Literatura

Carta a mi futuro hijo (II)

Luis Carlos Ramirez Lascarro

29/08/2022 - 05:15

 

Carta a mi futuro hijo (II)

 

Va a nacer, me dijo una voz presurosa desde el otro lado del teléfono, como si me descubriera el mundo o si me revelara un secreto. Sonreí. Ya lo presentía, ya te presentía, como cuando murió papá Juan, tu tatarabuelo materno, el que tocaba su redoblante en un extremo de la ciénaga, por Murillo y tu tatarabuela le reconocía el toque sentada en María Antonia, al otro extremo, pastoreándose el calor espeso con un abanico de palma amarga: ése es Juan, decía fumándose su eterno cigarro. No sé cómo hizo papá Juan, ni si lo hizo también con los demás y si no, porque me eligió a mí, pero algo, a cientos de kilómetros no me dejaba y me mantuvo viviendo su lento apagamiento, su agonía silenciosa, hasta el último momento, ardiendo en fiebre, revolcándome sobre mí mismo, con un dolor punzante en el bajo vientre, hasta que algo tronó como yuca y se me empezó a deshacer en las entrañas, tendiéndome entre dos aguas. Me fui durmiendo lento, lento, hasta que no tuve más lágrimas por esa noche. Ya yo sabía, respondí a tu tío cuando me contó, y sentí un alivio porque había descansado. ¡Fueron ciento tres años! Así te presentí, con la claridad y la potencia estruendosa de un rayo y la tersura refrescante del rocío sobre una cayena recién abierta, cuando ya no sabías como seguirte quedando en la pancita de mama,

¡Ya no cabías!, pero todo era tan cómodo para ti que parecía que no querías mudarte y menos para estos lares. Me tenías al borde de la locura. Fue la primera vez que medimos nuestras fuerzas, más bien, nuestras terquedades. Por primera vez en tu vida no te calmaban mis palabras ni las músicas que te he puesto a escuchar desde que supe que existías: ¡Ni siquiera los sonidos del mar que tanto nos gustan! Mamita me apretujaba la mano y te acariciaba debajo de su ombligo, tranquilícense, decía, pero el dolor era muy fuerte, cuando venía, y mamá por un momento se olvidaba de sonreír nerviosamente y me clavaba las uñas en las muñecas o en la espalda, junto al cuello de la camisa, hasta que le administraron algún tipo de calmante que suavizó sus gestos y las embestidas repentinas del dolor y hasta a ti te tranquilizó, gracias a Dios. Me vi rodeado de pronto por batas blancas bulliciosas, diligentes y distantes, casi todas me ignoraban en ese momento, pero una extendió una mano morena y sedante que me apartó de tu lado y me sembró en una salita de esperas, tibia, tenue y no muy grande, a decir verdad. Sus ojos dijeron: espere, y obedecí sin rechistar. Luego, como por encanto, se perdió el murmullo de batas empujándolos tras una puerta metálica, dejándome hundido en mis pensamientos: trataba de orar, pequeño –todavía no sé cómo te llamarás, mami dice que te llamarás “asío” o “asao” y no he encontrado forma de convencerla de que te llame como yo y tu abuelo, mucho menos como alguno de tus bisabuelos o tus tatarabuelos. Te llamaré como un famoso músico, seguro, como un rey o tal vez un profeta-, pero no era fácil hacerlo ordenadamente, recurriendo a todos los santos habidos y por haber, sobre todo a la virgen del Carmen, la patrona de nuestro pueblo. Digo “nuestro” porque la mayoría de tus muertos están allí, en Guamal, y uno es de donde tiene sus muertos, hijo. Además, muchos de los recuerdos y los miedos hereditarios que te determinarán en tu desarrollo están arraigados allá, así nunca vivas más de dos meses seguidos por esas tierras cálidas, coloradas, polvorientas y abandonadas por el estado y muchos de sus hijos: ésa es la tierra de la pata pelá y de la Marialuisa, de la Banda Once de Enero de Murillo con la que papá Juan amenizaba carnavales, matrimonios y fiestas patronales por toda la comarca y de la que salió el primo Indalecio hacia los Corraleros de Majagual, la del maestro Julio Erazo, uno de los compositores más prolíficos y completos de este país junto a los maestro Barros, Morales y Ochoa, la de Jimmy Zambrano, el famoso acordeonero, familia tuya también, la de los Ávila Martínez, hijos del señor Rafael Chito, artistas plásticos excelsos, herederos de un autodidacta que me ha conmovido con sus Marchas para la Semana Santa, únicas obras que creo conocerle. El mismo País de Pocabuy que el doctor Gnecco documentó en sus escritos difíciles de rastrear, la de los asaltantes del primer avión secuestrado en este lado del mundo: El HK – 101, por eso nos llaman “robaviones”.

*

A mi hermano –tal vez se llamaba Gabriel o José, quizá Joaquín–, que no conocí, le traje un carrito de cuerdas color vino tinto, ruedas anchas y ásperas, como para rally, lámparas enormes en la delantera y unas ventanas oscuras y endebles poco antes de la guerra del golfo: Pasé los días largos y aburridos de la guerra en cama, sancochándome en una fiebre caprichosa y altanera, oportuna para presenciar en directo, por CNN, los juegos pirotécnicos y la polvareda de la operación tormenta del desierto, con la cual se hizo retroceder al ejército iraquí de tierras kuwaitíes, sin entender mucho lo que pasaba y recordando los planes de juegos y niñerías con el hermano perdido en los laberintos del vientre materno y de la realidad difícil donde lo esperaba. Después de él vino Ángela, la inesperada chicuela convertida luego en la luz de nuestros ojos y tu niñera favorita. Terminó de aprender sus secretos de futura madre, alisándose el pelo largo y hermoso, mientras te cambiaba pañales como antes a sus muñecas de trapo y enseñaba los primeros acordes en su vieja pianola a tu primo Luis Alejandro: el gigantón bullicioso que te ha estado enseñando a jugar fútbol en la calle y el Xbox. Varias veces que te le hiciste encima a tu tía y ahora que ya te sientes hombrecito e independiente ni te acordarás. Cuando me revolcaba en la cama angosta y rígida de las fiebres de la guerra, imaginaba a mi hermanito a mi lado, tirándome encima el carrito escogido con todo el cariño inocente y la emoción desbordada de los primeros siete años, pero enseguida se me dispersaban con la ventisca de la noticia de las nubes tibias y refulgentes de los sueños.

Aún recuerdo la mirada sin fondo de la abuela Niche, mi vieja, sentada en una esquina de la cama de sus amores y angustias, la misma donde reza el rosario diariamente, despetalándose los rizos del pelo, enhebrando una apretada trenza negra que destejía y volvía a tejer, cuando nos dio la noticia de su pérdida y sentí que se me arrancaba algo en el fondo, donde dicen que queda el alma, y se me amontonaba en la garganta y los ojos. Sus palabras me cayeron como un escupitajo en el rostro. Lloré. No sé si con rabia o con angustia, no sé ni porqué, pero clavé el rostro en el colchón de los saltos clandestinos que nos acompañaba desde Caracas y bañé el carrito de cuerdas antes de apretarlo contra mi pecho acezante, enroscado como un caracol en el regazo impotente de mi madre. No recuerdo qué dijo papá ni qué líneas se dibujaron en su rostro. Tu abuelo Pili es un hombre difícil, a veces, e imagino que debía tratar de guardar compostura para dar fuerza a su mujer y sus hijos. Menuda tarea. Ahora lo vuelvo a ver de espaldas a mi madre, mirando a ninguna parte, traspasando la pared del cuarto mientras cargaba a tu tío David Alejandro, de unos cuatro años entonces.

Amé a mi hermanito en el brillo de los ojos de mamá, en las ropas diminutas y suaves que le bordaba con esmero y ansiedad, en las canciones de cuna que balbuceaba mientras cocinaba o tendía la ropa, en las pataditas que buscaba en el vientre de mami -creía que sería igual de inquieto que David-, y en la risa que me causaba verla mover el abdomen como bailarina de Arabia. Lo amé en el empeño y la laboriosidad de papá, en los pasatiempos y en los dulces traídos en sus numerosos viajes, siempre guardaba unos para el hermanito que se avecinaba, en las disputas secretas con tu tío a ver quién lo cargaría primero. Lo imaginé cabalgando en las piernas y reír a carcajadas cuando papá lo rozara con su barba filuda y su aliento de campesino estudiado: el abuelo Pili, en verdad, puede ser citadino o pueblerino, a él le da igual. Nacido en el pueblito más viejo y largo de la costa, el de las siete iglesias y los marqueses, criado entre un desorden de burros, arrieros, vacas, chivos y bultos de maíz, fríjol y ajonjolí, con disciplina marcial y escasez de las aventuras propias de la infancia, educado en un colegio aristocrático de la engreída Cartagena y vuelto por decisión propia, con ternura y pericia, a labrar y consentir la tierra por donde el sol se le mete hasta el alma y la brisa refrescante le desordena el pelo de indio desconfiado cada amanecer luminoso y aromado frente a la ciénaga de sus sueños.

A mi hermano lo imaginé alto un día de estos, fornido, valiente y locuaz desde sus primeros años. Soñé con enseñarle secretos de la biblioteca familiar, tan grande que a veces me asustaba, hasta diluirse en una veintena de volúmenes de la enciclopedia Barsa y la Cumbre, varios manuales de medicina interna y general, dos vademécum tan viejos como el polvo y unas revistas de armas y aviones de mi tío Pom. Pensé mostrarle los mismos dibujos multicolores donde conocí cíclopes, argonautas, medusas, faraones, zares, emperadores, pirámides, torres, puentes, guepardos, ligres, estrechos, asesinos seriales, flores, detectives infalibles, gusanos, intestinos, prismas y octaedros. A veces lo recuerdo con tristeza y no entiendo cómo pude y puedo amarlo sin llegar siquiera a sentirlo bajo las batas de mamá. Hubiera rabiado con sus travesuras o sonreído y corrido a protegerlo o esconderle cuando no quisiera que le pasara algo malo, habríamos saltado de ramas de nísperos, naranjos, marañones o guayabos y nos hubiéramos revolcado como unos lechones en un lodazal de sonrisas abriéndoles pequeños canales a los árboles del patio, imaginándolos trincheras de una batalla sin tiros y donde los caídos de pronto saltan de nuevo planeando una emboscada de azahares y terroncitos y luego un ancho río difícil de embalsar a pesar de la pericia de los bogas y el calado de las embarcaciones, a medida que papá los fuera llenando. Le hubiera confiado mis secretos de hermano mayor, sé que me habría alcahueteado cuando, dando una vuelta por ahí, me distrajera hablando atontado con la niña que, entonces, me gustara y le cambiaría su silencio por otra vuelta en moto o cicla y un raspao enorme o una coca cola y una empanada donde Juaco.

Era una parte de mí y sé que él también me amó a pesar de que no pudimos disfrutarnos como quisimos, me lo ha dicho cuando ha venido a sentarse al borde de mi cama, junto a mis pies, velando mi sueño y sé que va a estar contigo cuando yo no pueda permanecer a tu lado. Lo reconocerás sin sobresaltos, es tu sangre y esa jamás engaña pequeño. Seguro su alma era tan perfecta que sólo necesitó medio materializarse para completar esta parte del ciclo y volver donde el Gran Hacedor, a gozar del privilegio de su contemplación. Ahora se está sonriendo mientras te escribo estas cosas, al lado de Luisa Margarita, la primita que tampoco conociste y que falleció hace poco, de un síndrome extraño, de un tal Reyé, que nos la arrebató cuando apenas empezaba a florecer: Recién llegaba de un doble turno de trabajo y trataba de pescar el sueño esquivo cuando me soltaron la noticia de un tajo: Se murió la nena, marica… Le había iniciado con unas fiebres inexplicables que no cedieron a ningún artificio y se transformaron en unas nauseas incontrolables, que se la fueron llevando en sus arcadas fulminantes. Nada pudieron hacer, sólo dilatar su triste partida. Me estremecí: Ni siquiera pude llorar. Traté de asimilar la noticia con un vaso de agua y un par de trompadas a las paredes peladas, mientras telefoneaba para sacarme el tarugo que se me desbordaba por la garganta y tramitaba un permiso laboral. El viaje más largo de mi vida, fue el viaje de esa tarde a Cartagena. Parecía que la hubieran rodado de puesto en medio de nuestra desolación. El carmesí del sol volvía a ocultarse detrás de las casonas del centro amurallado, resbalándose sobre el cerro de la popa, hasta descansar en el mar inmensurable y eterno. La muerte se me plantó en los ojos de mi tía Ana, retándome a verla sobre una mesa de laboratorio, llevarla al ataúd y acompañarla en su largo retorno hasta el pueblo y despedirla en el mausoleo familiar, dibujando mi cariño en el cemento fresco de su tumba. Aún hoy día me sigue rondando, con los sonidos que trajo a nuestros oídos, las lágrimas que puso en nuestros ojos y una tristeza en el alma que sólo logra aliviarse cuando recuerdo su bella sonrisa, sus ademanes de princesa y veo juguetear a su sobrina Luisa Daniela. Hermosa.

*

¿Cuánto tiempo habrá pasado desde el principio? Desde que empezaste a formarte, minúsculamente, ojo por ojo y diente por diente, e incluso ya te formábamos desde antes, hijo mío, por completo, en mis sueños de niña consentida, amasando los pensamientos de tierra que después le vendía a mis hermanos como los postres más ricos de este y de todos los mundos, rumiándolos dulcemente cuando empecé a dejar de pedir dulces porque ángeles somos del cielo venimos, qué vergüenza, yo ya con estas téticas con las que te alimenté tanto brotándome como dos limoncitos y jugando a la lleva al ¡triqui, triqui, triqui tran! Cuánto tiempo, pequeño, en ese incontenible caos del cual fuiste apareciendo, poco poquito a poco, a la par de las náuseas recurrentes de tu mami linda de mis amores, sus antojos desquiciantes y la hinchazón de su pancita de tu santo reino antes de llegar a este mundo. Hace cuantos años hoy nos atrevimos a darte cabida como un juego, un juguete nuevo de niños, como un buscarme a escondidas en los dobladillos de mi intimidad infranqueable de impúber debutante, en la sorpresa de sangre, mami, corre, mami, que me muero. Ay qué pena que se me manchó la panta… leta, como un temor tantas otras veces disipado a veces con un artífico de droguería y otras con auxilios celestiales, al fin, como una dulce y añorada noticia, mi negra de mi alma mía. Al fin ha llegado el tiempo de conocerte, pequeñín, pero tú quieres tomarte tu tiempo: ¡Hey¡ Oigan… Ey, se está saliendo el líquido, cierren esa puerta, madre mía que me tienes guardado en tu vientre, donde te has metido ahora que quieren matarme, carajo, antes de haberme parido, que es lo que pasas que ya no me arrullas ni me acaricias bajo tu panza: ¿Y eso? ¿Esa manguera qué es? ¿Y esas tijeras, y esas pinzas?

¡Aguanten! Ése era un movimiento mecánico, calculado, como lo son muchas cosas en este mundo que recién estrenas y recién te estrena. Lastimosamente, irás aprendiendo esta verdad tan triste al ir perdiendo el asombro, cuando sepas claramente el color que tienen los colores y distingas el sabor que tienen los sabores y le hayas inventado una explicación a cada cosa que no puedas entender mientras te vayas poniendo viejo en tu cuerpo de niño y se te olvide que la felicidad es una manera de vivir la vida, no lo que esperas tener y conseguir cuando estés cansado, tullido e inservible y hayas malgastado tu vida persiguiendo fantasmas mezquinos. Al fin, la voz, mi voz, hijo, tu voz, madre mía de mi garganta desgañitada, la voz de siempre, carajo, pero por qué se demoró tanto en volver y qué es esto, esta cosa donde me han metido ahora tan esponjocita y suavecita, como huele de rico y no está mojada, pero se oye rara tu voz, madre, como que acabas de despertarte mientras yo tratando de darme con el monstruo ese de ocho patas con tijeras y pinzas y tubos y el sol prestado, ¿Por qué te oyes así? No te acabas de despertar del todo cuando ya casi debiéramos ir a dormirnos o es que tienes mucha pereza, no te entiendo, pero no importa, de todas formas, con la lengua envolatada, te sientes como cuando todavía estaba allá en mi reino húmedo y pegajoso y no aquí, que no sé ni que es esto ni a dónde me llevan ni si me llevan contigo y si nos llevarán la música que tanto nos gusta y nos hace dormirnos, madre.

Nadie comprenderá el misterio, el asombro de esos ojos radiantes, cafés profundos, fijos, que te buscaban reconociéndote en tu desnudez de animal pensante, queriendo abarcarte en tu fragilidad de mono lampiño, como comprendiéndote sin poder explicarte y queriendo abrazarte sin lograrlo en su perplejidad acezante. Eran los de tu padre. Yo. No lo has notado y quizá no notes nunca que quedó atrapado a tus caprichos y necesidades apenas empuñaste su dedo con tu manita temblorosa y fue el hombre más feliz del mundo cuando susurraste cualquier cosa poco después de tu primera sonrisa y muchos llantos. La primera bocanada de aire siempre duele, muchacho, ése es el precio del milagro. Tu madre, la madre mía de mis ojitos encandilados y mis nalguitas engarrotadas de frío es bella, celosa, penosa y risueña, como una cascada, robusta como la voz diáfana que te arrulla y envuelve desde sus entrañas. Yo soy el de las cosquillas, el que le pasaba su barba rasposa sobre la barriga, correteándote en tu reino líquido, el de la música aguda y sabrosona y el mismo que te levantó sobre su cabezota en el cuartito de la clínica, reparándote, respirándote, sonriéndote en la ceremonia del encuentro y mis lagrimas incontenibles bañaban mi rostro, hijo mío de mis trasnochos y mis cansancios, de mis miedos y mis angustias, de mis esperanzas diarias y mis alegrías, recuerdas, allá donde te restregaron con un trapo frío para limpiarte, recuerdas cuando al fin nos encontramos, el bulto negro, la luz brillante: Bienvenido, ¡eres el milagro¡

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Luis Carlos Ramírez Lascarro, Guamal, Magdalena, Colombia, 1984. Estudiante de Historia y Patrimonio en la Universidad del Magdalena. Autor de los libros: El acordeón de Juancho y otros cuentos y Semana Santa de Guamal, una reseña histórica; ambos con Fallidos editores en el 2020. Ha publicado en las antologías: Poesía Social sin banderas (2005); Polen para fecundar manantiales (2008); Con otra voz y Poemas inolvidables (2011); Tocando el viento (2012) Antología Nacional de Relata (2013), Diez años no son tanto y Antología Elipsis internacional (2021). Ponente invitado al Foro Vallenato Clásico en el marco del 49 Festival de la Leyenda Vallenata (2016) y al VI Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata (2017). Su ensayo: El Vallenato protesta fue incluido en el 4to Número de la Revista Vallenatología de la UPC (2017). En el 2019 escribe la obra teatral Flores de María, inspirada en el poema musical Alicia Adorada, montada por Maderos Teatro y participa como coautor del monólogo Cruselfa. Algunos de sus poemas han sido incluidos en la edición 30 de la Revista Mariamulata y la edición 6 de la Gaceta Hojalata (2020). Colaborador frecuente de la revista cultural La Gota fría del Fondo mixto de cultura de La Guajira. 

 

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