Medio ambiente

El aire del bosque y otros placeres

Rosa Cintas

12/03/2019 - 07:20

 

El aire del bosque y otros placeres

 

El poder terapéutico de los árboles se debe en gran parte a la calidad del aire que ellos generan. Hay una gran diferencia entre el aire que respiramos en una avenida atestada de vehículos y el que se respira en el corazón de un parque amurallado de elevados árboles cargados de hojas, esos órganos vegetales diseñados para el intercambio de gases. En ese rincón verde de la ciudad, el aire es más oxigenado; es más limpio, porque los árboles retiran de la atmósfera dióxido de carbono, gases nocivos y partículas dañinas; es más saludable, porque contiene compuestos orgánicos volátiles (se conocen como COV) que los árboles emiten; y es más fresco y húmedo, por la sombra de los árboles que además reducen la pérdida y evaporación de agua.

Entre todos esos aspectos de la calidad del aire, los compuestos volátiles son de gran valor curativo. Esos compuestos son los principales responsables del efecto beneficioso sobre el sistema inmunológico. En Japón, se han realizado experimentos con diversos compuestos aromáticos naturales, como pinenos, limonenos, cedrol o isoprenos, demostrándose en algunos de ellos su efecto antimicrobiano y supresor de tumores. De hecho, con estos compuestos volátiles se elaboran los aceites esenciales que se usan en aromaterapia y medicina holística.

Para que realmente nos beneficie el reparador y salutífero aire del parque, tenemos que exponer nuestro sistema respiratorio a la entrada de ese aire, respirar de manera que el aire llegue al fondo de los pulmones y distribuya con la mayor eficiencia su rico cargamento por todo el organismo. El estrés permanente de la vida actual provoca que nos habituemos a respirar a la mitad o menos de nuestra capacidad pulmonar. Respirar bien es un arte que mejora considerablemente la calidad de nuestra vida, como llevan siglos alertando los yoguis indios. Durante el paseo es recomendable que nuestra respiración sea natural, libre, armoniosa y consciente.

Los cinco sentidos

Una de las consecuencias del Déficit de Naturaleza es lo poco que hoy día ejercitamos y valoramos los sentidos. Pasamos tantas horas observando pantallas, bien sea de móvil, tableta, ordenador o televisión, que no nos quedan resquicios de tiempo para atender lo que nos rodea y conectar con el mundo circundante a través de los sentidos. Según un informe de 2014, la tendencia a estar todo el día mirando una pantalla ocurre en cualquier rincón del mundo; en España pasamos casi 6,6 horas mirando sobre todo el móvil, algo parecido ocurre en México, mientras en China el promedio es de casi 8 horas. Estos datos evidencian el enorme tiempo que le dedicamos en exclusividad al sentido de la vista, o habría que decir al sentido de “la vista de pantallas”.

Caminar entre árboles es una oportunidad para detener ese ritmo y dedicarle un tiempo a percibir los elementos de la naturaleza circundante. Algo que, como insiste Richard Louv, nos reconforta y equilibra porque lo necesitamos para estar de verdad sanos.

En el paseo por el parque sevillano, encontramos bastantes ocasiones para el disfrute visual. La sola visión del verdor del entorno bajo la luz primaveral resultaba un alivio para los ojos. Cambiando la dirección de la mirada hacia arriba, las copas verdes extendidas hacia el azul del cielo brindaban una sensación de expansión. En la rica paleta de verdes, distinguimos el verde vivo de las hojas nuevas de plátanos, almeces, olmos y otros árboles caducifolios, una imagen que contagia alegría y vitalidad. La parada en la Glorieta de los Lotos, un estanque amplio rodeado de una pared de árboles grandes, permitió descansar la vista en un horizonte verde vivo que transmitía sosiego y alegría en contraposición al no tan estimulante horizonte edificado que suele rodearnos.

Una manera más íntima de contactar con los árboles es cerrando los ojos y palpando, por ejemplo, las cortezas de los troncos. Dice Caballero Bonald en su poema en prosa “Apenas sensitivo”: Tocar un árbol, recorrerlo, intuir lo que ocurre en su interior, equivale a aceptar que cualquier inventario apenas sensitivo de los árboles circundantes supone juntamente el árbol de la vida (4). Las sugerentes palabras del poeta inspiran a las manos a intuir la vida única que palpita en todos los árboles. Tocar las formas y texturas que el paseo invita ensancha el horizonte interior. En nuestra ruta pudimos acariciar la suave corteza del almez, sentir el tronco descamado del plátano, seguir los surcos profundos del olmo o rodear el desmesurado tronco de un eucalipto rojo.

El mundo invisible del bosque está poblado de aromas. Los árboles, las plantas, constantemente están emitiendo compuestos aromáticos. Según investigaciones recientes, esas sustancias constituyen un rico lenguaje con el que las plantas se comunican, es un verdadero código de mensajes; los hay de alerta, de defensa, de atracción para los insectos y, así, una gran variedad de mensajes para una diversidad de fines. La gama de olores es amplia, desde olores intensos de algunas flores a otros más sutiles de hojas o maderas. En el paseo del Parque de María Luisa recorrimos territorios aromatizados por las hojas de mirtos, naranjos y eucaliptos, cada uno con su carga curativa. Un jardín es una atmósfera fragante para disfrutar de la belleza aromática y dejarse impregnar de su riqueza balsámica.

El efecto sanador del paseo es mayor si acallamos el parloteo constante de nuestra mente y permitimos que los sonidos del bosque suenen. En el Parque de María Luisa, el viento se dejaba oír, a veces moviendo las grandes hojas de las altas palmeras, otras, las pequeñas de los almeces. La voces de distintos pájaros con sus diferentes notas irrumpían en el camino para callar poco después. Hubo ocasión para oír el gorjeo grave de un mirlo, el arrullo vibrante de la tórtola, el canto metálico del carbonero, el canto vivaz del verderón, los graznidos de pavos reales o los gritos ruidosos de cotorras de Kramer. El agua de las fuentes con su voz cristalina también acompañó tramos de nuestro paseo, refrescándonos con su incesante fluir y cantar.

La percepción sensorial es completa si también se degusta una infusión de plantas del bosque. Saborear una infusión es otro modo de recibir las bendiciones terapéuticas de las plantas. En nuestro paseo, paramos bajo un tilo a tomar una mezcla de tila y flor de azahar, ambas de efecto relajante, junto con hojas de ginkgo.

La contemplación del árbol

El simple hecho de contemplar un buen árbol ayuda a sanarnos emocional y espiritualmente, debido a que el árbol es una figura simbólica de grandes significados arraigada en la conciencia colectiva. En el árbol los seres humanos hemos visto el símbolo de la vida, la agrupación de los cuatro elementos de la naturaleza, la unión entre el cielo y la tierra, la semejanza con nosotros mismos, y el maestro que enseña la verdad de la vida. Por esa razón, la contemplación de un árbol maduro, bien enraizado, con tronco firme y copa abierta al cielo, nos inspira paz, sosiego, equilibrio y bienestar.

En un paseo, los árboles más esplendorosos ayudan a conectar con esa figura mítica y nos reconcilian con lo que somos.

En el Parque de María Luisa, comenzamos el paseo junto a al ciprés calvo de majestuosa presencia, elegido para el monumento al poeta romántico sevillano Gustavo Adolfo Bécquer; un ejemplar de más de 150 años, que infunde asombro y respeto como un árbol sagrado, a la vez que transmite sensaciones de cobijo y protección como un árbol madre. Al final del itinerario,  le dedicamos unos momentos a contemplar una magnífica higuera australiana, de porte armonioso y poderoso capaz de inspirar esa plenitud del árbol como símbolo de la vida.

 

Rosa Cintas

Escritora, bióloga de Sevilla (España), con experiencia en educación ambiental. Algunas de sus obras pueden conseguirse en editorial Sieteolas.

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