Literatura

Tacones al rojo

Andrés Elías Flórez Brum

20/06/2023 - 00:05

 

Tacones al rojo

 

Mi mujer despertó angustiada y bastante molesta.

De inmediato, se levantó y se sentó en el borde de la cama con la intención de ir, después de las ocho de la mañana a la administración del conjunto a entablar la denuncia.

—¡Cálmate!  —le dije— para qué nos vamos a ganar ese problema.

—Es que a ti no te molesta nada. No soporto más ese taconeo en mis oídos.

La persona se levantaba faltando un cuarto para las cuatro de la madrugada y empezaba a taconear por toda la sala y el comedor en el apartamento que quedaba encima del nuestro. Eran fuertes pisadas. Tacones que se sentían taladrar el piso. Acaso, ¿una mujer?...

Nos imaginábamos que se ponía los zapatos antes de entrar al baño. El grifo del lavamanos se escuchaba como el hilo grueso de una cascada de agua tibia. A veces el chorro era fuerte, a veces el agua fluía con suavidad. Pero cuando la persona volvía por la sala y el comedor el taconeo era insoportable en los oídos de mi mujer.

A mí también me importunaba ese incesante taconeo por toda la casa. Pero me arropaba pies y cabeza y apaciguaba el ruido de las pisadas que se colaban por el techo de nuestro apartamento. Me imaginaba unos tacones bastante altos, puntiagudos, con plataforma en las suelas.

Si era una mujer ninguno de los dos la conocíamos.

—Debe estar loca —dijo mi mujer— para levantarse a estas horas de la madrugada a taconear por toda la casa antes de bañarse.

—¿Cómo sabes que el taconeo es antes de bañarse? —inquirí.

—Ah, sí, por lo que veo estás enamorado de ella.

—¡Qué voy a estar yo enamorado de esa loca, si nunca la he visto! —exclamé lascivo.

—Tú eres muy lampuso —dijo mi mujer— a lo mejor la vienes esperando en el ascensor.

Ante la situación y lo que sentíamos, me propuse abordarla en la puerta general de la torre. El edificio tenía tres torres. Y nosotros teníamos el apartamento en el piso 5 de la torre 3. La mujer del taconeo suponíamos que vivía soltera en el piso de arriba. Así se daban las cosas, a las cuatro menos cuarto de la madrugada, sin falta, empezaba a taconear al caminar de un lugar a otro. 

Una mañana lo hice, la esperé a la salida del ascensor. Pero no bajó nadie. Aun, ni las personas que salían presurosas al trabajo. Al segundo día apareció un señor mayor envuelto en una bufanda roja y con una boina café de lana. Me saludó de manera afable. Le miré los zapatos. Eran de goma y no tenían tacones.

—No es el señor del chaleco y la bufanda roja —le dije a mi mujer. 

—¡Ah! Conque hace rato que andas detrás de ella. Ya conoces a todo el mundo en la torre. Hoy voy a la oficina de la administración y le comunico a la señora Gladys lo que está pasando. Ese taconeo todas las madrugadas no lo soporto más. Si es la manera de avisarte la hora en que va a salir, se va a fregar porque no te voy a dejar salir de las sábanas…

Ese martilleo de los zapatos se escuchaba siempre de lunes a viernes. No obstante, el sábado siguiente, a las cinco en punto, el apartamento se estremeció con el taconeo de ida y vuelta de la mujer.

—No es propietaria. Es una inquilina. Pero antes de ir a la administración la voy a retar a la salida del ascensor. O la espero en la puerta de su apartamento. Hasta le puedo timbrar.

—Mañana es domingo —le dije para que descansara.

—Entonces, la espero el lunes.

—El lunes es festivo.

—¡Bueno!, y… ¿cuál es tu interés para que no le llame la atención…? ¿O es que estás de remate por ella?

—Te juro que nunca la he visto. Ni entrando al edificio. Ni parada en la ventana.

No sé cómo se la imaginaba mi mujer. Si en bata de baño yendo y viniendo por entre los muebles. Yo me la imaginaba, por la hora, en ropa interior de colores vivos, rojo encendido, casi en llamarada. Los zapatos también en ese rojo violento y agresivo. La presentía caminando en brassier y en panty y con los zapatos de tacones altos y delgados y amarradas las hebillas en los empeines de los pies y parte de las piernas. Yendo y viniendo del lavamanos del baño hasta la cocina donde preparaba un café tinto o cerrero.

Con mi mujer se podría decir que estábamos recién casados. Un año largo hacía que habíamos adquirido el apartamento. No lo compramos sobre planos. Sino que pusimos el dedo sobre la hoja de los pocos que quedaban y nos tocó, por suerte o desdicha, este quinto piso. Ahora, en estos momentos, con el taconeo diario de la mujer del sexto piso. Desde que nos mudamos a lo nuestro llegamos con la intención de encargar.

De buscar en las noches, o en las tardes, la manera de concebir. De tener un hijo. Lo veníamos intentando ahora que estábamos en esta planta. Hasta que empezamos a despertarnos faltando un cuarto para las cuatro de la madrugada.

Ahora, justo cuando nos despertaban los tacones, luego de hablar del caso, hacíamos el amor con más voluptuosidad. Y se nos olvidaba el problema por un rato largo. 

Mientras nos tendíamos o nos acomodábamos, una polvera de la mesa de noche se cayó. No, no fue una polvera, fue el estuche de las sombras de mi mujer que estaba en mal puesto. Pero este ruido del estuche de las sombras se sumó al que venía de arriba y lo consideramos de buena suerte. Algo vendría en camino. Como el símbolo de una salamandra lenta en la pared de cal de una casa.

Mi mujer, después del acto, soltó a capela una risotada como si estuviera en la proyección de una comedia en un cinema. Yo lancé un suspiro feliz como si el cielo estuviese en la tierra. Aunque estábamos solos, habíamos ajustado y cerrado con llave la puerta de nuestro cuarto como para que no se entrometiera la mujer de los tacones. Hubo un celaje de enhorabuena en ambos y sentimos que los pasos de arriba se iban alejando.

En los intervalos del taconeo se nos ocurrió, a ambos, cambiar la cama de puesto.

—Apriétale las tuercas de los pernos de los pieceros y cabeceras. Ajustas las barandas —dijo mi mujer en estas, bastante animada. Cuando la cama estuvo lista cambió los tendidos y las fundas de las almohadas. Fue a la sala y puso un poco de música instrumental, piano. Y bajamos las persianas de las ventanas para recuperar la obscuridad a medida que empezaba la claridad de la mañana.

—No te vayas a engolosinar de que el amor tiene que ser todas las mañanitas cuando esa mujer empieza a taconear —me dijo de manera imperativa.

Me quedé mirándola y le dije:

—Si yo fuera un pirata y me faltara un ojo y una pata también estuviera loco por ti… Qué me va a importar esa chica del sexto que ni se deja ver.

—¡Ajá! Bucanero arrepentido. ¡Una chica! Fíjate que es cierto. ¿Para dónde vas a correr ahora?

Me trajo a la cama una pera y una manzana, peladas, en un plato hondo, con tenedor y cuchillo de mesa. Ella se tomó, junto a mí, un vaso de avena en agua. No le gustaban las frutas en ayunas.

En estos días, yo me había preocupado por comprarle ropa íntima. Brasieres y batas de colores vivos. Hacer que, apenas nos despertaba el ruido de los tacones, se pusiera estas prendas. Y que también se bajara de la cama y preparara el ambiente, a pesar de lo que ocurría arriba, para nuestra ceremonia, nuestro rito.

Antes de Navidad, y antes de que empezara la decoración decembrina, mi mujer tropezó, de manera casual, con la señora Gladys en la recepción. Subía de paso para el mezanine de su oficina. Pero…, ni le dijo nada, ni la siguió a su despacho. Por el contrario, la boca se le llenó de saliva al verle una bolsa de mangos verdes, biches, que llevaba en las manos.

Se vino corriendo a nuestro apartamento y al entrar saltó frente a mí:

—¡Amor, amor! —exclamó dichosa— ¡Los mangos biches! ¡Cielo de mi vida, estoy en cinta! ¡Estoy embarazada! Y nos fuimos en andas, abrazados, sobre el sofá de la sala.

 

Andrés Elías Flórez Brum

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