Literatura

Andrea Saíz muere de sí misma

Luis Mario Araújo Becerra

21/02/2023 - 03:55

 

Andrea Saíz muere de sí misma

Un criminal debe ser enfrentado con su crimen…

(Graham Greene, El americano impasible)

 

Andrea Saíz sintió el ruido, pero no se detuvo a pensar en el asunto. Le pareció algo imperceptible, sin importancia. Simplemente, siguió observando su mano con fijeza a ver si por aquellas cosas de la vida, ese día, por fin, podía leer en ellas su propio destino. Se quedó lela cuando en el río del corazón comenzaron a insinuarse vagas expresiones del futuro (de su futuro) que, así como aparecieron, desaparecieron sin avisar, sin decir nada. Ya había leído aquello de que, por alguna extraña facultad de Dios, les era vedado a los quirománticos y adivinos comprender su fortuna. Estaba vestida de negro, no por superstición ni pactos, sino porque le gustaba fundirse con la oscuridad del cuarto, sólo interrumpida por la blanda luz de la lámpara en el escritorio. Dio una vuelta. Se percató de que la puerta estaba completamente cerrada (closed), asegurada con el pequeño botón de la perilla. Entonces supo que era la hora. Se sentó a revisar los últimos apuntes e intentó el viaje en su imaginación, pues era clara la instrucción del texto:

 

“VISUALIZACIÓN PREVIA A LA PROYECCIÓN ASTRAL: Se trata de ver previamente el viaje astral, a través de la imaginación...puede imaginarse (para empezar) que viaja entre las estrellas y que accede al espacio exterior”.

 

Es posible -pensó- que pase a través del cosmos”. Y recordó que su interés por este viaje nació cuando supo que se podían ver las cosas en todas sus dimensiones sin las limitaciones del cuerpo físico. Que podría entender la realidad sin que estuviera escindida por las fragmentaciones que se generan en nuestros planos limitados. Que se harían evidentes a sus ojos las diminutas partículas del universo, como átomos y moléculas. Le incitaba la idea de poder volver de ese estado en que observaría cosas ocultas para la ciencia y así traerlas, revelarlas a los investigadores enredados en sus ciclos y teorías inútiles. Se levantó nuevamente, con pasos de bailarina, con el corazón palpitante (delator). Quiso cantar unas frases de Iron Maiden (la Doncella de Acero) y apenas balbuceó una flor fugaz, un tono iluso que cayó por el aire sin sostén. Su cabello se estiró hasta lo máximo, haciéndose visible porque era más negro que las tinieblas del sitio y más largo. Su mirada atravesó rompiente. Y la sonrisa iluminó el recinto por un segundo. Se detuvo en el punto exacto marcado como el centro del lugar; se sentó allí, doblando sus rodillas al estilo Hare Krisna. Siguió imaginando el viaje: sabía que encontraría las hadas en el astral, a los gnomos, a los duendes.

 

“Ellos evitan la presencia de los seres humanos, los detestan, los consideran seres inferiores, por eso se transforman a su voluntad en seres monstruosos para alejarlos.”

 

Así que, con prudencia, dio sus pasos en el bosque encantado y vio de reojo a un enano haciéndole bromas detestables al esfumarse entre la bruma. “¡Qué raro!” – se conmovió. Sobre su espalda sintió la respiración pesada de un vampiro. Huyó. Se había olvidado de que ellos también existían en este mundo de sueños. “Si en todas partes incineraran a los muertos no existirían los vampiros” –se dijo, pensando en lo que escribió Brodart en el siglo XIX[1]. Advirtió al Mago Negro y sus discípulos, siempre dispuestos a perpetuarse, “ROBANDO LA VITALIDAD DE OTROS SERES”. Los eludió sin recato, pues era mejor hacerlo, según le indicaba el sentido común. Por fin, en medio de todo, apareció un ser gemelo, idéntico a ella. Intento saludarle; pero se escabulló rápido antes de que le pudiera decir algo. Estuvo alegre por un rato por haberse encontrado en el astral. De pronto, salió de su ejercicio místico y percibió la completa soledad. El silencio. Sus padres estarían dormidos hace horas y sus hermanas, si acaso no dormían, estarían distraídas despetalando flores; tratando de establecer si el príncipe deseado las amaba. Su condición, en cambio, era diferente. En la mesita de noche yacían algunos libros de hechicería medieval o de historia de la humanidad. Se notaba su atracción por los condenados de la inquisición, los quemados en la hoguera. “Juana de Arco la escogida del Señor...”. La brujería era para ella la forma de encontrase, eso lo sabía. Por eso, tal vez, lo intentaba aquella noche, porque se podría ver desde fuera, conocerse hasta lo íntimo. Pensó en lo tierno que sería aquel detalle. Se acercaría en su cuerpo astral y se acariciaría el rostro, las mejillas; se entendería como nunca nadie. Llegaría a las profundidades. Era hermosa su meditación. A su alrededor, formando un círculo, estaban regadas las páginas de un libro de Baudelaire – su otra pasión -. (Se tomó el trabajo de desprender una por una y organizarlas en una ronda infinita, antes de emprender el trance). Alcanzó a leer “...Creo sentir, a veces, mi sangre en torrente...”. Y no escatimó esfuerzos, al fin, en descansar. Aterrizó definitivamente de su visualización. Empezó a respirar profundamente deteniendo el aire y, luego, exhalando con una sincronía perfecta. Se relajó porque conocía a cabalidad la importancia de la serenidad en este acto.

 

“PREPARACIÓN Y PRECAUCIONES PARA LA PROYECCIÓN: Una facultad básica para quienes pretenden realizar la proyección astral es la serenidad, que jamás debe perderse, pues ello podría dar lugar a una serie de trastornos que causarían terribles repercusiones en el orden físico y mental..., que pueden causar un desprendimiento total del proyectado”.

 

Analizó su autocontrol. Parecía ser el suficiente para iniciar. Se recostó dentro del círculo de páginas regadas. Musitó un último verso y cerró los ojos. Se sintió tranquila. Recordó otra vez los motivos que la llevaron a intentarlo. Vio en su mente los escritos de la orden Rosacruz que descansaban sobre la cama; vio las instrucciones de cartomancia y quiromancia; los CDs. “Todo esto –meditó– no es más que la búsqueda de mi esencia”. Por eso se atrevía; porque en medio de las confusiones diarias había aprendido a desentrañar lo oculto de la vida de los otros con sólo sentir las pulsaciones de la mano o detenerse en las sobras del café; pero los dioses le habían negado la oportunidad de escudriñar su sino. Comenzó a levantarse de su cuerpo. Lo sintió. De nuevo, empezó a visualizar para guiarse; alcanzó a descubrir a un Deva (a un ángel) que venía con la mano extendida para ella. (Porque los ángeles también habitan el plano astral). Notó su cordón de plata que se unía al cuerpo tirado sobre la alfombra gélida. De pronto, volvió a sentir el ruido, ahora más fuerte que nunca; percibió el estremecimiento sobre la carne, el aliento ardiente que salía a bocanadas sobre su rostro; no pudo resistir y abrió los ojos espantada. Estaba turbada. Esta vez no era un vampiro nacido de alucinaciones. El ruido siguió, persistente. No había nadie, aunque sabía de la presencia. Se paró de un salto y entonces la vio. Asombrada, se estrujó los ojos: el rostro era idéntico. Con la palidez de rosa rosa. El pelo extendido; negro y brillante. Era ella. Su mirada cruzó contundente. Tenía un traje totalmente negro, no por superstición sino por el gusto de fundirse en la penumbra. Le colgaba un cuchillo de la mano. Por primera vez se contempló sin tapujos, ni insinuaciones. No se asustó; mas el corazón le jugaba la mala pasada de acelerar y desacelerar a su antojo. Ahora la respiración fue cercana y real. Estaba parada al frente con la faz iluminada totalmente. ¡Qué bella se veía! Intentó cruzar unas palabras. La ternura de conocerse la tocó. “Andrea; yo soy Andrea” – saludó. La otra desde su orilla se rio, no con la misma ilusión sino con crueldad. Con la fría crueldad de hacer el mal. “Yo soy Andrea…tú” – le contestó enigmáticamente. Ambas temblaron al tenerse cerca. La otra tornó su gesto fuerte, duro, agreste, casi lleno de odio. Parecía flotar en una nube de humo gris; grisáceo, atolondrador. “Yo soy A…” – le repitió. El tiempo pareció detenerse en sus miradas mutuas. El ahogo llegó a la respiración de Andrea Saíz. La abordó el miedo. El temor. El augurio de sufrir. La asfixia de la muerte. “Yo soy...” – con voz de piedra. Y la magia se deshizo a pedacitos, sin vuelta atrás. Notó que no sólo era la cara, ahora terrorífica, lo que le causaba desazón. La silueta enemiga se dibujaba tenuemente tornándosele el iris “red” (rojo de sepulcro). Presintió por la cercanía de la otra lo que habría de pasar. El péndulo del destino golpeó fuerte. Con el cuchillo sostenido en su contra sintió una cortada leve y observó la sangre que brotaba secamente. (Su filo brillaba amenazante; con cero escrúpulos). Luego (se retorció) lo sintió en el abdomen, en las piernas, en el pecho; varias veces, sin cesar. Hasta caer aplastada por las puñaladas de la adversaria, rendida ante el sufrimiento de verse a los ojos; de encontrase tal cual. No soportó los embates (impotente) y quedó tendida sin aliento, agotada de la vida; sorprendida por haberse encontrado, por haber cumplido su sueño de hallarse por primera vez, así fuera en el más duro dolor: aquel de comprender lo que realmente somos, sin trampa alguna. Se rindió, entonces, con un último suspiro y se elevó entre las estrellas, sin despedida. 

Para Andrea Saíz, por su amor por lo oculto; por lo que algún día será revelado

 

Luis Mario Araujo Becerra 

 


[1] James Brodart. Puritano inglés investigador de las ciencias ocultas. Miembro emérito de la Sociedad de Investigación Psíquica de Londres, fundada en esta ciudad en 1882, cuyos integrantes formularon los siguientes principios de actuación de dicha “sociedad”: 1. Estudio de la clarividencia y otros fenómenos con ella relacionados. 2. Investigación de los fenómenos físicos espiritistas con el fin de descubrir y estudiar sus causas. 3. Investigación de disturbios en casas con fantasmas y de testimonios e Informes sobre apariciones espirituales antes de la muerte, en el momento de la muerte y después de la muerte.     

 

 

Sobre el autor

Luis Mario Araújo Becerra

Luis Mario Araújo Becerra

La reserva

Abogado, escritor y docente universitario. Autor de El Asombroso y otros relatos (cuentos), Literatura del Cesar: identidad y memoria (ensayo), Tras los pasos de un médico rural (ensayo), Las miradas a la guerra y La aldea (novela). Ha sido incluido en las antologías Cuentos Felinos 5, Tercera antología del cuento corto colombiano y Antología de cuento y poesía de escritores del Cesar. 

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