Literatura

La niña que soñaba con los ángeles

Francisco Ballovera Estrada

14/07/2021 - 04:50

 

La niña que soñaba con los ángeles
Foto: créditos a su autor

 

Inkíyu era un mundo lleno de maravillas, era lugar de paz, era feudo de mucha tranquilidad. Era hogar de los seres angelicales, quienes nunca se dejaban ver ni visitar. En cambio, siendo que nunca se dejaban contemplar, ellos sí veían, curioseaban y estaban al día de todo cuanto hacían los demás. ¿A quién en el mundo no le haría ilusión o tendría la curiosidad de conocer cómo era Inkíyu?

Pues, así de complicado resultaba viajar a dicho lugar, tal cual es difícil diferenciarlo y describirlo, porque ningún mortal, persona de carne y hueso, podía caminar o transitar hasta pisar allí. Los habitantes de Inkíyu tenían una mala percepción de los del poblado de Vitêê. Les consideraban seres impuros y muy malos. Inkíyu era un lugar bastante excepcional y mucho que narrar del hogar angelical no se puede, porque viene a ser insuficiente la palabra para poderlo contar.

El verdor que dominaba los bosques de Inkíyu se debía al color verde de los múltiples y gigantescos árboles y no se les podía comparar con los de otros lugares. El mar dejaba a todo el mundo embobado por el color que se unía a su despejado cielo azul; dicho color conquistaba todo el océano que cubría su territorio marítimo.

Las civilizaciones del mundo entero habían vivido décadas y siglos tras siglos con ansias por llegar a conocer cómo eran las maravillas de Inkíyu lugar del que tanto oyeran hablar a sus ancianos, que habían estudiado en las escuelas y que estaban relatadas en sus leyendas, pero les resultaba imposible. Es que llegar a pisar dicho mundo lleno de encantos, de ternura y de ángeles nunca habría estado al alcance de cualquiera.  

En el poblado de Vitêê habitaba mucha gente y la mayor parte de ella eran personas corrientes. De entre tanta población había allí una familia, quizá la más humilde que había en dicha aldea, que tenía una hija de poca edad. Naturalmente, los padres le pusieron a la niña el nombre de Jojá Jatxing pero, por su formidable belleza natural, los vecinos y sus amigos le apodaron Fômôz. A ella le gustaba jugar a todo tipo de juegos con cualquier clase de persona de su edad; era difícil distinguir en Jojá Jatxing el juego que crecidamente le fascinaba… pues, sus amigos y amigas nunca se entristecían ni se aburrían a su lado.

La muchedumbre en Vitêê, a excepción de la familia de la muchacha, estaba acostumbrada a comer de todo, pero la carne de los animales del bosque y los peces, tanto los de la mar como los del rio, eran sus platos preferidos. O sea, animales que se enferman, sienten la alegría al igual que la tristeza, paren, comparten, algunos amamantan a sus crías, hablan, etc. y nunca los mataba para comérselos porque poseen la sangre, semejante a la de los habitantes de Vitêê, del que forman parte también.

Los padres de la niña, Mindjikòdj y Boznal, tan sensibles, incluida la abuela de Jojá Jatxing, Mashimá Auchi, acostumbraban a no alimentarse de ninguna clase de animal que poseía sangre como la de ellos, y, asimismo, le habían educado a Fômôz para que así valorara, cuidara y protegiera a dicha raza de seres. Ellos consideraban que en Vitêê, cada vez que se mataba a un antílope, mono, venado, paloma, puerco espín, bacalao, jabalí, barbo, trucha, etc. dañaban y eliminaban igualmente a la propia naturaleza de ellos mismos. Tal particularidad de tierno comportamiento y sensación de la familia Mindjikòdj fascinaba, llenaba y satisfacía a los ángeles de Inkíyu sin que antes nadie se diese cuenta de nada.     

Por asunto de trabajo, llámese también cosas de la vida o la deshonra que le habría tocado vivir a la pobre chiquilla, los padres de ella, siendo que para la familia nada era más importante que su Jojá Jatxing, casi no le vieron crecer a la linda muchacha de lisos cabellos, pupila castaña, piel negra, brillante y suave, ni ella crecer con el cariño de Mindjikòdj y Boznal, porque cada vez abandonaban ellos muy de mañana el hogar, recorrían largos kilómetros para ir a trabajar y regresaban al hogar a deshora. Lo peor para la niña resultaría ser que ni su madre encontraba, cuando era más chiquita, tiempo para poderla amamantar con la leche materna. No obstante, como ella, muchos de sus amigos y amigas en Vitêê habían crecido así, sin el cariño de sus padres.     

Como Fômôz no molestaba casi nunca, Mashima Auchi, su abuela, se ofrecía siempre al cuidado de la niña. Era ella la persona que en cada momento que la pareja fuera a salir a faenar se quedaba a cargo de la pequeña. Viajaban éstos hasta a veces por todo el mundo, pero lo bueno era que regresaban el mismo día, a cualquier hora de la tarde, del mediodía, de la noche, etc. Estaban tranquilos, muy confiados y no se preocupaban en ningún momento por haber dejado a Jojá Jatxing bajo la custodia de su infatigable abuela Mashima. Sabían asimismo que la cría no comería de cualquier cosa, aun jugueteando con sus amigos. Mashima Auchi era toda una mujer misericordiosa, no se la podía comparar, en cuanto al cuidado, higiene y cariño hacia los niños, con ninguna otra abuela de su edad en el poblado.    

A base de comentarios en los barrios, se establece que como era en el seno de aquella familia donde jamás se sacrificaba a ningún animal ni habían comido tampoco carne en Vitayê, precisamente viene a ser que Jatxing era la única pequeña que viajaba en ocasiones a Inkíyu, quien contemplaba las maravillas del lugar, llegando al extremo de hasta acariciar a los ángeles, hablar con ellos… Y todo lo hacía en sueños.

Siempre que la chiquilla se quedaba a solas con su abuela Mashima Auchi, ésta, a cualquier hora o momento dado para ir a dormir a la niña Fômôz, no lo podía hacer sin antes contarle un cuento o cantarle una linda y angelical canción de nana infantil. Después de quedarse ella dormida en los brazos de su adorada abuela, ésta la dejaba muy feliz postrada en su cuna, hecha con palos y paja, para que gozosa continuara descansando.  

En los momentos del descanso de la pequeña, venían velozmente volando los ángeles desde el lejano y maravilloso Inkíyu, parecían estar siempre a la espera y vigilantes de cuando Mashima se iba para portar a Fômôz a dormir en su tierna cuna, para que vinieran a adorar, a rodear, a cubrir la cama con sus grandes alas llenas de plumajes blancos, dejando el lugar muy pero que muy chispeante de llamas, a pesar de que no se dejaban nunca ver. Y así llevaban a volar por todo Inkíyu y le transmitían los sueños más bellos a Jojá Jatxing. Eran momentos lindos, de mucha alegría; llenos de asombros, aunque nadie los veía ni los oía, excepto...     

Cada vez que tales espíritus celestiales la traían a ella de vuelta en sí, en su hogar, y se despertaba del sueño, muy temprano, después de realizar los deberes de clase y de casa, éstos últimos, que casi en ningún tiempo los tenía, se reunía con los amigos, las amigas y, aprovechando el tiempo que duraban sus agradables e inofensivos juegos infantiles, se ponía Jatxing a narrar en forma de teatro a sus colegas cómo eran de bellos, dóciles, divinos y maravillosos los seres que habitaban en Inkíyu. Eran todos ángeles. Algunos de los amigos de Fômôz durante el relato de cuentos se quedaban dormidos, inmóviles, sorprendidos e ilusionados por el dulzor, la voz y el tierno ritmo con que les relataba ella los cuentos.

Y, pues los ángeles, contemplando dichas escenas llenas de paz y sosiego provocadas por Jojá Jatxing contando a sus amigos cuentos que ellos le desvelaban durante sus viajes, creían que aquellos chiquillos, colegas de Fômôz, estaban junto con ella en la misma línea de comer solo verduras, ostras, etc. y de no sacrificar a los animales, pero no. Ya habían probado la carne de otros animales. Habían saboreado lo que era la sangre de los animales del bosque, la de los peces del río y la de los de la mar.     

Mashima Auchi, a solas con su única nieta, siempre se quedaba en casa. Ella evitaba en todo momento que, cuando la niña estuviera fuera del hogar jugando con los amigos, aceptara ninguno de los ricos alimentos que le contraían. No encontraba la abuela las tentaciones, los malos ánimos y el mal corazón de obligar a las amigas y amigos de Fômôz a arrojar los alimentos que contraían de sus casas al basurero, para evitar que no los compartieran con su nieta. Únicamente se confiaban de la pequeña por su obediencia, que era como indescriptible; no cabía ningún espacio en todo el mundo para su humildad; era tan inmensa de corazón que a simple vista no podía nadie describirlo.

Desde la cuna, Jojá Jatxing había recibido instrucciones de sus padres, y las de su abuela, de no comer nada procedente de la casa de otros vecinos, excepto si eran verduras, mayoritariamente frescas; langostas, etc. ni que en broma las probara, y que tampoco lo hiciera en secreto. Y ella lo venía cumpliendo a rajatabla. Nunca aceptaba nada de comida que le ofrecían sus amigos, y si hubiere ocasión de no poder negarse, la recibía y luego procuraba deshacerse de ella. Nunca la comía, ni la tiraba al vertedero. Simplemente ella, después de cogerla, la regalaba a otros y a otras de su edad que sí acostumbraban a comer tales alimentos.   

En el poblado de Vitêê tuvo lugar un día que comenzaba a llover muy de mañana y que casi no pararía hasta el atardecer. Aquella intensa e incesante lluvia habría de paralizar a Boznal y a Mindjikòdj para no salir de casa. Pero para la pareja, la lluvia no era ningún obstáculo ni pretexto que impidiera a alguien no ir a faenar.

Entonces, protegiéndose como pudieron de la lluvia, salieron y se marcharon del hogar dejando a Jojá Jatxing aún dormida en su cuna. Cariñosamente para despedirse de ella lo hicieron tan solo con muchos besos, alguna caricia, y luego dieron algunas últimas instrucciones también a Mashima y se marcharon a sus quehaceres. Al despertar, Fômôz saluda, arregla su cuna como la enseñaron, cepilla los dientes, realiza los deberes, le prepara el desayuno su abuela, desayuna… y sale finalmente afuera para ponerse a jugar con los suyos.

En medio de tanta felicidad, entre risas, salta combas, carreras, columpios de tan simple cuerda y un trocito de manera atado a un palo, algún enfado sin ira de por medio, después un llanto de cualquiera, peleas de las que luego ellos mismos se vuelven a reconciliar, gritos de alegrías que alcanzaban hasta…, etc. Mientras jugaban, transcurrido un largo tiempo de juegos, aparece un muchacho con sus juguetes, llevaba también otra cosa en la mano, pero no correspondía a uno de los juguetes que contraía. Dêdê, se llamaba. Él era uno de los mejores amigos del barrio, no había conocido nada, ni sus otros amigos el secreto de Fômôz y…

La pobre, al darse cuenta, ya era excesivamente tarde. Jojá Jatxing, sin querer, había probado lo que jamás debió haber probado, comida preparada con espacie comestible pero que portaba sangre. Al instante los ángeles, desde Inkíyu, se habían dado cuenta de lo que había hecho la niña. Supieron que habían perdido totalmente a su fiel amiga en Vitêê. Ella, tan decepcionada, de repente abandona los juegos y regresa corriendo a casa para comentar a su abuela el error cometido. Mashima Auchi trataría de calmarla, para luego quedarse dormida.

En su actual sueño, apareció solo un ángel muy chiquito. Era el único que vino a por ella, quien ni siquiera podía volar con Jojá Jatxing debido a su reducido tamaño y por pesar mucho menos. A duras penas se la llevó con él a Inkíyu. No volverás a ver jamás a ningún otro ángel que no sea yo, le dijo de camino mientras volaban hacia su tierra, después de varios comentarios. Aquel chiquitito espíritu era el ángel de la guarda de Fômôz. Cada niña o niño tiene uno, según la manera en que se comporta con los demás en la vida terrenal, y según lo que cada uno come.

 

Francisco Ballovera Estrada

Acerca del autor: Francisco Ballovera Estrada es un destacado escritor y poeta de Guinea Ecuatorial. Ha sido invitado en la edición de septiembre del 2021 del Festival de Poesía de Fusagasugá (Colombia) en el que Guinea Ecuatorial y El Saharaui son los países invitados de honor. Este cuento se publica con el fin de acercarnos al autor.

1 Comentarios


Berta Lucía Estrada 24-07-2021 05:30 PM

Con gran regocijo leo este cuento del escritor y poeta Francisco Ballovera Estrada (Guinea Ecuatorial) ; un relato que tiene la magia de la tradición oral.

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