Medio ambiente

El día que el Cesar le declaró la guerra a la sombra

Diógenes Armando Pino Ávila

18/09/2026 - 06:50

 

El día que el Cesar le declaró la guerra a la sombra
En Valledupar, Plaza Alfonso López y Parque Los Cortijos / Fotos: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Desde hace algunos años vengo observando una moda que, en nuestros pueblos, se ha ido convirtiendo en enfermedad colectiva: acabar con los parques para convertirlos en plazas. Primero los planos, luego las máquinas, después se cortan los árboles —cuando no todos— y, al final, aparece la gran tarima, símbolo definitivo de que el pueblo entró en la modernidad. Porque, según parece, para demostrar que ya somos ciudad hay que tener mucho cemento. Y si brilla cuando le pega el sol, mejor.

La moda arrancó en Valledupar y, como siempre, la capital se volvió ejemplo para los municipios. Empezamos a embaldosar nuestros parques sin pensar en un pequeño detalle: seguimos viviendo en el Cesar, donde el sol no es un fenómeno meteorológico sino un personaje de la vida cotidiana que a las diez de la mañana ya lo tiene a uno preguntándose qué hizo para merecer semejante castigo. Y en medio de ese calor, decidimos quitar los árboles.

Porque una plaza y un parque no son lo mismo. La plaza es el lugar de los grandes acontecimientos: fiestas, actos públicos, mercado, discursos y, cada cierto tiempo, un candidato prometiendo que ahora sí llegó el progreso. El parque, en cambio, no necesita que ocurra nada extraordinario: uno va a sentarse, a conversar, a mirar pasar la gente, a encontrarse con el amigo que no veía hace veinte años, a hablar mal del alcalde y, si resulta pariente de uno, a hablar bien también.

El parque era nuestra sala de recibo colectiva: los viejos con sus conversaciones interminables, los muchachos buscando novia, los niños corriendo. Un espacio social donde el pueblo se reconocía a sí mismo. No digo que las plazas sean malas —tienen una historia enorme, desde el ágora griega hasta las nuestras—, pero una cosa es tener una plaza y otra muy distinta convertir el parque en una. Porque, cuando quitamos los árboles, no hacemos una simple remodelación: cambiamos la forma en que la gente usa el espacio. El festival dura unos días; la tarima puede quedarse meses, hasta que la revive la próxima campaña electoral, con sus parlantes y promesas, mientras el pueblo vuelve después a quedarse con la plaza vacía. Solo que el sol sigue ahí. Ese sí no pierde elecciones.

Y mientras nosotros seguimos en esa carrera, la propia Valledupar parece estar recuperando poco a poco sus árboles, como si alguien hubiera redescubierto lo que nuestros abuelos ya sabían sin estudiar urbanismo: un árbol sirve. Da sombra, refresca, embellece, trae pájaros y —lo que se nos ha ido olvidando— permite que alguien se siente debajo de él a conversar. El viejo palo de mango de la Plaza Alfonso López era un testigo de todo eso: festivales, músicos, enamorados, derrotas electorales y promesas que se evaporaron antes que el rocío. Los árboles no hablan, pero recuerdan. Y cuando desaparece uno viejo, se va con él un pedazo del paisaje emocional del pueblo.

No se trata de escoger entre parque o plaza: necesitamos las dos cosas. Plazas para la vida cívica y las celebraciones; parques con sombra y bancos, para estar sin necesidad de tarima, cantante ni amplificador a todo volumen. Podemos embaldosar una plaza sin convertir todos los parques en plazas, construir una tarima sin sacrificar un árbol centenario, celebrar un festival sin condenar al pueblo a vivir el resto del año sobre una plancha de cemento. Nuestros abuelos no necesitaban un estudio de impacto ambiental para saber dónde sentarse en una tarde de calor: buscaban la sombra, y casi siempre la encontraban debajo de un árbol.

Queda una pregunta que debería hacerse cualquier alcalde antes de tumbar un parque: cuando termine el festival, cuando se vaya la orquesta y el político regrese en cuatro años a pedir el voto, ¿qué le vamos a ofrecer al ciudadano que solo quiere sentarse a conversar?

Ojalá no tengamos que responderle: “Una plaza muy bonita, señor. Pero vaya temprano, porque después de las diez de la mañana se pone caliente”.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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