Música y folclor

El show de Silvestre para los 463 años de Valledupar

Johari Gautier Carmona

07/01/2013 - 11:20

 

Silvestre Dangond y Rolando Ochoa Tenía que ser un momento asombroso, uno de esos momentos que no dejan lugar para la cavilación, donde el cuerpo se deja envolver por un ambiente hipnótico y embriagador.

La pura adrenalina esparcida por el cantante Churo Díaz ya había tenido su efecto y, mientras la música popular acompañaba el vacío del escenario, la gente esperaba lo que en muchas camisetas estaba estampado: Silvestre y Rolando, los dos protagonistas de una noche de desenfreno.

Era tal la expectativa que, a cada anuncio de la llegada del artista, brazos y cuerpos se alzaban en una catarsis juvenil sin parangón. La muchedumbre estaba lista para su ritual, candente y fervorosa, como si de una misa a cielo abierto se tratara, para recibir al que actualmente marca el ritmo en los escenarios del Vallenato.

Pero nada dejaba presagiar la explosión que hubo unos minutos después, cuando ya el calor del aguardiente vendido en cajas de cartón azul brillante, había empezado a contagiar los pies de medio mundo. El hombre entró triunfante, con el pulso de un guerrero de regreso a su país, bajo el ritmo de un tema que sólo representa una cuota inicial de lo que nos puede regalar este año.

El Hit, que tanto ha hecho hablar de él en las últimas semanas, fue la canción elegida para abrir el espectáculo y la explosión humana que registró el Valle fue tan elocuente como los cohetes que volaron por encima del público y regaron sus colores alegres en el Parque de la Leyenda Vallenata.

Pancartas, gritos y elogios se dispersaron por todo el estadio con una virulencia digna de las estrellas pop más conocidas del planeta y, ante ese espectáculo de desconcertante tamaño para un evento como el aniversario de Valledupar, vimos cómo el artista se apoderaba del escenario y lo transformaba en algo mayor a lo esperado: una fiesta transgeneracional, donde la mayor bandera era él: el rojo del silvestrismo, el rojo de la pasión juvenil y musical.

Pero, ¿qué hace que un hombre transforme el aniversario de una ciudad en un auténtico culto a su persona y a su Vallenato, haciendo vibrar a todos los seguidores, e incluso a un alcalde entregado y maravillado a su persona y por las pasiones del “Hit”.

La pregunta acepta múltiples respuestas, como en la mayoría de las problemáticas, pero resulta imposible ignorar el gran carisma del cantante, su capacidad para adueñarse del escenario y encararse con los espectadores, entre desafiante y complacido.

Su mirada parece combativa y al mismo tiempo es reverenciosa. Silvestre agradece la presencia de su público, saluda a los muchos que desde las gradas expresan su fascinación, y luego construye los pasos de un baile ya famoso: meneando hombros y luego marcando un zapateado claro y contundente en el piso, como si estuviera cabalgando (sobre qué, eso queda por determinar…).

Pero no todo es baile y música. Sus palabras y los mensajes que ofrece el cantante a su público también son causantes de severas pasiones. “Prepárense para la re-vo-lu-ción”, exclama Silvestre Dangond con un puño alzado mientras gira sobre el escenario y expone el color rojo de su chaqueta flamante.

Ese color y ese grito revolucionario nos podrían recordar algunos lemas sociales o políticos que han ido transformando algunas sociedades vecinas, pero aquí la revolución es otra: es la revolución del lenguaje, de las costumbres musicales, del orden y la disciplina que imperan durante el día.

La noche (y el concierto de Silvestre) vienen a ser el contrapeso: la muestra de una libertad completa donde la fiesta se construye sobre las notas maestras del acordeonero mayor: Rolando Ochoa, y donde cada gesto tiene su respuesta de ovaciones.

Nadie en Valledupar puede restarle protagonismo a Silvestre, ni siquiera la presentadora del evento, quien engalanada en su vestido rutilante y exponiendo su más bella sonrisa, no pudo contener una ola insistente que reclamaba la vuelta de “Silvestre, Silvestre”.

La interrupción era para otorgar al cantante el título de “Ciudadano excelso”, pero el título recibido con orgullo parecía quedarle pequeño porque Silvestre Dangond demostró sus aspiraciones y dejó claro que lo que quiere es ser el Rey incontestado e internacional del Vallenato.

“Muchos hablan de mí y me critican ––dijo él a su público en un momento de sinceridad que rompía con el tono festivo de su concierto––, pero en algunos años sé que me lo van a agradecer”.

Los propósitos de Silvestre para el Vallenato y para sí mismo son enormes y es que internacionalizar un género no es nada fácil. Pero en este proyecto también está condensado el éxito y la esencia de Silvestre: el hecho de querer ser más que un simple cantante de vallenato.

 

Johari Gautier Carmona

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