Literatura

El ocaso de la paloma

Álvaro Rojano Osorio

19/05/2022 - 04:50

 

El ocaso de la paloma

 

Cuando la paloma sintió en sus huesos el peso de los años acumulados y el cansancio producido por el trajín de una vida envuelta en deseos, algunos cumplidos, felicidades, tristezas y menosprecios, advirtió que había llegado el tiempo de sentar cabeza, de concretarse a vivir la vida de lo que era, un ave sola y anciana. Resignada, detuvo la vida que emprendió al descubrir el interés sexual que sentía por los palomos, con los que compartía el género, porque el suyo era femenino.

Las primeras luces del cansancio las contempló cuando confundió el rumor de las aguas del río rozando las piedras amarillas del puerto del Peñoncito, con el sonido de un grupo de aves que volaban hacia un alar distinto al suyo. Mientras que, la decisión de sentar cabeza estuvo asociada con la información que los palomos, que antes hacían de su morada un único destino, surcaban los aires rumbo hacia otros nidos.

Para entonces, su época de esplendor, cuando se hablaba en toda la región de su experiencia para complacer a los palomos, era una anécdota contada en cualquier esquina. Refulgente tiempo de amores y de felicidad que la moldeó como dama apasionada, la que al momento de complacer y ser complacida no se detenía a observar tamaño o color, a percibir humor u olor corporal.

Queriendo informarse de los nuevos acontecimientos que la rodeaban, tomó la costumbre de encontrar entre los rumores de la madrugada, lo que se hablaba. Ella, poco habituada a salir de su nido, dio unos pasos más allá de la sombra del alar para identificar el lugar del que provenía el murmullo, que solo acallaba las luces del sol un nuevo amanecer.

En esas indagaciones escuchó las voces de un grupo de palomas, de aflautado y delicado canto, que jugaban al amor, al sexo, con palomos de deslumbrante apariencia física, que conocía, porque fueron asiduos visitantes de su nido. Supo que las palomas, pese a su apariencia física delicada, a sus maneras exageradas de querer ser mujer, volaban serenas entre la neblina y el frío con el que el río baña el amanecer.  

La imaginación de lo que sucedía entre palomas y palomos la llevó a contrariar a la prudencia que se encargaba de recordarle la decisión que había tomado y las razones tuvo para hacerlo. Se aferraba a su experiencia sexual, con la que creyó poder volver a atraer a los palomos. Lo intentó, pero, después de utilizar distintos artilugios amorosos, le quedó el paladar invadido por un sabor a macho renuente a estar a su lado.

Sabiéndose derrotada, empleó distintas fórmulas para recuperar el espacio perdido con las nuevas palomas. Por eso buscó entre viejos papeles, que conservaba en un baúl, la receta de la buena suerte y ábrete puerta. De nada le valió trasnochar averiguando su porvenir con la irradiación de las estrellas. Tampoco el escribir sobre el agua plomiza de la alberca del patio los once reglones del abracadabra. También apeló al escrutinio del rugido de los vientos atravesados del río para saber de su futuro, pero, siempre obtuvo como respuesta que había mucha carne nueva como para desperdiciar un rato de deseos en una pila de hueso como ella.

Una madrugada, la conformidad, vestida de consejera, la visitó, le dijo que debía resignarse ante el poder de los hechos cumplidos. Entonces levanto la vista que mantenía dirigida hacia el desconsuelo, y con dignidad aceptó sus recomendaciones. Fue cuando se dedicó a aprovechar las tardes para recostar un asiento al tronco de un árbol de Carácter del hombretiempo en el que navegó en las aguas de sus recuerdos.

Recordó que, a los quince años de vida, su cuerpo era un hermoso y fornido árbol de guayacán, cuya sombra todos apetecían. Se acordaba de los palomos que la rodeaban, y de la manera como les reía, picara e insinuante. Coqueta sabía que la buscaban para ingresar, de manera furtiva, en su ruta de deseos abrasadores. Aunque, después de entregarse sin recato alguno, entendiera que su papel era el ser un medio para desahogarse.

En sus elucubraciones viajaba hasta el verano caluroso de principios de cada año, cuando el sol resplandecía en la arena volátil de la vieja calle donde estuvo el nido donde creció, en la que se enteró de su interés por los palomos. Recordaba el temor que sentía por las brisas de esta estación climática porque le arrebataban el almizcle de las tinturas que aplicaba en su rostro con engreída y vanidosa disposición. Brisas que portaban la arena aluvial que se depositaba en su cabeza, quitándole el brillo que con denuedo lograba darle a su plumaje con una pócima de brillantina.

También se acordaba de las noches veraniegas, de luna llena, en la que era feliz. Vestida de carnaval e invocando al dios Baco, ponía alas a su mente, volaba y cantaba como hembra llena de deseos carnales. Entonces, cuando el pueblo se cubría con el sonido del silencio, sentía los pasos del palomo al que esa noche le había llenado sus oídos de susurros de amor, le había hablado de las ganas ser poseída. Y mientras sentía que los pasos estaban más cerca de su nido, levantaba graciosamente su cuerpo sobre la punta de los pies y dando vuelta sobre estos hacía que su cola de cometa variopinta sonara al contactar con el aliento nocturno del río.

Después del desenfreno la madrugaba llegaba con rostro de incertidumbre, entonces la melancolía arrinconaba a la paloma en la esquina de la verdad de su vida. Descolorida salía a indagar, con los primeros cantos de los pájaros del amanecer, cuantos segundos más debió permanecer en el vientre de su madre para ser lo que siempre anheló, una mujer.

En esas tardes, mientras miraba al árbol de carácter del hombre florecer o que se marchitaran las flores, recordaba, con cara de frustración, su lucha por conquistar a un palomo para que fuera su compañero eterno, al que le entregaría hasta el último centavo de su existir, con quien compartiría su vida, sus esperanzas, sus frustraciones, su pobreza.

Cuando creyó haberlo logrado, volcaba sus atenciones hacia su pareja, entonces su única preocupación era complacerlo. El gozo la hacía cantar, a cualquier hora, cantos de otras aves. Vestía de atuendos hechos con flores de girasol para que el sol no dejara de calentar sus amoríos. Era usual que lanzara morrocotas de oro al foso de la buena suerte para que sus amores permanecieran en un viaje feliz, con vientos favorables en el tiempo y la distancia.

Se sentía montada, como una ninfa coronada, en el carruaje de Plutón, que alado por los tres caballos de la noche, iba a través de los caminos de la fantasía. Buscaba en el campo hierbas para preparar brebajes y líquidos que con fe regaba en su morada, para conservar su convivencia marital.

Pero, a pesar de la felicidad que invadía su alma, la incertidumbre alcanzaba a alojarse en su mente. Entonces se presentaba un apretado forcejeo entre el corazón y la razón por imponer lo que cada quien entendía como la verdad. El corazón le decía al oído, con voz de niña mimada, que en el amor se debían correr riesgos cuando se quería conquistar el corazón de quien se pretendía o amaba.

La razón, por su parte, con su voz varonil, que a ratos le hacía crispar el pico a la paloma, le hablaba de comprender que tarde o temprano el palomo extendería sus alas y partiría hacia lo gris de una nube repentina. Que un día cualquiera, arreglaba la maleta y sin un beso y sin un “mamita, no te preocupes que yo, regreso”, tomaba el camino del más nunca volver.

Entonces, cuando las palabras premonitorias de la razón se transformaban en realidad, su llanto disolvía las pinturas color a guiso de hicotea que cubrían su cara. La tonalidad de su alma se desteñía como cadeneta confeccionada con papel cometa a la que un lunes de carnaval la lluvia veraniega la sorprendía en la mitad de una calle cualquiera anunciando un salón de baile.

Las flores de Heliotropo que guindaban en sus sienes se marchitaban, y el olor a vainilla de éstas era reemplazado por el de la frustración. Lloraba a gritos tendidos en el callejón de la realidad. Cuando la conformidad llegaba a lo más hondo de su ser, comprendía que del ave ida únicamente le quedaba la certeza de que ambos portaban astas viriles, pero que el suyo jamás le había dispensado la felicidad que experimentaban quienes la accedían carnalmente.

 

Álvaro Rojano Osorio

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Autor de  los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).

Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).

Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.

@o_rojano

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