Literatura

Ese intruso gato azul

Guillermo Valencia Hernández

18/05/2022 - 04:55

 

Ese intruso gato azul
Foto: Pixabay

Desde mi niñez juré que más nunca tendría un animal doméstico en mi casa. La decisión fue tomada encima del hueco donde había enterrado mi primer perro. Un chófer embriagado, hambriento de velocidad y sin el menor escrúpulo, dejó que sus llantas traseras le explotaran las vísceras al pobre Límber. Por ello, el juramento tendría que cumplirse hasta mi muerte.

Mis hijas siempre trataron de persuadirme diciéndome “que una casa sin animales es una casa sin alegrías”. Pero yo mantenía mi decisión por encima de cualquier argumento. Y más cuando la mirada agónica de Límber venían a mi memoria y a mi corazón a cada momento.

 El gato llegó de pronto. Y no le di importancia. Los animales callejeros, siempre serán animales callejeros- me decía yo. Entraban, recorrían la casa, curioseaban, comían y salían y se iban. Pero cuando la puerta de la casa se cerraba no quedaba ninguno. Y si algunos amagaban con quedarse, enseguida las escobas y los cinturones les anunciaban que la casa para ellos, era una “casa de paso”.

Pero el gato éste, fue haciéndose el pendejo. Primero, se la pasaba todo el día trepado en una de las columnas del muro de la entrada. Solo miraba y miraba. Y cuando yo lo veía, me apartaba su cara de gato rebelde, disimulando su interés por entrar, y se hacía el que estaba concentrado en los movimientos de la calle.  En ese lapso duró como dos meses. No sé cómo hizo para comer en ese tiempo. Y cómo soportó tanto desprecio de parte mía.

 Yo, a cada rato, le gritaba al gato:

“Ya te dije que yo aquí no acepto animales y menos gatos. Apestan la casa con su mierda a escondidas y cuando uno menos lo piensa se largan sin decir nada. Por eso mi abuela decía que “Cachaco, palomo y gato”, son tres animales ingratos.

 Pero él me miraba y nunca me respondía, Sus ojos de aguas divididas en líneas verdes amarillas y sus bigotes enrollados, daban la impresión de que por dentro se burlaba de mí. De mi gritería, de mis traumas y de mi paroxismo. Había en él una cierta educación que contrastaba con mi vulgaridad. Una meditación de monje que me hacía sentir un cualquiera.

Uno de sus primeros acercamientos con la casa fue cuando mi hijo menor, Jesús, le lanzó un pedazo de pan sin mi consentimiento. El gato no se tiró enseguida a cogerlo. Se quedó quieto. Me miró primero con su eterna mirada de tranquilidad. Y poquito a poquito, se fue deslizando sobre la columna. Un ojo en mí, y el otro en el pedazo de pan.

Yo agarré de inmediato el palo de la escoba. Y él se trepó enseguida en la columna de la entrada. Mis hijas me regañaron y me dijeron “que yo era un padre sin corazón. Me hicieron caer en cuenta que el gato había bajado de peso. Ya se le veían las costillas. Y que, si seguía así, se iba a morir de hambre”. Pero el gato no se inmutó.

 Solo se quedó quieto a escuchar mi perorata de loco:

“Se hacen los pendejos y se van metiendo poquito a poquito en la intimidad de uno. En los rincones, en la cocina, en los cuartos, como si fuesen familiares.  Y después, terminan comiéndose las carnes en los sartenes”.

El gato, trepado en su muro, azul bajo la luna, me miraba con una ironía que me enardecía la sangre. Había cierta burla, una callada ironía al escuchar mis palabras. De un solo tirón se trepó en el techo más próximo y se regodeó en su nuevo lugar. Jesús, esta vez, me ganó la batalla cuando le tiró un trozo de salchicha y él, de una forma indiferente, y sin quitarme la vista, medio la manoseó.

Cuando terminé de hablar, y entré a la casa dando un portazo, lleno de ira, con el cuerpo tembloroso por la caronería de ese animal. El gato, de la manera más despaciosa, se fue saboreando con lentitud la salchicha. La fue engullendo poco a poco. Como para que yo desde adentro me explotara de la rabia. Como si él supiera que lo estaba espiando por la ventana y viera en sus ojos agrandados una cierta melancolía de agradecimiento. Sentí un nudo en mi garganta.

El recuerdo de Límber se me vino de pronto. Apareció de nuevo en mi memoria su cuerpo tirado en la carretera, el corazón palpitante y un jadeo de muerte que se iba deteniendo poco a poco. Era un niño. Mi abuela-recuerdo que me dijo-: déjalo ir. Que nosotros somos lo que eternizamos el dolor, ellos no.

Al día siguiente, mis hijas se alarmaron al ver que el gato ya no estaba. Lo buscaron por todas partes y no lo encontraron. Jesús fue el que dijo que el gato estaba debajo de mi cama. Una rabia me subió por las arterias, y un impulso de maldad se me vino de pronto. Sin pensarlo agarré el palo de la escoba y me fui de inmediato para mi cuarto.

Allí estaba. Sentado sobre mis zapatos. Tranquilo. Ahora sus ojos eran unas pepas cristalinas y metidas en un líquido oscuro de aguas mansas. Cuando iba a levantar el palo, y a gritarle la falta de educación de entrar hasta mi cuarto, el gato alzó su pata derecha y me maulló. Mantuvo su pata levantada, y su mirada detenida en la mía.

Mi cuerpo se estremeció. Un frío empezó a recorrerme. Un vahído casi me manda al piso. Mis hijas me sujetaron de los brazos y me sentaron en el butacón de mi cuarto. Y de inmediato, el gato se me trepó en mis piernas y se me acomodó entre mis codos. Quise jalarlo a la fuerza y lanzarlo contra la pared, pero su lengua lamia tiernamente mis mejillas y mis orejas. Hice todo lo posible por recordar a Límber, pero su recuerdo apareció frío y lejano.

Ahora mi cuerpo temblaba, y mi piel se dejaba acariciar por un animal de pelos grises y amarillos. Mis ojos permanecieron inmóviles.  La mirada del gato seguía penetrando lo más íntimo de mí. Había venido de quién sabe dónde. Pero había venido para quedarse. Decidido a quedarse. Y lo había conseguido. Jesús y mis hijas se rieron. Sabían que su padre había perdido la batalla, que por mucha rabia que tuviera ya mis manos no tenían las fuerzas ni las ganas.

Entonces, recordé de nuevo a mi abuela cuando una vez le pregunté “que por qué ella prefería a los gatos”. Y ella, sin inmutarse, me respondió: “nadie le podrá ganar nunca a la existencia del amor y a la amistad de un gato mañoso y querendón”.

 

Guillermo Valencia Hernández

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