Literatura

Espera

Luis Carlos Ramirez Lascarro

08/11/2022 - 05:05

 

Espera

 

Este año, octubre ha durado casi todo el año. El universo se ha estado desgajando ininterrumpidamente en sus cuatro confines, sólo tomándose pequeñas pausas para reincorporarse con mayor temeridad y estruendo como si le hubieran jalado las horquetas a la ramada del cielo.

––Nos estamos pudriendo vivos y sin poder hacer nada para evitarlo ––dijo el hombre sacando sapos de detrás de las puertas con la punta de la abarca.

––La mayor parte del año lo hemos vivido con los huesos húmedos y la piel blandita y arrugada ––respondió la mujer, visiblemente fastidiada con el sereno incesante, dándole unos manducazos a un pantalón del colegio de uno de sus hijos.

Más de uno debió sentirse la columna esponjosa cuando pasó el aguacero de cincuenta días que iba de pueblo en pueblo y luego volvía, desgranándose en este sereno eterno que ya tiene enmohecidas hasta las conciencias.

––Pronto llegará diciembre con sus cielos límpidos y su calidez entrañable ––le dice el hombre a su mujer, intentando minimizar su fastidio, dejando de silbar un Porro que viene componiendo hace unos quince días.

––Estamos esperándolo desde hace como dos octubres y, la verdad, no pienso seguirlo esperando ––respondió la mujer esculcándose los bichos multiplicados por la humedad, durante una pequeña pausa en la lavandería.

La casa, era de bahareque y palma de vino, casi tan antigua como el mismo pueblo, sostenida en el horizonte que dibuja el río por un centenar de jaulas vacías desde que Alejandra entrara imponiendo su ley montemariana heredera de los cimarrones de María la alta. El lugar central es ocupado por la cocina, en cuyo centro se ubica una mesa larguísima que se extiende casi hasta llegar al ventanal desde donde la mujer controla toda la casa: los niños corriendo y saltando por el patio, los perros que salen por el callejón atosigando al que se acerca al portillo, las nuevas melodías que a su esposo le revolotean en el antejardín, los distintos cacareos de las gallinas, anunciando los huevos esperables en la postura diaria y la nueva cagada del presidente o alguno de sus ministros ineptos. Nada logra escapársele en ese pequeño territorio de su santo reino, menos, en el trance burbujeante que convierte el fondo de su paila ardiente en un pequeño aleph personal aromado y apetitoso.

El rayo inaugural del aguacero irrumpió en un cielo vidrioso. Reventó en medio de la plaza y entró a todas partes con su estropicio ensordecedor, resbalándose sobre las pieles lívidas y erizadas y bajo los muebles que pronto flotarían en una sopa espesa, oscura y nauseabunda.

––Tengamos paciencia ––dijo el hombre a su mujer, rodeándola por la cintura mientras caminan del lavadero a la cocina.

––¿Paciencia, Juan? Sabes que hay cosas que no esperan ––le dijo anudándose el delantal rojo que había bordado durante los primeros días del aguacero, aprovechando el ocio festivo antes del infierno regional de esta creciente sin Dios ni madre.

El pueblo se asienta sobre unas barrancas bermejas que hace mucho tiempo fueron su barrera natural ante los embates del río, pero a causa de la sedimentación incontrolada han venido desapareciendo, así como desapareció el frenesí comercial que desataban los vapores, lanchas y remolcadores que atracaban en la plaza, trayendo entre sus aspas una pequeña bonanza que no se ha podido volver a tener más de medio siglo después.

––Pero el río está bajando en El Banco ––dijeron en la cooperativa, mija.

––¡Ja! Ha bajado tantas veces y en ocasiones tan decididamente que hemos llegado a creerle, pero hace más de un año que se volvió loco: ¡Ya la tierra no soporta una gota más! ––gritó la mujer, tirando unos calderos en el lavaplatos y girándose hacia su esposo con los ojos encendidos.

––Quizá la niña pueda conseguir un trabajo pronto y nos dé una manito, ¿no crees?

––Es que la cosa está tan dura… ojalá luna pueda ayudarnos ––suspiró.

Cuando Luna se fue a estudiar a Barranquilla fue la única vez en su vida que salió desde el pueblo en chalupa, rumbo a Magangué. Esa creciente había sido la más grande hasta ahora y, aunque a la mujer le daba miedo el río, decidió mandar a su hija por ese medio porque prefería que se la tragara el río antes de que la guerrilla se quedara con ella en una pesca milagrosa.

––Imagínate, mija, que el otro día, en Mompox, me preguntaron si ya el pueblo se había hundido, olvidando que sólo faltaba un escalón en la albarrada para que el río borboritara entre sus casas y calles detenidas en el tiempo…

––¡No están ni tibios! El día que este pueblo se hunda ya a El Banco y a Mompox los tuvieron que haber pescado en bocas de ceniza hace rato. ¡Pendejos!

El pueblo siempre había sido tranquilo, hasta que comenzó a aparecer La última lágrima, esa camioneta maldita en la que los paramilitares pelaban los dientes como perros rabiosos y embarcaban a los paisanos a un viaje que casi nunca tenía retorno.

––¿Cuándo parará de llover, carajo? ––preguntó el hombre podándose los líquenes brotados entre la barba, mirándose en un espejito que fue de su padre y su abuelo y que tenía como cuarenta años de estar incrustado en la misma palma que el viejo Joaco lo puso cuando regresó de trabajar en Venezuela.

––Sabrá Mandrake ––respondió la mujer sin mirarlo, empezando a sazonar unos bocachicos para el almuerzo. Esto no tiene precedentes, la madre. No creo que haya ser vivo que viera algo peor…

––¡Se nos han mojado hasta los apellidos, mija! Figúrate que a principios de septiembre ya el río estaba donde debería estar en diciembre, según las marcas del recuerdo.

––Si siguen así las cosas, querido, nos vamos a ir al carajo.

––Ñerda, mija… ¡calla esos ojos! Le dijo, sacudiendo la máquina de afeitar en el borde de la ponchera que les sirve de lavamanos.

––Nos vamos a morir oxidados, hombre.

––O de hambre, que es peor, mujer.

––¡Y nos van a tener que enterrar en canoa! ––exclamó la mujer metiéndose en el chinchorro mientras los pescados van inundando toda la casa con sus aromas alucinantes.

––Más bien será dejarnos llevar por la corriente: Ya no está quedando pedazo de tierra seco...

––Y pensar que la única forma de irnos es en lancha, qué vaina: ¡Agua para huir del agua!

Juan conoció a Alejandra un atardecer, tras una pila de aguacates, en un kiosquito donde los vendía en el cruce de Gambote, en El Carmen. Venía de tocar por los lados de Chochó y se encontró en medio del ajetreo de ese pequeño mercado a la vera del camino con los ojos y la sonrisa más bellos que había visto en sus años de acordeonero trashumante. Cada vez que pasaba por El Carmen iba a visitarla hasta que se fueron juntos a crear su mundo lejos de la sabana. Siempre bailan, cuando él viene de un toque, la primera canción que le dedicó en serenata: Alma, corazón y vida, pero al estilo de Aníbal Velásquez y él siempre le dice, sonriente, pero yo si me acuerdo de cómo te vi…

––Ahí viene Tori, debe traer noticias frescas de la calle ––dijo el hombre sacudiendo un impermeable colgado en la ventana que le servía de espejo para peluquearse.

––Buenas –dijo– dejando las chancletas en la puerta de la calle. Yo creo que los parásitos se me están convirtiendo en gusarapos, coma ––dijo la mujer rodando un taburete al centro de la cocina.

––¿Y qué se dice? ––preguntó el hombre correteando goteras con unas jarras plásticas por toda la estancia.

––La carretera está partida en tres toletes y no pasan ni los mulos ni los tractores ––respondió Tori sonriendo, al sentarse.

––Eso era de suponerse ––dijo el hombre poniendo la última jarra al final del zaguán.

––¡La vida se nos está yendo en huirle al agua, carajo! ––sentenció la mujer, sentándose en el chinchorro que cuelgan a un costado de la cocina, pa reposar la jartura.

––Pero hay gente que le echa la culpa al alcalde, también de que se hayan anegado algunas calles ––añadió Tori.

––¡La gente sí es pendeja! ––dijo la mujer limpiándose el barro de las uñas blanditas.

––Hijueputas es que son ––dijo Tori acomodando su equipaje en una butaca.

––¿Eso quiere decir que Prevel tuvo la culpa de que Haití se desmoronara?, preguntó el hombre… sin obtener respuesta y sin esperarla, en realidad.

––Deberían reclamarle a san Pedro ––dijo Tori––, dejó hundir a Murillo, su pueblo.

––Esta inundación es porque al suegro de la Cabrales le tocó soltarle el mango al sartén ––concluyó la mujer, aunque puso al que quiso…

El hombre vio reflejada su sonrisa en el sudor de la taza de café cargado que se estaba sirviendo. Pensó en los huevones que se ponen a pelearse por unos políticos, sin darse cuenta que todos se tapan con la misma cobija y por los más pendejos aún que dicen que no les importa la política porque eso no les afecta.

––Ahora si nos jodimos ––dijo, y se recostó en un taburete, sorbiendo el café tan amargo como sentarse a ver las noticias en este país donde una masacre anuncia en sus estertores la siguiente.

––¿Y por qué no le echamos la culpa al padre? ––masculló la mujer.

––¡El padre no tiene la culpa! ––protestó Tori––. ¡Eso sí que no comadre!

––Es para que en los pasquines dejen descansar un rato al alcalde ––agregó divertido el hombre––, ya no encuentran qué hacer.

––Menos mal se le dio por construir la muralla y comprar esas bombas, porque con este invierno tan grande ahorita se sube el agua las escalinatas del puerto ––agregó la mujer.

––Mejor me voy ––dijo Tori––, no quiero cargar en mi conciencia ningún muerto.

––¡A todos nos va a acabar comiendo el mundo con sus dientes de lluvia, hagan lo que hagan y digan lo que digan esos peleles! ––sentenció la mujer.

––Los que mataban sin más allá ni más acá eran los Paracos, mija, si mal no recuerdo… a menos que fuera encargo…

Por un momento lo único que se escuchaba era el trepidar de la lluvia.

––Me voy ––dijo Tori––, con algo de miedo. Duerman bien acurrucaditos ––les dijo, sonriéndoles y guiñándoles un ojo.

––Mija… ––empezó a preguntar el hombre.

––¿Qué? ––le interrumpió su mujer, vociferando.

Vio en sus ojos, con total nitidez, el brillo de la cantaleta que ya sazonaba en sus entrañas y prefirió quedarse callado. Se levantó a llevar la taza a donde había bebido el café y se sentó, de nuevo. Ella supo su pregunta a través de su silencio y el ronronear de la lluvia incansable y le respondió, convencida: “No va a dejar de llover hasta que al cielo no le ronque y nadie podrá detenerlo, ¡así sigan hablando mierda a la diestra y siniestra!”.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Luis Carlos Ramírez Lascarro, Guamal, Magdalena, Colombia, 1984. Estudiante de Historia y Patrimonio en la Universidad del Magdalena. Autor de los libros: El acordeón de Juancho y otros cuentos y Semana Santa de Guamal, una reseña histórica; ambos con Fallidos editores en el 2020. Ha publicado en las antologías: Poesía Social sin banderas (2005); Polen para fecundar manantiales (2008); Con otra voz y Poemas inolvidables (2011); Tocando el viento (2012) Antología Nacional de Relata (2013), Diez años no son tanto y Antología Elipsis internacional (2021). Ponente invitado al Foro Vallenato Clásico en el marco del 49 Festival de la Leyenda Vallenata (2016) y al VI Encuentro Nacional de Investigadores de Música Vallenata (2017). Su ensayo: El Vallenato protesta fue incluido en el 4to Número de la Revista Vallenatología de la UPC (2017). En el 2019 escribe la obra teatral Flores de María, inspirada en el poema musical Alicia Adorada, montada por Maderos Teatro y participa como coautor del monólogo Cruselfa. Algunos de sus poemas han sido incluidos en la edición 30 de la Revista Mariamulata y la edición 6 de la Gaceta Hojalata (2020). Colaborador frecuente de la revista cultural La Gota fría del Fondo mixto de cultura de La Guajira. 

 

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