Literatura

Puñalada al centro del alma

Diego Niño

26/07/2021 - 04:40

 

Puñalada al centro del alma
La portada de "Puñalada trapera" / Foto: Ed. Rey Naranjo

 

Compré “Puñalada trapera” a finales del 2019. Salí con el libro bajo el brazo, busqué una silla, rompí la bolsa plástica y olí las hojas (pocos placeres superan el aroma de un libro nuevo). Mis ojos deambularon por las ilustraciones, la tipografía, el tamaño de letra, los márgenes (no cabe duda de que el libro fue hecho con amor, paciencia y ternura). Leí un cuento al azar: “Calderas”, de Mónica Gil Restrepo. Me dejó una sensación rara en el alma. Una suerte de desasosiego al que no le presté atención. Me levanté de la silla y me fui a la casa, donde abandoné el libro sobre un arrume de papeles y lo olvidé por un par de años (olvidé el libro, pero no el cuento que había leído).

Calderas es un relato calmado pero tenso: no hay mayores emociones ni sobresaltos pero bullen temas de la misma manera que hierve la vida bajo las aguas de un lago. Los temas se contagian al lector de una manera que no podría explicar. A veces emergen escenas que tienen la vivacidad de un recuerdo, otras veces arriban sensaciones leves, pero insistentes. Tan insistentes que busqué el libro para releer el cuento. Encontré la misma calma y la misma potencia bajo sus aguas calmadas. En el ascenso en bicicleta encontré machismo, agresión y dolor. También competencia: “Me acerco a Alberto y entiendo que está perdido. Jadea. Con razón el apodo: El Cachalote. Me adelanto y con esfuerzo sostengo el paso. Me cuesta porque respiro sin hacer ruido, pero la satisfacción es suficiente para permitirme liberarlo gradualmente, haciéndole creer que tengo el tanque lleno”. Pero no es una competencia ególatra, sin sentido; hay algo más:

“—Muy bien. Tenés fondo.

La Sonrisa no llega a los ojos y noto un ligero temblor en el mentón, sobre el que reposan cristales de sal enredados en la incipiente barba gris.

—Aunque —continúa—, lo de hoy no vale. Con la adrenalina que secretaste en la caída, me llevabas ventaja.

Sus ojos siguen gélidos.

Miro la costra de sangre en mi muñeca, las venas dilatadas de los antebrazos, el sudor que me empapa; siento el rápido golpeteo de las sienes y no respondo sus palabras. Lo dejo, si es que puede, con la satisfacción de un empate que, reemplazando la adrenalina por la testosterona, en todo caso se debería a las hormonas”.

Fue tan grata la relectura que elegí otro relato al azar. El elegido fue “Círculos de colores”, de Juliana Restrepo. En este cuento las aguas están más encrespadas que en Calderas y se encaran otros temas, otra perspectiva y otra manera de narrar. En sus páginas se trenzan la vejez, las relaciones de pareja, la familia y la presión social: “ella sabe que me va a tocar casarme con este, con el que me tocó a los veintisiete”. Y más adelante: “mi mamá me dice algo como Tenés que llevarlo, tenés que involucrarlo en las cosas familiares. Si no lo involucras desde ya, que es novio, después no se compromete y se empieza a quedar con los amigos tomando y jugando póker”.

En ese punto decidí leer primero a las escritoras. Ninguna decepciona. Me encantó “La rumba, son, palo muerdo”, el cuento de Pilar Quintana, que es una suerte de narración lateral de La Perra. En ese relato rugen el mar y la vejez encerrados en las paredes de una prosa exacta. Patricia Engel y Daisy Hernández dejan huella con sus cuentos de atmósferas cargadas de smog y melancolía. Encantador el cuento “La huésped” de Susana Esquivel. Si bien el despecho y la soledad se trenzan en un tejido sólido, me enamoró la capacidad para describir personajes: “Vi su rostro y pensé en la palabra «adusto». Jugué a relacionar esa palabra con algún color y pensé que, si David fuera un tono, sería gris. Si David fuera una bebida, seria Pepsi. Si David fuera un animal, sería un orangután minuiatura. Si David fuera una enfermedad, sería conjuntivis”.

Me asombró “Historia general de tu vida”, de Margarita García Robayo. Impresionante su capacidad para describir emociones: “Antes, el enojo era una sensación rastrera que circulaba por tu cuerpo como un gel ardiente que te quemaba las arterias. Ahora, el enojo es un cuerpo compacto que se ha instalado en la boca de tu estómago y pide salir. Todo el tiempo”. No son descripciones caprichosas: el tono, las palabras y las metáforas construyen un escenario denso como la tristeza e impenetrables como el silencio. Un universo en el que las emociones son amargas y afiladas como un puñal. Nos arrastramos por el cuento con la garganta apretada y el pulso acelerado. No hay tregua. Todas las esquinas emboscan una sorpresa, un dolor, una agonía:

“Ella dijo que no. Te había parido, como a todos los demás, pero no eras su hija.

¿Qué eras, entonces?

No sabía. No tenía explicación.

Pero…

Algo que había crecido en su barriga por obra y gracia de alguna enfermedad y que al cabo de un tiempo había podido expulsar sin comprometer ningún órgano.

¿Un tumor?

Eso mismo, dijo. Se dio media vuelta y acarició tu mejilla”.

No me iré sin hablar de dos cuentos que me sorprendieron muchísimo. El primero es “Un negocio propio”, de César Mackenzie. Describe la pobreza sin caer en dramatismos ni en indiferencia. Mackenzie calcula cada palabra, cada escenario, cada acción con destreza y acierto. El humor es poco pero suficiente: sus destellos iluminan y dan energía a la narración. La resolución del cuento incluye un hecho fantástico que se introduce con la misma naturalidad con la que se establecieron los otros elementos. Al terminar se tiene la certeza de que Mackenzie no escribió un cuento sino que pulió un lente.

El otro cuento es “La niña”, de Daniel Villabón. En este relato el manejo de los elementos es impecable. Villabón camina por la cuerda floja al tiempo que hace malabares con la tensión, los personajes y la atmósfera. Avanza sin tropezar, fatigarse ni perder elegancia. Al final del relato no queda otra opción que aplaudir: pocas veces somos testigos de un prodigio de esa naturaleza.

 

Diego Niño

@Diego_ninho

Sobre el autor

Diego Niño

Diego Niño

Palabras que piden orillas

Bogotá, 1979. Lector entusiasta y autor del blog Tejiendo Naufragios de El Espectador.

@diego_ninho

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