Medio ambiente

Expedición Macondo: el inevitable regreso de un árbol al Caribe colombiano

Johari Gautier Carmona

20/12/2019 - 05:25

 

Expedición Macondo: el inevitable regreso de un árbol al Caribe colombiano
Árbol de Macondo del caserío Los Barrios / Foto: Johari Gautier

Ya casi no se encuentran árboles de Macondo en la región Caribe. Su desaparición ha sido silenciosa y paulatina, quizás también insospechada, y hoy sólo se encuentran pequeñas poblaciones diseminadas por el litoral Atlántico.

“Puede que la regeneración del árbol de Macondo sea más difícil –explica el ingeniero forestal, Milton Rivera, dentro del vehículo que corre en dirección del municipio de Fundación (Magdalena)–. Es posible que, en su caso, la dispersión de semillas sea más compleja”.

Las hipótesis sobre su extinción son variadas, pero se impone sobre todas ellas el auge de la agricultura y la ganadería que han restado espacios para su desarrollo. También se baraja la posibilidad de que el tamaño del Macondo –denominado Cavanillesia Platinifolia por el explorador alemán Alexander Von Humbold en 1800– le haya generado enemistades en los planes urbanísticos. “Como son árboles de gran porte, la urbanización no ha tenido piedad del Macondo”, explica el arborista.

Sentado de copilato, la mirada siempre enfocada en el paisaje de la sabana, el emprendedor y ambientalista José del Carmen Ropero se muestra emocionado por esta expedición que lleva semanas y meses proyectándose. Él fue quien tuvo la idea de organizar este viaje en forma de exploración con el fin de descubrir algunos ejemplares de Macondo, y recolectar –de ser posible– algunas semillas.  

Poco después de fundar la reserva “Los Tananeos” en Manaure (Cesar), el dueño entabló un diálogo con el ingeniero que hoy le acompaña en esta aventura, y descubrió el poder sugestivo del palo de Macondo, su apariencia peculiar (muy cercana a la de una ceiba), y su origen profundamente tropical. Luego, tropezó por casualidad sobre algunos artículos que hablaban del origen de la palabra Macondo y se dio cuenta que el árbol crece entre 0 y 600 metros sobre el nivel del mar: una altitud totalmente compatible con su reserva natural. Entonces, tuvo que rendirse a la evidencia: el árbol de Macondo lo había atrapado con su fulgor y misterio exótico.

El macondo descubierto en el caserío Los Barrios / Foto: Johari Gautier

El encuentro fue fortuito, pero mucho menos que el que protagonizó García Márquez cuando, después de usar la palabra “Macondo” en tres de sus libros, consultó una enciclopedia y se percató de que ese término se refería a un árbol del trópico (estas revelaciones pueden leerse en “Vivir para contarla”, p.28). José del Carmen fue, desde un principio, consciente del arraigo y valor simbólico del Macondo, y, por eso, no pudo abandonar la idea de hallar el rastro de aquel gigante de nombre redondo. El interés fue creciendo en su mente. Además del Tananeo, ese hermoso árbol de madera morada que se conserva con orgullo en la reserva, el palo de Macondo se impuso como una prioridad, y Milton Rivera, ingeniero de la Corporación colombiana de Investigación Agropecuaria (Agrosavia), quiso ayudar desinteresadamente en esa labor. Él fue quien informó de la existencia de una pequeña población de árboles cerca del caserío “Los Barrios” y del corregimiento de Monterrubio (Magdalena). 

En el vehículo, los exploradores conversan sobre las circunstancias que facilitan la desaparición de árboles y concuerdan que tiene que presentarse un conjunto de situaciones extremas para poner en peligro el hábitat de una especie. Pese a lo que se suele imaginar, un árbol no es pasivo. Un árbol lucha, resiste, explora, se divide y se multiplica para sobrevivir. “Los árboles tienen muchas estrategias de regeneración”, comenta Milton. Al igual que los animales, son seres sabios que desarrollan habilidades y sistemas para protegerse del sol, del viento, de las enfermedades y de algunos depredadores. Para ilustrar esa capacidad de supervivencia, el ingeniero forestal remite a la lectura de un libro que le ha impactado mucho últimamente: “La vida secreta de los árboles”, en el que se resalta la capacidad de los árboles para crear redes debajo de la tierra o en el aire para defenderse. “Los árboles deben tener algo parecido a Facebook”, manifiesta Milton con una sonrisa. Pero, ¿qué tipo de conjura se habrá dado contra el árbol de Macondo?

En el caserío “Los Barrios”, el primer ejemplar de Macondo resplandece por su tamaño enorme, su tallo engrosado y su corteza clara. Se encuentra solo en medio de un cultivo de maíz y a escasos metros de una vía que conecta a varias fincas. Está solo bajo un sol canicular que multiplica la sensación de soledad. La falta de semillas es una preocupante noticia, quizás tan preocupante como las cicatrices en el tronco que delatan una quema descontrolada. ¿Cómo sobrevivir en medio de un campo desamparado?  

Media hora más tarde, después de seguir un camino tortuoso, el corregimiento de Monterrubio ofrece a sus visitantes más obstinados una población discreta de macondos que Milton descubrió por casualidad unos meses antes. Los exploradores ilusionados se detienen, aparcan el vehículo, y se adentran a pie en la vegetación, persiguiendo la cima de un árbol de más de treinta metros sobre el cual se sientan algunas aves. Ése es el Macondo. Un coloso en el reino de los árboles. Una auténtica montaña dentro de la vegetación. Y ahí, justo al lado de ese gigante de tronco brillante, descubren un lugar propicio para la eclosión de semillas. La relativamente baja vegetación que rodea el árbol, la humedad y la frescura que alientan, permiten reducir la amenaza del sol.

Los protagonistas recogen una decena de semillas y las colocan en bolsas con la perspectiva de realizar un semillero a su regreso a Valledupar. Si todo sale bien, se convertirán en los primeros ejemplares de Macondo de la reserva Los Tananeos, en Manaure. Pero primero se impone un tiempo de paciencia y cuidado para que estos “gérmenes” cargados de vida crezcan con fuerza.

El macondo descubierto en el corregimiento de Monterrubio (Magdalena) / Foto: Johari Gautier 

La siembra de las primeras plántulas  

Cinco meses han pasado desde que Milton y José del Carmen se lanzaron en esa insólita expedición en tierras de Fundación. Sus preocupaciones diarias los ha alejado un poco de esa aventura inicial, y, sin embargo, el árbol de Macondo siempre ha permanecido en sus pensamientos. En realidad, las semillas han ido fortaleciéndose día tras día, protegidas de los depredadores y de las miradas.

Poco después de aquel viaje realizado el 15 de mayo, el ingeniero forestal dispersó las semillas en un espacio cerrado y elaborado para la ocasión, y, en cinco meses, las plantas crecieron entre 60 y 70 centímetros.

“Para trasvasarlas tienen que tener cuarenta centímetros como mínimo”, explica Milton. “Si se siembran a los cuarenta o cincuenta centímetros, la raíz crecerá con más fuerza, y, si se espera demasiado tarde, corremos el riesgo de que la raíz se enrosque y que el crecimiento luego sea deficiente”.

En la reserva Los Tananeos, los protagonistas de la expedición Macondo se reencuentran con algo de curiosidad y expectación. La temporada de octubre les sonríe. En realidad, es –junto a marzo y abril– la época idónea para sembrar las plántulas ya que ofrece lluvias y periodos nubosos más frecuentes. Los arbolitos lucen ahora sus ramas con brío. Las hojas ya tienen su forma característica, es decir abombada y marcada con tres puntitas. Su verdor resplandece con la fuerza de su juventud.

Una plántula de Macondo en la reserva Los Tananeos / Foto: Johari Gautier

Toca buscar un lugar apropiado para que los macondos crezcan a su ancha, sin que nada los detenga en su carrera hacia el cielo, y que tampoco les falte sombra en momentos claves del día. “Hay que buscar un lugar que dé buena luz – sostiene el ingeniero forestal––. En esta etapa inicial, el árbol requiere un espacio que le garantice una tarde o mañana de sol para favorecer la fotosíntesis”.

Adentrados en el bosque natural, más allá de la cascada que marca el inicio de la caminata, los protagonistas señalan en el suelo una distancia de quince a veinte metros entre cada plántula. Es importante darles aire porque el Macondo es un árbol dominante que tolera difícilmente tropezarse con árboles de su propia especie. 

Para proteger las plántulas de las hormigas, Milton recomienda colocar una base de plástico alrededor de cada pie durante los primeros meses. “A las hormigas no les gusta este material ––comenta el ingeniero ambiental––. Es como un distractor. Lo huelen y se van”.

 Un ejemplar de Macondo sembrado en la reserva natural Los Tananeos / Foto: Johari Gautier

Ya sembrados, los macondos se ven como niños introducidos por sorpresa en la jungla, inocentes y libres ante la gran lucha por la vida. Los peligros son numerosos y su supervivencia no es garantizada. Milton aconseja geolocalizar cada árbol sembrado con una posición en un GPS. De esta manera se podrá rastrearlos cómodamente y –por qué no– planear nuevos trasvases de plántulas de Macondo. Los rescatadores no descartan una nueva expedición en un futuro cercano. Todo sea por el bien de una especie que tiene arraigo en la región y que seduce por su resonancia literaria.

Pero quedémonos por ahora con ese rumor que se extiende por el Caribe. El árbol de Macondo se está instalando en el corazón de la gente. La naturaleza también tiene algo que decirnos…  

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier 

 

Foto galería: 

Semilla de Macondo sin germinar / Foto: Johari Gautier

Tronco claro y brilante del Macondo / Foto: Johari Gautier

Primeras plántulas de Macondo / Foto: Johari Gautier

La hoja de Macondo / Foto: Johari Gautier

Milton Rivera (en el fondo) en plena siembra de Macondo / Foto: Johari Gautier

El árbol de Macondo sembrado con su plástico protector / Foto: Johari Gautier

4 Comentarios


Milton Rivera Rojas 20-12-2019 05:22 PM

Simplemente realismo mágico. Otra forma.de hacer país.

Elisabet Wehncke 21-12-2019 01:42 PM

Muy lindo, lo mismo estaría bien ir haciendo poco a poco con otras varias especies de árboles amenazados del bosque seco tropical. Esto para que la gente las conozca y las tenga más presente para promover su plantación y evitar su exterminio. Darse cuenta que una parcela ganadera o de cultivos si tiene árboles del bosque en pie es un gran plus no solo para mantener la biodiversidad de esta región sino también para promover mejores suelos para cultivos y menos probabilidad de extensión de plagas. La biodiversidad del bosque es una aliada, mantenerla es de sabios y se supone que nuestros abuelos muy bien lo sabían. Qué pasó con nosotros?

Mario Andrés Echeverri 22-12-2019 09:01 AM

que chévere esa labor que tienen de salvar esa especie. Será que ese árbol se podrá dar en la zona plana del Valle del Cauca? Acá en el Valle no he visto ni el primero. Me gustaría conseguir semillas, para sembrarlas en un bosque tropical seco. Gracias.

Luis Alberto Guerra Lopez 23-12-2019 09:29 PM

En la vía al corregimiento Sabana Crespo de Valledupar, hace unos cinco años ubiqué un árbol solitario de ésta especie.

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