Música y folclor

Pello Blanco, un pequeño homenaje a un gran acordeonero

Álvaro Rojano Osorio

12/01/2026 - 14:25

 

Pello Blanco, un pequeño homenaje a un gran acordeonero
El acordeonero Pello Blanco / Foto: créditos a su autor

 

Al acordeonero Pedro “Pello” Blanco, su padre lo llevó a temprana edad de San Juan Nepomuceno a una finca cerca de Mariangola, donde encontró el camino para desarrollar su vocación musical, no habilitando objetos como tambor como lo hacía en su pueblo natal, sino interpretando el acordeón.

De sus inicios cuenta Pello:

-Cerca de la finca donde vivíamos y trabajábamos, que era del cachaco Luis Quintero, habitaba el acordeonero Saúl Betín. Yo me iba para su casa cuando lo escuchaba tocando. Agarraba la guacharaca y lo acompañaba. Saúl le decía a mi papá: “José, ese pelado va a saber tocar acordeón, cómprale uno”.

Pero la petición de Saúl y el anhelo de Pello debieron esperar hasta que un tal Rafael de Oro se presentó a la finca de Luis con un acordeón de un solo teclado, y José lo compró.

—Rafael todos los días me daba clases con el instrumento, hasta que un día le dijo a papá que él iba para El Copey a adquirir un acordeón de dos teclados. Mi padre la compró. Para entonces, yo cancaneaba algunas canciones de Calixto Ochoa. Es que para esa época Mariangola estaba conformado por personas de la familia de este gran músico.

Cuando el nombre de Pello, como acordeonero, se fue conociendo, los parranderos de Mariangola le decían a José: “Deja que el muchacho nos toque y cante unas canciones”. Entonces él interpretaba de Calixto Ochoa: En la esquina de la calle Serra, sale un muerto, pero borracho, que le pide un beso a las hembras, y a los hombres les pide un trago.

Pero hubo un hecho determinante en la vida de Pello como acordeonero: la invitación que le hizo Luis Quintero al compositor Leandro Díaz para que visitara su hacienda. Así fue, un sábado se presentó Leandro preguntando por el pelado del que le habían informado que sabía tocar acordeón.

—Nos presentaron y me dijo: “Ve a buscar el acordeón”. Después, me tarareaba o silbaba una canción y yo la interpretaba con el instrumento.

Luego de terminar de tocar, Leandro le preguntó a Luis si el papá del acordeonero trabajaba en la finca. “Si,” fue la respuesta. “Dígale que venga.” Cuando los presentaron, el compositor le dijo: “José, ¿usted quiere a su hijo?” “Si claro, le respondió, cómo   no quererlo si es el que me ayuda a sembrar, a raspar la yuca, a limpiar el maíz.” “Bueno, si usted lo quiere, saque a ese muchacho de esta finca porque lo que va a tener es un acordeonero de fama. Y si lo deja aquí, esa tiradera de machete lo va a atrofiar.”

—Papá y yo teníamos dos burros para ir los lunes de la casa a la finca de Luis, y los sábados  regresábamos, porque ya nos habíamos mudado a Mariangola. El lunes siguiente al día que toqué con Leandro,  me levanté temprano para ir a trabajar, y papá me dijo que me quedara en la casa porque él iba a buscar una yuca y  regresaba enseguida. Pero no fue así: volvió el sábado. El  otro lunes  me levanté primero que él, ensillé los burros y, cuando me iba a montar en mío, me dijo: “Tú no vas para ningún lado.”

No volvió al campo. En el pueblo, cada vez que Ovidio Granados tocaba el acordeón,   él iba con el suyo para escucharlo y mejorar su digitación. – Y eso era toca El Cachaquito y toca El Cachaquito, recuerda Pello.

Para entonces, Ovidio Granados, junto a Luciano “Gullo” Fragoso, Miguel Yaneth y Rafael  “Wicho” Sánchez, habían conformado Los Playoneros del César. Pello comenzó a interesarse por la música de esta agrupación, tanto que, asegura, conocer la historia del Cachaquito.

—A Mariangola llegó un cachaco a montar una tienda, era un tipo de color de piel clara, ojos verdes, de quien dijeron que se había enamorado de Elodia Betín, que era la mujer de Hugo Granado. Ella quedó embarazada y al dar a luz nació un niño de tez clara y ojos verdes, mientras Hugo y Elodia, que era bonita, eran morenos. La gente murmuraba, cuando veían a Hugo cargándolo, que el niño presuntamente era hijo del tendero. Producto de esos comentarios, Miguel Yaneth compuso esa canción que en 1969 fue un éxito.

Para cuando Ovidio Granados le  había enseñado a Pello los secretos del   acordeón,  José le dijo a Isolina, su mujer, que se regresaban para San Juan Nepomuceno. Allá se ubicaron en el campo y Pello permaneció en él hasta el día que el acordeonero Enrique Caraballo le pidió a José que permitiera que su hijo formara parte de su agrupación, con la que viajaba los  sábados para Cartagena y regresaba los lunes.

—En la primera salida con Enrique, que era un gran acordeonero,  nos buscaron para amenizar varias parrandas. Él me pagó por los toques  y yo les llevé la plata a los viejos. Pello ¿ y eso qué es? Preguntó papá. —Fue la plata que me gané — le respondí.  “Enrique, ven acá,” le dijo mi padre. Pello me trajo una plata y ¿eso qué es? “Nos las ganamos tocando.” Desde entonces me soltó las riendas.

Después, Enrique Caraballo le dijo a Pello: “Vámonos para Barranquilla, que allá hay un lugar donde los músicos se reúnen.” Era por la calle 72, cerca del Banco Cafetero, frente a la entrada a la tribuna de sol del estadio Romelio Martínez. Ahí estaba la cantina La Esperanza, donde se reunían músicos como Esteban Montaño, Silfredo Rodríguez,  Euclides Manga, Cesar Orozco, Donaldo Camacho, Luis Tibio. Ahí llegaban a visitar  Juancho Polo Valencia, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa.

—Una tarde, mientras llovía estaba Abel Antonio Villa tocando el acordeón ahí en La Esperanza, y en medio de la lluvia se presentó Juancho Polo Valencia. Estaba borracho y llegó con el acordeón abierto. Se detuvo a escuchar a Abel Antonio y, dirigiéndose a él, señaló: “Echa para acá para que toques como yo, no lirita por lirita como tú lo haces.” Abel Antonio le dijo: “No le presten atención que está loco.”

El repertorio de Pello se fue nutriendo de música de Luis Enrique Martínez, que era la más solicitada, la de Abel Antonio Villa, de Durán, de Landero. Además, se convirtió en el acordeonero favorito de Alfredo Gutiérrez, quien lo apodó “El Corroncho”. Le gustaba por la forma como interpretaba la música del “Pollo Vallenato”.

—Una vez Alfredo me contrató para una parranda donde estaban Atilio Álvarez, un señor de apellido Medina, e Ismael Rudas. Yo le dije a Alfredo: Como vas a traer a Ismael, cuando ese hombre toca tanto acordeón. No te preocupes, me respondió, él no  interpreta tan bien como tú las canciones de Luis Enrique.

Pello, ya en Barranquilla, hizo otras sociedades musicales. Una de ellas fue con el cantante Abel Pacheco. —Con Abel teníamos tanta clientela que viajábamos los miércoles para La Guajira y regresábamos los viernes. Fue en ese periplo musical donde tocábamos en parrandas organizadas por Lucky y Chema Cotes, Samuel Alarcón, Kiko Valdeblanquez, Chema Barros, entre otros. Una vez fuimos a amenizar un baile y nos contrataron para nueve más. Es que Abel canta bonito y yo tocaba el acordeón como los mejores.

También grabó con Oswaldo Rojano, trabajo discográfico del que tiene una historia con una persona del interior del país —Una vez llegó un cachaco a una casa disquera en Barranquilla a comprar discos de música vallenata y le hicieron sonar la canción de mi autoría, Tu desprecio, que había grabado con Rojano. La escuchó y dijo: “Esa es la mía.” Después, una noche se presentó un tipo en una camioneta al parque de los músicos y preguntó: ¿Quién es Oswaldo Rojano? El de sombrero negro, le respondieron, y Pello Blanco, entonces me identificaron. Yo vengo de parte de Héctor Solano, quien es seguidor de la música de ustedes y quiere contratarlos para una parranda en Fusagasugá. Ambos, sospechosos, nos miramos las caras. Él les compró el tiquete de avión de ida, para mañana, y vuelta y me dijo que les diera la plata que necesitáramos para dejarla en la casa. Oswaldo pidió como para no ir, yo  igual,  pero nos entregaron el dinero. Estuvimos en la finca de Héctor durante cuatro días, en los que tocamos y tomamos bastante ron.

Pello ya no graba, y las parrandas son ocasionales, pese a tener el brío  para interpretar con destreza el acordeón. Falta de actividad musical que según él, lo hace sentirse como garza cuando se le seca el pozo y solo le queda mirar para todos lados.

 

Álvaro Rojano Osorio

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Autor de  los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).

Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).

Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.

@o_rojano

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