Literatura

Confesiones de una Estrella

Pepe Morón Reales

14/11/2012 - 11:27

 

Qué lindo verte así, tus párpados serenos y tus labios inmóviles acompañan la neutralidad de tus gestos. Cuánta calma en un solo ser. Pareces tranquila, lejos de todo pensamiento doloroso. Evoca tu quietud a María santísima, esa virgen que de niño me enseñaste a amar. Cuánta paz. Tu cabello desordenado deja ver los hilos cenizos a los que siempre llamaste experiencia. Pareces una pintura sombreada, la luz que te acaricia dibuja tu silueta y ese lienzo blanco sobre el que te encuentras se transforma en el lugar perfecto para descansar.

Soy tu hijo y aunque la muerte separó nuestros caminos eso nunca cambiará. Tus regaños forjaron mi carácter, tus caricias me enseñaron el perdón, fue tu voz la que siempre logró calmarme, tus consejos, tu lucidez permanente, tus defectos; cada vivencia, cada lágrima, cada recuerdo. Podría estar toda una vida a tu lado detallando sensaciones, imágenes empañadas en llanto que darían al momento una esencia masoquista, efecto de soga que aprieta el estómago y te corta la respiración. Palabras, que escritas en un papel se niegan a ser arrasadas por el viento, quemadas por el tiempo y olvidadas, desplazadas por palabras más recientes

Siempre pensé que este momento sería más triste. Sí, lo pensé aunque desde niño me preparaste para este tipo de despedidas. Ahora mismo podría caminar a mi habitación, colocarme una de las vestimentas de ocasiones especiales y afeitar mi barba. La camisa blanca estaría bien, es de mangas largas y siempre decías que con ella me veía interesante. No sé si mis zapatos negros están lustrados, tendría que buscarlos y limpiarlos. Sería una buena oportunidad para usar la cadenita de oro que me regalaste en algún cumpleaños, siempre tuve miedo de perderla y por eso no la usé; la última vez que la vi estaba debajo de mis calcetines, en la gaveta de mi ropa interior; tenía un solo medallón, una de las caras nunca me gustó, escondía un sagrado corazón, esa imagen nunca me inspiró nada; en el lado opuesto estaba la virgen de Guadalupe, supongo que por eso me la compraste, ¿Sabes? aunque no la usaba, cuando era niño la guardaba debajo de mi almohada, antes de acostarme solía darle un beso y regresarla a su lugar. Ya te extraño, desearía despertarme alterado como de alguna pesadilla, darle un beso a la medalla y mirar la noche por la ventana hasta que, nuevamente, me atrapara el sueño.

Ojalá pudieras ver la luna, está distinta. Ojalá pudieras sentarte a mi lado en el balcón como cada noche. Sacabas del costado de la silla un paquete de cigarros que escondías de papá, encendías uno mientras, sigilosa, observabas que él no estuviera cerca. El fuego de un fósforo alumbraba momentáneamente tus facciones y luego el cocuyo del cigarro acompañaba tus pesares. Cuántas cosas querías cambiar; el mal genio del viejo, tu constante dolor en las piernas. Con qué poco te enojabas y con qué poco te alcanzaba para ser feliz. Ojalá pudieras escucharme, una mezcla entre poeta fatalista y anciano coleccionista de memorias. Lo siento, es solo que recuerdo cada una de las noches, con cada uno de sus detalles.

Entre tantas otras noches recuerdo la del sepelio de Nona. El cigarro fue acompañado por el silencio. Al terminarlo me miraste mientras apagabas la colilla en un improvisado cenicero de cartón. Tus ojos se llenaron de lágrimas que se negaban a caer por tus mejillas. Me hablaste de la muerte, decías que los seres queridos que morían permanecían vivos en nuestros recuerdos. Trataste de convencerme que al irte estarías mirándome desde una estrella. Al azar señalaste un lucero, mientras me abrazaste susurraste a mi oído que desde allí nos cuidaba la abuela. Con mis manos sequé tu rostro como lo hiciste muchas veces al ver que era yo el que lloraba.

Cuánta razón tenías, frente a tu ventana soy quien te acompaña, murmuro palabras de consuelo y trato de entender tu dolor. Nadie sabía que esto pasaría. Sentado en una estrella veo cómo duermes y escribo palabras de despedida. Sé que nunca leerás mis cartas. Ojalá pudiera hablarte, darte ánimos y sacar el dolor que dejé en tu corazón. Mamá, espero que al despertar te sientas más tranquila y que ésta noche al encender tu cigarro mires sin temor al cielo y recuerdes que en algún lucero estoy yo, tratando de convencer al viento que me deje acariciar tu rostro, tratando de persuadirlo para que me permita decirte un último adiós.

 

Pepe Morón Reales

Sobre el autor

Pepe Morón Reales

Pepe Morón Reales

Habemos PepeM

La Paz (Colombia, 1984). Después de interrumpir su carrera de medicina en la ciudad de Barranquilla, viajó a Bogotá a estudiar comunicación social. Ahí descubre su gusto por el teatro y comienza a introducirse, de a poco, en el mundo de las tablas. En el año 2007 se radica en Buenos Aires para formarse como periodista y combina su aprendizaje histriónico con su fascinación por la literatura.

En el 2009 participa en el concurso de Argentores y Metrovía y abre su primer blog donde intenta mostrar algunos de sus trabajos. A mediados del mismo año comienza a escribir Muerte De Cruz, su primera novela y la publica a finales de 2010.

Los años siguientes se vinculó con Gramática Comunicaciones, encargados de redactar los suplementos de Pymes y arquitectura de los diarios Clarín y Nación.

En el año 2012 se radica nuevamente en Colombia y ahí se prepara para el lanzamiento de su segundo libro llamado El Juego del Ahorcado.

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