Literatura

Las rezanderas de la Mojana

Ubaldo Manuel Díaz

09/04/2024 - 05:10

 

Las rezanderas de la Mojana

 

“Diviso un alma penitente, sola, muy sola que parece aguarda”.

Dante.

Angélica Regina Reales, una de las últimas rezanderas de la Mojana, está recostada en un taburete y desde allí casi que en forma robótica alarga un brazo y esparce granos a un enjambre de pollos que enardecidos corren hacia ella, las hambrientas aves que se arremolinan a su alrededor cacarean de manera ensordecedora. Anochece, se levanta de dónde está sentada y ahuyenta a los animales con un sonido gutural; esboza una tímida sonrisa y deja ver un canino ennegrecido por la nicotina. Ahora permanece de espaldas enfundada en un vestido luctuoso que le cubre hasta los tobillos canturreando uno de los cien réquiems en latín, tonalidad ofrecida por las almas del purgatorio, esta sencilla mujer nunca ha leído el catecismo de la Iglesia católica o la divina comedia de Dante donde ocurren los episodios del más allá y del más acá: cielo, purgatorio e inferno, esto no le impide preparar meticulosamente su arsenal para la batalla de esta noche, según cuenta, está noche rezará 9 rosarios por el eterno descanso de los fieles difuntos;( desde niño siempre me he preguntado cómo será un descanso eterno por toda la eternidad, sin hacer nada) mientras sigue preparando su armamento: agua bendita, rosarios, crucifijos… se escucha en silencio el sonido de una corredera, el “tic tac” de la tapa de un frasco al cerrar, en el bolso o talega que ha alistado, guarda celosamente como tesoro algunas chucherías, saca y  enseña varias novenas envejecidas y escritas en latín: “esta me la regaló el obispo tal”- sigue sacando - esta me la dio el sacerdote tal... “anima bendita”- haciéndose un santiamén en su arrugada frente; como en una caja de pandora saca ininterrumpidamente estampas de vírgenes, novenas a santos, la imagen sonriente de Francisco el hombre enfundado en una sotana blanca, meditando por los marmóreos y fríos pasillos del vaticano. Con la talega terciada a su espalda de monja medieval se sube a la parrilla de una moto que es escoltada por otra y se pierden en la distancia en medio de la oscuridad.

Sobre una rústica mesa cubierta con un lienzo blanco, dos cirios encendidos crepitan ante la invasión de los primeros insectos, en esta apartada población de la Mojana, despensa hídrica de Colombia, “el país de las aguas” como hermosamente la definió  el poeta Isidro Álvarez, por el abandono estatal sus habitantes viven anclados en el siglo XIX, la luz voltaica no ha llegado a algunos de esos lugares, existe la historia casi que sacada del realismo mágico, la de un niño que no conocía el hielo.

En el ambiente se percibe un penetrante olor a flores, perfume barato, a incienso, huele a muerto; un grupo de personas se acerca silenciosamente al improvisado altar, – un niño adornado por un desgastado roquete, regalo del legendario padre Menco, ministro de Dios en la tierra, que llegó  a la población de Sucre – Sucre en el meridiano de su existencia para estar seis meses y se quedó treinta y tres años. Esta población a pesar del aislamiento y abandono a la que ha sido sometida durante décadas, viven las personas más felices del mundo. El niño del desgastado sobrepelliz entra solemnemente en escena, pregona y repica una campanita - “a rezar” a “rezar”- Angélica Regina con una inclinación lo hace pasar aguardándolo sentada en la silla principal parecida a un trono, desde ahí con ademan de pontífice y camándula en mano hace un gesto teatral,  -hay un silencio - cierra los ojos y como si se estuviera comunicando con el más allá comienza la primera jaculatoria en latín: Regina Coeli (reina de los cielos). Regina mater (reina madre). Virgo Purissima (Virgen purísima), el nutrido auditorio en su mayoría mujeres con los ojos cerrados y en actitud de recogimiento responden al unísono: “ora pro nobis”, (ruega por nosotros) algunos hombres bostezan, un niño de brazos chilla, Regina prosigue su eterna jaculatoria, al fondo en la penumbra, un grupo de jovencitas apiñadas junto a otros muchachos, indiferentes a ese acto de “solemnidad” susurran frasecitas de amor.

En el intervalo del primer rezo Regina se acerca – me llama aparte, en la oscuridad, se sienta a mi lado con la confianza de dos viejos amigos, enciende pausadamente un cigarrillo y como si se tratara de un secreto el cual va a ser revelado a pocos me dice calladamente: “el ser rezandera es una profesión muy dura”. -“a nosotras nos pagan por rezar, nos pagan por trasnochar”,” “por mandar esas almas al cielo”, y señala la estrellada bóveda celeste.

─¿Una profesión? - le pregunté- “sí, una profesión, a nosotras nos va bien en la medida que la gente se siga muriendo”, es más, -dijo- cruzándose de piernas y soltar un tenue hilillo de humo que brotaba de sus labios, sosteniendo en lo alto de sus dedos el quinto cigarrillo de la noche que titilaba en medio de la inmensa oscuridad –“es un oficio que es para toda la vida”- quedó pensativa y remató: “es un trabajo que no tiene fin.

─¿por qué? -seguí preguntando-  porque la gente nunca deja de morirse” fue su escueta respuesta -  “aunque por estos lares” –  hizo una pausa en su monologo - se volteó y me escrutó con la mirada de arriba a abajo como si me hubiese visto por primera vez, - de su boca salió un aliento con olor a almizcle y a nicotina que me invadió por completo el rostro-“ la gente últimamente  se muere poco, este oficio está en crisis, está en vías de extinción”-,  se aleja y tira con la fuerza del dedo índice la sexta colilla de cigarrillo.

–¡Ah! –e hizo nuevamente una pausa –“y el día que me muera”, - quedó pensativa, entrecruza los dedos de las manos como si hubiese sido sorprendida en una picardía - musitó-“no quiero que me recen”. - Intrigado, me deslicé hacia ella para escucharla mejor.

–¿Por qué no quieren que te recen? -“porque para esa época, aquellas jovencitas que están allá -señaló a las que susurraban frasecitas de amor- “ninguna será rezandera”. Hubo un silencio interrumpido por cuatro hombres sentados alrededor de una mesa iluminada por un candil, revolvían fichas blancas y nacaradas que refulgían a la luz de la luna, al instante se escuchó el tableteo del -doble seis- cinco y cuatro- se daba inicio al primer round de dominó de la noche.

Esa noche percibí que estas mujeres, las rezanderas practicaban una especie de sincretismo religioso en sus rezos, mezclando el latín, lengua oficial de la Iglesia católica en la cual el papa Francisco escribe sus textos con elementos de los rituales indígenas y cimarrones llamada la zafra mortuoria, propia de los negros escapados del marquesado de yolombó el cual tuvo su asiento en Mompox, Bolívar.

Al rayar la madrugada la mayoría de acompañantes al velorio se habían marchado, se percibía un ambiente de desamparo, devastado por el paso de un tsunami; sillas desperdigadas por el amplio patio,  el niño de quien se dice que no conocía el hielo recogía en una bolsa los últimos vasos desechables arrojados por doquier donde se había servido el café de la noche, varios hombres que permanecían sentados cabeceaban resistiéndose al abrazo de Morfeo, a Regina le entra una llamada a su teléfono móvil donde le anunciaban  para esta noche un nuevo rezo en cualquier lugar de la Mojana, se despide y la veo alejarse en medio del frio amanecer, pienso mucho en esta frágil y sencilla mujer que por ese don del “Logos”, de la palabra que a pocos mortales se les ha concedido, mantuvo en vela y atento toda la noche a un auditorio de más de 200 personas, cosa que envidiaría y que no puede hacer, ni emular el más embustero político en campaña electoral.

 

Ubaldo Manuel Díaz

Sacerdote, Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio Pluma de oro de periodismo apb 2018 -2019- 2021 -2023, Barrancabermeja.

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