Literatura

Tigre

Martiniano Acosta

09/02/2023 - 08:30

 

Tigre

 

Sentada en esta banca del parque antes de entrar al curso de Tecnologías, pienso en mi situación. Somos ocho hermanos y los ocho vivimos del taller de mecánica que dejó papá porque hace un año un infarto lo derrotó en mitad de la sala. Soy mayor de edad, la única mujer y ocupo el cuarto lugar entre los siete hermanos restantes. Ellos no me llaman por mi nombre, sino que me dicen, cariñosamente para ellos, la reina. Pero siento que no soy la reina. No me tienen como una reina en la familia sino como una esclava. Dizque reina, para mí, es todo lo contrario. “Bendita entre los hombres”, me grita Adolfito, y me lo repite como para que se me pegue en la memoria como un chicle. Fernando, mientras hago el aseo en la sala, también me recuerda que quien quiera ser tu rey, tendrá que vérselas contra los siete. Y si estoy en la cocina preparando el almuerzo, Adolfito me grita, al oído, lo mismo. Tampoco me escapo de las palabras y los regaños de Tavo cuando barro y organizo en el patio todo el montón de piezas de los carros que traen para arreglarlos. Y si por casualidad asisto a alguna fiesta mientras descanso en un intermedio del baile, no faltan las órdenes de Martín que es el más gruñón. Eso fastidia. Aburre. Estoy harta de tanta cantaleta.

El curso de Tecnologías me gusta porque he avanzado en el manejo del computador. Muy pronto estaré capacitada y podré emplearme en alguna oficina y así ganarme algunos pesos y poder ayudar en la casa. Visiono mi futuro así. Ojalá sea posible.

La gente transita por las calles de Bahía del Mar como siempre: medio rostro alegre y el otro preocupado. Me distraigo mirándolas: una anciana que no puede atravesar la calle. Los autos ni siquiera se detienen, solo pitan y asustan a la anciana. Unos niños harapientos piden monedas o panes en la tienda de la esquina. En este parque hay un loco mugriento con bultos de basura a su lado, mira pasar a la gente y no se cansa de pedirles dinero o comida. Yo no le doy ni una moneda porque tengo los pasajes completos para regresar a casa tomando la ruta del bus, finalizadas las clases. Hay unos niños jugando básquet en la cancha, gritan desaforados, se maltratan tanto con apodos como golpeándose bruscamente el uno al otro. Y más allá, arriba, está Tigre sentado en las gradas de la cancha de básquet de este parque, cerca del frondoso árbol de trupillo que da sombra y frescura con sus ramas lisas y verdosas. Me imagino que coge fresco.

Lo he mirado varias veces y siento que él no me ha quitado la vista de encima desde que llegué aquí a reposar y a esperar que abran el instituto para entrar al curso. Mira como si estimara la distancia, como si contara los pasos que hay entre él y yo. No sé por qué anhelo que esa distancia se reduzca, se acorte por arte de magia o del amor.

Desde aquí me sigue inquietando su cuerpo firme, fuerte, su presencia arrolladora con esas rayas negras en todo su cuerpo que me ponen nerviosa, incluyendo su mirada amarilla como la luz del sol que a esta hora de la mañana se desparrama, así como se derrama mi curiosidad por Tigre que es bien apuesto, esbelto, y otea el horizonte con parsimonia como si acechara a su presa, que soy yo. Pienso en ese cuerpo que parece elástico.

Hay un cielo nítido que no tiene nubes que interrumpan la luz ni tampoco intercedan en este espacio que se ha creado entre Tigre y yo. La brisa de mayo toca mi piel erizada. Desde su sitio, me sonríe y yo le respondo con la misma gracia. Su piel color naranja y rayas negras refulge con la luz del sol que hoy me encanta, me motiva y me impulsa a mirarle su pecho musculoso y sus largos bigotes blancos. Tiene unos dientes lindos, muy blancos también; y su sonrisa luce tan llamativa que se me fija en la mente porque que no es igual a otras que he conocido. ¡Cómo me encanta su sonrisa felina!

Tigre se levanta de su sitio, apoyándose sobre sus largas garras que se ven fuertes, devoradoras y me las imagino rastreando la piel de mi espalda, de mi cuello, sus garras entretejiendo mi cabello lacio, como si ese tejido duro de las garras, formado por fibras, me rascara con esa combinación entre ternura y ferocidad, como se les ve raspando los árboles.

Sigo observándolo con disimulo. Él no me quita la vista de encima, tal vez, el sentirse descubierto por mí, develado por mi mirada lo ha inquietado. Pero lo que soy yo, no me he calmado. Tiro mi cabello largo, liso y negro hacia atrás en un gesto sensual, pero él no lo capta o se hace el desentendido haciendo un gesto de querer seguir siendo el rey mas no el conquistado.

Me como las uñas con ansiedad mientras sigo esperando las clases, pero juro y deseo que hoy no haya clases, que las puertas del instituto no se abran, que el profesor se enferme, que haya un cortocircuito eléctrico en el salón, que llueva, truene, no sé qué, pero que pase algo extraordinario.

Desde su sitio, me hace un gesto con la garra derecha como llamándome, como acércate, nena, ven, que nada te pasará. Ahora insiste, hace otro gesto: me guiña sus ojos que, en ese cierra y abre, el brillo y el color naranja resaltan, me siento hipnotizada. Ya no me intimida, al contrario, mis pies se levantan y se dirigen hacia allá con naturalidad. Camino altiva, despacio, esbelta, contoneando mi cintura porque sé que él me observa. Paso a paso, voy como una cierva. Gacela con donaire. Desde allá arriba oigo que me saluda y me dice que por qué tan sola. Yo me quedo en silencio. Muda como si el encuentro me hubiera vuelto una imbécil. Reacciono. Pienso decirle que no estoy sola, que no soy una mujer libre, pero el corazón hace tum-tum-tum como respondiendo, y solo le sonrío desde acá abajo.

Siento que mis manos no caben en ninguna parte. Y mis ojos menos, no saben dónde posarse: si en su hermoso pelaje negro y anaranjado, si en su cuerpo musculoso y firme, si en sus mandíbulas poderosas, si en su sonrisa o en su arrogante figura. Vibro cuando veo que empieza a bajar los escalones: desciende desde la cuarta grada, una a una, en breves saltos lentos. Se queda en el tercer escalón, me mira y avanza lento al segundo. Despacio, como midiendo el zarpazo, como si contara los escalones hasta llegar a mí, el último. Tiemblo y sonrío a la vez. Me siento también feliz porque viene a mi encuentro y me saluda, su garra aprieta mi mano derecha, es una piel acolchada suave que me trasmite la sensación de calor, de seguridad. Me estremezco. Olfateo su perfume extraño pero excitante.  Su cola, ligeramente larga, gruesa y con franjas, se mueve como la de un perro feliz.

Frente a mí, me cohíbe. He notado que me vuelvo pura risa.  Me advierte de la inseguridad de este parque. Su voz me timbra el corazón. La mañana me parece más espléndida. Las hojas de los árboles ríen. Las calles están adornadas todavía con festones de las fiestas decembrinas y las paredes aún con los anuncios de candidatos y de carnavales que afean, la ciudad, Bahía del Mar me parece sucia. Todo es distinto en estos minutos.  La brisa canta en mis oídos.  Las puertas del instituto siguen cerradas. La gente continúa en las calles como siempre corriendo, atravesándose a los carros, con una aparente alegría.

De pronto, me veo atrapada por Tigre. Pasa su brazo y me toma por la cintura. Yo no me niego. Me erizo. Él sonríe con sus hermosos dientes blancos. Caminamos. Oigo que me dice que el mar es como el amor, tranquilo a veces, tempestuoso otras. Avanzamos juntos. Siento que me aferro a él, que lo abrazo más y más y nadie ni siquiera las catorce manos juntas de mis hermanos podrán zafarme de Tigre.

 

Martiniano Acosta

Licenciado en Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico. Máster en Creación literaria de la Universidad de Internacional de Valencia (España). Ha publicado con la editorial de la Universidad del Magdalena: Bolsa de Valores (2008), Historias perversas para contarte, cuentos (2018) y Cuentos felinos II, III 2019, 2020). Felinos IV (2021), entre otros.

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