Literatura

Genaro, el felino redentor

Alex Gutiérrez Navarro

08/12/2021 - 05:15

 

Genaro, el felino redentor

 

Su nacimiento estuvo envuelto en un aura quisicosa y de prodigio, más por la aversión del vecindario January Sixth hacia los felinos que por el trance del parto en quien sabe qué tejado de mala muerte. Tampoco se sabría, en muchas vidas, de las tetas que le dieron de mamar o si a la postre fue un animal no planeado en la noche de copulación fogosa entre sus procreadores. De dos cosas se tuvo certidumbre: apareció por los resquicios de las escalinatas de un alojamiento en obra gris, cuando parecía ser ya un gato curtido en las artes de avasallar ratones y recibió el nombre homónimo de un felino de una provincia remota, teñido con sus mismos colores: blanco y negro, como el ying y el yang. Alguna vez, uno de sus espigados amos dijo entre risas que era como un símbolo de las paradojas humanas y su dualidad irredimible.

January Sixth era una comunidad ordenada por el rigor de las horas que transcurrían con mansedumbre imperturbable. Sus callejuelas y rincones, aunque pletóricas de rancio desaliño, eran tranquilas hasta el día en que empezaron a consumarse asesinatos en serie de felinos. Con el tiempo, se fueron conociendo las sutiles prácticas macabras que ultimaban a las bestias inermes que aparecían tiesas con la rigidez de la muerte en las calles empedradas. Muchos decían que la autora intelectual de estos crímenes era la carnicera del barrio, que ofrecía monedas de ardite a mozalbetes ociosos para que colocaran desechos de comida revueltos con aldicarb en sitios específicos, previamente calculados por ella. Por esos días, se oyó hablar a la carnicera de las misteriosas desapariciones de sus corpiños y pantaletas que, con anterioridad, muchos habían visto en boca de Hedónico, un gato que colmaba sus deseos sexuales rozando el vientre bajo con aquellos artículos y que también fue víctima del exterminio.

Para algunos habitantes de January Sixth no resultaba inaudita la espantosa carnicería gatuna. Era extendida la creencia popular de que los gatos eran en realidad brujas disfrazadas. Muchos admitían loros, perros y hasta conejos como mascotas, pero no toleraban la presencia de los gatos por considerarlos un inequívoco símbolo luciferino. De alguna manera, los habitantes eran cómplices directos o indirectos de toda esta mortandad, de la desaparición paulatina de una comunidad cuyos únicos delitos eran los de propiciar batallas campales en los tejados y mantener en raya a los desagradables roedores.

Pero esta maquiavélica confabulación humana en contra de los gatos del vecindario, tan indigna de toda razón y tan ajena a la cordura, lejos de lograr una completa aniquilación, lo único que logró fue enfurecer a Hanker, emperador del reino de las ánimas gatunas. Hanker envió una hueste de emisarios a aquella comunidad con el propósito inapelable de vengar los crímenes. La primera señal de vindicación apareció un lunes por la mañana, en la pared de una casona, ubicada al costado de una de las principales entradas del barrio, con la leyenda: “los asesinos de gatos son un peligro para la sociedad”. Por las noches, el ulular del viento traía maullidos equívocos que anunciaban la irrevocable sentencia contra January Sixth.

A pesar de las enigmáticas señales que presagiaban el inminente castigo contra los verdugos de los michinos, estos persistieron en la ominosa tarea por muchos días. No fue menos evidente la saña furiosa con la que acometían contra los felis silvestris catus. En las calles había terraplenes de fiambres de esta orden del reino animal. El tufo de la muerte giraba sin cesar con la sofocante brisa de febrero. Por el temor de una crisis sanitaria, se dispuso de unos terrenos en la periferia de la comarca para habilitar fosas comunes para gatos. La gestión fue liderada por el señor Bigote, vocero del barrio.

Otra de las señales que los impíos de January Sixth, católicos de pacotilla y condenados al averno, tomaron livianamente, surgió después de la mitad de un tiempo. Frente a la pared del primer mensaje, apareció la consigna: “es tiempo de destruir a todos los que han causado destrucción a la tierra”. En los días posteriores, siguieron sucediéndose los mojones en muros abandonados de la calle octava: “los asesinos tendrán su destino en el lago de fuego que arde con azufre”. “Fuera de la ciudad están los asesinos”.

En esos años en que estaba por dispensarse el juicio determinado por el emperador Hanker, nació Genaro, el gato comisionado para consumar el plan de su majestad en los estertores del holocausto. Pasarían seis meses y veintinueve días antes de que Genaro hiciera su fantasmagórica aparición en las escaleras de un cuartucho astroso de la calle octava. Su traza era despreciable y vil, como la de un gato huérfano. Nada había en él de particular que llamara la atención de otros felinos, ni mucho menos de los humanos hostiles de January Sixth. Nadie debía saber que Genaro estaba predestinado, no solo a castigar a los humanos insolentes, sino a redimir a incontables generaciones de felinos.

Después de cerciorarse de la hospitalidad que le prodigó una familia conocida como los peregrinos del mar rojo, Genaro se permitió la confianza de solazarse en los espacios de la vivienda de aquellos. Era una casa enorme, con ínfulas de mansión, hecha a la medida de las razas espigadas: un frenesí del espacio. La vez que éste se enfermó, todos temieron que hubiese sido víctima de las prácticas infalibles de la carnicera. Presagiaron lo peor. Genaro dejó entrever los síntomas de una vejez prematura. Permanecía inmóvil, moribundo, en estado vegetativo. Perdió el olfato y en su mirada se había desdibujado la intrepidez de los tiempos en que era el rey de los tejados. La madre de familia, una mujer supersticiosa, resolvió emplear uno de sus tantos remedios caseros para salvar la vida al ungido de Hanker: carbón mineral disuelto en agua, que suministró a jeringazos, vía oral. En tres días, el gato fue reestablecido y recuperó la salud de otros tiempos.

 

En este contexto vivió Genaro, gozando de completa libertad para desarrollar sus hábitos gatunos, en la tranquilidad apacible que significaba ser la mascota doméstica de los peregrinos del mar rojo. Bastó una semana para que fuese evidente el signo invariable de la gratitud del felino hacia su familia de humanos: aniquiló en su totalidad la colonia de ratones que habían hecho cama dentro de los contornos de la cocina. Genaro se volvió tan práctico que, una vez tenía su presa lista, se permitía el gusto de cebarla con hábiles y entretenidos movimientos de sus patas delanteras. Otras veces, aparecían plumas dispersas, en algún rincón de la casa, de la que era su ave predilecta: la tierrelita. Los conejos del vecindario temían ante su presencia. Una mañana, el padre de familia encontró un gazapo prendido de los dientes de Genaro. Era la mascota del niño Alfonso, emisario de la carnicera, encargado de envenenar felinos con aldicarb. Por fortuna, el jefe del hogar, en la penumbra de la madrugada, impidió el descuartizamiento del conejo y tiró el cadáver a un costado de la vía que conduce a la ciudad de los Santos Reyes. No dejó un rastro de sospecha. El secreto quedaría guardado entre la familia de los peregrinos hasta el día del juicio.

Genaro se familiarizó muy pronto con el resto de animales de la familia, a saber, el loro carasucia y un perro criollo de tamaño mediano, orejas puntiagudas, pelaje negro y patas color miel. Como retribución a la labor de la mascota felina, sus amos le permitieron conocer a una gatica escuálida, enteca y de colores llamativos que habían encontrado en las graderías de un parque de diversiones de la ciudad de Santa Marta. La danza de la fertilidad no tuvo tregua. El cortejo fue tan intenso y desaforado que se llegó a pensar en el carácter libidinoso de Genaro. La gata, a quien sus amos colocaron el nombre de Matices, por la diversidad de colores en su pelambre, rechazaba al principio sus intenciones, pero luego se acostumbró a los súbitos asaltos del yin yang andante: en la cocina, en la sala, en los cuartos, en el patio.

Genaro llegó a conocer la dicha de la procreación. Pese a que se unía sexualmente a Matices por simple placer corpóreo, reconoció su parentesco con la hembra y el macho que nacieron una tarde septembrina debajo de un baúl de cachivaches, en el primer patio de aquella casona. La prole felina retozaría por un tiempo efímero y huidizo en los espacios de la vivienda. Semanas después, la hembra desaparecería en extrañas circunstancias y el macho sería encontrado muerto en un andén de la calle octava, producto de un destripamiento efectuado por un mototaxista, de quien se creyó era otro agente de la carnicera asesina y autora intelectual de muchos decesos de gatos.

Matices murió una semana después del alumbramiento. Fue sometida al quirófano para extraer sus ovarios y útero y evitar así la reproducción futura. Frente a la causa de su deceso, se sostuvieron en su momento dos hipótesis. La primera involucró a uno de los hermanos de los peregrinos, quien, según esta versión, soltó la gasa que protegía la sutura, facilitando que uno de los gatos recién nacidos deshilara los puntos con que el veterinario había sellado la incisión en el abdomen de Matices. Esta versión fue la más aceptada porque nadie llegó a suponer que la gata hubiese anudado, fuera de su cuerpo, la gasa retirada.

La segunda versión, menos aceptada, determinaba que la gata se retiró con sus garras la gasa protectora, que fue encontrada con los amarres sin desatar en toda la ristra de nudos. La causa de la muerte de Matices fue un desprendimiento de órganos internos. Pese a los esfuerzos del veterinario y a la operación de emergencia que se efectuó para salvarle la vida, falleció dos días después, no sin antes sentir en su cuerpo una indescifrable agonía que despedazaba sus entrañas. Fue enterrada mientras caía una lluvia triste en el campo que se escogió para depositar los miles de cuerpos del genocidio colosal de January Sixth.

Genaro tuvo que arrostrar todos estos pesares, antes de hacerse inmortal en January Sixth. Estuvo devastado por la pronta desaparición de sus congéneres, pero pronto recobró el ánimo desarrollando labores de caza furtiva en los sitios menos peligrosos del vecindario, evitando la estela mortífera que iban dejando a su paso los agentes de la carnicera. Había nacido con la cualidad natural de reconocer el carmesí como un color salvífico. De hecho, los primeros pasos en dirección de la casa de los peregrinos, fueron motivados por la vistosidad de un paño rojo que colgaba de la puerta principal de la vivienda. Aquel distintivo habría de salvar de la muerte a la familia de los peregrinos cuando los emisarios de Hanker iniciaran la tarea de exterminio de todo primogénito de las familias de January Sixth; excepto la familia de la carnicera, de la cual morirían todos sus integrantes. El designio de Hanker era irrevocable. Los primogénitos comenzaban a morir y la comarca se hundía en lamentos por doquier.

El 22 de octubre del año siguiente fue la fecha fijada por Hanker para dispensar el juicio definitivo. Era un designio que ni aún las huestes del emperador conocían; sólo él tenía este tiempo bajo su potestad. El día de la consumación del castigo no traería consigo más muertes humanas. En lugar de ello, vendría una alucinante repoblación félida en el vecindario. El reducto de habitantes, con el dolor aún a cuestas por la muerte de sus primogénitos, presenció con gran estupor la índole del juicio: de la herida que Genaro tenía en el lóbulo frontal de su cerebro, producto de un combate reciente con Aquiles, su archirrival, emanaban innumerables especies de felinos, cual si fuesen productos manufacturados, que inmediatamente iban circundando los tejados en los que habían retozado los gatos de otros tiempos. De forma simultánea, las huestes de Hanker entonaban al unísono un coro angelical: ¡Digno eres de recibir la gloria! ¡Conforme a su proceder, has pagado a los humanos!

 

Alex Gutiérrez Navarro

Sobre el autor

Alex Gutiérrez Navarro

Alex Gutiérrez Navarro

Zarpazos de la nostalgia

Nacido en La Paz, Cesar y criado en Macondo, la sede del mundo jamás conocido. Escribe para imprimir fuerza a los relatos ordinarios a través de la extraordinaria conquista de la palabra impresa. Lector asiduo. Estudiante de la vida. Periodista y Comunicador Social en formación. 

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