en su condena a muerte. Sin duda son líneas que muestran una inteligencia portentosa, que habría obtenido de amplias lecturas, estando al corriente de las novedades psiquiátricas que en el mundo europeo se han producido en el fin del Antiguo Régimen. Sin duda aquí se reflejan el diálogo de médicos y enfermos, el interés por balancear y contrarrestar pasiones o la conveniencia de trabajos manuales. Estaría también al tanto de novedades médicas, como muestran las referencias a los desenterradores de cadáveres que algunos escándalos criminales destaparon por entonces.

La insistencia en la necesidad del trabajo, en especial manual, es tema recurrente en la época; así en Philippe Pinel, quien hace que sus enfermos retomen sus oficios de sastre o albañil, incluyendo en sus historias frecuentes referencias a la ocupación o trabajo. Y que de manera curiosa se entusiasma por el Hospital de Zaragoza y sus faenas agrícolas. En su Traité médico-philosophique sur l’aliénation mentale, ou la manie se encuentran frases muy citadas sobre la conveniencia del trabajo de campo que en la ciudad aragonesa se realizan en las posesiones de la institución. Si quizá no eran tan magníficas esas labores, como Antonio Diéguez ha señalado, sin embargo el comienzo de esa laborterapia es novedad importantísima en la historia de la psiquiatría. Por eso es digno de señalar esa constante aparición en la novela de los instrumentos y la magnífica interpretación de ese trabajo que Charles Dickens hace. Desde luego, era una terapia que estaba presente en los libros de la época, retomando los consejos de Marsilio Ficino para las personas distinguidas o de Santa Teresa para sus monjas pesarosas. Pero como digo, era doctrina de la época, tal como nos muestra un libro de divulgación médica muy frecuente, que Enrique Perdiguero estudió tiempo atrás. Me refiero a la obra del escocés William Buchan titulada Domestic Medicine; or, A Treatise on the Prevention and Cure of Diseases by Regimen and Simple Medicines (Londres, W. Lewis, 1822). Si bien por régimen entiende más la alimentación y otras actividades en general más distraídas, nos dice al hablar de melancolía: “By digging, hoeing, planting, sowing, &c. both the body and mind would be exercised.” (Domestic Medicine, p. 269) La necesidad del trabajo, tan cara al burgués y contraria a la nobleza, está siempre presente en las páginas de médicos y novelistas.

 

José Luis Peset

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