Literatura

Cómo escribo yo

Guillermo Valencia Hernández

24/05/2023 - 00:16

 

Cómo escribo yo

 

Yo escribo sentado y ligero de ropa. Específicamente de noche. En un cuarto lleno de santos y pinturas de cantadoras bullerengueras. Ahí, un mural de viracocha que pinté sirve de fondo a un cuadro de la virgen del Carmen y al orisha Ochosí —el mensajero que guía mi vida, según el sincretismo religioso de los yorubas—. Sólo puedo escribir en mi cuarto, que limita con la calle, llena de perros y picós, donde el ruido y la guachafita de la gente es la música nocturna, y las peleas a machete, el ritmo de la madrugada. Escribo de prisa. Agitado. Escuchando los quejidos de las lobas y de los coyotes en medio de la jarana del ron y de la droga. Escribo con rabia. Sigiloso.  Para que ni mis vecinos ni   los “dueños de la noche” sepan que escribo. El menor ruido, o cualquier luz encendida, me delataría. Haría que me empiecen a llamar, a pedirme dinero para comprar ron, o drogas. Y esto sería fatal, porque mis historias brotan de mis dedos, de mis viseras; un vómito que no permite un corte, una parada, o un lento receso.

Escribo a destiempo, fuera del curso normal de un escritor de oficio. Lo mío no es preparación, ni compromiso con el lector, ni anhelos de más querer de mis amigos, ni ganas de hacer plata. Lo mío viene de atrás, de la adolescencia, al decir de Mario Vargas Llosa en La Historia de un Deicidio, cuando mi madre muere, y la razón y el corazón me muestran que el padre siempre estuvo ausente. De ahí nace el vómito, la rabia, las ganas de decir lo que nunca hablé, y de escribir para que mis hermanos y posiblemente el padre leyeran y conocieran el dolor y el vacío que sentía por dentro. Quizás, una venganza oculta, o un desajuste con la realidad que me empezó a incomodar. A llenarme de situaciones y de personajes que entraban y salían a toda hora como si mi mente fuese una casa para albergar locos, prostitutas, asesinos, enfermos, viudas, y mi corazón —un laberinto lleno de recuerdos pavorosos— y mi memoria —una esponja impregnada de parajes, de trozos de calles oscuras, de baños llenos de semen, corredores lustrosos de menstruación, muertos congelados que me tocó robarme,  niños con los ojitos abiertos con palitos dormidos arropados con sabanas sucias, y velados con mechón que me tocó bautizar para que algún dios pudiera recibirlos en su reino celestial.

Escribo cuando mis recuerdos me atormentan y un impulso me atornilla de inmediato en un taburete de cuero frente a mi viejo computador de mesa —que dura diez minutos para abrir su pantalla—, y los recuerdos se van plasmando en historias: Un niño de catorce años sentado con dos ancianas que hablan con sus familiares muertos. Los familiares comunican cómo es “el vivir en la muerte” y éstos les contestan cómo se siente estar muerto en vida. Un niño que vive en un barrio de aguas negras, y zapatos guindados en los cables de la luz como pájaros que no cantan. Y en especial, un niño que se aguantó el entierro de la madre y sus respectivas nueve noches sentado sin decir nada bajo cinco gotas de agua que caían de un techo desfondado, y dos hermanas que salían a la calle en medio del velorio para ver si encontraban a su madre muerta caminando nuevamente. Esa debió ser la materia prima o el detonante para que en cualquier momento se jalara el gatillo y se diera el disparo de la escritura.

Cuando escribo no como, ni bebo mucha agua. No hablo. Sólo tomo café y escribo, escribo, y escribo hasta que termine. No pienso en título, ni en puntuación, ni en párrafos, ni en nada que tenga que ver con la gramática. Es sólo abrir la casa, para que lo que esté adentro salga y se libere. No sé si adentro, los recuerdos o situaciones que me atraviesan a diario se ponen de acuerdo para salir unos primeros que otros, o si los personajes van tomando su puesto sin pedir permiso. Yo sólo me siento en la noche de un tiempo que no determino y se hace la luz. O la noche. Lo justo o lo injusto. Lo global o lo local. Lo válido o lo no válido. Porque para mí, este oficio de escribir es como el acto de nacer. Nadie pide nacer. Sólo lo hacen, lo engendran y lo expulsan; un raro y extraño invento de la naturaleza animal.  Así es para mí la escritura, el acto de no pensar lo que se hace para que algo nazca. El acto de dejar escrita una historia que me tocó, me lamió, me entró, me dolió, se engendró en mí, para después sacarla, y descansar.

Escribir es un acto sudoroso donde me eyaculo todo. Misterioso quizás cuando se hace de esta manera. Una forma de retratar la realidad sin tener que inventar nada y sin tener que establecer una enemistad previa frente a un papel en blanco. Solo es sentarme de noche, cauteloso, orgánico, frente a un computador para abrir las puertas de la casa y que salga todo. Ese todo que habita en mí desde que tengo uso de razón.

Después viene el olvido, el desprendimiento de la escritura. Y aplico una frase que me ha marcado para siempre, una frase que leí por primera vez en la taberna “Palabra”, que dirigió por muchos años el escritor José Luis Garcés González, en la ciudad de Montería. La frase es del maestro Nicolás Gómez Dávila: “Que los textos que se dejan reposar se le salen solitas las palabras sobrantes”. Así, los dejo en reposo. Mucho tiempo en reposo. Hasta que en cualquier momento me siento y le echo una manito, le voy eliminando lo sobrante. Y después si soy radical, ya no los toco más, y busco a alguien que los lea y los corrija. Que específicamente es el mismo maestro José Luis, al que le ha tocado ser el corrector sin sueldo de estas historias que me salen de repente, y que él hace su trabajo, en la mayoría de los casos, de carnicero de oficio y no de carpintero. Porque no consiste en pulir la madera, sino en sacarle bien el filo al cuchillo para que corte al primer lector que se atraviese.

 

Guillermo Valencia Hernández

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