Literatura

Un mundo paralelo

Oscar E. Alfonso

22/01/2024 - 01:20

 

Un mundo paralelo

 

Somos el Gordo, el Flaco y el Medio. Le decimos Medio porque es medio gordo y medio flaco, medio loco y medio cuerdo, medio tonto y medio astuto, medio romántico y medio racional, medio bruto y medio inteligente. Y dejó salir lo medio inteligente para decirnos hace tres días:

—¡Vamos el viernes al café bar Les Rátes a escuchar hablar a un poeta mexicano que, además de versos, sabe hacer prosa! Ya hasta se ganó el concurso de cuento “Ciudad de Pupiales”. El café bar queda al otro lado de la calle del barra y tanga.

Medio tiene la costumbre de referenciar cualquier lugar según la ubicación del establecimiento nudista de sus sueños. Alguna vez nos confesó que la primera vez de enamorado sucedió allí, en medio de la ausencia de brasieres y la presencia de tangas. Mi primera experiencia de amor al estilo de Adán y Eva, afirmó.

—¿Les Rátes? —pregunté.

—Eso no traduce nada, pero al men dueño le sonó como chévere y se lo puso. Es un bar en defensa de la bohemia.

A Medio le gusta hablar de ese concurso porque ganárselo es su sueño; de ahí el deseo de ir a oír al poeta: contagiarse de su experticia. Para mí, luego de escuchar la invitación, detrás de sus palabras había algo más. Y para el Flaco también, por eso ante la propuesta nos miramos y nos dijimos en un mensaje a través de la mente: este lo que quiere es llevarnos a ver viejas medio desnudas, medio empelotas, pero le da pena aceptarlo: lo disimula con arte. Es que Medio es medio morboso y medio moralista, como todos, entonces trata de dejar salir solo a uno de los dos que lo habita dependiendo del momento en el cual esté. El Flaco movió la cabeza aprobando nuestra intuición.

Así que aquí estamos, esperando a que llegue el poeta, un poco demorado: hace 23 minutos tendría que haber arribado. Ya nos hemos tomado tres cervezas y empiezan a circular las ideas en su libre albedrío. Medio no le ha quitado el ojo al barra y tanga, aunque ha intentado que no lo descubramos. Lo sabíamos.

—¡Llegó, llegó! —anuncia el dueño del café bar.

Nos ubicamos donde mejor podemos. Hacen la presentación del invitado. Inicia con un poema sobre la muerte. Los oídos de Medio apuntan a la voz del lírico, sus ojos a los vidrios claroscuros del otro lado de la carrera 91, donde su musa vuela en libertad. El poeta explica el texto. Habla del sentido de la poética, de la catarsis y del motivo para el cual se vive: la muerte. Se huele que ya viene con unas copas en el cuerpo. Enamorado, Medio nos traslada a conocer su delirio. El poder de su mente sobre la nuestra nos hace salir del lugar, aunque nuestros cuerpos permanecen inmóviles. El poeta sigue en lo suyo, imbuido; nosotros detrás de nuestro amigo, deseosos. Llegamos. A media luz, el sitio está habitado por unas dieciséis mujeres y un tanto de hombres que no me interesa contar; creo que a mis amigos tampoco. Medio levanta tres dedos, el mesero entiende.

—¡Bienvenidos! —dice, y nos entrega las bebidas.

Una mujer se sienta al lado de Medio, quien la besa en la mejilla. No me sorprende ese saludo en un hombre al cual no le gustan esos gestos virales. Le susurra algo al oído. Ella se va y vuelve con una cerveza de mejor marca. En eso consiste el juego: para ellas lo más caro, para nosotros el ahorro.

Retornamos. Ahora el poeta nos informa que trajo algunos de sus libros impresos para obsequiar. Saca de su morral uno argollado donde está el borrador de mi último libro de poemas, aclara.

—Ahora les voy a leer “Otro amor necio”. El amor y la muerte son principio y fin de la poesía. En la mitad está lo demás: el hombre y sus vicisitudes. El amor siempre nos vence y nos descontrola, la muerte nos defiende, no hay más.

Lee el primer verso: contiene las mismas palabras del título. Al terminar la estrofa inicial nos hace caer en la cuenta de que ha repetido necio cinco veces. Eso que llaman las figuras literarias.

Volvemos. La mujer se levanta y nos pide ubicarnos en línea para deleitarnos. El D.J. deja sonar un reguetón de moda. Se mueve de manera sensual, mágica. Es experta en su arte. No diré que es mi primera vez, pero sí voy a confesar que nunca antes había visto esa destreza. Descubro lo que enamoró a Medio. Me sucedería lo mismo. Antes de que acabe la segunda canción la mujer está vestida de Eva. Se acerca, pega su cuerpo a los nuestros, se restriega. Medio la posee más tiempo. De él se deja tocar todita, nosotros contemplamos, es la única posibilidad de nuestro multiverso.

Regresamos. El amor, el amor susurra el poeta. Es intimidad, transparencia, placer, lujuria, pureza. Eso sí, no creo que el fin del sexo sean los orgasmos. Me parece que sus ideas no tienen conexión, lo cual demuestra que sí viene habitado por el oscuro sabor de las copas. La palabra orgasmo me parece incompleta. Debe haber una perfecta que indique el sentido sublime del sexo. No estoy de acuerdo. Nada mejor que un orgasmo.

Reaparecemos. La mujer, ahora vestida, se sienta en las piernas de Medio. El sitio está lleno, a media luz y con música estrepitosa. El alcohol y las drogas dominan el ambiente. Cada uno en lo suyo. Hemos bebido, cada uno, tres cervezas comunes y ella tres de las caras. Estoy seguro de que Medio pagará la cuenta. Eso hace el amor. Alcanzo a ver que dentro de la minifalda no lleva ropa interior. Medio desliza su mano hacia el mito de la caverna. No sé si esté permitido: ella lo besa, él se deja besar. No puedo evitar mirar el movimiento de sus dedos. Tomo mi cerveza. La mujer blanquea sus ojos. Eso es amor. Eso es placer. Eso es un orgasmo. Felicidad.

Retornamos. Aplausos. La mano de Medio toca mi hombro y hace lo mismo con el del Flaco.

—¡Vamos muchachos! ¡Gracias por la compañía! —dice sonriendo—. Hace rato necesitaba una noche bohemia así.

Llama al dueño del café bar. Extiende la mano. Agradece la invitación. Sale. El Flaco me mira, lo miro. Nos decimos: Medio tiene unos dedos muy ágiles. Sonreímos. Caminamos detrás. Antes de llegar a la esquina me lanzo:

—¿Una última pola en el establecimiento nudista? —utilizo el titulo por disimular. Muy buena idea, piensa el Flaco.

—Por hoy ya hubo bastante arte. Mejor a descansar. Aunque si quieren, vayan ustedes, yo me voy a dormir —aclara Medio.

Es un hombre medio iluso, aunque también medio sensato. Será otro día, nos decimos con el Flaco. Continuamos detrás de él.

 

Oscar E. Alfonso

docente y escritor colombiano. Ha publicado los libros: Mujer nada fácil (en coautoría con Edgar Fuentes), El rector es un detective, Morir entre tus piernas, Diario en ausencia de Beverly, La muerte enamorada, Asesinar en la pequeña Europa e Instantes casi perfectos.

2 Comentarios


Diana 22-01-2024 08:35 AM

Excelente relato maestro. Qué buena forma de iniciar el 2024

Martiniano Acosta 22-01-2024 10:30 AM

Saludos. Un cuento que se deja leer. Bien llevadas ambas narraciones. Hay oficio de pasión no de pasatiempo.Me gustó el cuento.

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