Literatura

El humor suelto de “El príncipe de la baraja”

Clinton Ramírez C

09/05/2024 - 06:45

 

El humor suelto de “El príncipe de la baraja”
Ramón Illán Bacca / Foto: El Heraldo

 

Notas de apertura

El príncipe de la baraja”, de Ramón Illán Bacca (Santa Marta, 1938 – Barranquilla, 2021) apareció en la antología Cuentos del Magdalena en 1987, antes de ser recogido en Señora tentación en 1994. En él es posible identificar elementos que definen de un golpe de vista o de lectura la poética risueña de Bacca, la misma que los comentaristas de la obra subrayaron desde sus inicios como cuentista con la publicación, en 1973, de “Faltan dos patas para el trípode”, título indicativo por demás de un arte de mano cambiada.

En el cuento salta a la vista el propósito del autor o del narrador:  cuestionar las visiones de mundo de una clase social católica, conservadora, excluyente y prejuiciosa. Más específicamente poner en evidencia las flaquezas de la élite bananera representada por la tía solterona a la que el sobrino, alter ego de Ramón probablemente, visita con motivo de su cumpleaños noventa. Al cuestionamiento contribuye sin duda el empleo juguetón de la segunda persona, que establece entre la historia y el lector un tono íntimo desde las primeras líneas. La receptora del discurso, ausente y rencorosa en su alcoba, pasa la vejez escuchando discos de los años en Europa, según informa Piedad Cecilia al recibir al sorpresivo visitante. “Hablamos de ti”, confiesa el narrador.

Aparte de utilizar la segunda persona y la voz informante inicial de Piedad Cecilia, el relato  alcanzará el punto de mayor intensidad cuando entra a escena la voz de Rito Alfonso, personaje determinante en la vida juvenil del narrador y testigo excepcional de la vida de la protagonista. 

Los días de partida

En las décadas de los setenta y ochenta la literatura regional y colombiana continuaba siendo demasiado moralista y seria, alérgica al humor y el juego. Este es el dictamen de Bacca al irrumpir en la escena literaria y en él lo secundan, entre otros, el dramaturgo y narrador Guillermo Henríquez (Ciénaga 1940 – Ciénaga, 2021), compañero de generación, con cuya obra tiene coincidencias temáticas.

Bacca sintonizaba entonces con los vientos de renovación que soplaban en países hispanoparlantes. La innovación, oficiada en el marco de un género de normas estables, tenía como blanco específico debilitar las estrategias de las estéticas serias del cuento, aliadas incondicionales del patetismo y el moralismo, según han señalado entre otros los estudiosos Luis Almería y Lauro Zavala. En su lugar los cuentistas del continente pretendían instalar definitivamente las estéticas festivas del humor y sobre todo de la proteicidad: recurso este que les permitía experimentar con otros géneros y discursos contemporáneos, como lo hicieron Juan Rulfo y Juan José Arreola, y lo seguía haciendo Augusto Monterroso en el cuento moderno mexicano.       

Viejo conocedor de movimientos literarios como el nadaísmo y de la emergencia de partidos  alternativos (M 19), es un hombre curado de espantos y de talante risueñamente escéptico. Nada o poco espera de la ciencia o de los grandes sistemas políticos al establecerse en Barranquilla a principios de los setenta. Abandona incluso, algo más tarde, la carrera de abogado. Decide asumir el periodismo en el Suplemento Dominical del desaparecido Diario del Caribe, labor que complementará con la docencia en el Departamento de Humanidades de la Universidad del Norte. En la literatura y el periodismo cultural, en un clima intelectual propicio, encontrará las armas ideales al ensayar su revolución personal, la cual se prolongará por cuatro largas décadas de una productiva existencia creadora e investigativa.

¿Qué le tributa a la literatura del país un relato surgido en este contexto de tensiones y renovaciones? Le aporta una visión narrativa risueña y juguetona. Para él el  cuento es un artefacto y como tal susceptible de audaces experimentos no obstante disponer de una matriz estable. El periodismo y la historia le aportarán incluso sus discursos al estructurar los cuentos: muy al tanto de las lecciones de Gabo y Cepeda. En “El príncipe de la baraja”, y en el resto de la producción cuentística del samario, el humor será la llave maestra con la que abrirá de otras maneras las pesadas puertas del género. Abordará temas tratados por antecesores ilustres, es cierto, como la decadencia de la élite bananera, pero él ofrecerá una mirada diferenciadora, inaugurando una parcela insular, significativa, auténtica y vasta en el universo conservador de las letras colombianas. 

Los hechos del relato  

El narrador-sobrino visita a la tía solterona con motivo de sus noventa años. Piedad Cecilia, prima y dama de compañía de la tía, luego de recibirlo con un beso de forzada sorpresa y un breve intercambio de palabras, decide anunciarlo.

La apertura del relato es una habilidosa manipulación del punto de vista. Bacca evita la variante de un narrador que le hable a una proyección de sí mismo, como sucede en Aura, la hermosa novela corta de Carlos Fuentes, para dirigirse en todo momento a la tía confinada en su pieza de habitación. “Has cumplido noventa años y he venido a visitarte. Dudé mucho al principio, pero, al fin, decidí hacerlo. Me quisiste mucho cuando niño”. Alcanza así, con sencillez de carterista, la transmutación de la primera persona en una eficaz segunda persona, procedimiento que crecerá en variedad y efectos en las posteriores evocaciones mientras espera el regreso de una Piedad Cecilia venida a menos y algo alcohólica a pesar del cardamomo con el que pretende disimular la adicción al licor.

Al quedarse solo, el narrador evocará el pasado de la familia, de la casa y de la conflictiva relación con la tía, cuyo nombre jamás sale a la superficie del relato, una omisión deliberada y similar a la del narrador del Quijote, negado a recordar y compartir con los lectores el nombre del pueblo de la Mancha de Alonso Quijano. Nunca la llamará por su nombre sino por las variantes del pronombre de segunda persona. 

Constata que los años hacen estragos en los objetos y no solo en las personas. En la pared está el retrato de la tía. Recuerda que, frente al mismo, ella se veía ufana y orgullosa. “Ustedes saben, el secreto de este pintor era adelgazar los cuerpos y engordar las joyas...”, cita indicativa de los valores de una clase arcaica enriquecida gracias a la venta de tierras de latifundio y al negocio del banano explotado por la United Fruit Company desde principios del siglo, una vez cesó la metralla de la guerra de los Mil Días (1989-1902).

El narrador se levantará para mirar los antiguos adornos. La inspección tiene la virtud de avivarles los recuerdos. “Aquí está todavía la figura de ébano que representa a Josepfine Baker. En su base se halla una fecha: ‘1939’ . Imperceptible está la línea de aquella vez que la quebré y me valió una muenda feroz”, anota con un retintín nostálgico.

Surgen, en las evocaciones dirigidas a la tía, la figura del difunto Rito Alfonso. Este, pariente de la cumplimentada, fue un incómodo testigo de su vida de fantasía en la Bruselas, el Berlín y el París de entreguerras, estancias de derroches debido al dinero del banano en los mejores momentos del negocio, fenómeno conocido como la Bruselitis. Rito Alfonso fue, asimismo, testigo de la vida de la protagonista en una Santa Marta venida a menos, muy lejos de los años gloriosos del banano. 

La aparición de este engreído personaje en la sorprendente memoria del sobrino narrador aviva con indudable poder malicioso el humor risueño de Bacca. ¿Quién es Rito? ¿Algún otro almidonado hombre de la aristocracia samaria? Se llamaba Rito por Santa Rita de Cascia y Alfonso por el rey de España, informa el narrador, una fórmula invariable en la presentaciones del personaje. Rito fue otro de los que no podían pisar la casa de la tía. El narrador aclara la razón en esta invocación.

Parece que alguna vez no te quiso llevar al hipódromo de Bruselas (“Voy a ver a mi novia y no voy a perder el tiempo paseando a una prima provinciana y ridícula”, fue su frase maldita y que lo condenó para siempre contigo).

Las coordenadas del relato están trazadas. Los ingredientes posteriores, en la calculada evocación del sobrino narrador, contribuirán a la intensidad del relato. El pico alto del relato llega con la entrada en escena del príncipe Igor, y, aunque el drama pueda ser predecible, el relato en lugar de decaer se sostiene. El milagro reside en las elecciones de una memoria individual y selecta, inseparable del humor y el sarcasmo, combinación de mano feliz que devino en signo de la narrativa breve de Bacca, rastreable igual en crónicas y novelas.

Rito Alfonso: conciencia, fuente y guía

Rito es un personaje bisagra en la historia. Es una hábil elección de Bacca dejar por cuenta del incómodo pariente el desmantelamiento de los prejuicios, odios y frustraciones de la tía y  su clase. Por él sabremos de la existencia que llevó en Europa, de la amistad con Tallulah Pérez, de Igor, el exiliado príncipe ruso que las chicas conocen en un hotel de París y del arribo del personaje a la ciudad, años después, del brazo de la vieja amiga de la tía. Por él sabe el sobrino y nosotros que ella acostumbraba a masturbarse con un vibrador delante de una foto querida de Clark Gable.

Rito, sin embargo, no es la única conciencia crítica de la clase bananera. Esta igual la del sobrino, aunque no siempre toleraba los chistes de su guía, sobre todo cuando Rito le indicó la función dada al retrato de Gable. “Nadie te falta el respeto y menos delante de mí. Rito me pidió disculpas y me dijo que te apreciaba, pero que no te comprendía”. Confesión seguida de una salida típica del humor y de los personajes de Bacca: “Además, añadió, ¿para que se tienen los parientes millonarios sino para hablar mal de ellos? Me amansó y seguí escuchando”.

Es justo en este punto de la relación con el guía,  especie de Virgilio de provincia en el recorrido del joven por el infierno de la familia y su clase, que el relato arriba a su umbral crítico: la historia del príncipe Igor, personaje que, como muchos otros de Bacca, resulta ser un pillo elegante.

Testigo de primera mano de la relación de las chicas con Igor, es severo de juicio. “Era desvergonzada la forma como lo perseguían”. En un restaurante para exiliados rusos, a donde las chicas asisten, descubrirán a Igor, quien les niega el saludo porque, como les aclara al día siguiente, él en ese momento no era el portero de un hotel sino el príncipe Igor, y él no habla con inferiores y solo trata a sus iguales.

Rito le abriría los ojos al sobrino sobre el príncipe. En Berlín ofició como entrenador de tenis para viejas adineradas y en París de Danseur professionell, algo muy próximo a un gigoló, por ello la tía le cortó el saludo antes de regresarse al país. Pero, comenzada la Segunda Guerra Mundial, el príncipe aparecerá en la ciudad, descendiendo de un barco de la Flota Blanca en la compañía de Tallullah Pérez: y la tía les ofrecerá una fiesta que hizo época, aunque a muchos les pareció extrañó. El narrador recuerda la entrada del príncipe ruso al salón en otra nota muy del estilo de Bacca:

Su llegada fue una de mis primera frustraciones infantiles. ¡Siempre me lo había imaginado vestido como uno de los príncipes de la baraja! Después fue una figura habitual dentro de la casa con sus vasos de cocteles, y jugando póker con los señores más ricos de la ciudad.

La historia debe terminar mal y termina mal

La historia está llamada a terminar mal y Bacca supo guardarse sus cartas. El príncipe, al huir de Santa Marta, deja un reguero de pagarés que la tía compra y hace efectivo, para la ruina de Tallulah, cuyo ruegos y humillaciones poco sirven, como recuerda el sobrino, testigo oculto tras un biombo, lugar de donde la vio bailar un viejo tango:

Me gustó tanto, tanto cuando me contaron/ Que te vieron bebiendo y llorando en la mesa de un bar.

Otra vez la conciencia viciosa de Rito Alfonso, portavoz molesto de la clase de los potentados del banano en la historia, será el encargado de valorar el episodio con los aspavientos de la época: “Todo fue de una completa falta de clase”. “!Ay! (suspiró). Siempre he creído que hubiera sido mejor estar muerto en París, que vivo aquí”.

El relato tiene todavía algo más de tela para los lectores. Amante de la intriga, lector acucioso de la narrativa policial, clásico en los finales de sus cuentos, el autor guarda un dato más.

La carta peluda del narrador

El papel del sobrino narrador está por justificarse. El rol de simple evocador no es suficiente para el humor zurdo de Bacca.

Una vieja foto, en donde aparecen unas manos entrelazadas, y de la que ha sido arrancada la cabeza de unos de los retratados, es el as que el sobrino descubre casi al final de la visita y que aclara de paso la inexplicable actitud de la protagonista con la amiga y que tanto revuelo levantó en la sociedad bananera. El hombre descabezado y el príncipe son la misma persona. “Desde siempre supe que el príncipe y la persona con quien tenías entrelazadas las manos en la fotografía, eran la misma persona. Lo supe porque usaban el mismo anillo con la inconfundible águila imperial dentro del zafiro”, memora el sobrino en la soledad de la antigua sala.

El sobrino suelta el dato para una tía que imaginariamente debe escucharlo. Los oídos de la tía son en realidad los de los lectores. ¿Juego? Sin duda. La pieza destapa su carta. Está montada como una partida cruel cuyo disfrute el narrador comparte con los lectores. La intención de criticar es obvia, no la forma en que los hechos son presentados, a través del uso de la segunda persona, con el destinatario de la enunciación ausente, aunque en su sala y en la casa que alguna vez fue el hogar del narrador caído en desgracia. El regreso al paraíso infantil es un viaje de ida y vuelta al infierno. El relato evocado sería el purgatorio, su tono una ilusión de mano, la esperanza del narrador visitante de liberarse.  

Ningún gesto reconciliador aguarda de la tía. La espera es inútil, pero feliz, reveladora, hasta la incomodidad. Rito Alfonso se vengaba de los desprecios de la prima hablando mal de ella, incluso en presencia del sobrino, que solo a ratos toleraba el picor de tales infidencias. Él venga las palizas recibidas de niño guardando para el final de la visita el motivo del fracaso y la venganza de la pariente, a quien de algún modo  comprende y se siente ligado. No le sorprende, ni al lector tampoco, cuando la prima Piedad Cecilia regresa a la sala con la razón de que la jaqueca impenitente de la tía le impide recibirlo. Bacca sabe, tanto como el sobrino narrador, que tampoco ellos tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra distinta a la del momento que ha permanecido en la sala evocando el pasado de la soberbia pariente. Quizá sea mejor así. La misión está cumplida, si la había, si a ello quepa reducir la visita del sobrino. Rito no estará para compartir esta escena de último acto. Virgilio siempre desaparece en algún momento de la travesía. Dante debe y sabía arreglársela solo.

El humor fino, el sarcasmo y el enjuiciamiento de un clase articulan el tono de juego del relato. Será en el párrafo final sin embargo donde estos recursos enseñen el virulento poder desestabilizador, salvando del lastre patético a una historia muy traída. El juicio es duro. La condena en cambio está moderada por un residual toque de compasión que redondea el relato y evita que el didactismo de la historia irrumpa sin reservas, en uso de una estrategia diferenciadora con la que Bacca se aparta con su poética risueña de las aguas vigentes en el cuento del país. Recurre para ello al expediente de la segunda persona, a la conciencia o voz de Rito Alonso y un humor que aligera las cargas y dota de encantadora levedad la estructura del relato. Ni condena, ni estridencia, ni mucho menos resentimiento. Bacca ofrece en cambio la más pura comprensión de un humor que sabe cruzar cuentas con las existencias menos amables y equilibrar las fuerzas difusas de la historia de una familia de la élite samaria.   

Ahora Piedad regresa y me dice que tu jaqueca te impide verme. Sigues representando tu papel de “vieja-tía-millonaria-desalmada”, pero yo sé que de verdad no eres más que una pobre mujer enamorada rumiando una larga historia de amor, celos y venganza.

Las virtudes del humor

“El banano daba para todo”, recuerda el narrador en algún momento el relato, citando de memoria a Rito Alfonso. Dio también, digo acá, para que Bacca, testigo de excepción de los altos y bajos de las familias potentadas de Santa Marta, escribiera este cuento que tanto enseña con cada nueva lectura, y confirma, asimismo, que las mejores críticas a una clase social provienen del interior de sus propios laberintos. En ello Cepeda dio lección en La casa grande  (1962) en la figura del Hermano, quien, al regresar de Bruselas, decide tomar partido al lado de los huelguistas y no de la clase bananera del padre despótico. El dato, consciente o inconscientemente, emparenta el relato de Bacca con el de Cepeda Samudio. El personaje de Cepeda circula en un escenario amplio, político y confuso durante la huelga y masacre de las bananeras recreadas en la novela. Bacca, en un escenario menor, privado e íntimo, ventila un relato con igual poder corrosivo gracias a las manos expertas del humor. El resultado es un texto difícil de olvidar en la astuta sencillez y corta extensión de sus líneas.  

Criado en una familia rica y de poder, Bacca conocía la materia difícil de sus relatos. Supo, de la mano de las distintas variantes de su humor clasista y de la gestión inteligente de la segunda persona, entregarnos en renovada clave folletinesca y melodramática una pieza de excepcional frescura y cautivadora.  

La oralidad, además de fuente de la historia, controla y rige el tono malicioso y de susurro del relato. Estos rasgos, propios de la confesión y la infidencia entre iguales, sotto voce, fueron y son típicos de la élite samaria a la que Bacca perteneció sin desviar la mirada. Confirmó, asimismo, al elegir este recurso identitario tan familiar a sus buenos oíos, que las historias susceptibles de ficción vienen al mundo con sus palabras, su tono y estrategias debajo del brazo. Sabía, mérito de pocos, animarle el espíritu a los objetos y a los tics de época.

La historia es mezquina, mediocre, pero Bacca logra que “El príncipe de la baraja” sea un relato capaz de explotar en las mentes de los lectores y se transforme en la metáfora quemante de un orden social e histórico que Cortázar identificaba en los cuentos verdaderamente significativos. “Un cuento es significativo”, explicaba el argentino, “cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta”. Es justo esa cuota de graciosa explosión de sus cuentos la que hizo y hace de Bacca un autor excepcional en la narrativa del país.  

Ramón murió el 17 de enero de 2021 en Barranquilla. Su último canto de pato, como se burlaba, fue la novela corta Pregúntale a Dante, texto de un proyecto más amplio que no cuajó. En los cuentos supo resolver con solvencia, como hicieron Gabo y Cepeda, los conflictos ente localismo y universalidad. Las “ventanas por donde se coló la modernidad en nuestra literatura”, como tan acertadamente ha anotado el crítico Guillermo Tedio, Bacca las conocía al dedillo y las supo mantener abiertas y ampliarlas. Los últimos meses los invirtió en lecturas sobre el origen y evolución del universo. Quería saber, antes de salir y cerrar la casa, de dónde veníamos. No quería sorpresas, ni hacerse últimas ilusiones sobre otra supuesta vida. Humor duro y leve: la encantadora fórmula de Bacca, apta para vivir, escribir y bien morir.           

 

Clinton Ramírez C

 

 

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