Música y folclor
Juan David Herrera: el “Pollito” que canta en silencio

En San Cayetano, no hay semáforos ni centro comercial. Hay polvo, hay árboles de tamarindo, hay chivos amarrados a la sombra, hay quintales de ñame por todas partes, hay carnero guisado en un patio y un acordeón que llegó sin invitación, pero con bendición. En ese rincón del municipio de San Juan Nepomuceno, Bolívar, apareció Juan David “El Pollito” Herrera. No como el rey vallenato de 1996 que derrotó a Alfredo Gutiérrez y Beto Villa, sino como un hombre que ahora se sienta a comer tranquilo, sin trago, sin tropel, sin tarima, y que no necesita cobrar para tocar.
Ahí estaba. En la fiesta del hijo de Libardo “El Mono” Banquez, un anfitrión accidental que un día contrató a Lucho Oñate y, sin planearlo, terminó compartiendo sancocho con el acordeonero que un día se coronó rey tocando “El Jornalero”. Todo comenzó por un video: el primo del Mono grabó a alguien asando carne y se lo mandó al Pollito, que estaba en su natal Evitar, en Mahates. A la media hora, ya estaba parqueado en la puerta.
“Mono Banquez, me vas a tener que echar de tu casa”, le dijo. Y no se fue. Ha vuelto tres veces. No como artista, sino como amigo. Dice que lo mueve algo más fuerte que los aplausos: la gratitud y también una promesa. En la cárcel, donde pasó más de una década, le hizo un juramento a Dios. “Le dije que me diera de qué vivir para servirle. Y lo ha hecho. Por eso ahora trabajo solo, sin agrupación, sin cantante, y mi plan es grabar un CD cristiano. Si es la voluntad de Dios, me retiro de la música secular”, dice sin dudar, con el mismo tono con que solía anunciar la entrada de una puya.
Ese es el olor nuevo de esta historia. No el del escándalo, no el del regreso, no el de la polémica. Es el del carnero guisado en el patio de una casa, es el del campo tranquilo donde el rey se hizo campesino. Pollito ya no quiere multitudes. Quiere su finca en Evitar, los árboles, su camioneta regalada, que dice fue bendición de Dios, y un tiempo que se mide no por giras, sino por voluntad divina. “Yo vivo del tiempo de Dios”, repite como quien ya no corre.
“Cuando me presento a Festivales es para llevar un mensaje, no para ganar”, dice sobre su reaparición. El acordeón sigue siendo suyo, pero su meta ya no es el aplauso sino el servicio. Suena contradictorio que un rey vallenato quiera alejarse de lujo y de los reflectores en los festivales, pero en él no suena a renuncia, sino a redirección. “Jesucristo predicaba la palabra en esos lugares, a los pecadores”, afirma, defendiendo su presencia cristiana en medio de la parranda.
Libardo Banquez lo ve y lo dice claro: “Dios me lo mandó”. Y aunque recuerda con agudeza que el Pollito casi se toma un trago con él, “me dijo que pecaba si se lo tomaba conmigo”, respeta su firmeza. “Es un man sincero, agradecido, creyente”, asegura mientras recuerda que Herrera le ha tocado gratis, le ha traído regalos, y nunca llega con pretensiones.
Más que una reconstrucción de carrera, lo del Pollito parece una migración hacia lo esencial. Toca por afecto. Habla con calma. Agradece por lo que tiene, que no es fama, sino paz. No hay novedad en que un artista cambie después de la cárcel. La novedad está en que lo haga en silencio, lejos del espectáculo. Que decida que su mayor escenario es el patio de una casa prestada. Que descubra que no necesita tarima para que su acordeón diga lo que él ya no grita.
Pollito no está en Valledupar, está en San Cayetano, está en Evitar, está en las terrazas y patios de sus amigos. No compite, no se promueve, no se justifica. Se deja querer. Come sin apuro. Toca cuando quiere. Le canta a Dios y a la vida que ahora entiende como regalo, no como castigo. Por eso esta historia no huele a escándalo. Huele a pueblo. A carnero. A silencio. A fe. Y a un acordeón que, aún sin festival, sigue diciendo la verdad del alma.
Augusto Puello Mestre
Sobre el autor
Augusto César Puello Mestre
Entre cantos y caminos
Augusto César Puello Mestre es periodista deportivo y codirector de PrimerTiempo.co, medio especializado en deportes con un espacio para la cultura y las tradiciones del Caribe. Enamorado del vallenato y su historia, combina su experiencia en la crónica deportiva con relatos sobre el folclor, sus protagonistas y el contexto que los rodea, buscando conservar y difundir la memoria de nuestra música.
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