Literatura

Álvaro Miranda, de cuerpo entero

José Luis Díaz-Granados

20/02/2024 - 03:10

 

Álvaro Miranda, de cuerpo entero
El poeta Álvaro Miranda / Foto: El Universal

 

Por cortesía del Magazín del Caribe, nos permitimos presentar este emotivo texto en el que el poeta José Luis Díaz- Granados hace una semblanza de Álvaro Miranda (Santa Marta, 1945-Bogotá, 2020), quien es uno de los escritores colombianos más relevantes de su generación; autor de libros como Indiada, Los Escritos de don Sancho Jimeno, las novelas La Risa del Cuervo y Un cadáver para armar, así como Simulación de un reino, en el que recopila toda su obra poética (1966-1995).

***

En estas palabras que voy a expresar a continuación en memoria del poeta Álvaro Miranda, tengo, inevitablemente, que hablar de mí mismo. Porque la verdad es que Álvaro y yo nacimos condenados de manera irremediable a ser hermanos, amigos, vecinos de barrio, condiscípulos, compañeros de bohemia y, obviamente, colegas en la poesía y en las causas nobles de la palabra y de la aventura perenne por las hondonadas de la historia patria.

Pero lo que más me emociona, es tener la oportunidad de revelarles un poco quién es este personaje algo misterioso, que escribe cosas tan raras, poemas en un idioma arcaico, pero a la vez más moderno y novedoso que el de cualquiera de nosotros, en donde muchas veces los títulos son más extensos que sus versos, y cuya perennidad parece asegurada a juzgar por la creciente audiencia que fluye hacia su persona y hacia su obra poética y narrativa.

Comenzaré diciendo que ambos nacimos a una milla de la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, en mitad de la década del 40. De ahí que la común devoción por el Libertador Bolívar sea raigal y perpetua. Nuestros padres, abogados, se trasladaron pronto a Bogotá, donde nuestras progenitoras prolongaron durante más de medio siglo el diálogo infinito de sus infancias samarias, iniciados cerca del Camellón de Bastidas cuando nuestros abuelos maternos intercambiaban ideas, negocios y gustos gastronómicos.

En la década del 50, ya instalados en el barrio Palermo de Bogotá, donde vivimos después de variados éxodos, se inició esta hermandad que luce las mejores galas de nuestra palabra. Cuando yo cumplí mis 60 años de vida, escribí unos versos que intentaron ser autobiográficos, por lo cual se los dediqué a Álvaro, porque:

“En el barrio Palermo / estrenamos infancia / en triciclos furtivos / y en cines matinales / donde en diáfanas horas / la vida era una fábula”…

A comienzos de la década del 60 ingresamos en el Gimnasio Boyacá, donde se nos acentuó el bolivarianismo, primero, porque Aquiles Miranda, su padre, nos inculcó con un fervor absolutamente racional, y segundo, porque don Tito Tulio Roa, el rector, además de devoto del padre de la patria, era experto en su parábola vital. No voy a decir que el paralelismo con Álvaro Miranda tenga visos de exactitud. Nos asignaron en el colegio un pupitre gemelo, que compartíamos con igualdad irregular, porque ---y aquí asoma el primer indicio de su nobleza de alma---, yo aprovechaba los descuidos profesorales para espetarle a mi desprevenido compañero toda clase de diabluras verbales, caricaturas en sus cuadernos, y colocarle libros, borradores y otros 346 útiles escolares en la silla al momento en que debía sentarse, o hacer remedos ruidosos de la voz del maestro, lo cual suscitaba las risas de los condiscípulos y las iras del profesor, que terminaba expulsando de la clase al noble amigo y no a mí, el perverso culpable.

Esto ocurría durante meses, yo diría, durante los años del bachillerato, sin que jamás a este ser humano maravilloso llamado Álvaro José Miranda Hernández, le pasara por su mente dar rienda suelta a la lógica venganza o al rápido desquite, tan natural en los niños. Nunca se vengó de mí –a no ser ahora, que me aplasta y me fulmina con su poderosa y tórrida poesía-, ni hizo reclamo alguno, ni repitió mis maldades.

Al contrario, se afanaba en socorrerme con papelitos furtivos ante mi segura rajada en el examen de matemáticas o esperaba a que las aguas se calmaran para proponerme que hiciéramos un periódico o que realizáramos una investigación a fondo de la historia o que visitáramos el museo nacional o que leyéramos un libro o que fundáramos un centro literario, objetivos que se cumplían invariablemente.

La revista y editorial El Papagayo de Cristal, por ejemplo, fundada por Álvaro muchos años después, fue una de las empresas culturales más sólidas realizadas al amparo de esta camaradería.

Tengo siempre fresca y clarísima la visión del adolescente Álvaro Miranda escudriñando libros de historia de la biblioteca de su padre, escribiendo artículos para un periódico que él mismo imprimía (a falta de mimeógrafo, había adherido una gruesa tela de gasa a un rodillo al que le untaba la tinta propicia y luego pasaba por encima de las hojas en blanco), estudiando poemas que pegaba en un cartón, de diversos autores –recuerdo textos de Saint-John Perse, León de Greiff, Jorge Zalamea, Carlos Germán Belli, Manuel Scorza, incluso míos (La bruja de Dios), de la primera cosecha- y siempre muy atento a la inmersión por los más profundos recovecos del idioma, las fuentes clásicas del verso castellano y la fosforescente saga lírica y épica de la negritud y el mestizaje.

Y así se nos pasaron esos años luminosos en el Gimnasio y en el barrio Palermo, junto a otros precoces letrados que aún insistimos en tan preciso y tan precioso asunto. Como bien lo afirma Pedro Manuel Rincón, “Pemán R”, compañero junto con Luis Fayad de aquel Grupo de Palermo, “no sé cuántos testigos de mi infancia / recorren la ciudad donde me encuentro”.

Después vino la vida con su recorrido de normas, transgresiones, amores y desamores, armaduras, sobrevivencias, viajes y, naturalmente coincidencias:

“Lo demás es la vida / con sus ires silvestres / y sus venires hondos: / las bodas y los hijos / los dilectos poetas, / vida fosforescente / de Moscú y de La Habana / y unos versos de orfebre / y unas novelas súbitas”.

Una tarde de abril de 1968, Juan Gustavo Cobo Borda invitó a su casa a un grupo de jóvenes poetas para que nos tomáramos una foto para la revista Lámpara, que dirigía Fabio Henker Villegas. A la cita solo acudimos siete: Darío Jaramillo Agudelo, David Bonells Rovira, Henry Luque Muñoz, Augusto Pinilla, Álvaro Miranda, el dueño de la casa y quien escribe estas líneas. Una sola fotografía bastó para la eternidad de nuestros afectos. Al decir de Pinilla, el inolvidable maestro Aurelio Arturo nos llamó la Generación sin nombre, y meses más tarde el entrañable Héctor Rojas Herazo nos presentó en las páginas literarias de El Tiempo.

Además de los poetas del citado grupo, Álvaro fue siempre un mimado de María Mercedes Carranza y el amigo preferido de Raúl Gómez Jattin, su compañero de tenidas externadistas e incursiones teatrales. La poesía de Miranda fue prohibida en el diario del patriarca liberal de su tierra natal por contener palabras contrarias al pudor de la aristocracia criolla.

Cuando publicó Tropicomaquia, su primer apartado bibliográfico, y poco más tarde su libro Indiada, su naciente poeprosa fue recibida con reservas por parte de algunos intelectuales, inclusive acompañadas de burlas y sarcasmos. Esos audaces juegos de palabras donde el arcaísmo arábigo[1]castellano y el neologismo sorpresivo se refundían en multicolores jugos fechos al itálico modo en licuadora, pronto verían su reconocimiento al obtener en 1980 el Premio Nacional de Poesía “Universidad de Antioquia” con su libro magistral Los escritos de don Sancho Jimeno.

Y no tardarían en sorprenderse gratamente sus lectores cuando publicó su novela primigenia, La risa del cuervo, una afortunada recreación de los pasos perdidos de los precursores venezolanos de nuestra primera Independencia, con la cual obtuvo el Premio de Novela “Pedro Gómez Valderrama” en 1992. Y fue en esa misma década cuando Miranda editó en un volumen la totalidad de su obra poética hasta ese momento, bajo el título de Simulación de un reino, donde volvimos a encontrar los vigorosos hallazgos inaugurales con que agota y resucita los vocablos de su esplendente poesía.

Este es a grandes y dispersos rasgos, Álvaro Miranda, el excelso poeta colombiano fallecido en 2020. Y en un día como hoy tengo que reafirmarle una vez más no solamente mi cariño fraternal y eterno, extendido a Adriana Grosso y a sus hijos, sino mi devoción hacia una vida ejemplar en todo sentido, y hacia una obra donde el amor a la palabra es la más rotunda razón de su existencia.


José Luis Díaz-Granados
Poeta, novelista y periodista colombiano. Es uno de los grandes escritores nacidos en Colombia con una fructífera obra en diferentes géneros literarios por la cual ha obtenido varios premios, entre ellos el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. 

 

2 Comentarios


Natalia tete 20-02-2024 07:36 AM

Que hermoso texto

Luis Mario Araújo 21-02-2024 05:08 AM

Hermoso testimonio de amistad escrito por un grande de nuestras letras sobre otro gran poeta del Caribe colombiano. Generoso aporte a la historia de la literatura regional.

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